Capítulo 25 Economía doméstica
Ese día solo había pensado en ir a Aethelgard Hall para ver cómo estaba Natalie.
Cuando Donna llegó a la puerta de la mansión con sus maletas, Ceci y yo la seguimos, pero nos encontramos con Declan, Hal, Natalie y Romano, quienes habían terminado de entrenar.
Cuando su hermano vio mi uniforme, se me abalanzó a golpes; mientras tanto, Natalie le decía cosas a Donna que yo no pude entender ya que mi oído estaba severamente comprometido.
Después del cuarto o quinto puñetazo, me comencé a enojar y me salí de control; cubrí el último puñetazo, le di un uppercut y con una patada con salto, aprovechando que el lither estaba en el aire, lo envié a la entrada.
Declan me comenzó a sujetar, tratando de tranquilizarme, mientras veía cómo Natalie le tomaba la mano a Romano para ponerlo en pie; desplegué las alas para liberarme del agarre del lobo y salí corriendo contra el lither para romperle la cara, estaba cansado de que estuviera tan cerca de Natalie todo el tiempo.
Al ver que Romano no alcanzaría a defenderse, Natalie se puso entre los dos.
Sus hermosos ojos que siempre me enamoraban, ahora estaban inyectados en un pánico ciego.
No era la Natalie en mi habitación queriendo dormir a mi lado; era la lither protegiendo a su nueva pareja de un animal que se había salido de control.
—¡Stric-Trux! —Nat gritó.
Caí de rodillas, con el cuerpo sacudido por espasmos violentos que me impedían incluso soltar un quejido. Mis alas se quedaron rígidas, vibrando con un zumbido metálico que me quemaba los oídos mientras el aire se me escapaba de los pulmones.
—¡¿Qué diablos te pasa?! ¡Lo estás torturando! —Donna no esperó a que yo terminara de colapsar. Le soltó un golpe seco rompiéndole la nariz a Natalie, mandándola de espaldas junto a Romano, haciendo que se terminara su arte oscura.
—Yo solo quería detenerlo, no electrocutarlo —Natalie se puso en pie y corrió hacia mí dejando un rastro de sangre por el pasillo—. Gabriel...
—Strictum —dijo Donna, haciendo caer a la pelirroja mientras cuerdas invisibles le restringían la movilidad.
—Suéltame, estúpida.
Para ese punto Ceci estaba al lado mío, tratando de contenerme para que dejara de tener movimientos involuntarios.
—Y yo solo quería electrocutarte, no detenerte, estúpida —con un marcado acento italiano, Donna rodeó a Natalie, puso mi brazo encima de ella y caminamos hacia la salida.
—Por favor libérala, Donna —sentí que mi mandíbula perdía el control al hablar y un fuerte pinchazo en el maxilar me atravesó; el arte oscura de Natalie había sido muy fuerte.
—Terminarás como nuestros padres si te enrolas, Donatella —dijo Romano sujetando el brazo de la lither.
—Mis papás siempre idealizaron al Grupo de los Cien como la salvación del mundo. Yo estaré al lado de quien en verdad tiene oportunidad de salvarlo.
—No podré defenderte si este tipo hace lo mismo que Noah —el lither me fulminó con la mirada. Sabía que era mucho más fuerte que él.
—Nunca te vi como mi perro de ataque, Fred, tu compañía y amor era lo único que necesitaba; ya estoy bien y soy feliz. Te quiero —la lither de un tirón recuperó su brazo.
Caminé arrastrando el pie derecho, tratando de no cargar mucho peso en Donna, puesto que aparte de mí llevaba a rastras sus maletas.
—Donna, lo que tienes aquí es bueno, Claude está haciendo grandes cosas por ti, además no puedes dejar a tu hermano —me detuve cuando solo me quedaba una sensación de calambre por todo el cuerpo pero ya podía caminar de forma correcta.
—Fred siempre será mi hermano, además estar rodeada de tanto lujo me hace sentir que estoy viviendo una realidad por la cual no he trabajado para ganarme.
—Vivo en un pequeño apartamento en Barking.
—¿Sabías que Barking fue el primer lugar donde mis padres comenzaron a vivir juntos cuando se enrolaron? Mi papá venía de Italia y mi mamá de Alemania.
—Son solo quince metros cuadrados.
—Estas maletas son lo único que tengo y deben de ocupar medio metro cuadrado juntas.
—Nunca hay nada en la nevera.
—Fuera de la pasta soy un desastre en la cocina, así que si no hay comida que preparar, creo que estaremos a salvo.
—El agua caliente solo dura dos minutos.
—Los dos tendríamos el mismo tiempo si nos metemos juntos, ¿no?
—Genial, ahora tengo que buscar un nuevo calentador de agua y un fontanero —ambos salimos de Aethelgard Hall; antes de desaparecer por la parte boscosa vi cómo Ceci tomaba del brazo a Natalie para que entraran juntas en la propiedad.
Ya en Barking, apenas Donna dejó sus maletas en la cama, sonó la puerta.
La instaladora de internet nos vio y sonrió.
En definitiva éramos la estampa de adolescentes que acabábamos de hacer algo con un profundo romanticismo o muy estúpido.
