El Último Soldado de Alma (Helson Las últimas crónicas nº 3) Capítulo 27 Prohibidos los malditos festejos
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Capítulo 27 Prohibidos los malditos festejos

Era once de abril, es decir, el cumpleaños de Zane.

Me levanté temprano y le marqué a mi madre; me dijo que Charles se había quedado jugando videojuegos con Virgil y Trixie, sus estudiantes de posgrado.

Me pasó a papá y escuché cómo el tono de ambos se iba apagando al recordar el día.

Sentí pena por mis padres, ya que la realidad de sus hijos era aún peor de lo que ellos se podrían permitir aguantar, así que continuar con el luto de Zane y dejarlos creer que Charles estuvo en alguna especie de pijamada los salvaría de la locura y de sufrir más dolor.

Después de recordar algunas aventuras de Zane y quejarnos de él, terminó la llamada.

—¿Te encuentras bien? —Donna, desde la cama y apenas despertando, quiso mitigar los daños.

—Sí, es más fácil hablar de mi hermano muerto cuando en realidad estamos a horas de ir con ese idiota a festejar —comenté tratando de darle menos importancia, sin dejar de sentir un extraño dolor por mis padres.

—¿Entonces sí iremos?

—Irán los chicos de la banda. Tal vez no harán un concierto tal cual, pero estoy seguro de que tocarán algunas canciones. Además, no dejaré que te los pierdas por cuestiones sin importancia.

La lither brincó de la cama y, aún con la mitad de su cabello erizado por la almohada, se acomodó una playera mía que solía usar para dormir y corrió al baño.

Cuando escuché el agua correr, me puse en cuclillas agachando la cabeza y respiré; sentí el peso de que esas “cuestiones sin importancia” posiblemente estarían en la fiesta y yo no sabía con exactitud qué hacer.

Caminé al calentador y, al igual que todas las mañanas, calculaba la manera de no despellejar a Donna mientras se duchaba.

—Hagamos un trato: si algo se pone incómodo o vemos que se aproxima una pelea, uno buscará al otro y diremos “se está haciendo tarde” —desde la ducha, comentó la lither.

Donna y yo nos la pasábamos haciendo protocolos de todo; tal vez era un claro síntoma de que ambos sufríamos de ansiedad. Pero saber qué hacer en los momentos más inverosímiles nos había ayudado en fechas recientes en el campo de batalla.

—Saca a Ceniza. Cada vez que se sienta en el inodoro mientras nos duchamos, llena el apartamento de vapor.

—Ceniza no, el lugar es muy pequeño. Si comienzas a absorber humedad antes de que nos vayamos, el departamento tendrá el clima de una selva tropical —sujeté a la gata, quien se negaba a salir del baño.

Donna abrió la cortina buscando su toalla, pero estaba en la puerta; la tomé y se la entregué, fijando la vista en Ceniza para no espiar.

—Dame a la gata. El agua sigue caliente, aprovecha para meterte a bañar —Donna salió de la ducha, sujetó a Ceniza y se quedó a un lado del lavamanos, inmóvil. El baño era tan pequeño que apenas y cabíamos los tres; aun así, la lither optó por no salir.

—De acuerdo —me quité el pants que usaba para dormir y la ropa interior. Pasé a un lado de la lither mientras nuestros ojos se enlazaban; si cualquiera de los dos desviaba la mirada sería una traición al pacto de respeto que ambos habíamos hecho en silencio. Cerré la cortina—. Sigues aquí, ¿verdad?

—Sí —la confirmación de la lither fue una mezcla entre pena y nerviosismo.

—¿Estás bien? —comenté mientras me aplicaba mi champú de Naruto.

—Sí —Donna era una olla de presión a punto de explotar.

—¿Me viste todo, verdad? —pregunté cerrando los ojos mientras sentía cómo me quemaba por dentro.

—Sí. ¿Y tú? —su pregunta era la búsqueda desesperada de que ambos estábamos en igualdad de condiciones.

—También.

—¿Lo podemos superar?

—Creo que será lo mejor.

—¿Te gustó lo que viste?

—Ya saca a Ceniza de aquí, por favor —no sabía si mi rostro ardía por el agua hirviendo o por la vergüenza.

—Está bien —escuché sus pasitos correr a la cama y arrojarse para escapar del bochorno. Ceniza maulló molesta ante el zangoloteo. Respiré hondo cuando el agua caliente se terminó y tenía jabón todavía por todo el cuerpo.

—Donna... —pensé dos segundos antes de confesarme ante la lither.

—¿Quieres que te caliente más agua? —su voz se escuchaba amortiguada por la almohada.

—Eres muy bella.

—Su grito silenciado y sus pataleos eufóricos fueron lo último que toleró Ceniza antes de sisear y salir de la cama; supongo que esta fue nuestra manera de mostrarnos tal como éramos, sin secretos y sin más que ocultar.

Cuando llegamos a Aethelgard Hall, Zane estaba sentado viendo a Florencia, Cat y Ceci correr de un lado a otro organizando en el jardín todo el despliegue de ideas que habían tenido para festejar.

Vi una pila de cajas vacías y paquetes de diferentes mensajerías; liberé a Ceniza y comenzó a jugar entre ellas pegándoles de vez en cuando tremendas mordidas.

—¿Acaso saben que odias festejar tu cumpleaños? —pregunté a mi hermano, quien resopló y descansó su cabeza en su puño.

—Desde que salió el tema estaban informadas y decidieron ignorarlo de forma categórica —me acerqué lo más posible y le arrojé su obsequio.

