Capítulo 14 El Primer Trabajo
El cambio fue un latigazo. Pasé del aire gélido y húmedo de Helson al abrazo asfixiante de un volcán encendido en menos de un parpadeo. El Speculum Portalis me escupió sobre una colina en algún lugar de Los Ángeles, y lo que vi me obligó a retroceder, aunque no hubiera a dónde ir.
El cielo no era cielo; era una cúpula de color ocre y plomo que parecía pesar toneladas.
El sol era apenas un punto agónico y borroso, filtrado por una columna de humo tan densa que se sentía sólida.
Fang rugió en mi interior, cambiando el fuego por el frío del nitrógeno para protegerme, pero eso solo hizo que la experiencia fuera más perturbadora: yo estaba fresco, una burbuja de aire respirable en medio de un mundo que se estaba derritiendo.
Fang filtraba la calidad del aire para que no me afectara, pero cada vez que intentaba inhalar, me raspaba la garganta como si estuviera tragando vidrio molido.
No era solo humo de madera; era un cóctel tóxico de plástico quemado, pintura, caucho y...
algo más. Un olor dulce y metálico que me revolvió el estómago: materia orgánica.
Carne. Animales que no fueron lo suficientemente rápidos.
Mi armadura me mantenía intacto, ni un solo vello de mis brazos se chamuscaba, pero ver un animal calcinado junto a lo que quedaba de un columpio me hizo sentir más herido que todas las patadas de Zane juntas.
La inmunidad era mi maldición: estaba condenado a ser el único espectador consciente en un teatro de muerte absoluta.
—¿Cómo pretende que apague esto? —El hecho de ser prácticamente inmune a las llamas no me hacía eficaz contra la amenaza; simplemente era un objeto dentro de un horno industrial que no llegaría a su punto de fusión—.
Si estuvieras aquí, Zane, tal vez podrías absorber toda esta energía con tus marcas.
—Sintiéndome como un niño idiota reprochándole a su hermano, comencé a actuar.
Me sumergí imprudentemente entre el humo y pude notar que las llamas de Drake no se comportaban como el fuego que yo conocía.
Eran de un blanco eléctrico, casi azulado en los bordes, y no bailaban, sino que devoraban con una eficiencia mecánica.
Vi una hilera de casas de lujo reducidas a esqueletos incandescentes en segundos.
El sonido era lo más abrumador: no era un crujido suave, era un rugido constante, como el motor de un avión pegado a mis oídos.
Desplegué mis alas con un estruendo metálico y las batí con una violencia que me sacudió los huesos, proyectando ráfagas de aire a presión para intentar asfixiar el frente de llamas.
El viento golpeó el incendio con la fuerza de un huracán, pero el fuego de Drake ni siquiera parpadeó; en su lugar, se bebió mi aire.
Las llamas blancas se volvieron más brillantes, alimentándose de la presión que yo generaba y expandiéndose con una voracidad que me obligó a retroceder.
—¡No cede, Fang! —rugí, sintiendo cómo el nitrógeno de mi armadura siseaba al contacto con el calor extremo.
Aterricé de golpe en medio de la calle y clavé mis garras en el asfalto.
Usando pura fuerza bruta, empecé a arrancar pedazos de la colina, lanzando toneladas de tierra y escombros sobre las llamas.
Intenté enterrar el foco del incendio, crear una barrera física de sustrato inerte que lo detuviera por sofocación.
Fue inútil. El fuego atravesaba la tierra como si fuera agua, fundiendo las rocas en segundos y convirtiendo mis muros de contención en una lava viscosa que casi me atrapa los pies.
Desesperado, volé directamente hacia el núcleo del plasma.
Golpeé las estructuras en llamas con mis puños envueltos en el frío que generaba Fang, traté de dispersar la energía batiendo mis alas directamente sobre el foco, pero era como pelear contra una marea de metal fundido.
Mis pulmones empezaron a silbar bajo el esfuerzo; cada impacto contra la energía pura me devolvía una vibración que me entumecía los hombros.
Era una lucha sucia, física y agotadora contra un fenómeno que se negaba a morir bajo métodos convencionales.
Fue entonces cuando, agotado y con la visión borrosa por el humo, lo comprendí. No era una reacción química descontrolada; el fuego se movía con intención, esquivaba mis ataques y buscaba activamente más carisma que devorar. Se sentía casi como algo vivo.
—¿Cómo te llamas? —Acaricié las llamas y estas reaccionaron.
Una enorme bestia se hizo presente de manera amenazante ante mí; su cuerpo era el mismo incendio, su alimento todo a su alrededor.
Pude ver cómo ríos de luz se chamuscaban; fuera lo que fuera, también consumía los carismas, como había dicho Drake, reduciendo a ceniza la barrera invisible que separaba el mundo oculto del humano—.
Tranquila, no quiero hacerte daño. —Unos enormes ojos dorados me seguían en cada movimiento—.
Has hecho mucho daño, ¿qué te parece si nos vamos de aquí?
La criatura se relajó por un instante, estirándose un poco, y restregó unos enormes bigotes que parecían cables ardiendo contra mí.
Seguí acariciando su cabeza mientras se arremolinaba para que tocara su mentón; transformé en garras los guantes para poder rascarle a placer.
Sentí el bajón de temperatura mientras el incendio disminuía y una enorme pata tocaba con curiosidad mis alas.
—Eres la gata más hermosa que he visto en la vida. —Se hizo tan pequeña como un tigre y se echó a dormir a mi alrededor.
