Capítulo 30 La felicidad como acto de rebeldía
Mayo inició con números aterradores. Los contagios superaban los cinco millones en todo el mundo.
Aunque los números oficiales distaban de los reales, las muertes de trescientas setenta mil personas ya eran un hecho y solo el Reino Unido representaba más del diez por ciento de esas muertes, siendo el segundo país con mayor número de fallecimientos, solo superado por Estados Unidos.
Algunos comenzaron a referirse a Londres como la ciudad del silencio; para nosotros era una ciudad fantasma más, como a las que nos solían enviar.
La nueva realidad era una locura sin precedentes, incluso en cómo nos organizábamos.
Llegábamos al cuartel temprano para entrenar.
Nos enviaban a casa para tomar las primeras clases en línea, pero era un fastidio; los maestros a duras penas podían llevar a cabo los pormenores de una transmisión en vivo.
También el plan de estudios y las clases se habían modificado.
Helson optó por una opción más ligera de exigencia y se preocupaba más por la salud mental de los estudiantes y sus familias; mientras todos lloriqueaban por lo duro que era estar encerrados, para nosotros era tiempo libre para salir a las calles y ganarnos el sueldo en nuestras misiones.
También descubrí por qué no había recibido mensajes ni llamadas de mis amigos, a pesar de que los había intentado buscar en múltiples ocasiones cuando reunieron a sus familias para hablarles del mundo oculto y de todo lo que en realidad estaba pasando.
Sus padres no reaccionaron bien, incluso ante las pruebas que les dieron; la negación y la presión que ejercían los carismas para hacerles ver lo ridículo de la situación no fue suficiente y, ante su insistencia, los aislaron y les prohibieron hablar con personas «confundidas» como lo éramos nosotros, amenazándolos con que los sacarían de Helson. Me había quedado sin amigos.
Después del rapto de Cat, Zane se encerró con Levi como su carcelero, vigilando su nivel de éter todo el tiempo para que no pudiera escapar ni regenerar sus ojos.
Pero la realidad es que mi hermano estaba más preocupado por la manera en la que se había salido de control y por las consecuencias de su nueva marca que por la amenaza que el Príncipe de Inferno representaba en estos momentos; o al menos eso me contaba Florencia, quien en sus propias palabras describió a Catherine como el trozo de humanidad que anclaba a Zane en Terra.
Por su parte, Hal y Declan se estaban recuperando, pero haber perdido a Cat también fue un golpe tremendo para ellos.
Sora desapareció de nuevo y no la podía contactar; lo último que supe de ella fue que Drake no aceptó su ayuda a cambio de mantener a mi familia a salvo, y que el lither estaba haciendo planes catastróficos a ciegas.
Cualquier cosa podría salir mal y llevarse a Chuck, a mis padres y a Cat entre las patas.
Ceci se encontraba junto con la Banda como invitados de los Evans; era tan extraña la mezcla que agradecía no tener que ser testigo de ella.
Aunque estaban ahí para ayudar en lo que pudieran a Flora para atender a Claudia, a quien habían estabilizado con retrovirales desarrollados por la científica que, si bien no eran una vacuna, frenaban el avance del virus, pero el deterioro celular continuaba ya que seguía vivo alimentándose de los carismas que ya formaban parte del ADN de la elfa.
La madre de Rachel, al ser la única miembro de facción sin contar a la Rubia, tenía que alejarse de Claudia por el riesgo de contagio.
Fue invitada a Aethelgard Hall, pero ella optó por pasar a salvo la pandemia desde la tranquilidad de la campiña a solas, algo que lastimó profundamente a Alistair.
Claude, Natalie y Rachel practicaban todos los días; no permitirían que algo como el ataque a la mansión volviera a pasar.
Flo los describía como un equipo dinámico y unido, testarudos y escandalosos, pero dispuestos a ponerse de nuevo en pie y aprender de sus errores.
Donna me dijo que estaba preocupada por Romano; trataba de pasar la mayor cantidad de tiempo en su cuarto y algo no estaba bien.
Solo se veían en sus clases en línea y todo el mundo se preguntaba por qué, ya que era más que evidente que los hermanos estaban viviendo en lugares distintos, hasta que el misterio se aclaró de la peor manera posible.
Haciendo uso de nuestro nuevo e increíble calentador de agua, tomé una ducha particularmente larga.
Salí de manera despreocupada, sin playera, secándome el cabello y en toalla, detrás de la lither.
Incluso en un momento de estupidez total, me acerqué a su pantalla pensando que veía un podcast. Donna estaba conectada en sus clases en línea.
Tenía la mirada fija en la cuadrícula de cámaras y abrió su micrófono porque estaba a punto de participar.
El silencio que se produjo en el audio de la clase fue súbito y sepulcral.