Cuando concluyó la instalación tenía treinta y cinco libras menos en mi cuenta, así que nuestra supervivencia dependía de las cuatrocientas quince restantes.
Después de dos vueltas en su propio eje y ver el baño, Donna caminó a la puerta y desapareció.
—Supongo que mañana le llevaré sus maletas —abrí mi correo y vi que los profesores se habían emocionado enviándonos lecturas para no atrasarnos estos "quince días"; supuse que lo mejor que podía hacer sería avanzar un poco.
Mañana terminaba mi licencia así que regresaría al cuartel.
Tenía que llegar entero y enfocado para que me dejaran continuar trabajando.
Así que si terminaba mis tareas hoy, toda la semana sería terrorismo global y patear con suavidad traseros para no enviar a nadie al hospital.
—Estoy de regreso —Donna, después de una hora, entró al departamento con un montón de bolsas de papel; todas tenían los logos de tiendas de descuento y tiendas en las que vendían todo por una libra.
Cuando las dejó en el suelo y en la encimera, Ceniza corrió oliendo cada bolsa, marcando lo que serían sus juguetes, comida y lugares para esconderse.
—¿Qué es todo esto? —en verdad eran muchas cosas.
—Mi aportación inicial —comentó con ligereza a la vez que vaciaba las bolsas de B me arrojó una bolsa de Primark con sábanas que decían 100% poliéster—. También compré toallas secarrápido de microfibra, una cortina de ducha con el mapa de la red del metro y una alfombrilla para no morir de un resbalón en la ducha.
Puso sobre la encimera un hervidor de agua eléctrico barato y una sartén de teflón que brillaba bajo la luz fluorescente del techo.
—En Lidl tenían ofertas de "Semana Italiana".
Compré cinco kilos de pasta, salsa de tomate en frasco y café soluble.
De regreso vi una carnicería cerrada; supongo que podemos encontrar ofertas de carne para ti aunque yo no la pienso preparar —retrocedió con desagrado ante la idea de tocar la carne—.
Y para el postre... —sacó un champú "tres en uno" con el rostro de Naruto—.
También había uno de Gokú pero me das más la vibra de un ninja de la hoja; tendremos que compartirlo hasta que la situación mejore.
—Donna, ¿dónde están tus audífonos? —pregunté al ver su cuello descubierto.
—Me los están cuidando en Cash Converters, descuida, tengo veintiocho días para recuperarlos —me acerqué a ella, viendo cómo sus manos de porcelana acomodaban los platos de tres libras con extremo cuidado en la encimera junto con un ticket naranja de la tienda de empeño—. No me mires así, Gabe, no pasa nada.
—Los vamos a recuperar.
Ella se encogió de hombros y tomó mi laptop.
—¿Qué tal si escuchamos algún podcast de miedo? —dijo con una sonrisa, restándole importancia a la situación; se arrojó a la cama, que hizo un horrible estruendo metálico por los resortes del colchón.
—Siempre hay ofertas en las tiendas de colchones, ¿no? —otra cosa que se agregaba a la lista de por comprar.
—Eso no, el descanso es vital; ahorraremos para uno de excelente calidad.
El resto de la tarde la pasamos acomodando el departamento.
Donna hizo un nuevo amigo: se presentó con un vecino viejecito.
En definitiva la lither era menos hostil que yo; siempre me limitaba a decir buenas tardes a los vecinos y me metía al departamento, mi concepto de ser buen vecino era no fastidiar para que no me fastidiaran, pero Donna era vibrante y amable.
Le pidió al señor Ashbourne unas cuantas herramientas y tratamos de darle un poco más de orden al lugar.
Cuando la noche llegó, la lither se quedó dormida arriba de los cobertores. La envolví como "taco" porque estaba haciendo un frío terrible, apagué la laptop, le puse seguro a la puerta y me acosté tratando de darle la mayor cantidad de espacio posible para no incomodarla.
Después de un rato ella se liberó del "taco", revolvió toda la cama, se metió debajo de las cobijas y me tapó con ella; sin abrir los ojos me abrazó y me dio un beso en la mejilla.
Yo me quedé ahí viendo una cuestionable mancha en el techo, mientras la poca luz que entraba por la ventana que daba a un callejón que gritaba tiradero de cadáveres alumbraba pobremente el rostro de una chica que hace un par de meses era una completa desconocida con la que ahora lo compartía todo.
—¡Gabe, hazlo de nuevo pero esta vez dura un poco más, ya casi termino! —la voz de Donna retumbaba en las paredes del baño haciendo que sonara distorsionada.
—Si lo hago más tiempo derretiré el calentador —comenté por lo bajo a sabiendas que no me escucharía por el sonido de la ducha; activé el guante.
Ceniza abrió un ojo pero yo le hice señas de que aún no nos iríamos y regresó a dormir.
Metí la mano por la puertita del aparato y comencé a calentar el calderín.
Donna gritó histérica en lo que pareció alemán, aunque no entendí nada de lo que dijo era obvio que estaba molesta; aún no calculaba bien la potencia de las bolas de fuego que tenía que aplicar para mantener el agua a treinta y ocho grados.