Capítulo 26 Ciudades fantasma #2
Mientras la gente se refugiaba en sus casas, el Grupo de los Cien y otras dependencias paramilitares del mundo oculto peleábamos en las calles de las que llamamos las “ciudades fantasma” contra las amenazas que Drake soltaba cada tanto.
Bestias de pesadilla y monstruos epopéyicos eran animados, haciendo que en cada campaña nos situáramos reviviendo una verdadera historia griega.
Había un momento de tensión en cada combate, cuando los carismas se sentían más fuertes sobre nosotros; sabíamos que estábamos siendo observados por personas, y el hecho de que las escenas se “humanizaran” para no alterar a nuestros observadores nos ponía en riesgo a nosotros, ya que había reportes de equipos completos que se infectaron en campo después de largas jornadas bajo el velo de los carismas.
Drake estaba ganando; aquello que mantenía a las facciones ocultas, el sistema que odiaba y quería derrumbar, ponía en peligro a las personas bajo su velo, haciendo que cada vez ganara más detractors.
Cada vez más miembros de las facciones estaban en contra de los carismas y exigían al gobierno que los dejaran de usar.
Todos teníamos miedo, algunos más que otros.
Cada bicho que exterminábamos me hacía recordar que el responsable, si bien era Drake, Charles había sido el creador.
La cantidad de muertos generaba un ambiente excelente para nigromantes, brujos, vampiros y lithers rebeldes que buscaban armar sus propios ejércitos.
Los hospitales perdieron el control de los cadáveres, los cuales debían ser incinerados, pero sabíamos que la mayoría de los cuerpos no alcanzaban el término.
A estas alturas nadie reclamaba las desapariciones; solo eran un foco de infección que alguien más se había tomado la molestia de gestionar.
El portal nos escupió en medio de una intersección en el centro de Oslo.
El aire, que debería ser puro y gélido, sabía a carne quemada.
Frente a nosotros, el escuadrón más famoso del Grupo de los Cien —los que siempre salían en los pósteres de reclutamiento— parecía una parodia de sí mismo: sus uniformes tácticos estaban hechos jirones y el oficial a cargo apenas mantenía la consciencia, arrastrando una pierna destrozada sobre el pavimento.
—¡Patitos, formación de soporte, ahora! —rugí mientras desplegaba las alas para ganar altura.
Nguyen y Petrov salieron disparados hacia los heridos, moviéndose como sombras entre los coches eléctricos, mientras Abara, Patel y Lindström preparaban el área en la que estabilizarían a los afectados.
Donna, por su parte, se convirtió en un borrón de estática.
A su paso, las oleadas de exiliados caían como piezas de dominó cauterizadas; solo se veía el destello de su arte oscura y, un segundo después, cabezas rodando por el asfalto.
Pronto el suelo vibró. De entre dos edificios de cristal que reflejaban el cielo gris, surgió una aberración que desafiaba toda lógica biológica: era una Hidra necrótica de siete cabezas, pero no la de las leyendas.
Esta era una amalgama de huesos calcinados que crujían con cada movimiento, con extremidades humanas y animales fusionados.
Sus catorce cuencas oculares brillaban con un fuego verdoso, una mirada gélida y vacía que repartiría muerte para todos.
El oficial a cargo estaba justo en su camino. La bestia lanzó un rugido intenso. Descendí en picada y desenfundé el mandoble. La hoja vibró.
—¡Atrás! —grité al oficial mientras aterrizaba entre él y la monstruosidad.
La Hidra atacó con tres cabezas de forma simultánea.
Esquivé la primera con un giro lateral, sintiendo el aliento fétido a tumba, y con un movimiento ascendente del mandoble, rebané la segunda.
El hueso podrido voló por los aires, pero la herida no sangró; soltó un vapor verdoso que carcomía el suelo.
Ceniza me cubrió consumiendo el veneno en una llamarada verde.
Sujeté el cuello de la tercer cabeza y, antes de que pudiera morderme, canalicé el calor suficiente para derretir la tubería de todo mi edificio, haciendo que se carbonizara con solo mi tacto.
El monstruo vaciló, sus extremidades extras rascando con desesperación el asfalto.
Aproveché el segundo de debilidad, salté sobre su torso de costillas expuestas y clavé el mandoble de forma directa en lo que parecía ser su núcleo de energía.
El brillo verde se apagó en una onda de choque que me lanzó de espaldas, pero la bestia se desplomó como una montaña de escombros inútiles.
El aire en Oslo comenzó a espesarse, pero no por el frío.
