Capítulo 18 Encierro #2
—Solo dime qué mierda quieres que haga y ya lárgate, por favor —no estaba bien.
Nunca habría permitido que la basura que salía de la boca de Drake me afectara tanto, pero no le daría la satisfacción de verme llorar; incluso con solo pensar en atacarlo me hacía sentir que la cicatriz en mi abdomen se comenzaba a desgarrar.
—Bueno, bueno, y yo pensé que ya nos estábamos haciendo amigos, Gabriel —suspiró negando con los ojos cerrados—.
¿Recuerdas el incendio que inicié? Tengo que admitir que se me salió de las manos; honestamente esa maldita cosa no tenía control, es lo que pasa por jugar con fuerzas que no logro comprender del todo y tremendo quemazón.
Pero eso entra entre los parámetros de un incidente.
En fin, quiero mantenerte informado de lo que hago y esto sí cuenta como algo aposta.
Sé que lo has escuchado, pero aún es algo lejano.
Un virus en China, casos aislados —Drake comenzó a carcajearse.
—¿Qué hiciste, Drake? —los actos terroristas de este desgraciado se habían limitado a violencia y destrucción; esto escalaba a proporciones genocidas.
—Bueno, solo digamos que en el Último Círculo llegamos a la conclusión: la gente de las facciones no quiere salir del velo de los carismas.
Las explosiones, aunque son dinámicamente espectaculares y los atentados en definitiva son divertidos, ya no tienen el mismo impacto que antes.
¿Qué tal si los miembros de facciones que rechacen su naturaleza se mueren?
—Drake extendió las manos como mostrándome un truco de magia.
—¿De qué estás hablando?
—La verdad ni yo mismo lo entiendo, son cosas de científicos.
Para algunas personas es una simple gripe; para miembros de facciones que abiertamente forman parte del mundo oculto, no es más que un bicho con el que coexisten, lo portan, lo trasladan, se acabó.
Pero para aquellos que ocultan quiénes son realmente, aquellos en quienes los carismas están tan dentro que ya forman parte de su organismo, implicará la muerte.
—¿Estás loco? ¿Qué hay de los niños que no saben que forman parte del mundo oculto?
—Pensé de inmediato en personas como Natalie, que había vivido toda su vida en la ignorancia—.
¿O de los sentenciados sin memoria que viven como humanos?
¿Qué hay de los ancianos que ya están cansados de las guerras y de ver cómo son los últimos de su generación en sobrevivir?
—Oh, por Dios, se van a morir todos —Drake se quedó viendo hacia la nada con la mano cubriéndole la boca, fingiendo pensar en las consecuencias de acciones que obviamente ya había contemplado—.
A menos —su expresión volvió a cambiar a su estúpida risa de suficiencia— que el gobierno oculto tome las riendas de la situación, termine con el insensato sistema de carismas y deje de ser oculto.
—Eso solo desestabilizaría a las naciones, la paz que se ha buscado terminaría en más guerra por el control o la eliminación. ¿Por qué no los dejas simplemente vivir en paz?
—¿Crees que ocultar quién eres se le puede llamar vivir?
Las facciones tienen un brillo especial en la creación, ¿no lo notas?
Cada generación está buscando una individualidad que los distinga del resto: en sus gustos, en la manera en la que se expresan, su música, incluso su propia identidad.
Esas personas de manera inconsciente saben que hay algo diferente y único en ellos, pero el sistema los tiene tan neutralizados, tan dopados, que buscan distinguirse en lo mundano.
¡Por Dios, el otro día vi a un tipo con una máscara de perro, en cuatro patas! ¿Sabes cuál era su facción?
—¿Era un hombre lobo?
—No, curiosamente era un elfo, pero yo también llegué a esa conclusión —había algo en Drake diferente, ese humor tonto y la manera en la que se expresaba se me hacía familiar—.
En fin, no me interesa lo que opines, esta es la parte en la que dices “¿y qué puedo hacer por usted, amo?”.
El Grupo de los Cien debe comprender mi plan y tú debes enrolarte con ellos.
A partir de ahora tendrás que ser un Souldier.
