Capítulo 27 Prohibidos los malditos festejos #3
La pantalla estalló en blanco. K.O. Zane se alejó del tablero sonriendo; ambos habían dejado la máquina oliendo a plástico caliente. Claude le dio la mano a Zane en un gesto de caballerosidad y deportivismo, y se dispuso a sacar un dólar de su billetera.
—Espera, ¿contrataste a mi hermana por apuestas de un dólar entre ustedes? —Rachel seguía incrédula—. Las operaciones que realizaba todas las noches eran por varios millones de dólares.
—Bueno, la apuesta siempre le daba un toque más interesante, cariño —concluyó Claude con ligereza.
El festejo continuó. Como el personal de la propiedad estaba bajo resguardo en sus casas por estricta orden de Claude, todos ayudaban en las labores cotidianas, incluso al preparar la comida para la fiesta, la cual estaba distribuida por el jardín en estaciones de autoservicio con letreros y puestos de feria.
Incluso para Zane y Claude habían pensado en una solución que no desagradara a nadie.
—Bueno, esto no era lo que había sugerido en el diseño del evento, pero es funcional —Claude tomó dos termos de aluminio que se encontraban en la isla más alejada y le entregó uno a Zane para brindar juntos.
—Ni locas accederíamos a tu idea de tener desnudistas dispuestas a ser mordidas y Dios sabe a qué más en el quiosco, bailando música árabe frente a todos los demás —Ceci replicó de manera mordaz.
—No eran desnudistas, eran cosplayers vestidas con trajes de la princesa Leia esclava y solo les haría lo que ellas me pidieran; además, Zane adora El Retorno del Jedi, sería una gran sesión de fotos —Claude era abierto con respecto a su naturaleza.
Tal vez no respetaba la vida humana y eso me causaba mucho conflicto, pero en definitiva era un amigo fiel para mi hermano.
—Hubiera sido genial, a mí también me gusta El Retorno del Jedi —Johnny se acercó, mientras él y Claude asentían estando de acuerdo.
—Es una fiesta de cumpleaños, no un lupanar; en verdad necesitamos conseguirles novia —concluyó Florencia dirigiéndose a Ceci, agregando algo más a la lista de cosas que tendrían que gestionar en el futuro.
La tarde continuó avanzando. Encendimos una fogata y todos compartimos historias vergonzosas de Zane; por mucho yo llevaba la delantera, me sabía casi todas.
—¿Ya me contarás lo del verano de dos mil quince? —Zane preguntó sonriendo, mientras los recuerdos me hicieron revivir mi propio Vietnam.
—Estás loco, no podemos hablar de eso enfrente de nadie —corté la conversación de tajo.
—De acuerdo entonces. Antes de que comiencen a cantar feliz cumpleaños y me quede ahí quieto sin tener idea de qué hacer mientras la incomodidad me abruma...
—mi hermano se paró y comenzó a hablar para todos—.
Quiero agradecerles por este increíble día.
Nunca fui muy dado a celebrar mi cumpleaños, pero verlos a todos aquí reunidos me hace pensar en lo afortunado que soy.
Es por ello que quiero aprovechar para darles una noticia que a mí me llena de dicha: a partir de hoy, Ca...
—¿Tú eres el Helson a cargo, verdad?
Desde los límites del jardín con el bosque se hizo presente un sujeto cargando el cuerpo de una mujer cubierta solo por una bata médica y una pulsera de admisión colgando de la muñeca.
Entre más se acercaba, podía notar más detalles de él: llevaba un abrigo pesado, unas botas cafés, unos jeans viejos y una camisa blanca abierta del pecho, manchada de tierra y sudor.
Su cabello espeso y ondulado era una cascada de azul cobalto profundo, con reflejos de turquesa que lo hacían ver mayor y con más experiencia, como si un rayo impactara el agua.
Sus ojos brillaban en un verde neón vibrante, casi fosforescente, como la luz de los peces que atrae a las presas en el fondo del mar.
Sus facciones se veían enmarcadas por una barba poblada, simétrica, pero con vellos que habían crecido en los últimos días.
—Quién diablos eres —Zane corrió a su encuentro dejándonos a todos atrás.
—Soy Levi, Príncipe de Atan, y demando me digas quién es el responsable del maldito virus o destruiré toda la isla.
Un príncipe de Inferno había aparecido por el patio trasero de Aethelgard Hall; su sola presencia equivalía a tener activas una o varias bombas nucleares esperando estallar.
—Se está haciendo tarde —dijo Donna. Llegando a donde me encontraba, tomó mi mano y me vio preocupada.
—Lo sé, esto no está nada bien. Ve al cuartel; que Petersen o quien esté de guardia convoque a los demás. Tenemos un príncipe de Inferno que contener —le pedí a la lither, a quien el miedo no le permitía reaccionar con soltura.
—De acuerdo, eso es todo. ¡De ahora en adelante están prohibidos los malditos festejos en esta familia!
—Florencia gritó fuera de sí, mientras sentí que me había perdido de algo—.
¡Se acabaron los cumpleaños, olviden Halloween y tampoco habrá más bailes de recaudación de nada, y mucho menos Navidad!
Se me hace inverosímil que esta familia no se pueda reunir sin que algo explote o algún maldito portal se abra.
—Flo, este no es el momento —Ceci habló por lo bajo a la lither, quien estaba por demás fuera de control después de todo un día de estrés lidiando con su conflicto.