—Según recuerdo, los regalos no son el problema, a menos que sea...

—Una estúpida impresora, como en mi cumpleaños dieciséis.

—Ambos reímos. Miré a Donna; ella cerró los ojos y asintió.

—Feliz cumpleaños, Zane —la lither se trabó—. Perdón, aún me cuesta trabajo no decirte profesor Helson.

—Descuida, Donna, me da gusto verte aquí. Cuando puedas habla con Claude; está herido en su orgullo por tu escape —Donna asintió y caminó para ayudar a las chicas con las decoraciones, los globos y, por alguna razón, a controlar un poni que no paraba de defecar en todos lados.

—No recuerdo la foto —Zane quitó los últimos trozos de papel de su regalo, encontrando un marco de una libra y la foto de él con papá y mamá sujetándolo de las manos mientras vestía un mameluco de Batman.

Papá no tenía nada de canas y sus lentes se oscurecieron por el sol; mamá llevaba un saco rojo que le quedaba enorme y un peinado alto como nido de pericos, supongo que eran cosas de finales de los noventa.

—Entonces creo que es un buen regalo —comenté satisfecho.

—Gracias, Chap... Gabriel —Zane subió los ojos y negó con la cabeza—.

Lo lamento, todo el mundo me dice que debo de dejarte de tratar como a un niño y tal vez podamos mejorar nuestra relación.

Sé que ya casi eres un hombre, pero te sigo viendo como “el hombre del peluquín” saliendo de su carrito rojo en Navidad.

—Cuando era pequeño tenía el cabello tan negro y grueso que parecía que usaba peluca.

Mis padres siempre me vestían muy formal con pantalones, zapatos y suéteres, y parecía un señor chaparro tratando de ocultar su calvicie —pensé para mis adentros, recordando la frustración de lucir como un adulto en miniatura.

—No tengo problemas con que me digas así... Espera, ¿cómo recuerdas lo de esa Navidad y no esta foto? Ni yo recuerdo esa época, tenía como dos años.

—Tengo que tener más de estas para recuperar toda mi memoria —mi hermano me mostró la marca que le brillaba al pelear—. El problema es que entre más tenga, más difícil me resulta controlarme y no quiero ser eso que temes.

Por un rato seguí platicando con Zane de más cumpleaños, de la conversación que tuve en la mañana con mis padres y de Chuck.

—Esos idiotas contaminan más que Taylor desde que se compraron esa maldita cosa —Zane se puso en pie al escuchar un helicóptero acercarse a la propiedad.

—De hecho no es la banda, es Rache... —me corté en seco al reconocer el helicóptero de Alistair.

—Ouh —Zane dio media vuelta y se me quedó viendo—. ¿Quieres hablar de eso?

—La verdad no creo, en cualquier momento puede aparecer...

Natalie pasó a un lado de nosotros; llevaba un pequeño short verde, una blusa que dejaba las pecas de uno de sus hombros al descubierto y unos tenis de plataforma.

—Feliz cumpleaños, Zane, ¿cuántos dejaste de cumplir? —comenté la lither sonriendo a mi hermano—. Hola, Gabriel —me saludó sin verme.

—Gracias, Natalie, veinticuatro años.

—Hola, Nat —respondí sintiendo a Natalie como alguien a quien hacía mucho no veía y ahora me resultaba un poco extraña.

Hasta que el viento hizo que uno de sus rizos aterrizara en mi rostro; sentí el olor de su champú y recordé la vez en la que estuvimos juntos, cuando todo su cabello nos envolvía mientras nos besábamos en mi habitación, al tiempo que le tocaba el trasero.

—Iré a ver en qué puedo ayudar, es obvio que a Flo se le da fatal esto de los eventos. ¿Qué hago yo? —la pelirroja gritó y caminó con las organizadoras sin darle importancia a Donna.

—¡Haz algo con el maldito poni antes de que alguien pise sus heces! —gritó Florencia, exasperada, tratando de acomodarse el cabello que el viento alborotaba.

Natalie tenía razón: el estrés de organizar el festejo hacía que se le botara una vena en medio de la frente, sin mencionar sus ojos, que brillaban en rojo por el enojo.

—Es la última vez que cumplimos un capricho tuyo a expensas de que Zane es un malvavisco contigo —advirtió Flo a Cat, que acosaba al poni con una zanahoria.

—¡Oye! Yo le pregunté a Zane si quería un poni en su fiesta y él me dijo: «¿Qué clase de fiesta de cumpleaños sería sin un poni?». ¿Verdad, Zane? —Catherine, usando un tono infantil, se dirigió a mi hermano.

—Te juro que si le dices que sí, deporto tu trasero vampírico a Inferno con todo y el maldito poni; sé cómo hacerlo —Zane levantó las manos y bajó la mirada en señal de disculpas hacia la lither.

—Hoy le daremos la noticia a Cat de que ya la adoptamos —mi hermano me comentó por lo bajo mientras el calor subía por sus ojos; pude notar de nueva cuenta algo de él antes de ser vampiro.

—Muchas felicidades, Zane —me acerqué a abrazarlo y me quedé quieto con los brazos extendidos, sin poder dar un paso más—. Lo lamento.

—Descuida.

—Feliz cumpleaños, Zane —Rachel caminó hacia donde nos encontrábamos; llevaba la misma falda y blusa que la vez que la acompañé a Liverpool.

—Gracias por venir, Rachel, bienvenida.