El Último Soldado de Alma (Helson Las últimas crónicas nº 3) Capítulo 31 El muro que nos divide
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Capítulo 31 El muro que nos divide

Regresé al departamento con el taladro en mano del señor Ashbourne, nuestro vecino viejecito al que ayudábamos con la basura, con sus mandados y a surtir sus medicamentos en la farmacia para que no saliera.

A pesar de lo desgastante que había sido ir con Claude, regresé animado; hoy descubriría cómo instalar la tele nueva para que Donna y yo ya no tuviéramos las laptops en la cama, con el riesgo de que se arruinara el ventilador por el calor, sin mencionar lo incómodo que resultaba el cable de corriente atravesado entre nosotros.

Dejé mi calzado junto con las sandalias de plataforma de Donna, en señal de que ambos por fin estábamos en nuestro espacio, y tarareé una canción cuya tonada me di a la tarea de destrozar.

Donna estaba acostada volteada hacia la pared; me acerqué a ella para abortar el plan en caso de que estuviera dormida. Cuando vi su rostro, el rímel con el que enmarcaba el mar que eran sus ojos estaba corrido. Dejé la herramienta y me acosté a su lado.

—¿Puedo saber qué te ocurre? —la lither simplemente negó y se tapó la cara con su almohada; apenas había cambiado las fundas por unas limpias y ya la había manchado de maquillaje—.

¿Al menos puedo abrazarte? —tal vez acurrucarme con ella la tranquilizaría como lo hacía conmigo cuando tenía problemas para dormir.

Donna me hizo espacio y subió el brazo para que la sujetara, pero seguía sin dirigirme la palabra. Yo metí la mano debajo de su blusa, queriendo tocar su espalda.

—Gabe, este de verdad no es el momento para que intentes alguna jugada para seducirme —dijo llorando abiertamente mientras sujetaba con fuerza mi muñeca. El malentendido me hizo gracia—. ¿Y te ríes?

—Solo te iba a escribir en la espalda como tú lo hacías en la mía.

—Lo haces terrible, más que una palabra parecía que querías quitarme el sostén —su tono de reproche fue sustituido por curiosidad—: ¿Qué decía?

—«Ich liebe dich auch» —dije recordando todas las noches en las que una y otra vez me declaraba su amor en alemán hasta que logbra conciliar el sueño; por fin entendí el significado de cada uno de sus trazos en mí—.

Solo quería ser el primero en decirlo en voz alta.

Te amo, Donna, por favor sé mi novia. Sé que no lo dije en alemán, pero es muy serio y es una petición real.

—Ya lo somos, bobo. ¿Creías que lo que hemos estado haciendo todas las noches se incluye en la versión de prueba sin suscripción?

—dijo mientras se incorporaba para limpiar sus ojos—.

Desde el día en el que crucé esa puerta somos novios, ¿no recuerdas que te lo dije?

: «no se trata de eso estar juntos». Aunque les duela, yo te elegí como pareja y eso es lo que somos —la lither sentenció tajante, hablando a una Rachel y una Natalie que no se encontraban en la habitación.

—¿Qué ocurrió cuando me marche con Flo?

—Eso no importa, es un secreto, son cosas de chicas —Donna se limpió las lágrimas, haciéndome recordar aquella joven que preguntaba cosas inapropiadas de mí en la cafetería de la escuela, prácticamente una desconocida a la que ahora amaba.

—De primera mano sé lo crueles que pueden llegar a ser; el semestre pasado siempre se atacaban una a la otra.

Tal vez en su momento no lo frené, pero no voy a permitir que le hagan eso a mi novia y mucho menos si ellas fueron las que me mandaron al demonio —era insultante y desgastante que, no conformes con terminarme, también querían verme solo y miserable.

Tal vez buscaban hacerme pasar por cómo se sintieron todo este tiempo, estando una a la sombra de la otra, pero Donna no era Scott Pilgrim y no tendría por qué aguantar a mis ex.

—Por más veces que repitas que soy tu novia, no te saldrás con la tuya; tus trucos Jedi solo funcionan con mujeres de mente débil —tal vez no sería el momento, pero recordaría lo sensual de esa referencia en la noche que en verdad intentara una movida con la lither—.

Además, ¿qué les dirías? ¿«Dejen de hacer llorar a Donna, estúpidas y crueles arpías»?

—cada vez que Donna decía «estúpida», lo hacía con un acento italiano que me encantaba.

—No sé si sea ese exactamente mi estilo; pensaba más decirles que me hacía feliz que ya hubieran superado lo que pasó, que esperaba que fueran felices así como yo lo soy contigo, tal vez así recapacitarían un poco de su mal actuar.

—¿Por qué sabes tanto de chicas para que todas caigamos rendidas a tus pies y no sabes nada de lo malditas que podemos llegar a ser cuando estamos despechadas?

—Eso no decía en las revistas de la mamá de Dyl —la lither escupió una carcajada; me sentía humillado pero al menos ya no estaba llorando.

—Además, nunca me mencionaste que ya no tenías la necesidad de elegir entre una y la otra, porque esas degeneradas ya habían hecho un acuerdo de compartirte y pusieron a tu disposición el helado de dos sabores.

