Capítulo 5 Solo en esta vida
Avancé a tropezones ya que Rachel tiraba de mi mano, mientras veía a Alistair desaparecer por el comedor.
Seguimos caminando hasta llegar a las escaleras; si intentara regresar a la sala o a la entrada, me sería imposible.
Solo estaba concentrado en lo aturdido que me sentía y en la debilidad de mis piernas.
Cuando Rachel dio un portazo, frené la necesidad de atrancar la puerta con un mueble para estar a salvo.
—Rache, discúlpame, soy un idiota, me sobrepasé.
—Cállate y bésame. —La hechicera se me lanzó encima mientras ponía sus manos en mi rostro para que no me moviera; en segundos ya estaba en el suelo de su habitación, tratando de detenerla mientras vigilaba con paranoia el claro de la puerta, observando si alguien se encontraba del otro lado.
—Rachel, sí quiero, te juro que quiero... de alguna manera siento que hasta lo merezco después de todo esto pero, creo que este es el lugar menos indicado para salirnos de control.
—Al diablo, estuviste brillante. Tal vez ellos no te conocen lo suficiente y solo se quedaron con tus increíbles respuestas, pero yo sé perfectamente cómo eres y esa lengua de plata también es increíblemente afilada.
No solo contestaste sus inadecuadas presunciones, también pusiste a todos en su lugar.
Es que yo aún no puedo creerlo; ¿viste los rostros de mis hermanas?
Incluso mamá se quedó sin palabras y ella nunca se calla.
Creo que tienes un nuevo fan: papá está encantado contigo.
—Rachel comenzó a desabotonarme la camisa, presa de un momento de manía que desorbitaba sus ojos.
—Rache, por favor, detente. Es muy raro que me estés desnudando mientras hablamos de tus padres y hermanas. —La hechicera comenzó a reír a carcajadas, me dio un tierno beso y me ayudó a ponerme en pie.
—Tienes razón, lo lamento. Es solo que eres increíble, amor. Dios, toca mi corazón, siento que se me va a salir. —Tentado por la invitación, subí la mano, pero descarté la idea al instante debido a la advertencia de Alistair.
—¿Rache, qué diablos pasa con tu familia?
—Lo sé, son un tema... —La naturalidad con la que lo dijo, restándole importancia, me hizo comprender que ella sabía que eran raros, pero también pertenecía a ese grupo y más de una vez había participado en la dinámica de integración como victimaria—.
En fin, ¿quieres conocer el resto de la propiedad?
No tenemos por qué quedarnos encerrados, ¿sabes?
—¿Te molesta si nos quedamos en tu habitación en lo que llega la hora de marcharnos? No creo poder ver a nadie a los ojos después del número que hice.
—Gracias por eso del final. Creo que nadie esperaba que te me declararas frente a todos; en definitiva, los americanos entienden dónde puede haber drama y lo saben explotar hasta sus últimas consecuencias.
—Rachel, ¿por qué crees que fue fingido? —Sentí cómo, sin querer, Rachel me había atravesado el pecho con su comentario.
—Gabriel, ahora que Natalie ya no está influenciada por Drake, yo estuve pensando que tal vez iban a intentar retomar desde donde se quedaron ahora que no me necesitas para controlarla. Después de todo, decidiste irte con ella.
—Dijimos que en este viaje no mencionaríamos su nombre.
—Sentí un pinchazo de culpa al negar a Natalie, pero quería, al menos este día, permitirme darle toda mi atención, amor y de alguna manera locura a Rachel; quería que supiera que cuando estaba con ella, realmente todo en mí se encontraba a su lado.
Sin segundos pensamientos, sin interrupciones.
Llevé a Rachel de la mano a su cama, caminé hacia la puerta, le puse el seguro y, sin pensarlo mucho, me quité la chaqueta.
La camisa seguía desabotonada, así que se abría con cada paso que daba hacia la hechicera.
Rachel se quedó en silencio observándome.
Casi como si se tratara de un imán, la mano de Rache —aquella que llevaba el anillo— se adhirió a mi abdomen.
El calor de la rubia recorrió mi pecho; sobresaltada, instintivamente apretó sus muslos uno contra el otro.
Cuando uno de sus dedos se acercó a mi boca de manera juguetona, no perdí la oportunidad para morderlo y pude pasar mi lengua para probarlo.
Rache brincó asustada y se puso en pie. El rápido movimiento hizo que pudiera oler su cabello; la tomé de la cintura y le di media vuelta.
Como si de una cortina se tratara, recorrí su cabello a un lado para poder besar su cuello.
