Capítulo 16 Fiebre
En cuanto pisé los terrenos de la escuela, vomité.
No había sido el salto en el portal ni que la hamburguesa me cayera mal; fue la culpa de haber abandonado a mi pequeño hermano tanto tiempo, al punto de que ahora se había descarreado.
¿Y por qué? Por un duelo innecesario, por estar distraído en Europa o por tratar de ser el maldito héroe que nadie pidió.
Chuck siempre fue un buen niño; el mejor y más centrado de los tres, me atrevía a pensar.
Mientras Zane y yo éramos un desastre, él era cordial y acomedido en casa; nunca causaba problemas. Siempre fue muy travieso e hiperactivo.
Recuerdo que era tan pequeño que los banquitos de la barra no le quedaban; lo solíamos sentar en un enorme bote azul de agua que llenábamos por los constantes cortes de servicio en verano cuando vivíamos en el Bronx.
Su travesura consistía en salir corriendo sin haber terminado de comer mientras todos charlábamos.
Lo escuchábamos desde el segundo piso reír a carcajadas; nunca entendí por qué le daba tanta risa escapar.
Papá tenía que gritarle que bajara a comer y así era todos los días: nos perdíamos en la conversación, él salía corriendo...
No recuerdo la última vez que lo hizo, pero si pudiera revivirlo, saldría corriendo con él solo para tratar de entender un poco de la emoción que sentía y reír juntos en lo alto de la escalera.
Me gustaba vivir en Londres, pero detestaba el invierno aquí.
A las cuatro de la tarde ya había oscurecido.
Nunca pensé necesitar tanto la luz; qué desperdicio haber estado en California y solo ver un cielo rojo por el incendio.
Este sol británico de enero era perezoso y gris; salía un par de horas y daba paso a noches eternas.
Era un constante estado de tristeza. No busqué a las chicas y tampoco a mis amigos.
Entré sin hacer ruido en mi habitación y liberé a Ceniza, quien no perdió tiempo y reclamó mi cama como propia.
Prendí la computadora y abrí una de las tres cartas que dejé en octubre, la que iba dirigida a Charles, y comencé a leer sin recordar prácticamente lo que le había escrito desde que guardé el documento por última vez.
Eliminé la estúpida carta cuando terminé de leerla.
Lo que pensé que sería mi última voluntad y advertencia para mi hermano ya no representaba ni remotamente la realidad.
Solo eran palabras atrapadas en la obsolescencia que el tiempo y los acontecimientos les dieron.
Cerré la laptop y recliné la cabeza en ella.
Sentí cómo Ceniza se escurría entre mis pies y de un salto llegó al escritorio; frotó sus bigotes en mi rostro y comenzó a acicalarme la nariz con su rasposa y ardiente lengua, mientras su aliento caliente olía a combustible y humo.
Quise pensar que estaba tratando de hacerme sentir mejor.
Después de un rato dejando que la miseria me consumiera, arranqué hojas de una libreta vieja, las hacía bolita y se las arrojaba a Ceniza para que las devorara.
Sus ojos tomaban un tono naranja cada vez que su boca entraba en contacto con las bolas, devorándolas como el papel que usan los magos.
Después de un rato la gata me mandó al diablo y comenzó a marcar con los bigotes todo en mi habitación.
Verla subir y bajar de los muebles, entrar y salir del baño y correr debajo de la cama me hizo notar lo cansado que me sentía, así que me descalcé, me quité la ropa que aún olía a incendio, me cepillé los dientes pensando en el desperdicio que fue mi mareo al no saber cuándo volvería a comer una hamburguesa de América.
Solo me puse el pants más viejo y holgado que encontré y me dejé caer en cama.
Ni siquiera noté en qué momento me quedé completamente dormido.
El invierno de Londres se evaporó, dejando solo un bochorno denso que me pesaba en los párpados y hacía que me ardiera cada vez que respiraba.
Me sentía mal, cansado, con frío y con calor; sentía cómo cada gota que salía de mi piel hacía que el peligroso estado de deshidratación que tenía se sintiera como la habitación dando vueltas, mientras imágenes en secuencias rápidas entraban y salían de mi cabeza.
Nada tenía sentido. Estaba de vuelta en el Bronx, pero el agua del bote azul ya no estaba contenida; ahora corría por mi pecho, fría, salvadora.
Sentí el alivio de la magia recorriéndome los poros.
Luces brillaban en azul por mi cuerpo y unas pequeñas y delicadas manos tocaban mi pecho como imanes: sellos de agua.
Reconocí ese tacto de inmediato. Tenía que ser Rachel.
La atraje hacia mí con la fuerza desesperada de quien se está ahogando.
Mis dedos se enredaron en su nuca, buscando su calor, y la acerqué a mi rostro para besarla con una urgencia torpe y febril.
