El Último Soldado de Alma (Helson Las últimas crónicas nº 3) Capítulo 18 Encierro
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Capítulo 18 Encierro

Los días siguientes me parecieron un sueño que iba en cámara lenta.

A todos les conté qué y de dónde salió Ceniza, por qué desaparecí parte del domingo y todo lo que me dijo el oficial Jack.

Hubo opiniones encontradas, pero el silencio contemplativo de Rachel me castigaba y hacía que me desconectara.

Al final de cuentas, Rachel y yo habíamos terminado, nadie más tenía que pagar los platos rotos; incluso ella y Natalie interactuaban de manera normal.

En clases, Rachel era cordial pero evitaba a toda costa mi contacto y sentarse a mi lado; su campo visual abarcaba todo, excepto mis ojos.

No sabía quién estaba al tanto de lo que había pasado con nosotros, pero sentía que si no lo hacía público aún había marcha atrás.

Aunque conocía a la hechicera, la amaba y la respetaba.

Sabía que ella no actuaría por capricho; además, me había quedado claro que sabía que yo no había intentado nada con Donna, ese nunca fue el problema.

No había marcha atrás. Solo era un prospecto más que le quedó debiendo a la familia Evans.

—Bueno, Dahlia es infalible —Rachel comentó a Natalie mostrándole algo en su celular. Ambas me vieron rápidamente.

—¿Es respecto a Donna? —pregunté a la hechicera. El dolor de verla pero no sentirla me hacía recordar cuando quedó inconsciente tras la tortura de Neferura.

—Por qué no me sorprende —Natalie sujetó el celular de Rachel. Los rumores de Donna habían comenzado hace unos días y cualquier cosa que Dahlia le hubiera mandado a la rubia le daría más peso a la desinformación.

—Por favor, no comenten nada al respecto. Donna ya ha tenido suficiente con las cosas que se dicen de ella.

—Por quién me tomas, esto ni siquiera es ya de mi interés —Rachel tomó su celular de manos de Natalie.

—Bueno, ya sabemos por qué tanta intensidad, está acostumbrada a “operar” de manera rápida —la pelirroja concluyó con sus sospechas de Donna.

—Las cosas no son como tú crees, Nat, a todos nos pudo haber pasado —no sabía cómo honrar la confianza que Donna había puesto en mí hablándome de cosas tan personales y dolorosas, a su vez de explicarles a las chicas que lo que se decía de ella eran simples calumnias.

Solo una noche Natalie durmió conmigo después de eso; se excusaba con que aún tenía un poco de fobia por Ceniza, pero sentí que algo se rompió o se rompería no solo con ellas, sino en todo Helson.

Como si la gravedad ya no me sostuviera en el colegio.

Pasaron tantas cosas el fin de semana pasado que todas las pequeñas situaciones cotidianas se sentían como minucias.

Incluso los fines de semana de dobles citas y tardes de alfas se habían pospuesto por los exámenes y por compromisos de los chicos: bodas, eventos familiares, trámites y exposiciones fuera de la escuela de las optativas en las que yo no participaba.

Así que mi único refugio fue lo que sí podía controlar: estudiar.

No era la primera vez que me aislaba; pasaba muchas horas en la biblioteca y en nuestra cancha —si es que aún la podría llamar nuestra—, aprovechando que nadie acudía por la noche.

La realidad es que la base de nuestra pequeña resistencia contra las amenazas del mundo oculto se sentía ahora como otra área en desuso del colegio.

Iba al comedor cuando ya estaba prácticamente vacío, directo a las estaciones donde solo quedaban las opciones vegetarianas.

Pero la falta de apetito era lo que en realidad me impedía disfrutar; consumía alimentos por pura necesidad, solo para no colapsar.

Cuando llegó Tiro Deportivo, sabía que había llegado mi momento de estar con Natalie. Llegué un poco tarde y vi una multitud reunida. Era el club de fans de la lither y Romano, que sobresalía entre la multitud.

—Así que tú eres la reina de todos estos perdedores, ¿eh, Roja? —el tipo reía estúpidamente mientras Natalie subía los hombros como algo inevitable.

—Qué se le va a hacer, aun así no mejoran nada —saludé a Natalie y la tomé de la mano enlazando nuestros dedos.

—¿Y tú qué tal, sí sigues sus consejos? —Romano se me quedó viendo. La agresión en sus ojos había desaparecido; yo me limité a ignorarlo. A los minutos continuó hablando con los que supuse eran sus compañeros de edificio y se fue.

—¿Ahora así marcas tu territorio? —Natalie levantó nuestras manos y se liberó.

El resto de la clase la pasó en silencio; no me corregía, no se ponía a mi lado, simplemente éramos dos personas abarcando el mismo espacio.

—¿Qué está pasando? —quise saber, mientras la lither rechazó que nos quedáramos en nuestra arbolada.

—No me apetece en estos momentos, y tampoco que me beses —dijo mientras quitaba mi mano de su cintura y daba un paso atrás.

—¿Eso es todo lo que me dirás? —pregunté con un recelo que no me esperaba; ya me habían rechazado de manera directa e indirecta suficientes veces.

