El Último Soldado de Alma (Helson Las últimas crónicas nº 3) Capítulo 17 Cruda
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Capítulo 17 Cruda

Abrí los ojos y traté de ponerme en pie, pero Rachel estaba acostada en mi pecho y Natalie en mis piernas.

En las camas de enfrente, Tommy y Dyl veían la pantalla de la cámara de mi amigo; supuse que le estaba mostrando las increíbles fotos que tomó en su viaje.

Linsey y Jessie jugaban con Ceniza; cada una tenía los láseres que utilizábamos en clase para exponer y hacían que la gata brincara de una cama a otra.

Fijé la vista hacia la entrada y Donna venía acompañada de la doctora Eleonor.

—Largo todos, ya saben las reglas. Podría estar convaleciente el príncipe Carlos y solo dejaría que estuviera un visitante en la sala.

—La doctora caminaba aplaudiendo con autoridad, pero con su habitual ligereza.

Ella me conocía a la perfección; había estado tantas veces bajo su cuidado que la sentía más cercana que muchos familiares—.

Y ustedes dos, no vuelvan a meter ningún animal a mi sala de diagnósticos; aquí no atiende el Dr. Dolittle.

Los chicos brincaron de la cama y se enfilaron a la salida.

—Vaya susto, viejo. No podemos dejarte un fin de semana sin que seas un desastre —comentó Tommy al verme abrir los ojos.

—Lo lamento, amigo —respondí mientras sentía que la garganta me mataba.

—Nat, Rache... creo que solo ustedes pueden hacerse cargo del animalito —dijo Jessie nerviosa.

Las chicas despertaron de manera lenta y aletargada. Pude notar sus manos y frentes llenas de hollín; definitivamente fue necesario que ambas contuvieran a Ceniza de alguna forma para que no incendiara todo el Edificio F.

—Alguien se tiene que quedar con Gabriel —comentó Natalie, ocultando con la manga de su suéter una quemadura en los dedos.

—Yo lo haré. Después de todo, Gabe y yo tenemos mucho de qué platicar. —Con un tono plano, lleno de autoridad, Donna tomó asiento en la silla que Natalie acababa de dejar.

—Ni se te... —comenzó Rachel, mientras su perfecto flequillo tenía uno que otro pelo chamuscado.

—Está bien, Donna. Me vendrá genial tu compañía. —Sin dar crédito a mis palabras, Natalie tomó a Ceniza y caminó hacia la puerta. Rachel negó con la cabeza y la acompañó.

—Muy bien, tortolitos, los dejaré solos.

Nada de actividades extracurriculares; se supone que tenía una cena con mi novio hace cuarenta minutos.

Si yo no tendré acción esta noche, ustedes menos.

—Natalie dio un golpe a un biombo en la entrada tras escuchar a la doctora Eleonor.

Tal vez la respuesta a todos mis problemas era, simplemente, aceptar el abrazo de la muerte.

Cuando la enfermería se vació, el más sepulcral de los silencios se hizo presente. Una mueca de maldad y unos ojos azules clavados en mí hacían que los nervios se me hicieran trizas. Tenía que disculparme con Donna.

—Escucha, Don...

—No eres gay. —Su risa explotó y retumbó por todos lados como la voz de Intrenoor.

—No. Y lo que te hice, por más que lo pienso, no tiene perdón. Lo que recuerdo es confuso, pero hay partes que en definitiva fueron muy claras.

—¿Te refieres a mis partes, verdad? —Una mezcla de malicia y vergüenza se hizo presente, haciendo que su rostro se tiñera de carmín.

—Perdóname, Donna. No sé qué me poseyó —comenté torpemente mientras las imágenes golpeaban mi cabeza sin descanso.

—Al inicio pensé que me confundiste con un chico, pero lo descarté por cómo me... tomaste y cómo te me declaraste. —Sentí un pinchazo en el pecho por la manera en que enfatizó esa última palabra—. Solo pude concluir que llevas enamorado de mí desde que nos conocimos.

