Capítulo 29 El mar en el que me hundo #2
Tomamos la línea verde hacia Barking. No era lo más eficiente, pero no necesitábamos transbordar; además, ambos éramos el único lugar donde queríamos estar.
Nos sentamos en asientos consecutivos en el vagón casi vacío para seguirnos besando.
Ambos escuchábamos las canciones de la banda sin prestar atención más que a nuestros alientos chocando.
Donna tiraba del cuello de mi chaqueta y yo le sujetaba la cadera, sintiendo su trasero.
Las estaciones pasaban y solo escuchábamos el «tutting» de un par de personas mayores que nos miraban con reproche desde el otro extremo del vagón, no solo por nuestro comportamiento, sino por la falta de distancia y las mascarillas olvidadas en el regazo.
Cuando llegamos al este, un grupo de chicos que en su rebeldía se aventuraban a salir, nos gritaron:
—¡Consigan una habitación!
A lo que Donna respondió:
—¡Hacia allá me lleva!
Los chicos bajaron del tren silbando y aplaudiéndonos, mientras el eco de sus gritos rebotaba en los andenes desolados. Nosotros solo reíamos.
Nunca me había tardado tanto en insertar la llave en el maldito picaporte. Al cruzar la puerta, Ceniza salió y se acostó en la cama de manera perezosa; Donna y yo nos quedamos viendo y de inmediato metí a la gata en el baño, no dejaría que presenciara lo que estaba a punto de pasar.
Donna cerró la puerta del entrada y me le abalancé.
La subí a la encimera para devorarla a besos; ella arrojó mi chamarra y playera al piso.
Yo le quité las botas y las calcetas; estando ambos descalzos ya me sentía en casa.
Subí besando sus piernas hasta llegar a la parte interna de su muslo y, mientras los jadeos se le escapaban, sentí el calor abrasador de su entrepierna.
De nuevo erguido, le quité la blusa, besé su cuello, su clavícula y sus pechos.
La tomé en brazos y la llevé a la cama. La observé en la penumbra, apenas iluminada por la ventana, admirándola como una pintura que conocía a la perfección después de quedarme horas en la sala en la que la exponían; podía recordar con sumo detalle cada una de las maravillosas partes que la conformaban, la manera en la que su corte de cabello contorneaba a la perfección su rostro.
Me sabía todas las historias detrás de cada una de sus perforaciones, sus pequeños y rosados labios sin una pizca del labial oscuro que ahora tenía yo en toda la cara, que pronunciaron palabras que no pude comprender en esos momentos, y esos ojos que eran el mar donde me hundía cada vez que atravesaban mi espíritu.
Estaba en verdad embelesado por su belleza.
Donna besó mi abdomen varias veces y desabrochó mi pantalón, el cual cayó con el peso del cinturón, el celular y mi cartera.
Por mi parte, busqué cómo quitarle la falda, pero no encontré la manera; ella desabrochó dos botones y bajó el cierre que estaban en su costado derecho, nunca hubiera sospecho su ubicación.
Ambos reímos nerviosos. Pero nos seguimos besando entre risas; supe por cómo resopló que no le hizo nada de gracia la maestría con la que le quité el sostén con una sola mano.
Me hundí en sus pechos mientras los besaba y acariciaba; el aroma y calor que desprendían eran tan embriagadores que supuse que nunca sabría cómo detenerme; como si pensara hacerlo.
Antes de continuar, la miré de nuevo a los ojos, deslizando sus pantaletas por sus piernas con una delicadeza casi ritual; ella acarició con su mano mi miembro y me despojó de mi bóxer.
Nos encontramos solos, sin ropa, sin máscaras y sin barreras.
No había nada entre nosotros más que el espacio que pronto desaparecería.
Miré hacia los lados buscando algo que no sabía dónde se encontraba; tenía las toneladas de material médico que seguí acumulando para mi emprendimiento, pero no recordaba si había traído protección en primer lugar.
—Solo será esta vez, Gabriel, descuida —Donna me abrazó y me pegó a ella.
