Capítulo 23 BlackOps
Mis botas golpearon el asfalto de un estacionamiento subterráneo; el lugar se sentía frío y el aire, pesado.
—Bienvenidos a Santa Fe, damas y señorita Patel —susurré, mientras el elevador al final del pasillo se iluminaba.
—Creo que los técnicos se equivocaron; esto no es México —comentó Abara.
—¿Por qué lo dices, Abara? —preguntó Petrov.
—Si estuviéramos en México, se vería amarillo como en las películas.
—Estamos en un subterráneo, idiota. Tenemos que salir para ver ese fenómeno natural —el lobo resopló; ninguno tenía idea de qué diablos estaba hablando.
Miré a las cinco personas que hace una semana querían raparme. Ahora, sus vidas dependían de que yo tuviera razón.
—Patitos calladitos —cerré el pico con la mano izquierda y con la derecha apunté hacia el ascensor.
—¿Quién te puso a cargo de la operación, Hunter? —Nguyen, el vampiro del escuadrón al que menos quería tener cerca, me jaló del hombro. Fang lo tomó de la muñeca y presionó con fuerza antes de que fuera detectado por los enormes guardias que custodiaban el ascensor.
—Creo que mi puño, con el que resquebrajé tu carita de porcelana y por el que te tuvieron que armar como taza de té en el hospital, es quien dictamina que yo estoy a cargo, Nguyen.
Ahora haz algo útil y noquea a los dos guardias; son lithers, si lo haces lo suficientemente rápido no usarán artes oscuras —le ordené al chico delgado de ojos rasgados, el cual fue encontrado muriendo en las calles de Ho Chi Minh después de un ataque de vampiros.
—Nadie interfiera, yo me encargaré —salió corriendo, pero sus habilidades físicas no eran las de los vampiros de alta estirpe con los que estaba acostumbrado a pelear; no era ni la mitad de rápido que Claude y nunca superaría la fuerza del agente Jack.
Y Zane... bueno, Zane parecía un monstruo de otra especie.
—Lindström, Abara, usen Catena Gelum para envolver a los guardias y que la cadena les entre por la boca. Nguyen no lo logrará solo.
—¿Cómo conoces de hechicería, artes oscuras, tienes tan medidas las capacidades de los vampiros y puedes identificar las facciones?
—Patel, aferrándose a su mochila de cuarzos como a la vida misma, caminó a mi lado preguntando cosas que no quería responder cuando los guardias cayeron inconscientes y amordazados.
—Concentrémonos en Rivera y salgamos de aquí.
Nos quedan veinte minutos antes de la extracción —cerré la conversación y llamamos al ascensor, el cual no nos llevaría al piso donde se encontraba el nigromante; solo llegaría a un lobby de techos altos con cristales y losetas negras en pisos y paredes.
En la recepción, los torniquetes estaban sin guardias y el mostrador estaba vacío.
—Esto no está bien —Petrov comenzó a alterarse, oliendo algo que yo aún no podía identificar—. Huele a muerte; hemos sido detectados.
—Muy bien: Patel, Abara, Lindström, manténganse atrás.
Ustedes serán lanzadores de conjuros y curanderos.
Nguyen, todo el tiempo estarás a mi izquierda; tú y yo seremos la primera línea de defensa.
Petrov, tú serás marca personal de todo lo que se nos escape.
No podemos quedarnos sin ataques a distancia ni curación.
Sin importar mi falta real de experiencia táctica, tenía miles de horas jugando MMORPG's .
Además, Dyl y yo nos habíamos sentado por horas estudiando cómo posicionarnos en caso de problemas; tal vez no era tan buen estratega como mi amigo, pero había aprendido lo suficiente para saber cómo mantenernos a salvo.
Las puertas de los ascensores se deslizaron con un chirrido metálico, abriéndose apenas unos centímetros antes de quedar atascadas. Un silencio sepulcral reinó durante un segundo, roto solo por un borboteo siniestro que provenía del interior de la cabina. Y entonces, la pesadilla estalló.
Un mar de sangre putrefacta brotó con la fuerza de una marea rompiendo un dique.
La ola de líquido carmesí y viscoso nos golpeó las piernas, subiendo rápidamente hasta llegarnos a los talones, llenando el lobby con un olor fétido y penetrante que hacía imposible respirar.
De la sangre emergieron los cuerpos. No eran solo cadáveres; eran masas de carne medio podrida, retorcida y deforme.
Sus ojos, ausentes de vida pero llenos de una rabia antigua, nos miraban con un hambre insaciable.
Sus gemidos, un coro gutural de agonía y desesperación, llenaron el aire.
Lo que habíamos esperado que fuera un ataque por los accesos principales del edificio se había convertido en una invasión desde las profundidades del mismo purgatorio.
Las criaturas podridas nos emboscaban desde el líquido rojo como si este fuera un vientre materno. Emergiendo con extremidades esqueléticas y garras afiladas, se abalanzaron sobre nosotros. Un grito sofocado escapó de la boca de Patel, quien retrocedió tropezando en la marea sangrienta.