Descuida, después de este espectáculo no tendrán más opción que hacerte parte del club con los máximos honores.
—¿Has pensado que estoy cansado de formar parte de tus juegos? —comenté sintiendo que perdía todo sentido buscar una solución a esto.
—La verdad no me lo había puesto a pensar, pero tú y yo teníamos un trato.
El mes pasado estabas desesperado por salvar a tus amigos.
“Claro que sí, señor Drake, seré su mejor guerrero”, así tú todo patético en la arena sangrando y tus amigos llorando con sus moquitos salidos esperando que les perdonara la vida —su ego desmedido y la forma exagerada que tenía de sí mismo lo hacían aún más peligroso—.
Ahora será la hora de jugar en las grandes ligas, Gabriel.
Portae Infernum. Por cierto, tienes que tener cuidado.
Charles ha mejorado mucho con esto de la nigromancia; si no estás concentrado, los ghouls y los liches te harán trizas, créeme —su tono exagerado y su falsa preocupación por mí eran por demás desgastantes—.
Por cierto, te dejaré por aquí la muestra del virus.
Exagera un poco la historia, di que te metiste en un laboratorio subterráneo, que peleaste contra toda clase de zombis, algo así.
Charles y yo estamos muy traumados con Resident Evil y no paramos de jugarlo, por eso se nos ocurrió lo del laboratorio.
Tal vez las mamás tienen razón y los videojuegos hacen niños violentos. En fin, te veré pronto.
Drake me lanzó un pequeño maletín metálico que atrapé por puro instinto, pero no tuve tiempo de reclamarle.
Detrás de él, el aire sobre el pavimento de Trafalgar Square se rasgó como una herida infectada.
Un portal de energía púrpura y negra se abrió de golpe, vomitando un mar de criaturas que salieron corriendo con un hambre ancestral.
Eran decenas. Los ghouls golpearon el suelo y, en un despliegue de horror biológico, sus cuerpos empezaron a romperse.
Vi a uno estirar sus extremidades hasta convertirse en una especie de lobo de piel traslúcida; otros se arrastraban fusionando sus torsos y extremidades en una masa de carne palpitante que formaba una bestia de pesadilla, una quimera de huesos expuestos y múltiples cabezas que rugió con la fuerza de un huracán.
Drake comenzó a caminar tranquilamente hacia la salida de la plaza, dándome la espalda como si estuviera dando un paseo dominical.
Una de las fusiones de ghouls, una mole de casi tres metros de puro músculo necrótico, se lanzó a toda velocidad contra él, con las fauces abiertas para arrancarle la cabeza.
Sin detener su paso y sin siquiera mirar atrás, Drake simplemente extendió su brazo izquierdo.
Con un movimiento rápido y despectivo, de izquierda a derecha, como quien aparta una mosca molesta con el revés de la mano, Drake golpeó el pecho de la bestia.
El impacto sonó como una explosión de artillería.
La criatura salió disparada hacia atrás, desintegrándose en pedazos de carne gris antes de tocar el suelo.
—¡Apártate, apestoso! —gritó Drake al aire, riendo mientras seguía su camino.
Me quedé solo. El mar de criaturas terminó de salir del portal.
Al frente, figuras esqueléticas envueltas en jirones de seda negra —los liches— levantaron sus manos hacia el cielo.
Sentí un frío sobrenatural calarme hasta la médula; estaban tejiendo una maldición que pesaba sobre mis alas como si fueran de plomo.
—Ceniza, ahora —susurré.
Sentí el ronroneo de mi gata transformarse en un zumbido eléctrico.
Mis alas se encendieron en un azul intenso mientras ráfagas de fuego y escamas explosivas salían de ellas, luchando contra la gravedad mágica que los liches generaban incinerándolos.
Desenvainé a Fang, sintiendo cómo el metal vibraba ansioso por cortar esa carne maldita.
El primer grupo de ghouls corría en manada y ya escalaba las estatuas de los leones para saltar sobre mí.
Sentí cómo Ceniza se desacoplaba y su tamaño crecía haciéndole frente a las aberraciones.