Vi cómo Donna se tensaba. No necesitó girar la cabeza; vio mi reflejo en el cristal de su propia pantalla y yo me vi en el recuadro de su cámara sin entender en qué página navegaba. El color rojo subió por su cuello como una marea de lava hasta cubrirle las orejas.
—¡Gabe, tápate! —gritó con una urgencia aterradora.
—¿Gabriel Hunter? —preguntó el maestro de programación que tuve el semestre pasado, acercando el rostro a la pantalla para verme mejor.
En ese momento, chicos a los que no les importaba la clase centraron su atención en nosotros. Donna buscaba la manera de apagar la cámara, mientras sus compañeros se tapaban la boca por el escándalo, sonreían y con urgencia comenzaban con gran interés a grabar la sesión.
—Señor Hunter, confío en que le ayudará a la señorita Romano con su proyecto final; le pido que hagan la segunda parte del juego que desarrolló el semestre pasado para mi materia.
—Cuente con ello, profesor —alcancé a decir antes de que Donna encontrara el botón para apagar su cámara.
—Te voy a matar —Donna se me abalanzó, me tacleó y nos comenzamos a besar de manera salvaje en el suelo, riéndonos a carcajadas por el ridículo que habíamos protagonizado. Tomamos con filosofía que sus compañeros ahora sabían de nosotros; ¿qué más podíamos hacer?
—Sé dulce, aún no me recupero de la paliza que me metiste ayer en el cuartel —le pedí a la lither, ya que apenas estaba animándome a pelear de nuevo pero los resultados no eran los esperados.
—Señorita Romano, aún los podemos escuchar; si gusta termine la sesión antes de continuar lo que están haciendo.
Fue increíble el número de reproducciones que tuvo el video solo en su primer día; era la segunda cosa viral de la que nos teníamos que preocupar.
—¿Donna, a dónde vamos? —usualmente usábamos nuestros días libres para pagar las cuentas, ir a la lavandería y comprar cosas del mercado; aprovechando que teníamos identificaciones de personal indispensable, podíamos andar prácticamente por todos lados sin sujetarnos a las normas del encierro.
—No, no, Gabe, es una sorpresa —caminamos por Barking hasta llegar a una enorme tienda departamental—. ¡Tadá! —la lither anunció de manera triunfal—. Compraremos un televisor.
—Pensé que necesitábamos ahorrar para un colchón —comenté, pensando en nuestro listado de cosas prioritarias por adquirir, donde una televisión no figuraba de ninguna manera.
—Es una tontería mía. Lo primero que mis padres compraron fue una televisión JVC de veinticuatro pulgadas. Y les fue muy bien juntos. Claro, después murieron, pero entiendes la idea.
—Eso me recuerda que lo único que le pidió mi mamá a mi papá cuando se casaron fue que, donde vivieran, siempre tuvieran agua caliente para que ella se duchara.
—¿Y qué pasó? —la lither me tomó de la mano después de que el personal de la tienda nos midió la temperatura y nos ofrecieron gel antibacterial mientras hacíamos nuestro «rondín».
—La universidad los mandó en su primer año de servicio a una excavación en una localidad remota. Mi papá compró un calentador, pero las casas no tenían agua potable; todos los días mi papá traía agua del río y la ponía a calentar para mamá.
—Es por eso tu fijación con el agua caliente —Donna rio despreocupada, mientras corroborábamos que las normas de seguridad se aplicaran en el establecimiento.
El gerente nos atendió personalmente cuando preguntamos si nos podíamos llevar la pantalla Hisense de cincuenta y cinco pulgadas que nos había gustado; con la economía detenida, todos los ingresos que pudieran tener eran un poco de oxígeno para los negocios parcialmente abiertos en una crisis global que no sabíamos cuándo terminararía.
El hombre estaba tan agradecido que nos regaló una base para pared y el kit de instalación.
Solo teníamos que conseguir un taladro para hacerlo nosotros mismos.
Después de terminar nuestros pendientes y cargando la enorme caja, me llegó el mensaje que había estado temiendo por parte de Rachel: «Me habló Flora, los retrovirales dejaron de funcionar en Claudia, tenemos que reunirnos para ver qué haremos con Levi.
Por cierto, felicidades por tu video, qué vulgar eres».
—Bueno, parece que a Chel no le hizo gracia nuestra popularidad en internet —Donna me miró buscando alguna expresión que le diera pistas de cómo me sentía al respecto.
—Confío en que lo superará —dije secamente sin darle mayor importancia.
Antes de ir a Aethelgard Hall, pedí al agente Jack que me informara cuál sería la postura del Grupo de los Cien respecto a las medidas que deberíamos atender después del deceso de la esposa del Príncipe de Inferno.