El Último Soldado de Alma (Helson Las últimas crónicas nº 3) Capítulo 28 La piel de elfo
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Capítulo 28 La piel de elfo

Detrás de la multitud, sentí cómo alguien con urgencia se abría paso. Sora apareció; me vio rápidamente y después a Donna, quien seguía prendida de mi brazo. La vidente llegó hasta donde se encontraba Zane.

—Levi, tranquilízate. No podemos hacer lo mismo que ocurrió en Hiroshima y Nagasaki —su voz conciliadora y las manos extendidas la hacían ver como una amenaza en reposo, algo cuya naturaleza, similar a la de Levi, podría desencadenar el caos—.

Y tú tranquilízate, ahorita no podemos darnos el lujo de que te salgas de control —de reojo miró a mi hermano.

—Azu, juré que si te volvía a ver, te haría pagar por lo que me hiciste —la voz del Príncipe de Inferno resonaba con una autoridad propia de su linaje.

—Dime algo, ¿hay alguien a quien le dé gusto cuando apareces? —Zane, de manera mordaz, espetó.

—Solo a ti, pero no lo quieres admitir. Ahora guarda silencio, esto es muy serio —la manera en la que temblaba la voz de Sora me hacía saber que algo estaba muy mal—.

Lo que pasó entre nosotros fue el resultado de nuestra incompatibilidad, hermano.

Aun así, compartí el mismo destino que tú; no hace poco yo también desperté del sueño que fue una vida siendo parte de las facciones.

Es hora de regresar a Inferno, Levi. Atan te necesita.

—Atan no significa nada para mí —Levi se aferraba a la mujer en sus brazos con una mueca de dolor indescriptible.

—¿Quién es ella? —Sora caminó con cautela hacia su hermano, pero Zane la sujetó del brazo.

—Su nombre es Claudia, mi esposa. Cuya vida es lo único que mantiene el mundo sin arder —el Príncipe de Inferno rugió.

—Si está enferma, debería de estar en un lugar donde la puedan ayudar —Ceci corrió hacia el Príncipe de Inferno—. Declan, trae dos tanques de oxígeno. Todos aléjense, Zane tú también. Nadie debe de exponerse.

—Ceci, no —Zane caminó para interceptar a Cecilia, pero ella ya estaba sujetando a Claudia.

—Zane, tú tenías razón, debemos ayudar a los príncipes de Inferno; es nuestro rol como Helson.

Yo estaré bien, lo peor que me puede pasar es tener algo de gripe —lo poco que sabíamos gracias a Flora del virus es que los humanos, si bien podían ser portadores, al no estar bajo el velo de los carismas no les afectaba.

—No tienen las instalaciones correctas para atenderla aquí, todos correrán riesgo además —Sora frenó de golpe a Ceci cuando guio a Levi a la mansión—. Cualquier cosa puede salir mal, heredera.

—También contigo, y aun así te paseas por todos lados como si fuera tu casa —Cecilia sujetaba el tanque de oxígeno para Claudia mientras Levi le ponía la mascarilla.

—Pueden llevarla a mi casa. Flora tiene todo lo necesario para estabilizarla, pero no puedo permitir que él se acerque a mis padres ni a mis hermanas —Rachel dijo, sujetando su brazo izquierdo, cohibida.

—Nadie me separará de mi esposa —la manera desmedida en la que reaccionaba el Príncipe de Inferno denotaba lo volátil de su estado mental.

—Debiste de haber pensado eso antes de llegar amenazando con destruirlo todo —la voz de Zane rivalizó con la de Levi—. Ahora bien, puedes aceptar la ayuda que se te ofrece bajo nuestras condiciones, o tendremos que arreglar esto de otra manera.

—¿Qué te pasa, Zane? Esto es completamente innecesario —Cecilia reclamó al vampiro ante su hostilidad e imprudencia.

—Creo que debes de entender tu lugar, Helson —Levi recostó a su esposa en el quiosco.

—Donna, ahora sí, ve por refuerzos —tomé del hombro a la lither, quien hasta el momento seguía en shock.

—Ten cuidado, por favor —Donna tocó mi rostro en señal de despedida antes de ir al cuartel—. Extracción —antes de que el portal se cerrara, su hermano la sujetó de la mano y ambos desaparecieron.

—Levi, Príncipe de Atan —me acerqué a lo que parecería el área de combate—. Terra no es tu lugar, es hora de marcharte.

—¿Y tú quién se supone que eres? —el Príncipe de Inferno se paró frente a mí; sus imponentes casi dos metros no suponían una amenaza mayor que todo el poder que pudiera esconder en ellos.

—Soy el souldier que te detendrá —un triste resoplido salió de la boca de Levi.

—Más de la mitad de ustedes intentaron detenerme y el truco de enviarme a Inferno no les funcionó —el líder supremo, con desdén, me sujetó de la camisa y me comenzó a elevar—. ¿Qué te hace creer que tú podrás hacerlo?

—Tal vez yo no pueda, pero mira a quién hiciste enojar.

Zane se abrió paso poseído por la rabia, mientras el infierno se encendía en cada una de sus marcas que traspasaban su camisa con vívidos colores.

En fracciones de segundos estaba al lado de nosotros para conectarle un puñetazo a Levi, haciendo que me soltara.