Yo, sin tener la voluntad para estar un segundo más sin hacerla mía, procedí, sintiendo el calor de su intimidad ardiendo contra la mía.
En el momento en que sus piernas me permitieron entrar, me fui hundiendo lentamente en su cuerpo.
En ese momento en tendí lo poco que en realidad sabía de una entrega mutua: no era una transacción, no era un capricho, un premio, ni el medio para retener a alguien.
O al menos no debía de ser así. Hacer el amor era la completa apuesta por que tu contraparte te respetaría mientras te fundías en su cuerpo, también la responsabilidad que implicaba salvaguardar su decoro y cuidarla.
Y a la vez perdernos en el deseo, en el placer y en el anhelo de que la distancia que nos separaba desapareciera por siempre.
Entré y salí en Donna hasta que me faltó el aliento; gocé la manera en la que rogaba que la tomara mientras clavaba sus dedos en mi espalda, nuestros besos desesperados, nuestros jadeos, sus gemidos exquisitos que exigían más de mí; la disfruté completamente.
Donna volvió a decir algo que no pude entender porque me abrazó de la cabeza haciendo que solo escuchara un zumbido.
Llegó un punto en el que me aferró tan fuerte hacia ella, de manera desesperada mientras se tensaba todo su cuerpo, y después Donna me liberó respirando aceleradamente.
Sentí cómo su pecho subía y bajaba de manera violenta mientras sonreía extasiada; las revoluciones de su cuerpo bajaron y, aunque nuestra entrega continuaba, la sentía en calma.
No sé si fue mucho o poco tiempo, pero me fue imposible seguir aplazando mi clímax, y es que Donatella repetía de manera deliciosa mi nombre; cada sílaba la separaba en entrecortados y desesperados jadeos mientras su acento italiano la dominaba haciendo que perdiera la cordura.
Me abrazó con sus piernas mientras se aferraba con las uñas a mi espalda.
No nos separaríamos, no lo interrumpiríamos.
Solo nos quedaríamos siendo un solo espíritu mientras mi virilidad se precipitaba dentro de ella.
La primera vez que hice el amor, supe sin ningún resquicio de duda que me había entregado en cuerpo y alma no a una chica que me gustaba, o a alguien con una etiqueta de «mi novia».
La primera vez que hice el amor me entregué a la mujer que me hizo entender el significado de pareja.
El sentimiento de paz y plenitud que me permitió dormir abrazado a ella no necesitó canciones ni que me ayudara a conciliar el sueño; descansé de corrido.
Desperté al día siguiente sintiendo que algo en mí había cambiado para siempre, mientras los primeros rayos de sol matutinos de Barking que se filtraban por nuestra ventana alumbraban el rostro de Donna.
Se veía hermosa, pero una sombra de inquietud en sus ojos se asomaba dando pie a un nerviosismo que no la agobiaba anoche.
—Gabe... —susurró, dudando en tomar mi mano—.
Me hubiera encantado que esta hubiera sido mi primera vez, que te hubiera esperado.
Me odio por no llegar a entender que te conocería.
Hubiera sido todo tan perfecto. Nadie dudaría de mí, no habría comentarios en los pasillos.
Solo lo obvio: que te pertenezco por completo.
La atraje a mí por debajo de las sábanas y recordé que toda nuestra ropa adornaba el suelo.
Despejé su frente para dejar un beso en ella y la miré entendiendo por completo su conflicto.
Tal vez ella no se sentía en igualdad de circunstancias, pero yo tenía sombras de mi pasado aún presentes.
Y no porque mi corazón aún estuviera en conflicto, sino porque me hubiera gustado decirle que la amaba con la libertad de quien lo hace por primera vez.
—Para mí esto es lo único que cuenta ahora, y aunque las personas a nuestro alrededor nos quieran hacer creer lo contrario, cuando lleguemos a nuestro hogar me gustaría que recordáramos que solo existimos nosotros.
Donna subió los ojos y me abrazó negando. Nos quedamos toda la mañana platicando y yo no me podía permitir dejar de ver ni un solo segundo a Donatella Romano, la lither que con su amor puro me permitió, al menos por una noche, sentirme eterno.