—¿No es más que suficiente? —su tono se hizo un reproche severo—. No quiero, Gabriel, hoy no.

—Si tienes algo que decirme, solo hazlo.

—¿Cuándo me ibas a decir lo de Rachel? —Natalie ya estaba a dos pasos de mí.

—No pensé que fuera...

—¿De mi incumbencia? En términos normales tendrías razón, pero Rachel me declaró la “ganadora” y se fue, no sin antes sugerirme que te alejara de Donna. Todo esto me hace sentir muchas cosas, Gabriel, pero lo único que no me hace sentir es como una “ganadora”.

—Bueno, supongo que es lo que pasa cuando ambas se dan cuenta de que por lo que estuvieron compitiendo o peleando o queriendo decapitarse al final de cuentas no valió la pena.

¿Tú también quieres que termine contigo o tú sí tendrás el valor para mandarme al carajo?

—la furia con la que se lo dije, tratando de ocultar que estaba aterrado, fue un tono hostil que Natalie no se merecía.

—Lo mejor será que hablemos otro día, estás alterado —la lither dio media vuelta pero yo sujeté su muñeca.

—No, hablemos ahora —ya no comía y si Natalie se iba tampoco podría dormir, necesitaba aclarar las cosas.

—¡Suéltame, Gabriel, me duele! —el frío de su frase me congeló.

Natalie me miró con una mezcla de asco y desilusión—.

¿De verdad vas a ser el abogado de Donna?

¿Después de que todo el colegio sabe que está detrás de ti para limpiar su reputación de “chica fácil”?

—sus ojos llenos de dolor y enojo contenido me partieron el alma, mientras la otra mitad de mi corazón también escapaba con la pelirroja.

Me quedé sentado donde Natalie y yo solíamos dormir.

Extrañaba los tonos rojizos de las hojas de otoño que el año pasado abrazaban la muerte con poesía, pero que esta vez se sentían opacas, privadas de los primeros rizos que me enamoraron en Helson.

A lo lejos vi a Rachel, que salía de su práctica de teatro con su club de fans.

El tranquilo andar de la hechicera la hacía resaltar entre los chicos y chicas que la rodeaban.

Tal vez estaban mejor así sin mí, y de alguna manera sentí el alivio de que ya no les haría perder el tiempo a ninguna.

Mi conflicto había terminado, ya no tenía a quién elegir.

El sábado, en cuanto llegué a Artes Marciales Mixtas, vi que Romano ya estaba platicando con Natalie, así que di media vuelta, le avisé a Zane que iría al hospital por indicación de la doctora Eleonor y me largué.

Llegué al cuarto para asegurarme que Ceniza tuviera suficiente papel, aunque el cartón le duraba más.

Abrí la ventana para salir volando. En cuanto me disponía a desplegar las alas, Ceniza se despertó, se convirtió en una bola azul y se fundió con mis alas.

—No cabe duda que me sigues sorprendiendo —comenté mientras sentía el ronroneo de mi gata por todo mi cuerpo.

Volé sin rumbo fijo, pero tratando de mantenerme en donde aún identificaba como ciudad; podría parar por comida si me comenzaba a sentir débil.

Solo quería sentir el aire frío, poder gritar, llorar, y la velocidad, la altura y el hecho de estar en compañía de Fang y Ceniza era lo único que necesitaba para sentirme libre.

Me detuve en Trafalgar y sentí que llevaba siglos sin estar ahí. Con justa razón, ya que el solo hecho de pasar y verla aún me incomodaba; esta vez no me dio nada de gracia la señal de prohibido caerse de los leones y solo pensé que la gente era estúpida para necesitar esa advertencia.

—¿Algún día te dará gusto verme? —Drake apareció con un atuendo ridículo: unos tenis de básquetbol, unos pantalones afganos y una sudadera con demasiados cierres.

—¿Ahora qué, Drake? —sentí cómo se calentaba el vientre y la mano mientras el desgraciado forzaba los lineamientos de nuestro pacto.

—Deberías de agradecerme que no interfiero con tu escuela. Al final de cuentas, lo más importante que un Hunter puede tener es una educación de excelencia y fuertes valores familiares.

—Deja de citar a mi padre, idiota. Tal vez eso te ayude con Charles, pero yo sé la clase de basura que eres.

—Bueno ya, es obvio que te pasa algo, cuéntamelo todo —la manera infantil en la que cruzó los brazos mientras imprudentemente cruzaba la pierna arriba de uno de los leones de Trafalgar me resultó molesto, así que continué caminando—.

Mira, no te quitaré mucho de tu tiempo. Es obvio que la dulce Rachel y la hermosa Natalie mueren porque regreses para que todos jueguen a la casita —su sonrisa estúpida me lastimó profundamente—.

Uno no puede tener todo en esta vida; es decir, las chicas que te gustan te están mandando al carajo, prácticamente no tienes relación con tu hermano mayor porque es ya sabes qué —hizo un gesto de horror y un exagerado escándalo aún más molesto que su sonrisa—.

Te enteraste que el pequeño Charles ahora es parte fundamental de mi equipo.

Y bueno, aún estás forzado a seguir cumpliendo conmigo para mantener con vida a esos malagradecidos que te dejan solo a tu suerte.