Capítulo 29 El mar en el que me hundo
Desperté de madrugada, alterado. Habían pasado tres semanas desde la aparición de Levi y seguía sintiendo que me hundía en la cera, mientras la voz de Rivera me taladraba los tímpanos en un zumbido desesperado.
La oscuridad del apartamento, sus estrechas paredes, incluso reconocer la sospechosa mancha en el techo, me hacían aterrizar en mi realidad. Aún estaba vivo.
—Ven, te abrazo —Donna se dio media vuelta y me atrajo hacia ella.
En su celular puso la misma canción que me había tranquilizado las últimas noches: una mezcla de gospel y villancicos que duraba una hora, mientras con su dedo recorría mi espalda formando una frase que yo no entendía, una y otra vez, hasta que regresaba a dormir.
Me puse en pie antes de que el celular sonara; metí la mano en el calderín y calenté el agua.
—Mañana nos despedimos de ti —dije para mis adentros, saboreando una paga que aún no llegaba.
Cuando el agua caliente comenzó a recorrer mi cabello, me alteré; tenía que comprobar que no fuera cera.
Cerré la puerta del baño y encendí la luz, recordando ese día.
La razón por la que Donna y los refuerzos no estaban en la mansión cuando regresamos fue porque Charles, de alguna manera, dio con la ubicación del cuartel del grupo de los cien.
El cual era un secreto que solo un par de personas en la organización conocía y resguardaba de manera celosa.
Después de todo, la original Biblioteca de Alejandría sufrió tantos incendios que no hubo otra manera más que ocultarla para siempre.
La gente cree que se perdió del setenta al noventa por ciento de los materiales intelectuales de la humanidad, pero en realidad las facciones simplemente restringieron su conocimiento a los humanos.
La última vez que la tuvieron que reubicar fue cuando Dante regresó a Terra tratando de darles todo el conocimiento que había en la biblioteca respecto al mundo oculto a los humanos.
O eso dice la anciana lither que nos amenaza con sentenciarnos cada vez que tomamos un libro o usamos las computadoras sin su permiso.
Por eso, para llegar al cuartel, todos debíamos de solicitar ser extraídos a este.
Aun así, eso no le impidió a Charles atacar.
No se sabe qué era lo que buscaba, pero a su paso arrastró con escuadrones enteros.
Afortunadamente, a Donna y a los chicos no les pasó nada.
Llegar al cuartel y ver en las pantallas fotografías de Chuck como enemigo oculto era desalentador.
A nuestro paso, Donna iba apagando las pantallas porque sabía lo mucho que me afectaba.
En definitiva, agradecía lo mucho que la lither se preocupaba por mi salud mental y la forma en la que me cubría en las misiones y entrenamientos, de ese otro tema del que aún no habíamos hablado.
—Gabe, no quiero que interfieras, ¿de acuerdo? Es más, tengo una idea: Bulbul, Jordans, Abba, Chernobyl, Abara, todos ustedes contra mí sola. Si alguno toca al pato, gana —Donna me señaló con el pulgar.
—Mavis, si les llamarás a todos por su apodo, exijo que también uses el mío —Abara interrumpió la propuesta de la lither.
—Nadie te llamará Bubba, Abara, sé consciente, por Dios. Además, Mavis es un apodo idiota, yo no soy vampiro.
—Lo sabemos, pero votamos y eres histérica, pálida y gótica; además, llevas ese corte de casco. En definitiva eres Mavis —todos asintieron detrás de Abara.
—Nadie te dirá Bubba —de manera infantil, Donna sentenció.
—Necesito que recluten a más hermanos en el escuadrón, o a algunos mexicanos. Esos weyes están locos, ese —Abara dijo algo en español de lo cual solo entendí «locos»—. Aún tengo más apodos, querida, amarás alguno: Creed.
—¿Cuál Creed?
—Apollo, claro.
—Entonces no.
—T´Challa.
—No.
—Dutch.
—¿El de Depredador?
—Sí.
—Para nada.
—Curandero.
—¡No! ¿Cuál es tu obsesión por los hombres negros que mueren o se sacrifican?
En el ataque de Cha... del otro día, Petrov, Nguyen y yo contuvimos a los necróticos antes de que siquiera te tocaran, cuando no podías hacer artes oscuras por el miedo —Donna iba a decir «el ataque de Charles», pero cambió de último segundo la frase para evitar afectarme.
—¿Qué tal si te llamamos Latrell, el de ¿Dónde están las rubias? —con un marcado acento eslavo, Petrov preguntó, sujetando su brazo con inseguridad—. Es fuerte, moreno y no está muerto.
—Eres un maldito racista, viejo. Qué tal si a ti te llamamos capitán comunismo; acudiré a recursos humanos en este maldito momento —todos soltamos un «¡Aaaaaagh!» al unísono, resoplando y subiendo los ojos al techo.
—Es suficiente, todos contra Bubba, ahora —Donna inició el entrenamiento de la mañana para partirle el trasero al lither en equipo.