—Creo que tenemos que centrarnos en mi disculpa, Donna. —Una parte de mí quería aclarar todo, desde la mentira de las chicas hasta la verdad, pero otra parte encontró cierta seguridad en su hipótesis.

—Gabriel, no es mi primer rodeo, ¿ok? —La lither se cruzó de piernas y se tocó la barbilla—.

Está bien, ya estamos grandes. Te me haces lindo, evidentemente yo te pongo mal y, para serte honesta, esa energía masculina y salvaje es sexy y refrescante.

No debes actuar amanerado para que Naty y Chel no se sientan mal.

—¿Amanerado? —Toda la construcción de mi personalidad se había ido a la basura—. En fin... ¿por qué las chicas se sentirían mal, Donna?

—Porque crees que son feas y las friendzoneaste, ¡daa!

—Las chicas van a terminar matándola.—Gabriel, fue tierno que fingieras ser gay para no herir los sentimientos de tus amigas, pero no es una estrategia sostenible a largo plazo.

Evidentemente iba a llegar alguien como yo que te iba a volver loco, y tarde o temprano iban a saber la verdad.

—Donna, insisto en que nos deberíamos centrar en mi disculpa. —Esto iba por un rumbo aún más peligroso que una denuncia. La cabeza de la chica estaba en juego.

—Olvida ya eso. Tú y yo tenemos ahora que trabajar en tu...

mmm... —La manera en que movía los ojos ideando planes me perturbaba—.

Regreso triunfal a la heterosexualidad. Será paulatino, algo tranquilo.

Tal vez por un tiempo admitirás sentir alguna bisexualidad frente a ellas, como una curiosidad por las chicas, y necesitarás su apoyo COMO HERMANAS.

—Estiró la frase de manera exagerada—. Elogiarás mi cabello, mis arracadas, pero más como un chico torpe que no sabe qué cumplidos hacer y no como si pensaras que se te verían genial a ti.

Y un día, ¡boom!, tú y yo somos pareja. —La manera en que tiró un micrófono imaginario fue el pináculo de una serie de consecuencias que tendría que pagar por ser un manolarga y cochino.

—¿Por qué estabas en mi habitación en toalla, Donna? —Técnica de distracción para aplicármela a mí mismo y librarme del horror.

—Qué tonta, ya se lo expliqué a las chicas cuando pensaron que estábamos haciendo el amor, pero tú estabas dormidito con fiebre.

—Su ojos azules cambiaron a unos joviales—.

Willy Sanders llenó su ducha con bolas de gel para un reto viral y arruinó toda la cañería del Edificio E.

No tenemos agua, así que te iba a preguntar si podía usar tu regadera.

Como te vi descansando, pensé que no habría problema porque eras «mi amigo de la comunidad» y me comencé a duchar.

Pero escuché tus convulsiones y salí a ayudarte...

y ya después me comenzaste a besar y a desnudar con la furia y la torpeza de un bebé.

Por cierto, mi ropa se quedó en tu baño; trata de que no se llene de pelo de gato, soy un poco alérgica.

La chica comenzó a reír mientras yo trataba de hundirme de la vergüenza. La imagen era patética: yo, un tipo que prácticamente se podía convertir en dragón, babeando y jaloneando toallas como un infante que no sabe usar las manos.

—Dios, Donna, te juro que no fue mi intención.

—Tranquilo, Gabe. Solo guardémosle el secreto a Fred; el otro día le dije que teníamos ondita tú y yo y ya viste lo que pasó.

—Donna sujetó mi mano con tranquilidad. Le vi una quemadura en el cuello y otra en el brazo—.

Por cierto, Gabe, no tardarán en llegarte unos rumores de mí. —Su mano comenzó a sudar.

—Usualmente no hago caso a los rumores.

—De todos modos, me gustaría que supieras mi lado de la historia, ¿si tienes a bien?

—La lither en verdad se sentía incómoda—.

En mi escuela anterior, yo no era esto. —Sonrió tocando su cabello—.

De hecho, era muy similar a Naty y Chel: cabello largo, uñas rosadas...