Quería sentir su aliento, aferrarme a ella antes de que el mundo se acabara de romper.
En mi forcejeo por no caer de la cama, mis manos buscaron apoyo en su espalda, enganchándose accidentalmente en la toalla húmeda que la cubría.
Entre los tirones de mi delirio y el peso de mi cuerpo cediendo, la prenda se deslizó sin que yo pudiera procesarlo.
Entre la bruma de la fiebre, solo vi mucha piel blanca, una silueta que mis dedos reconocían como refugio mientras la rodeaba por la cintura para no hundirme en la oscuridad. Quería que ella fuera real, quería que se quedara conmigo.
—Frigus in carne... —el murmullo surgió entre nuestros labios, bajo, rítmico, cargado de una vibración metálica que me erizó la nuca.
Ese latín... no era Rachel. Era Natalie.
Mi mente, nublada por la fiebre, dio un vuelco.
Mi lither estaba ahí, entregándose a la penumbra de mi cuarto, usando sus artes oscuras para salvarme.
Me aferré más a ella, embriagado por el contacto de su piel contra la mía, queriendo recorrer una vez más sus constelaciones de pecas.
—Quiero... quiero que estemos juntos —balbuceé contra su boca, mientras mis dedos se cerraban sobre sus hombros con debilidad—. Hagámoslo real. Sé que lo sabes desde hace tiempo... pero te amo.
Entonces, el mundo no se rompió; detonó.
La puerta de mi habitación golpeó la pared con la fuerza de una explosión.
El estruendo me sacudió el cráneo y Ceniza, desde lo alto del ropero, siseando, soltó un chispazo azul que me puso los pelos de punta.
Estaba toda erizada, bufando estática eléctrica hacia el umbral como una gárgola de plasma furiosa.
—¡¿Pero qué mierda es esta?!
El grito de Natalie fue un hachazo físico que me partió el delirio.
Intenté incorporarme, pero el cuarto dio una vuelta de campana.
Vi manchas de colores: el rojo furioso de los ojos de Natalie en el umbral, el destello violeta de una chispa naciendo en las manos de Rachel...
y la silueta que tenía entre mis brazos, que ahora se giraba con una inocencia que me heló la sangre.
No era Rachel. No era Natalie. Era Donna, completamente desnuda tras mis tirones y manoseos, con la cara roja de absoluta confusión.
—¡Natalie, espera! —Donna se giró hacia la puerta, cubriéndose apenas con sus manos—. ¡Está enfermo! ¡Él cree que soy algún chico..!
—¡FUERA! —el rugido de Natalie no fue humano. Sus dedos se curvaron en garras y sus rizos se convirtieron en serpientes furiosas, mientras sus piernas se transformaban en la cola de una serpiente.
Vi a Rachel dar un paso al frente, caminar por el techo mientras dos pares de brazos adicionales salían de ella y sus ojos avellana exigían mi ejecución. Ceniza se lanzó desde el ropero directo hacia el centro del conflicto, una bola de fuego y pelo azul que no distinguía entre aliadas y enemigas.
Quise hablar. Quise gritar que Charles era un nigromante, que Drake nos tenía a todos en una red, que mi boca aún sabía a durazno por los labios de Donna, aunque mi corazón les pertenecía a las que habían entrado por la puerta...
pero solo caí al suelo. ¿Esto en verdad era real o era la fiebre?
Solo esperaba que todo fuera una alucinación, incluyendo a Donna desnuda en mi cuarto.
Lo último que vi antes de que el cerebro se me apagara por completo fue a Ceniza encendida, protegiéndome; a Donna alejándose de la cama, buscando su toalla, y a las dos chicas que eran mi mundo tratando de sacarme de la habitación mientras contenían a mi nueva mascota, arrastrándome de los pies mientras la alfombra me quemaba la espalda por la fricción.
Cuando sentí la luz del pasillo que me dejaba ciego, un talón en mi ojo formó el negro absoluto.
El silencio. Y el eco de la risa de mi hermano pequeño perdiéndose en la oscuridad de mi memoria, mientras yo salía corriendo a buscarlo y me tropezaba al pie de la escalera.
Intenté abrir los ojos, pero aún me pesaban.
Los delgados colchones y cobijas de la enfermería eran algo que tenía que meter como punto de mejora en las encuestas de calidad que hacía la escuela.
Pero, siendo honesto, ¿quién aparte de nosotros pasaba tanto tiempo aquí para que realmente fuera un tema?
Con solo la luz de algunos aparatos y las sombras de los árboles, podía entender por qué a Dyl no le gustaba quedarse del lado de la ventana; además, la idea de que alguien pudiera estar acechando en la oscuridad en un momento de tanta vulnerabilidad era de las ideas que debía alejar de mi cabeza si no tenía mi celular a la mano para distraerme.
