Capítulo 32 Fragmentos de un héroe roto
Llegué a la mansión y recordé la primera vez que vine: cómo todo lucía extraño y nuevo, las dimensiones ridículas de todo, los colores, las cosas extremadamente costosas en cada una de las salas.
Y mi preocupación por encontrar a Natalie y a Rachel, que iba creciendo cuando vi a Claude fraternalizando con Sora, a Ceci saliendo de casa del vampiro y a Zane ordenándome que entrara.
Esos sentimientos de desesperación y confusión estaban más que muertos, bajo toneladas de puro y mero deber como souldier y para ayudar a mi hermano. Tal vez él y yo representábamos instituciones que tenían diferentes políticas, pero al final de cuentas el mismo objetivo: sobrevivir.
Cuando timbré, Flo abrió la puerta y suspiró aliviada.
—Por alguna extraña razón pensé que Clue estaría detrás de la puerta, como si ese maldito genocida esperara invitación para entrar y quemarlo todo.
—Hola, Flo, solo soy yo.
—Me da gusto que estés aquí, corazón. Tu hermano simplemente se fue con Levi; Declan y Hal lo siguieron para que no se enfrente a un Príncipe de Inferno solo, pero es un alivio que estés tú.
Nuestras caminatas tomados del brazo eran, sin duda, la mejor terapia para mí.
La presencia de Flo, cálida y maternal, me hacía sentir que el mundo se podría estar incendiando, pero de alguna manera todo estaría bien.
Recorrimos el jardín en reparación charlando de mis clases en línea y de cómo eran un fastidio; estar pegado a la pantalla intentando no quedarme dormido después de haber estado entrenando toda la mañana o haber sido extraído a alguna ciudad fantasma antes de la primera hora.
Y cómo me resultaba casi imposible concentrarme, sin mencionar que tenía que ver a los que fueron mis amigos y mis novias actuando como si yo fuera un desconocido y un paria.
Ella me comentó que sus clases en Oxford, en la Saïd Business School, no tenían ese toque de drama estudiantil que me torturaba porque todos eran ejecutivos estudiando y trabajando a la vez.
Además, como eligió la modalidad de cien por ciento en línea desde que llegó a Londres para seguir trabajando en Helcorp, estaba por demás acostumbrada al uso de la cámara y las plataformas virtuales.
Cuando la temperatura comenzó a bajar, optamos por regresar a la mansión y vimos a Claude en el techo, patrullando desde las alturas como una poderosa gárgola en el tejado, a la espera de detectar cualquier enemigo a la distancia.
Pasamos por el quiosco y recordé aquella vez en la que Zane y yo hablamos de chicas.
Ya adentro, el cambio de temperatura fue reconfortante.
—Haré un poco de té; maldita sea, las costumbres de aquí son contagiosas —Flo salió del salón para ir a la cocina.
Me quedé un rato viendo mi celular, sin notar que tenía un montón de etiquetas por aceptar.
La mayoría eran de Nguyen, a quien le era casi imposible llegar a una ciudad sin comenzar a bombardearnos con fotos en lugar de estar al pendiente de cualquier amenaza.
Pero la foto que me sorprendió fue una en la que Donna y yo íbamos tomados de la mano en Barcelona; Donna volteó sonriendo a la cámara mientras yo seguía viendo al frente.
A pesar de los trajes tácticos, no parecíamos souldiers, simplemente dos chicos enamorados conociendo una ciudad nueva.
—¿Dónde dejaste a «Dee»? —Rachel rompió mi ensimismamiento. Ella y Natalie llegaron al salón en el que me encontraba; la manera en la que se refirió a Donna fue una burla de cómo solía acortar nuestros nombres.
—Me encanta «Dee», creo que ahora le diré así —comenté tranquilamente tocándome el mentón con mi dedo índice, sin despegar la vista del celular.
—Ya no saludas ni nos ves a los ojos —Rachel, furiosa, rompió el regodeo que sentí por mi pequeña victoria.
—Hola, Rachel; hola, Natalie. Muy buenas noches, qué gusto verlas —con cordialidad, me dirigí a ambas y seguí aprobando todas las etiquetas que tenía pendientes.
—Buenas noches, Gabriel. Para mí también es un gusto verte, ¿es una adorable velada, no lo crees? Veo que no trajiste a la gata esa que te sigue por todos lados. Por cierto, ¿dónde está Ceniza? No la vi al entrar —Natalie dijo sonriendo, mientras los ojos le destellaban en rojo.
—¿Qué se supone que significa eso, Sayenko? —fulminé a la lither con la mirada.