No tenía perforaciones; solo me conocían por estar en el cuadro de honor y ser la hermanita de Romano, el tipo más atemorizante de la escuela.

—¿Espera, Romano es mayor que tú?

—Sí, él tiene dieciocho años. ¿No se te hizo raro que un tipo de primer año ya hubiera despertado como lither?

—Antes de septiembre yo no sabía nada del mundo oculto, apenas conozco las reglas —admití al entender la diferencia que implicaba haber nacido en una familia del mundo oculto—.

Por cierto, a mí me gusta mucho tu look; siento que aterriza por completo tu personalidad fuerte y directa.

—Maldita sea, era esa clase de cosas que no tenía que decirle a las mujeres.

—Gracias. Pero en realidad, cómo luzco y mis cascos a todo volumen solo son la armadura que uso para evitar la crítica.

—¿Qué te pasó?

—Me enamoré de un tipo que era compañero de Fred.

Su ejecución fue perfecta: me hizo creer que era su mundo entero.

Me dijo todo lo que las chicas tontas queremos escuchar y, sin pensarlo mucho, me entregué a él.

Creí que estaríamos juntos por siempre. El siguiente lunes pasé de ser una alumna excepcional a la zorra de la escuela.

Incluso estuvo circulando un audio que hicieron pasar como mío; fue tan humillante.

—Donna comenzó a temblar de frustración—.

Convirtieron mi primera vez y lo que pensé que sería mi primer amor en una pesadilla, y todo por una estúpida apuesta.

Fred dejó grave al sujeto y a los involucrados.

Llegó un punto en el que pensé que lo mejor sería morirme.

Pero no podía hacerlo antes de saber cómo me vería con el cabello corto, un poco de maquillaje y arracadas.

Siento que este cambio de look me salvó la vida.

Fue tan radical que pensé que no me reconocerían en los pasillos, pero resultó que esta nueva versión mía y Fred alejaba a las personas.

Después de todo, mi hermano comenzó a acompañarme a todas partes; incluso entraba a mis clases.

Cuando pasó lo de mis padres y nos mandaron a vivir con Claude y a esta nueva escuela, mi hermano pensó que lo mejor sería que iniciáramos en el mismo grado.

—No alcanzo a dimensionar por lo que has pasado. En verdad lo lamento, Donna. Descuida, en el momento en que escuche algo al respecto, les informaré en qué estado quedaron los culpables.

—A estas alturas no es algo que me defina y, en realidad, ya no duele tanto; solo quería que supieras mi versión.

—No me sentiría cómodo juzgándote por haberte enamorado. —¿Cómo podría hacerlo, si día a día me sentía juzgado y dividido por a quienes amo?—.

—Solo no cambies conmigo si escuchas algo en los corredores, ¿sí?

—Es una promesa. —Por alguna razón, mi palabra no fue lo suficientemente contundente para tranquilizarla.

Sentí cómo la energía se me terminaba y el calor de nuevo hacía que me ardiera al respirar. Donna se puso en pie y corrió por la enfermera en turno. Volví a quedarme inconsciente.

En cuanto llegó la doctora Eleonor la mañana siguiente, me dio de alta.

Aún me sentía cansado y débil, pero ya no tenía fiebre.

Le agradecí a Donna haberme cuidado y fui por mi mochila.

Recordé que su ropa estaba en el baño y la guardé para entregársela después.

Le dejé un montón de bolas de papel a Ceniza, pero después de toda la actividad de ayer, estaba completamente dormida.

Ya casi terminaba el desayuno y no encontré a nadie.

Así que comí lo que pude y me dirigí a Matemáticas.

La amenaza de que el primer mes había terminado y a partir de ahora tendríamos que preparar los exámenes parciales se hacía presente.

Todos estábamos en silencio, contestábamos los controles que los maestros nos daban y, en los pasillos, había una tranquilidad antes de la tormenta.

La maestra Ronda comenzó con una dinámica diferente: nos envió a los laboratorios de idiomas y dejó toda la teoría de lado.

