Capítulo 23 BlackOps #2
—Nos abriremos paso por los ascensores. Ustedes dos —señalé a los lithers—, harán a todos flotar. Yo me adelantaré para asegurar el piso. ¿Patel, tienes listo el cuarzo?
—Aquí está —la hechicera activó el cuarzo guía que había curado con la imagen de Rivera—. Libéralo, necesito saber en qué piso detenerme.
Me abalancé hacia la oscuridad solo viendo el parpadeo verde del cuarzo de Patel, pensando en cuando Rachel y yo nos sumergimos en las aguas del Támesis buscando a Fang.
No puedo cargar con el dolor que implica que ya no me quieras, mi amor.
Por favor, déjame terminar esta misión sin sentir que todo lo que estoy haciendo no tiene sentido antes de que me maten —rogué al pedazo de mi corazón en el que la hechicera vivía y reinaba con un rigor polar, con la misma indiferencia con la que negó con la cabeza alejándose de mí.
El cuarzo se rompió al estamparse contra las puertas del ascensor en el piso en el que estaba Rivera; ya casi terminábamos. Clavé escamas en llamas para indicarle al escuadrón dónde tenían que detenerse por si las puertas del ascensor se cerraban, y crucé.
—Fue muy útil el informe anónimo que di de Rivera, ¿no crees, chico?
—Neferura se encontraba sentada en un escritorio de mal gusto con un montón de adornos extravagantes, al fondo de una enorme oficina que resultaba ser todo el piso.
En el suelo se encontraba nuestro objetivo, atado de pies y manos con esa misma energía con la que la mujer hizo desfilar a mis amigos en el templo funerario de su madre en diciembre.
La manera en la que Rivera se quedó quieto como un cascarón vacío me hizo saber que ella ya lo había intoxicado con su neblina.
—¿Qué diablos haces aquí, Neferura?
—Me gustabas más cuando eras todo un caballerito conmigo, te referías a mí como princesa y preguntabas por los acontecimientos de mi dinastía.
—Me gustabas más cuando solo eras parte de la historia y no otro peón en el juego del psicótico de Drake.
—Hablando de gustar, quiero compartirte algo que descubrí recientemente: Charles es un joven muy tierno y enamoradizo —sentí un pinchazo en el pecho al recordar que Neferura estaba tan inmiscuida de manera doméstica en mi familia como Drake—.
El otro día Drake y yo tuvimos una pequeña discusión y Chucky saltó a defenderme.
Entre tú y yo, creo que tiene un pequeño flechazo por mí; quién diría que le gustaban las mujeres mayores.
Esa misma noche lo busqué y le agradecí robándole de sus tiernos labios un beso.
—Eres una repulsiva víbora. ¿Cómo te atreves a corromper la inocencia de mi hermano?
—Vamos, Gabriel, no llevemos todo al límite. De alguna manera no podría sentirme más agradecida y protegida a su lado. Drake a veces puede ser cruel —el estúpido flequillo recto de la mujer oscureció sus ojos—. En fin, tienes una elección que hacer.
—No estoy para juegos, Neferura. Dame a Rivera.
—Precisamente el destino de Rivera es el que está en juego. Pero también el de tus amigos. Ya se tardaron, ¿no? Solo era subir —era verdad, el escuadrón estaba demorando mucho. Pero el silencio imperaba en el hueco de los elevadores—. ¿O acaso no te has dado cuenta?
—¿Qué les hiciste, maldita?
—Tranquilo, tranquilo, no caigamos en dramas. A Chucky no le gustaría vernos pelear, ¿verdad?
—Charles detesta que le digan Chucky; no es un maldito muñeco poseído —recordé todas las veces que Charles regresó a casa después de haber peleado en algún parque porque otros chicos lo molestaban por su cabello de honguito y también porque le decían Chucky; pero era un caso perdido tratar de ganarle, estaba acostumbrado a pelear con nosotros y terminó endureciéndose.
—La verdad es que le encanta que yo lo llame así, nunca he escuchado queja alguna —era terrible lo que habían hecho con mi hermano.