—Eso nunca pasó, Donna. Sí hubo una especie de tregua, pero nunca hicieron lo del helado —dije un poco avergonzado.

Tenía que elegir muy bien las palabras que usaba, y no para salirme con la mía, sino para ser exacto y tener tacto; algo que ni la rubia ni la pelirroja tuvieron la delicadeza de procurar cuando solo Dios sabe qué tanto le dijeron a Donna para afectarla.

—De todos modos eso no es el problema. Es difícil amarte, Gabriel Hunter.

—Es muy fácil amarte, Donatella Romano —sujeté su rostro y acaricié sus mejillas manchadas por el llanto.

—Que no funciona eso conmigo, guarda tu lengua de reptil, mejor pongamos la tele.

Donna se puso en pie y tomó las instrucciones.

Prácticamente yo solo sujeté la base de la pantalla; ella se encargó de todo.

En segundos marcó con un lápiz dónde debían de ir los agujeros; la manera en la que iba intercambigando el taladro por el martillo para clavar los taquetes.

Fueron cinco minutos en los que me quedé ahí parado como un completo inútil viendo a mi chica hacer pruebas para ver si soportaría la estructura de metal y que la nivelación hubiera sido la correcta.

Tal vez papá debió de enseñarme más de reparación e instalación de cosas del hogar.

Él decía que podía hacer lo que fuera si tuviera la herramienta correcta, pero nunca compraba herramienta.

Además, después de que una vez dejó a Zane pegado a una toma de luz porque quiso arreglar una lámpara de su despacho sin bajar las pastillas de la electricidad, no me dieron muchas ganas de aprender más de él.

—¿Qué pasaría si Bombón y Burbuja un día te dicen que olvides todo y que regresen juntos?

—Eso no pasará, Donna —respondí sin darle importancia al escenario imaginario mientras configuraba el wifi en la tele para comenzar a usarla—. Ellas se encargaron de derrumbar ese lugar, yo solo seguí adelante y llegaste tú.

—Sí, ¿pero qué pasaría si ocurriera?

—¿Qué es lo que quieres que te diga? Si no puedo convencerte con palabras, tendrás que esperar a que mis acciones hablen por mí —la lither inconforme se sentó frente a la televisión y comenzó a meter sus cuentas en las aplicaciones de streaming.

Antes de llevar la herramienta de regreso con el señor Ashbourne, noté que me hacía falta un desarmador, así que moví la cama para buscarlo; detrás de la base encontré un corazón tallado con una fecha: «06 de enero de 2001. Bruny y Vinnie».

—Donna, tus padres no se llamaban... —pregunté señalando al corazón.

—No puede ser... ¿Gabe, sabes qué significa? —la lither se tapó la boca y lágrimas recurrieron sus mejillas de nuevo.

—Que lo hemos estado haciendo en la misma cama donde hace dieciocho años engendraron a tu hermano —sentí un tremendo zape que me mareó.

—Nuestro hogar fue el primer lugar donde vivieron mis padres. Claro, por eso los mandaron a Barking; les prestaron este mismo departamento cuando se enrolaron y no tenían dinero.

—También eso —aun sintiendo que la nuca me latía, vi a mi hermosa novia, conmovida por los giros que la vida nos regalaba a pesar de la terrible situación global.

Los siguientes días no hubo tiempo de entrenamientos.

Las víctimas por la pandemia eran un incendio que separaba a familias por todo el mundo; si el descontento y el temor crecía entre los miembros de las facciones, esto terminaría con gobiernos derrocados.

La paz que se construyó con los acuerdos después de la última guerra oculta terminaría con guerras civiles.

La gente ya no confiaba en sus representantes por su falta de acción.

Drake lo sabía y aprovechaba la incertidumbre con campañas armadas para desgastar todas las organizaciones paramilitares; cada vez morían más souldiers de los que se enrolaban, lo cual era desmotivante para todos, y lo que comenzó como un pequeño murmullo, cada vez se hacía un constante zumbido en los pasillos.

Estábamos muriendo porque los gobiernos no estaban dispuestos a revelar la verdad y hacer lo necesario.

Sin souldiers que le dieran peso a las naciones, ¿qué evitaría que hubiera golpes de estado?

Si las guerras eran semilleros de cadáveres, una pandemia lo era aún más; Drake estaba minando materiales para que Charles tuviera recursos casi ilimitados para crear a sus ejércitos de necróticos.

Los ataques y caídos en las ciudades fantasma eran tantos que hacían que tuviéramos que doblar turno, al menos tres veces por semana.

Estábamos saturados; aun así, podía sentir cómo yo regresaba a la normalidad.

Ya no me quedaba clavado en el suelo sin poder hacer nada; retomé mi lugar activo en el escuadrón, no solo fingiendo que daba las órdenes para que todos mejoraran, incluso sustituí a Donna para regresar a encargarme del «tipo grande».

Antes de que terminaran las oleadas de necróticos siempre aparecían los jefes finales.

—Amo cómo lo primero que buscan tus ojos después de vencer al grandulón es a mí —dijo Donna sonriente mientras la atraje por el coxis para tenerla cerca de mí cuando iniciara la extracción.