La diferencia de estatura me hacía parecer una serpiente alrededor de su presa, pero eso no me detuvo.
Al contrario, entrelazamos las manos para que me aferrara con fuerza a ella hasta que mi pelvis chocó con su trasero; en ese momento, la hechicera comenzó a conjurar el mismo carisma que usó en el Uber.
Por el brillo que generaban los sellos, parecía que nuestras manos hacían magia juntas mientras nuestros dedos se teñían de diversos colores; era algo hermoso.
En definitiva, ahora nadie nos escucharía.
Rachel rompió nuestro contrato para quitarme la camisa mientras ella se despojaba de su blusa.
Todas las vacaciones estuve fantaseando al recordar cómo lucía la hechicera en traje de baño, pero esto era mucho mejor.
Con timidez se recostó en la cama y me pidió que me uniera a ella. Yo obedecí poniéndome de costado.
—Eres perfecta —comenté embelesado mientras mis dedos rozaban su ombligo.
Rachel, tomando mi muñeca, pasó mis dedos por su pecho y dejó mi mano ahí.
La textura aterciopelada y la firmeza de su busto hacían mella en mi conciencia; tal vez no sería tan malo hacer el amor juntos en la mansión de sus padres.
Tal vez podríamos darle fin a la espera de sus hermanas y cumpliríamos con esta ridícula tradición familiar.
Técnicamente, Rachel ya portaba un anillo que ante los ojos de cualquiera podría pasar como de compromiso y yo había ido hasta Liverpool para declarármele.
Tal vez, si nos entregábamos, también concluiría mi indecisión.
—Gabriel, solo sé gentil, ¿sí? Es tonto, pero la primera vez es importante. —Rachel abrió las piernas y con dificultad intentó desabrocharme el pantalón, bajando la mirada mientras volvía a sentirse tan apenada como en la sala.
—¿Qué tal si esperamos a que podamos pasar toda una noche juntos y sin interrupciones, en un espacio que sea solo nuestro?
—comenté con un tono conciliador, tratando de no hacer algo que dejaría una marca permanente en ella, hasta que pudiera, sin lugar a dudas, terminar con mi debate y tortura personal.
—Definitivamente siempre estaré a salvo con mi príncipe dragón cuidando de mí.
—Tal vez no siempre. Solo en esta vida.
Después de tranquilizarnos, Rache liberó el carisma.
Antes de salir de su habitación, le pedí que me regalara una foto que se me hizo particularmente adorable: era la hechicera, debía de tener dos o tres años y llevaba el vestido al revés mientras se encontraba sentada en el regazo de Alistair sonriendo.
Según lo que me contó, su padre creyó que el botón con el que cerraba el vestido debía ir por delante, como si se tratara de una camisa.
El resto de la tarde la pasamos caminando por los campos de la propiedad, charlando y riendo tomados de la mano.
Alimentamos a unos patos en un pequeño estanque y Rache me mostró las caballerizas; había secciones de la mansión que parecían suspendidas en el tiempo.
Tal vez con un atuendo más adecuado podríamos pasar por Elizabeth y Mr. Darcy, aunque con la increíble belleza de Rachel la comparación quedaba corta, ya que mi hechicera podría incluso superar sin problemas a Jane en belleza y bondad.
Me fue imposible no imaginar una vida así juntos, siempre caminando de la mano, tomando trenes y aviones para visitar a nuestras familias, viviendo en una casa con grandes campos y tal vez un bonito estanque.
Tranquilos porque el destino del mundo no dependería de nosotros.
Tal vez, si Intrenoor y Fang no me hubieran elegido, pudimos haber coexistido como Meredith y Alistair lo hacen: ella es hechicera al ser la séptima hija de otra séptima hija, pero él solo es un sujeto común y corriente.
Es estúpidamente rico, sí, pero tan humano como yo lo era.
Un vuelco en el estómago se hizo presente cuando, acariciando el nudillo de Rache, sentí la piedra del que un día fue el corazón de Intrenoor; eso rompió mi tonto ensimismamiento.
Yo nunca podría ser feliz con Rachel como un simple humano porque, de no haber sido por llevar el legado del dragón, la enfermedad que poseo ya me hubiera arrebatado la vida.
Cuando el frío y la oscuridad nos obligaron a regresar a la mansión para marcharnos a Londres, Meredith se encontraba sentada en una sala de jardín esperándonos.
—Se quedarán a cenar. —Era increíble cómo la madre de Rachel hacía pasar sus órdenes como peticiones.
—Pero mamá, apenas y alcanzaremos el tren de regreso.