Por un lado, Drake lo había llevado a un lugar peligroso de la ley y, por el otro, se había ilusionado de alguna manera con la mano derecha del terrorista que sacrificaría a quien fuera para ver sus ambiciones cumplidas—. ¿Dónde está mi equipo, Neferura?
—Gabriel, estamos poniéndonos al día y platicando de tu hermano y solo quieres saber dónde están un montón de desconocidos.
Bueno, ya: hay dos sopas. La primera: puedes huir con este regordete y desertor pedazo de basura, pero tus amigos serán las nuevas sombras de Chucky.
O puedes matar a Rivera y tu hermanito no convertirá los cuerpos de tus amigos en más licuado de monstruo, como lo que hizo en la planta baja.
La sombra de Anubis cerró el puño y una nube formada de su toxina dejó a los reclutas inconscientes en la entrada de la oficina.
—¿Charles fue el culpable de esa abominación? —pregunté sintiendo una náusea que no provenía del caldo pestilente que se había impregnado en mi ropa.
—Hace poco se tuvo que retirar, pero así es. En pocos meses se ha convertido en el mejor nigromante y maestro de sombras desde Anubis; en verdad es un prodigio. Si mi sombra no estuviera ligada a Drake, posiblemente sería su Ka.
—¿Qué es Ka? —pregunté tratando de ganar un poco de tiempo, esperando que los chicos despertaran.
—No, no, esta vez no, Gabriel. Hace poco Charles y yo vimos Los Increíbles y esta vez no quiero monologar —la sombra de Anubis transformó su lazo en una enorme hoz de magma mientras sonreía—.
Si no tomas la decisión tú, yo te ayudaré.
Esta cosa llegará en segundos con tus amigos y separará sus sombras de sus cuerpos de un tajo.
—¡Detente, Neferura! No tienes por qué seguir las indicaciones de ese hijo de...
—Se terminó el tiempo. Te quedaste sin equipo.
—¡No, espera! ¿Qué implica tu juego?
—¿De verdad tengo que llegar a estas instancias para hacerte reaccionar, Gabriel?
—la sombra de Anubis frenó en seco su ataque—.
Supongo que en esa escuela tuya tuviste clases de ética y lógica.
Ya conoces el dilema del tren: la vida de cinco personas que luchan por mantener a salvo Terra, o un terrorista que lleva más de veinte años haciendo las peores atrocidades en contra de las facciones y los gobiernos ocultos.
Bueno, el papel del tren esta tarde, damas y caballeros, será representado por Gabriel Hunter.
¡Espera, esto es muy fácil! Creo que lo podemos hacer más interesante...
ya sé, ¡una de las víctimas vería tus actos!
—Neferura extrajo de los pulmones de Rivera toda su toxina.
El nigromante suspiró con sentimiento mientras lágrimas recorrían su rostro y despertó.
—Neferura... ¿qué es esto? —comentó el hombre con la respiración entrecortada y un marcado acento mexicano.
—Dime qué soñaste, Rivera —me acerqué al hombre—. Dime qué viste una y otra vez.
—¿Quién diablos eres, escuincle idiota? —estiré la mano hacia él mientras mi mandoble, que era Fang, apareció a centímetros del nigromante—.
Esta lunática me mostró cómo mi fortuna me era arrebatada; todo lo que había trabajado estos años se reducía a nada.
Mi influencia, mi poder... volvía a ser un don nadie. Vaya truco de mal gusto.
—¿Viste a tu familia? ¿Algún ser querido, alguna persona?
—¡Claro que no! ¿De qué hablas?
Neferura desapareció cumpliendo su promesa antes de que el reloj llegara a cero y fuéramos extraídos.
No encontré ningún dispositivo, documento o algo que nos pudiera ser útil.
Pero tomé de uno de los dedos de Rivera un anillo con un cristal como el corazón de Intrenoor que Fang identificó; con solo tocarlo, mi huésped lo absorbió y escupió el oro.
Caminé hacia el escuadrón, quien aún no despertaba, arrastrando al nigromante.
—Extracción.
El objetivo tuvo que ser neutralizado.