—¡Mantengan sus posiciones! —bramé, mi voz apenas audible por encima de los lamentos de los monstruos. Mi formación se desmoronaba antes de que pudiéramos siquiera reaccionar.
En ese momento, la luz se apagó. El lobby quedó sumido en una oscuridad total, excepto por unos pocos destellos de luz que luchaban por perforar la penumbra.
Los sellos de Patel brillaron con una luz azulada y tenue, pero apenas lograban iluminar a las criaturas que nos rodeaban.
Las artes oscuras de los lithers, Abara y Lindström, parpadearon con un brillo púrpura siniestro, mientras mis propias llamas, convocadas por un instinto que no recordaba tener, danzaban en mis manos, arrojando sombras retorcidas en las paredes negras.
—¡Catena Gelum! —gritaron Abara y Lindström al unísono, sus voces temblando de miedo. Cadenas de hielo se materializaron en el aire, envolviendo a algunas de las criaturas y arrastrándolas de vuelta a la sangre. Pero por cada una que caía, dos más surgían en su lugar.
—Esa arte oscura solo funciona cuando son pocos enemigos. Aclaren la mente, necesitamos hacer algo con la sangre —seguí escupiendo órdenes mientras Fang, convertido en mi mandoble, rompía extremidades que seguían saliendo del asqueroso y putrefacto líquido.
—¡Son demasiados! —gritó Nguyen con una voz llena de pánico.
Nuestro plan se desvanecía a medida que las criaturas avanzaban.
Nuestra formación era ineficiente, un castillo de naipes derrumbándose ante una tormenta de carne podrida y sangre.
El aire estaba lleno de gritos, el choque de armas improvisadas contra extremidades podridas y el olor a podredumbre y muerte.
Si activábamos los portales de búsqueda en este momento, nos absorberían a todos y Rivera escaparía.
Un rugido ensordecedor sacudió el edificio. Un gigante de carne cosida, con una cabeza desproporcionada y una mandíbula llena de dientes afilados, emergió de la horda de criaturas. Sus ojos rojos brillaban con una malicia incalculable.
—¡Atrás! —grité, pero mis palabras se perdieron en el caos. El gigante se abalanzó sobre nosotros con sus garras gigantescas, golpeando el suelo con una fuerza que hizo temblar el edificio.
—¿Qué haremos, Hunter? —Abara gritó presa del pánico. La sangre estancada brillaba con un rojo violento sobre la piel de obsidiana del lither, creando un contraste macabro bajo la luz de los hechizos.
—Necesitamos hacer una cañería —extendí las alas, cuya envergadura formó una barrera entre mi equipo y el gigante.
Emprendí el vuelo hasta chocar con los pies en el techo; la tensión de mis piernas y lo poco que pudiera ganar de velocidad por mis alas y Ceniza a su máxima potencia sería lo que me permitiría penetrar hasta los pisos inferiores, de regreso al estacionamiento.
Respiré y por un segundo no había gigante, sangre, ni legiones necróticas.
No estaba Rachel, no estaba Natalie; solo tenía que centrarme en llegar al subterráneo diez. Disparé.
Formé el guante más pesado y afilado que pude.
Subterráneo uno, dos, tres... se me rompió la muñeca y cambié de mano.
Subterráneo cuatro, cinco, seis, siete...
también la otra mano se dobló. Activé el casco; llegaría al subterráneo diez aunque me partiera el cráneo.
La lluvia de sangre y criaturas se convirtió en una catarata de más de cuarenta metros de caída.
—Ceniza, Fang, Volcán Magenta —el casco abrió las fauces cubriéndome de pies a cabeza en llamas rojas, mientras mi gata, polimerizada en mis alas, era llamas azul puro. La marea carmesí, al impacto, se convertía en una especie de magma pestilente que de manera perezosa se endurecía con la caída.
Cuando regresamos al lobby, con dos chasquidos líquidos Fang acomodó mis muñecas; mañana sería complicado sujetar cubiertos.
El gigante había lanzado a Nguyen estampándolo en la pared.
Formé enormes garras con los guantes y entrelazamos los dedos en una lucha de fuerza pura.
No cedería, no me ganaría. En este punto busqué a Natalie; ella era experta en aprovechar las aperturas que les daba para vencer a los golems. Cada vez que sus preciosos rizos pasaban a centímetros de mí, sabía que pronto terminaríamos el entrenamiento.
Pero no estás para ayudarme, mi cielo. No me hagas pensar en ti y en que ya no estás a mi lado mientras tengo que regresar a todos a salvo a casa —imploré al trozo de mi alma en el que Natalie gobernaba con llamas que me quemaban y me daban vida al mismo tiempo; ese rincón de mi pecho donde sus pecas eran las únicas estrellas que guiaban mi camino, pero que ahora solo eran brasas de un incendio que me dejaba a oscuras.
Rompí el agarre del gigante y sus manos, cuyas garras cedieron ante mi tristeza. Sujeté su cuello; Ceniza se desacopló de mí para arrancarle la cabeza con sus fauces. Todo estaba despejado.
—Nos quedan diez minutos, avancemos.
—No hay electricidad en el edificio, ¿cómo subiremos? —Lindström presionó varias veces los botones.