Prácticamente no pude platicar con nadie.

En la comida solo estaban Dyl y Tommy; todo el tiempo hablaron de qué presentarían en fotografía, así que me dediqué solo a escuchar.

Química no fue la excepción. No hubo risas ni historias geniales; Richard daba la mitad de la clase y la otra mitad refuerzos de temas anteriores.

Natalie y Rachel estaban enfrascadas tomando apuntes, dedicadas exclusivamente al pizarrón.

Para Artes Marciales Mixtas, yo me quedé sentado; no debía hacer actividad física aún.

Natalie abrió la sesión retando a Romano.

La lither atacaba de manera rápida y metódica al chico, el cual recibió más de un golpe y, en lugar de pedir detener la pelea, reía a carcajadas reconociendo sus errores y poniéndose de nuevo en pie.

Zane terminó el encuentro dándole la victoria a Nat y los puso a hacer ejercicios juntos para evitar rencillas.

Cuando terminó la clase, Rachel estaba afuera del gimnasio. Dyl y Natalie estaban enfrascados en una conversación respecto a Romano en la cual no parecía que necesitaran mi intervención.

—¿Cómo te sientes? —La hechicera me sonrió, pero sus ojos no llegaron a iluminarse.

—Abrumado —admití mientras trataba de estructurar todo lo que había pasado desde el viernes.

—Lo lamento. —Por alguna razón, Rache me estaba guiando hacia la cancha de tenis en lugar de al comedor. Mi estómago era un caos, por lo que no me importó no cenar, pero me preocupaba que ella tampoco lo hiciera.

Cuando llegamos, la rubia me tomó de la mano y nos sentamos en nuestro sofá. Respiró y miró al techo.

—¿Me besas? —preguntó con un hilo de voz, mientras sus ojos me cautivaban captando los pocos rayos de luz que aún había en la oscuridad.

Ni siquiera lo pensé. Puse toda mi confusión y dolor a un lado para enfocarme solo en lo que quería decirle: «Te necesito». La hechicera sujetó mi rostro como solía hacerlo y me besó lentamente un rato, hasta que la sensación de que me estaban observando me hizo abrir los ojos y noté que lloraba.

—Te amo, Gabriel. —Su voz se quebró con esas palabras y me alejó con ternura.

—Yo también, Rache. No sabes cómo necesitaba esto —dije aliviado y confundido al verla tan desencajada.

—Necesito que hagas algo por mí —comentó bajito, mientras respiraba profundamente y secaba sus lágrimas.

—Claro, lo que tú me pidas. —En este punto, mi urgencia por saber qué le ocurría era desesperante.

—Termina conmigo. —Un dolor que inició en mi pecho se extendió hasta las puntas de mis dedos—. Yo no puedo hacerlo, así que, por favor, termina conmigo.

—Pero, Rachel, de qué hablas. —Sentí el peso en cada una de mis palabras.

—Libérame de esto. Ya no quiero estar así; me duele. —Las lágrimas que había limpiado irritaron sus mejillas, haciéndola ver aún más blanca.

—Si es por Donna...

—Es por mí. Hazlo por mí, amor. —Su voz se volvió firme, como la de Meredith.

—No puedo, Rache, no me pidas eso.

—Me dijiste que harías lo que te pidiera. —Su reproche fue una estocada en mi corazón.

—Rache, no —rogué.

—Gabriel Hunter, actúa como el príncipe dragón que sé que eres y ponme a salvo. —Sabía que se refería a que la debía poner a salvo de mí.

—Te amo.

—Lo sé. Por eso confío en que harás lo correcto. —Sus manos comenzaron a temblar; instintivamente se las sujeté y, por primera vez, no sentí la electricidad que nos envolvía siempre cuando nos tocábamos.

—Adiós, Rachel.

—Adiós, amor. —La hechicera se puso en pie, tocó mi mejilla y, con la más triste y hermosa de sus sonrisas, dio media vuelta y se marchó, dejando un hueco en mi pecho que me hacía sentir perdido.