Caí de un sentón en el pasto, mientras mi hermano hundía al Príncipe de Inferno en el jardín a golpes.

Más de una vez había visto cómo Zane perdía la razón cuando alguien nos llegaba a poner la mano encima; sabía que él, convertido en vampiro, simplemente era un berserker imparable, lo cual me daría algunos segundos para idear algo.

—¡Chicos, usen el helicóptero para escapar!

Solo ustedes y Ceci son inmunes. Llévenla a casa de los Evans; Flora sabrá qué hacer más que nosotros —grité, como si hablara con mi escuadrón, escupiendo indicaciones de un plan a medio masticar mientras esperaba lo mejor, justo como Zane lo haría—.

¡Claude, cuídalas y no permitan que Donna nos encuentre! ¡Sora, ahora!

Cuando la neblina de la vidente nos envolvió a los cuatro, sentí el tiempo detenerse.

Pude ver de reojo a Rachel y Natalie tratando de escapar del agarre de Claude.

A Johnny y Sam corriendo hacia el helicóptero, sujetando los tanques de oxígeno, mientras Tyler llevaba en brazos a Claudia y Ceci los seguía.

Al fondo vi a Declan transformándose en lobo y a Hal y Flo llevando a Cat a la mansión para que la niña estuviera a salvo.

Por último, vi a Ceniza como una llamarada azul tratando de llegar a mí para acoplarse.

Pero ya no estábamos en Aethelgard Hall.

El portal de neblina púrpura me escupió con la sutileza de un cañón.

El cambio de presión fue un estallido que me reventó los oídos, sustituyendo el silencio de la campiña inglesa por un rugido primigenio.

Ya no había rastro de verde ni de tierra firme; solo el aire, que me golpeó los pulmones como si hubiera tragado nitrógeno líquido, quemándome por dentro.

Caía en picada.

El mundo se había transformado en una estampa monocromática de una escala aterradora.

Me precipitaba sobre una lengua de tierra que dividía dos mundos: a un lado, la furia de un océano color petróleo que escupía espuma blanca contra la orilla; al otro, la calma muerta de una laguna donde flotaban icebergs gigantes, bloques de hielo milenario que brillaban con un azul eléctrico, espectral, como si guardaran luz propio en sus entrañas de cristal.

Desplegué las alas. El viento aulló contra mi pecho mientras nivelaba el vuelo en un arco violento.

Alcancé a Sora en el aire, sujetándola contra el frío abrasador, y descendí con ella hacia ese filito entre las aguas.

Esta vez la deposité con sumo cuidado sobre la superficie.

Los tacones de la vidente se hundieron en una arena tan negra como el hollín, volcánica y pesada, que crujía bajo nuestro peso.

—Estamos en Islandia, en Diamond Beach para ser precisos.

A ochenta kilómetros a la redonda solo hay ovejas y toneladas de hielo.

No hay nadie a quien Levi pueda herir...

excepto a nosotros, claro —comentó la vidente antes de que pudiera formular la pregunta por el frío—.

Deberías de abrigarte de pies a cabeza, esos dos están a punto de estallar.

Fang se hizo presente cubriendo la armadura en llamas verdes.

—¿Estás seguro, Fang? —pregunté a mi fuero interno.

Había estado evitando esta transformación porque me agotaba en minutos. Si Fang estimó que para tener el nivel de respuesta, potencia y protección eran necesarias las llamas verdes, estaba por iniciar una misión de talla monstruosa.

A unos veinte metros de nosotros, el suelo tembló.

Zane y Levi aterrizaron con un impacto seco, dos meteoritos que reclamaron su lugar en la arena negra.

Mi hermano salió del cráter; el vapor se liberaba de su boca en cada jadeo, sus marcas luchando por encenderse en aquel vacío gélido.

Frente a él, el Príncipe de Atán se erguía como una columna de obsidiana, inhalando el azufre que emanaba de las grietas de la tierra con una calma que me heló la sangre.

—Azu, tramposa desgraciada, regrésame con Claudia —el titánico hombre pasó a Zane; en un parpadeo ya estaba al lado de nosotros.

Cubrí el puñetazo que iba para Sora con el mandoble que era Fang.

Con la mano derecha sujetando la empuñadura y con la izquierda empujando la hoja, sentía cómo Levi, con su fuerza descomunal, hacía que me recorriera perdiendo terreno.

Los escarpes y los guantes tomaban la forma de garras y sentí cómo me quedé clavado en la arena.

Ganaría el tiempo suficiente para repeler la presión del Príncipe de Inferno, sacándolo de balance para darle una estocada con un giro completo.

Sin embargo, esquivó el ataque que lo partiría en dos brincando.

Clavé a Fang para impulsarme con él y, con una patada en el rostro, lo mandé a volar.

Ya en el aire, Zane lo recibió con ataques que apenas y podía cubrir con sus pies y manos.

Alcé el vuelo y, sin dejarlo caer, entramos en una ráfaga coordinada: yo le hundía el hombro en la columna mientras Zane le reventaba el abdomen a ganchos, haciéndolo rebotar entre nosotros.

Cada vez que Levi intentaba cubrirse de mis garras, el pie de mi hermano ya le estaba impactando en la nuca.

Salió disparado hacia un glaciar que se partió en dos.