Era la estática de los carismas activándose a su máxima potencia.
Miré hacia los balcones de los edificios minimalistas; para los ciudadanos noruegos que observaban tras los cristales, nosotros no éramos souldiers.
A sus ojos, éramos solo brigadas del gobierno en trajes herméticos blancos, realizando una "campaña de desinfección" profunda.
La Hidra necrótica, para ellos, era una pila de residuos químicos humeantes que intentábamos contener.
—¡Pato, el carisma está llegando al umbral crítico! —gritó Patel, su voz sonaba metálica y distorsionada por el efecto—. ¡Si no salimos ya, el Velo nos cubrirá!
Sentí un hormigueo eléctrico en las encías y un sabor a cobre en la lengua.
Era la señal de que la realidad se estaba "humanizando" a la fuerza.
Vi mi propio brazo: por un segundo, la armadura pareció una manga de plástico blanco, y el mandoble se transformó en una manguera de presión.
El carisma estaba intentando reescribir nuestra materia para que encajara con la mentira que veían los civiles.
—¡Nguyen, Petrov, saquen a esos heridos! —ordené, sintiendo una punzada de pánico.
Ese era el verdadero peligro: cuando el carisma se intensifica para engañar a los fisgones, entre más fuerte sea, mayor era la probabilidad de que el virus se activara, ya que los miembros de las facciones podíamos ser portadores, pero este no pasaba más que por un resfriado; el verdadero riesgo era cuando los carismas nos envolvían más, ahí podía comenzar a afectar nuestro organismo como si fuéramos miembros de facciones que vivían por completo ocultos bajo su velo.
Drake, inteligente y oportunista, sabía que solo tenía que enviar los suficientes ejércitos de necróticos para debilitar a las instituciones que le oponían resistencia.
Por eso equipos enteros se habían "enfermado" en campo; no fue un contagio por aire.
La Hidra necrótica lanzó un último estertor. A mis ojos, era un monstruo de huesos verdes; a los ojos de una anciana que nos grababa con su celular desde un tercer piso, era solo una densa nube de gas tóxico siendo dispersada.
—¡Extracción! —grité cuando mi escuadrón estaba completo junto con los miembros que habíamos rescatado; había sido una operación sin bajas.
Sujeté al oficial herido justo cuando mis pies empezaban a sentirse pesados, como si el asfalto me estuviera reclamando como parte del paisaje urbano.
Donna reapareció a mi lado, su rostro parpadeando entre su expresión seria y la careta de un traje de bioseguridad.
Sus ojos mostraban el mismo terror que los míos: el miedo a dejar de ser nosotros mismos para convertirnos en parte de una escenografía gubernamental.
Desde que se unió la lither a mi escuadrón, todos nos habíamos integrado más como equipo.
Ella sabía dónde era necesaria y de qué pie cojeábamos; sabía cómo moverse y cuándo avanzar.
Abara y Lindström mejoraron notablemente en las artes oscuras, por el simple hecho de tenerla de ejemplo.
Ella y Patel generaron un vínculo inmediato de amistad al ser las únicas chicas en el escuadrón y tener que lidiar todos los días con cabezas huecas como nosotros.
Petrov y Nguyen tenían más soporte en el cuerpo a cuerpo y yo podía hacer mi trabajo, el cual básicamente era derribar al tipo grande de la campaña sin tener que preocuparme tanto por la seguridad del escuadrón.
Todos los días regresábamos a casa hechos trizas.
—Gabe, ¿me das un masaje de pies? Juro que no aguanto las botas; estoy pensando con seriedad en llevarme tenis a las misiones —la lither se estaba cambiando de ropa mientras yo recalentaba pasta que había sobrado del día anterior.
En lugar de regresar al cuartel, por la hora nos enviaron de forma directa a casa y no habíamos comido.
—Es pésima idea, Donna. En mi primera misión, Charles llenó un vestíbulo completo de sangre y vísceras de monstruo.
Las botas fueron lo único que me protegió de tener un hongo zombi creciendo en los pies —caminé con el plato de la lither hacia la cama, me senté en el suelo y comencé a frotar sus talones con una crema de coco que formaba parte de las compras que hizo cuando llegó.
—¿Qué pasa, Gabe? —con la boca llena de pasta y salsa de tomate en los labios, Donna buscaba qué podcast de miedo escucharíamos esa noche antes de dormir.
—En realidad no es nada, solo admiraba tus bonitos pies y pensé...
—Gabe, ¿tienes un tema con las patas, pervertido? —el calor subió por mis oídos.