El Último Soldado de Alma (Helson Las últimas crónicas nº 3) Capítulo 22 La gran área gris
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Capítulo 22 La gran área gris

Mi primera semana como parte oficial del Grupo de los Cien pasó rápida y ya estaba en problemas.

—¿Comprendes que tendrás que hacer el trabajo de Nguyen, Petrov, Abara, Lindström y Patel?

—¿No lo llevo haciendo desde antes de siquiera trabajar aquí?

—Hunter, así no funcionan las cosas aquí —O'Reilly se presionaba el puente de la nariz tratando de no perder la paciencia—. Yo digo algo y tú tienes que decir: "señor, sí, señor". Vamos de nuevo.

—Señor, yo le dije que todo el tema de la disciplina y lo demás no era para mí. Usted dijo que solo tenía que demostrar que soy fuerte, y lo soy, señor.

—¿Andar mandando al hospital a su escuadrón fue la mejor idea que se le ocurrió para demostrarlo, Hunter?

—No, señor, pero también me dijo que podía ir por la oficina con mi melena y esos idiotas me querían rapar como novatada.

—Bueno, podrá andar con su melena haciendo el trabajo de todos hasta que se recuperen.

—¿Pero sí recibiré mi paga completa a fin de mes, señor? —Nunca había estado tan preocupado por el dinero.

—Si recibe comida y uniformes aquí, no veo para qué necesite dinero, Hunter.

—Para rentar un lugar donde vivir, señor. Desde hace dos días ya no hay electricidad ni agua caliente en la escuela y los maestros siguen mandando lecturas y actividades para que “no nos aburramos”, y necesito una conexión estable de internet.

—Debió de iniciar por ahí, Hunter. Al final del día acuda con Petersen; le arreglaremos algo. No será una mansión, pero tendrá los servicios básicos.

—Señor, sí, señor. Gracias, señor.

—Ya no dejes fuera de combate a más reclutas, hijo. Necesitamos toda la ayuda posible —el agente Jack cambió su tono formal a una solicitud que con gusto respetaría por su apertura.

—Ya no pasará, señor. Solo los invitaré a alejarse de mí si me siguen provocando y utilizaré a mis compañeros heridos de ejemplo.

Nunca pude expresarle mi infinita gratitud al equipo de cocina de Helson; todo les salía rico y siempre nos consentían con todo el despliegue de sus habilidades, incluso con postres de los cuales yo no era tan afecto.

Aquí las comidas eran porciones equilibradas, exactas y desabridas.

Justo como las oficinas, los campos de entrenamiento y las personas.

La atmósfera era un gris eterno; de alguna manera mi vida era una enorme área gris de la cual las chicas siempre me quisieron sacar.

Solo debí pararme frente a todos y admitir que yo les pertenecía a ambas. Tal vez las cosas serían diferentes.

Cuando el asistente del oficial Jack me dio la dirección de un departamento que tenían a su disposición, caminé por una calle de Barking sintiendo que el mundo se había encogido hasta volverse una ratonera de concreto y descuido.

El viento del Este, cargado con el olor a metal frío del Támesis y aceite quemado de las freidoras locales, me golpeaba la cara con una hostilidad urbana.

Los bloques de edificios de interés social con ventanas tapiadas y grafitis que parecían cicatrices en la piel de la ciudad eran la atmósfera que imperaba.

Subí las escaleras del edificio esquivando una sustancia maloliente en el segundo piso y el eco de una televisión a todo volumen que escupía noticias sobre el conteo de muertos en Italia.

Mi llave, una pieza de metal barato, giró con un quejido seco.

El "apartamento" era una bofetada de humildad.

Eran apenas quince metros cuadrados donde el aire se sentía pesado, estancado entre el papel tapiz amarillento y el linóleo que se despegaba del suelo como una costra.

—Por el momento es lo único que podemos costear, Ceniza —le informé a la gata, quien comenzó a marcar todo como propio, explorando rápidamente el lugar.