Usualmente no era un cobarde, pero había ciertas líneas de pensamiento que tenía que matar antes de que me comenzaran a afectar con algunas partidas de ajedrez en el teléfono.
Sentí un extraño vacío al estar solo. Es decir, no es como que esperara que las chicas me fueran a perdonar después de la estupidez que había cometido; además, en cualquier momento las autoridades llegarían después de la infamia que le había hecho a Donna.
Supuse que los chicos habrían preferido mantenerse al margen.
Sentí tanta vergüenza de mis actos... por más enfermo que estuviera, no había excusa.
—Ha pasado mucho tiempo, chico. ¿Por qué será que siempre nos encontramos en este lugar? —Drake había aparecido y me tensé por completo. Su rostro lucía sereno y su sonrisa era cálida, llena de nostalgia; no la estúpida y maliciosa mueca llena de suficiencia que siempre me mostraba.
—Maldita sea, Drake, ve en la situación en la que me encuentro. Aunque quisiera, no puedo moverme. —Me sentía tan débil que no podía levantar brazos o piernas para defenderme.
—¿Tan rápido te has olvidado de mí? Soy Intrenoor, viejo amigo. —Sus colmillos resplandecieron contra las farolas de la arbolada, mientras su voz se hacía un rugido cuando el dragón pronunció su nombre.
—Intrenoor... no puede ser. Pensé que nunca volveríamos a vernos —comenté torpemente mientras los vellos de la nuca se me erizaban. El parecido con el genocida de su hijo era aterrador.
—He sido acallado desde que has defendido tu estadía en tu plano. En definitiva, mi legado y Fang te han provisto de una vitalidad que te ha permitido enfrentarte a todas las pruebas que tristemente has tenido que superar, incluyendo tu propia salud.
—Intrenoor, de verdad me esfuerzo para poder cumplir con mi deber, pero nunca me dijiste que el rol de los Helson era lidiar con la máxima jerarquía de Inferno. Sin ellos en Terra, Inferno y Paraíso nos aplastarían.
—La plaga de los Helson es un mal que arrasará con Terra.
Una última generación será transformada antes de que nuestra gente sea convocada de nuevo para reiniciarlo todo.
Cuando el último de los Helson regrese a la pecaminosa dimensión de donde fueron engendrados y ya no nazcan niños, Terra será el campo de batalla para ángeles y demonios.
—Sus pupilas se alargaban y se hacían más estrechas, recordando un discurso que parecía que había escuchado cientos de veces—.
Estudia los cristales, ahí encontrarás la clave de nuestro origen.
Las voces de mis antepasados resonarán y te guiarán como un maestro que aún no ha existido.
—Las palabras del dragón resonaban entre las paredes y el techo de la enfermería con solemnidad.
La manera en la que hablaba no era del todo clara, como en su último relato; tal vez esta aparición de Intrenoor también se había «descargado mal».
—Lo entiendo. Cuando tú gobernaste, las guerras ocultas no eran un problema global y la mayor preocupación era una familia de vampiros sueltos —comenté, tratando de explicarles que la plaga de vampiros que arrasó Coverfield pudo haber sido un problema menor para el grupo de los cien o los gobiernos ocultos—.
Además, debo detener a tu hijo, pero no veo escenario en el que pueda hacerlo sin arrebatarle la vida o morir intentándolo.
—La comprensión y el dolor rompieron la máscara del dragón mientras caminaba hacia mí, dejando las mismas marcas de chapopote azul que me habían guiado hacia su diario.
—Mi querido hijo murió aquel día en los brazos de su madre; su espíritu reposa libre donde nadie lo podrá alcanzar.
Yo le entregué mi corazón y Annie su alma.
Mi pequeño Drake no es a quien tú sirves; solo es un cascarón vacío que recorrerá las eras dando tropezones y caminando hacia atrás, hasta llenar de poder un cuerpo que aún no le ha informado que lleva siglos muerto.
Tienes que liberarlo para que deje de ser un peón en un juego que lleva desarrollándose desde hace varias extinciones, y pueda regresar con sus padres.
Tal vez un día podamos retomar nuestras vidas y volver los tres a ese Coverfield que conoces antes de que nuestro tiempo fuera suspendido.
—Intrenoor, no te entiendo. ¿Cómo vencer a Drake hará que ustedes puedan volver a ser una familia? Además, mi hermano ahora es un Helson, el más fuerte de todos.
—Busca en el alma de Annie aquello que te falta para cumplir tu misión. Una vez más me tengo que despedir de ti; tu ser se está fijando de nuevo a tu plano. Si te sientes perdido, inicia por el comienzo: en Coverfield, donde yo encontré mi hogar, tú podrás encontrar tus respuestas.