—Descuida, cariño, sabes que tu padre se encargará de eso. —Rachel se me quedó viendo y una leve sonrisa me hizo entender que estaban omitiendo información obvia que yo desconocía—. ¿En todo caso no tienen todo el domingo libre?
—Me temo que es mi culpa, estoy castigado todo el domingo por un altercado que tuve con la prometida de mi hermano y dueña del colegio.
—Explícame algo, Gabriel. —El tono frío pero siempre educado de Meredith me heló la sangre.
Su voz comenzó a vibrar desde mis oídos hasta mi cerebro, dejando de ser la de una suegra inquisitiva para convertirse en una autoridad implacable; su mirada, con solo sentirla clavada en mí, me hacía comprender que estaba pasando algo—.
¿Comprendes que el hecho de que seas tan transparente y siempre te abras con los demás hace que desconfíe aún más de ti?
¿Qué escondes? Tal vez Rachel aún sea muy joven para poder sentirlo con claridad, pero en nuestra familia la intuición no es un presentimiento; es nuestra herencia de hechiceras.
Me sentí atontado. Rachel no me había contado que parte de sus habilidades era escarbar en la mente.
—Mi madre —continuó Meredith sin apartar sus ojos de los míos— podía oler la mentira antes de que cruzara los labios.
Yo puedo ver la duda que emana de tu espíritu como si fuera humo negro.
Vemos lo que la gente intenta enterrar bajo capas de verdad incómoda.
Y tú, Gabriel, tienes un secreto podrido en tu interior.
Rachel está empezando a desarrollar el don; ella cree que es "instinto", pero pronto verá las sombras de las intenciones ajenas tan claramente como yo veo las tuyas ahora.
—Mamá... —Rachel, sin dar crédito a lo que escuchaba, trató de detener a su madre.
—Pensé que solo era una pregunta por miembro de la familia, señora. —Mi tono bajo y mesurado no empató con la sonrisa de ojos cerrados que le dediqué a la mujer.
—Faltarían varias rondas enteras con la mesa llena para comprender qué es lo que ocultas, Gabriel Hunter.
—Le aseguro, Meredith, que no es nada de lo que Rachel no esté plenamente enterada. Yo le juré a su hija que no habría secretos entre nosotros y que siempre le diría lo que pasara; eso no incluye a miembros de su familia, así que le pido prudencia.
—Señora Evans.
—Mis disculpas, señora Evans.
—Todos tenemos secretos, mamá, pero estás tan acostumbrada a filtrar a las personas que entran en esta casa que no hay lugar para la intimidad mientras tú estés vigilando.
¿Has pensado que tal vez por eso no sabemos elegir pareja?
Tal vez estamos tan preocupadas porque no cumpliremos tus expectativas que tratamos de encontrar lo mejor de lo mejor para los Evans y no lo mejor para nosotras.
Ve a mis hermanas, tratando de que los "prospectos" que traen tengan el correcto origen, el mejor entorno, las mejores habilidades...
y resultan ser monstruos que las terminan haciendo infelices.
—Tú lo has hecho bien, Pilón. —Meredith rompió el reproche de Rachel, mientras sus penetrantes ojos avellana no dejaban de verme—.
El parecido con tu padre fue una coincidencia, algo que no te mentiré, aún me conflictúa; es decir, de pequeña decías que te casarías con papá, pero no sabía que saldrías a buscar la viva imagen de Alistair.
Aun así, ese no es el problema; la cuestión radica en que si Gabriel no está preparado aún para ser parte de todo esto o que, al final de cuentas, aquello que lo divide termina por romperte a ti también.
¿Cuánto quedará de mi hija que pueda resarcirse?
—De Gabriel me he tenido que despedir suficientes veces para saber que si al final del día algo o alguien hace que nos separemos, no fue por falta de amor. En estoy en paz con ello.
—Entonces no me queda más que pedirte que cuides a mi pequeña, Gabriel.
—Por primera vez en todo el día, Meredith pasó del maniquí frío y afilado de lo que sería Rachel en algunos años a ser la viva imagen de la bondad y belleza de mi hechicera, mientras me dedicaba una franca sonrisa cargada de lágrimas.
La cena concluyó a altas horas. La tensión y horror de la comida, que parecía un juego de Monopoly donde a los integrantes se nos fue de las manos nuestro lado competitivo, pareció algo lejano.
Ya no me sentía el tributo de unos excéntricos; incluso el comedor parecía una habitación completamente distinta.
Donde las risas por historias vergonzosas —donde los protagonistas se exponían a sí mismos para que yo los pudiera conocer— me hicieron pensar que tal vez mi próxima visita a Liverpool podría ser algo genial y no necesitaría ni una gota más de pasiflora.