Lo primero que me cerró el paso fue la "cocina": un mueble de melamina picada pegado a la pared izquierda.

Era una encimera de apenas un metro donde un fregadero del tamaño de una ensaladera compartía espacio con una parrilla eléctrica de dos quemadores, cuyo esmalte blanco se había tostado hasta volverse un marrón enfermizo.

Justo debajo, encajado a presión, un frigobar oxidado soltaba un quejido asmático, vibrando contra mis botas.

Tiré la maleta sobre una cama que podría destartalarse en cualquier momento; el polvo bailó bajo la luz mortecina de una bombilla desnuda que colgaba del techo, vibrando cada vez que un tren de la District Line pasaba rugiendo por las vías cercanas.

Caminé dos pasos más y abrí la puerta del baño; el olor a cloro industrial y tuberías viejas me golpeó de inmediato.

Era una estructura tan pequeña que si extendía los codos golpeaba las paredes vibrantes.

El extractor del techo comenzó a zumbar como un motor de tractor viejo, moviendo el aire húmedo sin sacarlo realmente.

Abrí el grifo del lavabo diminuto; el agua salió con un tono amarillento antes de volverse transparente y gélida.

Me lavé la cara con fuerza sintiendo aún los golpes de los otros reclutas.

Vi mi pecho y abdomen, donde grandes moretones ya amarillentos trataban de desaparecer gracias a Fang.

Me apoyé en el borde del lavabo con el agua escurriendo por mi barbilla; me miré en el espejo picado lleno de puntos negros donde el azogue se había podrido, y apenas reconocí mis propios ojos.

Aun así sonreí. Sonreí genuinamente, casi me ataqué de risa.

A partir de este momento, lo mucho o poco que consiguiera sería en pro de mi independencia.

Todos los días era lo mismo: llegar temprano a la oficina, desquitar todo el enojo y tristeza que tenía con los incautos con los que tenía que entrenar; entre mejor me fuera en el entrenamiento más raciones de comida recibía.

Después tenía que ponerme el estúpido traje gris de corte pasado de moda y entrar a junta para recibir el mismo informe de todos los días: el mundo se está yendo al carajo y los culpables siempre eran las mismas personas: Drake, Neferura y Charles.

Al menos mis padres salían en calidad de rehenes en los reportes; el agente Jack sí me había hecho caso.

Pero el martes 31 de marzo apareció otro rostro, uno que no conocía, también miembro del Último Círculo.

Un sujeto tremendamente obeso con ojos hundidos cubiertos por profundas bolsas moradas, cabello castaño con marcas de resistencia a la insulina en el cuello y verrugas que intentaba cubrir con gruesas cadenas de oro y anillos vulgares en sus pequeños y regordetes dedos.

En la mano derecha tenía el tatuaje de un as con llamas.

Su nombre era Jesús Rivera; había trabajado en el Último Círculo hasta que en diciembre Drake le declaró la guerra al mundo.

Un año atrás había matado a 130 personas en Tlahuelilpan, estado de Hidalgo.

Las noticias posicionaron a las víctimas como personas de la comunidad robando combustible de una toma, pero lo que ocultaron los carismas fue que todos fueron atraídos por Rivera como sacrificio en un ritual de nigromancia el cual atrapó las almas de las personas en las llamas para convocar algo.

Tal vez los demás no lo ligaron, pero en ese ritual nació Ceniza.

La calidad de los videos era mala, pero pude distinguir perfectamente unos gigantes ojos dorados que cambiaban a naranja cuando se alimentaba de la toma clandestina.

—Eres mexicana, Ceniza —dije para mis adentros a la gata que ronroneaba en mi guanteleta, aún dormida.

—Muy bien, tenemos que atrapar a Rivera, quien...

aparte de Hunter, ¿quién se apunta? —Antes de que terminara la frase O'Reilly yo ya había levantado la mano.