Un ronroneo constante, como el de una enorme sierra eléctrica, se hizo presente mientras la bestia movía las orejas cada vez que trozos de madera y metal caían estrepitosamente al suelo tras el incendio.
Cansado, me senté a su lado y seguí tocando su pelaje.
El infierno de llamas que azotó Los Ángeles se había consumido en la más tierna gatita buscando un lugar cálido entre las brasas para dormir.
Antes de comenzar a pensar cómo regresar a Londres con «Ceniza» —quien había tomado la forma de una perezosa gata tuxedo, con sus patitas y pecho blanco contrastando con el más oscuro de los azules—, pasamos al In-N-Out de Sepulveda Blvd, al lado del aeropuerto internacional de Los Ángeles.
Era el mismo restaurante al que nos llevaba Zane los veranos cuando llegábamos de visita Charles y yo.
Eran las 12:40 de la madrugada y apenas alcanzaría a pedir algo de comer y beber antes de que cerraran.
Metí en una mochila formada con Fang a mi nueva mascota y rogué porque no se alterara en el lugar.
Sin tentar a mi suerte, en cuanto me dieron la orden, salí lo antes posible y devoré mi hamburguesa en la acera.
Nunca pensé que extrañaría tanto la comida de Estados Unidos hasta que me topé con la gastronomía inglesa, dato que nunca admitiría frente a Rachel por el bien de nuestra relación.
Ceniza devoró la bolsa kraft y el vaso de papel con la pajilla de mi malteada.
Cuando terminamos de cenar, los pulmones aún me dolían y todo a mi alrededor olía a una eterna parrillada.
Con todo, de alguna manera, lo había logrado: había ejecutado una de las encomiendas de Drake sin infringir la ley.
En definitiva, estudiaría a Ceniza para incluirla en mi guía de facciones, cuyos primeros capítulos ya estaba desarrollando.
Era la criatura del mundo oculto más interesante que había visto.
Ahora solo tendría que explicarles a las chicas que alguien me había robado por completo el corazón y que, en definitiva, ahora seríamos cuatro en la mesa.
Busqué vuelos a Londres, pero el próximo saldría hasta las tres de la tarde.
Tenía la opción de tomar uno que me llevara a Nueva York a las 4 a.
m. y transbordar, hasta que recordé que no llevaba conmigo mi pasaporte.
Estaba varado en Los Ángeles. Ya casi no tenía batería en el celular y, fuera de la advertencia que me habían hecho mis padres si volvía a cargar la tarjeta de «vacaciones tontas» —como ellos describieron mi viaje a Egipto—, no tenía mucho que hacer.
El maldito Drake me había abandonado a mi suerte del otro lado del mundo.
Aunque una increíble nostalgia por estar de regreso en América me acogió, el desastre que había hecho Ceniza en la ciudad le quitaba parte de su encanto; el aire cargado de humo hacía que el cielo se sintiera pesado y opaco, a diferencia de los cielos nocturnos completamente despejados, con vientos vibrantes y saturados de humedad salina.
Caminé sin rumbo, escuchando cómo Ceniza se movía mientras dormía en la mochila, hasta que reconocí una calle que llevaba años sin visitar.
Cuando llegué al número 400 de Richmond, encontré The Hacienda El Segundo, y recordé la primera vez que me emborraché.
Había acompañado a una boda a Zane y su banda a esta casa remodelada que se había convertido en un salón de eventos; los chicos habían fascinado a los novios en una de sus presentaciones y los habían contratado para tocar en su fiesta.
Técnicamente, yo iría a apoyar a Zane con la logística de la banda, pero cuando un mesero me ofreció una bebida confundiéndome con uno de los invitados, Zane simplemente negó con la cabeza y comenzó a reír.
Después de la cuarta o quinta margarita, me fui a acostar detrás de donde los chicos dejaban la consola y los estuches de sus instrumentos, y me quedé dormido.
—Por un momento pensé que encontraría a tu hermano vampiro, pero por alguna razón no me sorprende verte aquí, niño dragón. —El pesado de Jack O’Reilly, desde el otro lado de la calle, rompió mi ensimismamiento—. ¿En dónde están la lither y la hechicera?
—No están aquí —respondí. Pensé que, si había llegado mi hora de ser sentenciado, lo mejor era que las chicas estuvieran a 8,800 kilómetros de mí. De inmediato, un montón de agentes comenzaron a llegar tras sonar la radio del vampiro.
—Muy bien, entonces supongo que lo que pasó en las colinas es exclusivamente tu responsabilidad, ¿correcto? —No entendía para qué usaba gafas en la madrugada, pero cuando se las bajó mirándome directamente, pude ver sus ojos inquisitivos mientras esbozaba una gran sonrisa.
—Natalie y Rachel no tuvieron nada que ver con esto, O’Reilly; ellas siguen en Londres.
—Perfecto. Solo una cosa: ¿comprendes que, a partir de ahora, el hecho de que no uses tu pasaporte para viajar y tampoco tengas boletos de vuelo a tu nombre ya no implica que no te encuentres en el lugar de los hechos, correcto?
—Supongo que así es.
—Perfecto, me encanta cuando podemos comunicarnos de manera clara.
—Cuando todos los agentes me rodearon, pensé en intentar escapar o luchar, pero cuando activé la visión de rastreo, la cantidad de miembros de diferentes facciones me hizo comprender que, si oponía cualquier clase de resistencia, no llegaría lejos.
Además, a estas alturas, lo único que haría sería empeorar las cosas—. ¡Extracción ahora!
Otro maldito portal nos absorbió, precedido de la orden del agente Jack, para transportarnos hacia lo desconocido.