—Esperen, esperen, vean sus celulares —Abara frenó el ataque—. ¡Ya pagaron!
Todos gritamos de emoción; Donna y yo brincamos y nos sujetamos de los antebrazos. Habíamos sobrevivido el mes y aún contábamos con algunas libras de sobra cada uno.
Cuando el día terminaba, podíamos elegir a dónde seríamos extraídos solicitando a Petersen la ubicación habitual, que era para Donna y para mí el departamento, o algunas coordenadas en particular, llenando un formato especial.
—¿A dónde vamos, Gabe? —la lither preguntó cuando llegamos a un restaurante en Soho.
—Bueno, ya pagaron y va un mes desde que dejaste de comer los manjares en Aethelgard Hall para comer raciones militares y pasta recalentada en el departamento.
Pensé que podríamos intentar revivir tu paladar.
Busqué comida italiana vegetariana y «Lina Stores» estaba en las mejores opciones; por la cuarentena solo atienden en la banqueta, pero es mejor que nada.
Me sugirieron los ravioli de calabaza y salvia o los malfatti de ricota y espinacas.
Aunque no tengo idea de qué sea eso último.
—Y tampoco cómo pronunciarlo. ¿Eres muy lindo, lo sabes? —Donna tomó mi mano y corrimos al restaurante de color menta, mientras con la otra mano sujetaba su falda morada de cuadros.
Elegimos una de las pocas mesas que estaban en la banqueta, aisladas del interior cerrado por las restricciones sanitarias.
Después de refrescantes bebidas, exquisita comida y temas de conversación que no se terminaban, la tarde se convirtió en noche.
El Soho vacío, con sus persianas metálicas abajo y ese silencio inusual de la pandemia, nos hacía sentir los únicos habitantes del mundo.
Faltaban quince minutos antes de que cerraran y, por respeto a los trabajadores que debían volver antes del toque de queda, nos retiramos.
Caminamos sin rumbo por un Soho fantasmagórico.
Era temprano y ninguno de los dos queríamos llegar aún a casa.
—¿Desde cuándo sabes que no puedo pelear? —pregunté, tratando de restarle importancia a mi cuestión hasta que pareciera una trivialidad.
—Los amigos de mis padres iban a casa a despedirse de ellos después de haber tramitado su baja voluntaria tras alguna misión difícil. Ojos muy abiertos, manos sudorosas, siempre en un estado de alerta constante y cualquier ruido fuera de lo normal les generaba ataques.
—¿Por qué no hablaste con O’Reiley al respecto?
—Porque te sigues presentando al cuartel todas las mañanas, porque sigues acudiendo a los entrenamientos y porque eres extraído a las ciudades fantasma con todos nosotros, intentando ayudar.
Además, tú y yo somos compañeros; yo tengo que ver por ti, y si eso implica cubrirte mientras hago un espectáculo para distraer a los demás y que no se fijen en ti, lo haré hasta que vuelvas a ser tú.
—¿Y si no vuelvo a ser yo? —pregunté ante la idea de nunca dejar de soñar que me hundo en la cera, que escucho a Rivera y ver cómo cada vez que aparecemos en un nuevo lugar trato de fingir que el terror no me paraliza, mientras todos los demás hacen mi trabajo.
—Ese día hablaremos con O’Reiley y cambiaremos de ocupación.
Limpié de mis palmas el sudor que ahora de manera permanente las cubría y busqué la mano de Donna; ella, en un acto de ternura, la pegó a su pecho y besó mis nudillos.
—Casi lo olvido, tengo algo para ti —recordé el contenido de mi mochila.
—¿Cuándo los recuperaste? —Donna se colgó sus auriculares al cuello, bajándose la mascarilla para respirar el aire fresco por primera vez en toda la noche. Reconocí el aparato como la parte de ella que todo este tiempo le había hecho falta.
—Contaba con que hoy nos pagaran, hice mis cálculos y estábamos cubiertos, así que decidí ir por ellos hace un par de días, pero hasta hoy salieron de mantenimiento.
El driver derecho ya no vibra extraño y, como sé que Tyler mete bajos que te sacuden en todas las canciones, no quería que tuvieras que lidiar con ese zumbido metálico justo en las mejores partes —saqué mi celular y reproduje «Brick by Brick», una canción de los chicos, para mostrarle.
Donna se frenó en seco en medio de la calle desierta; sus ojos, que eran un cálido mar del Caribe, me desarmaron.
No esperé invitación, así que la besé. Ella se rodeó de mi cuello y se puso de puntitas para alcanzarme; la sostuve de la cadera para ayudarla un poco.
Cerré los ojos sin importarme nada más, ignorando el olor a desinfectante de las calles o que tal vez el día de mañana nos tocaría pelear en ellas.
Respiré como si estuviera en una práctica de tiro con arco; en el momento de mayor tensión, cuando los músculos dolían y sentía que ya no podía más, solté.
Y al final del túnel descubrí que no había arco, no había flecha, tampoco había una diana: tan solo estaba ella.