Cualquier idiota que me pudiera dar alguna pista de cómo separar a mis padres y a Chuck el suficiente tiempo de Drake y Neferura para ponerlos a salvo tendría que ser capturado—. Hunter no irá solo, ¿quién más irá?

—Al diablo, no necesito a estos perdedores... señor —casi olvidaba decir señor—. Yo iré.

—No te mandas solo, Hunter. Además, ¿quién diablos le dio permiso de hablar?

—¿Es retórica o sí le tengo que responder, señor?

—Hunter, si pudieras seguir el ejemplo de alguien de la TV para ser un buen soldado y solo abrieras la boca cuando se le pide, ¿a quién imitarías?

—En definitiva a Forrest Gump, señor. Aunque el cabo Sónico también puede ser una excelente opción en mi opinión...

—Haremos lo siguiente, Hunter. Como evidentemente usted debería estar en el kínder privado del que salió y no aquí, cuando yo diga “patitos calladitos” —el titánico hombre hizo un pico con su mano que se iba cerrando—, usted mantendrá cerrada su maldita cloaca.

Levanté la mano mientras los demás reclutas reían por lo bajo.

—No, Hunter. Este es el momento de “patitos calladitos” —volvió a hacer el pico con la mano—. En fin: Nguyen, Petrov, Abara, Lindström y Patel irán a Ciudad de México para asegurarse de que “el patito” traiga en una pieza a Rivera.

Los reclutas expresaron su desacuerdo, pero O'Reilly ya se había largado de la sala de juntas. Me acerqué a la mesa y tomé la carpeta de cuero con el sello del Grupo de los Cien. Eran las hojas de ruta y el informe de inteligencia que Petersen había preparado.

—Escuchen bien porque no lo voy a repetir —dije abriendo el mapa táctico de la Ciudad de México sobre la mesa—. Rivera no está en un campo de batalla; está en un penthouse blindado en Santa Fe. Se cree seguro entre los rascacielos y su guardia privada.

Deslicé las fotos del reconocimiento aéreo. El edificio era una torre de cristal y acero, una fortaleza corporativa que resaltaba en el skyline de la zona financiera más alta de la ciudad.

—Tenemos veinticinco minutos para entrar, ubicarlo y estar de regreso antes de que la policía local o los hombres de Rivera den aviso de que lo tenemos.

—¿Cómo diablos le haremos para que no noten que desapareció? —preguntó Patel, la hechicera, mientras analizaba los documentos.

—¿Aún tienes cuarzos curados con carismas antes del virus, no?

Le haremos un golem que tome su forma. Lo único que tienes que hacer es mezclar su cabello o sangre y, cuando esté activado, tomará la forma de ese marrano.

No podrá hablar, pero pueden pasar días sin que alguien se dé cuenta de que no es Rivera —sería algo que Rachel habría sugerido si contara con todo el equipo de hechicería que tenía Patel a su disposición.

—Vamos a entrar por el sótano y salir por la azotea —sugirió Petrov, marcando los puntos de inserción con un marcador negro—. Rivera fue uno de los nigromantes del Último Círculo; cada sombra en ese edificio es una trampa mortal.

—Si Rivera convoca plagas de sombras, tendrán que hacer pequeños portales de búsqueda Quaerere y decir: "Helson".

Alguien más se encargará de ellos. Nosotros no tenemos tiempo que perder, y con espacios tan reducidos nos meteríamos en una licuadora encendida si los enfrentamos —Natalie podría transportar todo el edificio directo a Zane para que él se hiciera cargo, pero los lithers del escuadrón no tenían ni una tercera parte del nivel de artes oscuras de la pelirroja.

Cuando el plan tuvo sentido para todos y abordamos las posibles cosas que saldrían mal, los técnicos de extracción abrieron el portal y en instantes ya estábamos en Ciudad de México.

El aire viciado de la sala de juntas fue succionado por un vacío repentino, reemplazado por un estallido de energía estática.