—Sabes perfectamente qué significa. Además, ¿qué diablos haces aquí? ¿No se te dijo que no vinieras?
—Afortunadamente, mi agenda no está sujeta a lo que las «princesas» deseen, ¿verdad?
—Sabes que detesto que me digas princesa.
—Y tú sabes que detesto cuando ambas actúan como unas estúpidas y crueles arpías —supuse que mi plan de ser cordial estaba más que descartado para este punto—.
No sé qué le dijeron a Donna, pero no tengo que ser un genio para saber que utilizaron las mismas tácticas con las que se estuvieron maltratando todo este tiempo entre ustedes para hacerle daño.
¿Y saben qué? No las entiendo. Sé que fui un estúpido por no poder elegir a alguna de las dos a tiempo.
Pero era porque significaban todo para mí; yo las amaba tan profundamente y eran tan diferentes a mis ojos que la idea de vivir sin alguna de ustedes era una tortura.
Aun así, respeté cuando me pediste que terminara contigo —dije dirigiéndome a la hechicera—.
Y acepté tu decisión cuando me dijiste que ya no me amabas —ahora hablaba hacia la lither—.
Incluso me eché la culpa por no respetar lo que me pediste cuando corrí como estúpido —se me salió la manera en la que Donna decía la palabra— para alcanzar tu helicóptero y no quedarme vagando dos días solo en la escuela vacía, sin luz ni agua.
Rachel me mantuvo la vista con dolor y resentimiento.
—Incluso me culpé cuando me electrocutaste para defender a Romano —Natalie negó con una mueca torcida de rabia.
—¿Lo electrocutaste? —Rachel preguntó incrédula a la lither.
—Fue un error de pronunciación; tú lo dejaste a su suerte en el colegio —Natalie respondió sorprendida al enterarse.
—Pero no hay manera de excusarlas de esto.
Comprendo que no quieran estar conmigo, que se decepcionaran tanto de lo que pareció una pérdida de tiempo por alguien que no valía la pena.
¿Pero me desprecian tanto que ahora que estoy tratando de rehacer mi vida y de alguna manera ya las puedo dejar en paz, no quieren verme feliz?
—lágrimas de frustración y dolor llenaron mis ojos, impidiéndome ver.
—Sí, Gabriel —Rachel dijo caminando hacia la salida—. Te odiamos a tal grado que queremos verte sufrir tanto que maldigas el día en el que nos conociste.
—Y tal vez aún no lo sospeches —Natalie se puso en pie y siguió a la hechicera—.
Pero los chicos solo te dejaron de hablar a ti; nosotros seguimos siendo tan amigos de ellos como siempre.
Supongo que solo se hartaron de un arribista y trepador social que usa a las mujeres como su diversión y los pone a ellos en peligro constante.
Tal vez siempre fui el villano de una historia en la que pensé, por alguna estúpida razón, que yo podría ser el héroe.
Caminé hacia la entrada sintiendo que el simple hecho de estar ahí me asfixiaba.
Además, no necesitaba estar dentro de la mansión para defenderla.
Me quedé sentado en las escaleras con los puños apretados, viendo hacia la arboleda, tratando de tomar los trozos rotos de mí para comprender qué podía hacer con ellos.
Es decir, cada vez que alguien rompía algo de mí, lo único que tenía que hacer era reconstruirme, y hasta la fecha había funcionado.
La medianoche llegó y este día de porquería por fin había terminado. Flo salió con un plato y en él un pequeño pastel de chocolate con una vela.
—Feliz cumple, corazón. Pide un deseo —se sentó conmigo, pero el aire nocturno apagó la vela.
Cuando la lither estaba a punto de prenderla de nuevo por medio de alguna arte oscura, otra se le adelantó.
—Haurire —se coló en mis oídos ese tono burlón que tanto odiaba. La voz de Drake resonó en un susurro con el potencial de romperme los tímpanos.
Su arte oscura abrió un portal naranja con rosado, el cual se extendió por encima de la mansión.
Pude ver cómo Claude fue el primero en ser tragado; después vi a Natalie y Rachel atravesando las ventanas de sus cuartos.
Convertí los escarpes en garras y se los puse a Florencia para que la sujetaran al suelo.
Extendí las alas y sentí a Ceniza acoplada de nuevo en mí.
Salí volando hacia la lither y la hechicera; sujeté a ambas de la cintura, pero la succión del portal era abrumadora.
Sentía que la gravedad que ejercía me arrancaría las alas.
Cuando los escarpes reaparecieron en mi inventario, vi cómo Florencia salía volando delante de nosotros.
Estiré la cola y la atrapé, pero los cuatro fuimos absorbidos.