Capítulo 4 Nueve preguntas #3
—Me tomé la libertad de buscar tu nombre y tu huella es mínima; algunos registros escolares negativos, una pelea donde atacaste al equipo de lacrosse, pero nada en bases policiacas y aparentemente no eres deudor alimenticio —la mirada de Dahlia fue más técnica, buscando en mi pasado una mancha que pudiera usar como palanca—.
¿Qué hay en tu historial que borrarías si pudieras?
—No he conducido lo suficiente para tener infracciones, supongo que eso sería útil —le dije sin parpadear—; respecto a la pelea, el semestre pasado el sobrino del decano forzó a Rachel a besarlo y le dijo zorra.
Yo le partí la cara y solo fue medio equipo de lacrosse quien terminó en la enfermería tratando de protegerlo, no todo el equipo.
La verdad no me arrepiento, pero ahora que lo pienso sí hay algo que borraría de mi historial, algo que incluso Rache no conoce de mí.
—Dahlia esbozó una sonrisa triunfal—. Solo que no sale en el registro porque soy menor de edad; hace un par de años estuve involucrado en un tiroteo donde pensé que mi hermano y yo moriríamos por culpa de unos chicos en malos pasos.
Uno de ellos fue abatido por respuesta policiaca; sin embargo, aún no sé si fue violencia racial de los agentes junto con la evidente decadencia de los barrios en desarrollo donde vivíamos o si corrimos con suerte de que los oficiales nos salvaran.
He pensado en ese acontecimiento y me hubiera gustado borrarlo o al menos poderme hacer un juicio sin el peso de los estereotipos habituales; tal vez si más personas tuvieran la fortuna de vivir en ambientes más privilegiados, no recurrirían a la violencia como estilo de vida.
Y mucho menos infringirían la ley por aburrimiento.
—Dahlia volvió a clavar los ojos en su dispositivo, recalculando que no había tomado en consideración mi edad en los registros.
Elowen dejó escapar un suspiro de aburrimiento antes de continuar:
—Te veo enfocado en lo mundano, Gabriel. Aunque pudieras alcanzar tu noción de éxito, no creo que tengas cualidades para apreciar la belleza de la vida. ¿Eres solo una caja vacía tratando de llenarte solo de poder y salir de tu... situación económica popular?
—Bueno, es gracioso que lo menciones, Elowen, porque crecí en una casa llena de cajas polvorientas, pilas de libros y reliquias de excavaciones, rodeado de hermanos.
Nuestro concepto de poder se centró en la fuerza y los deportes.
Pero lo poco que he estado expuesto a la belleza del arte me ha permitido explorarlo no solo como una etapa de contemplación, sino como un caudal que ha desembocado mis más fervientes pasiones.
Mis amigos en sus clases de fotografía me han enseñado un poco al respecto, pero cuando realmente pude experimentar escalofrío, miedo y dolor fue por el teatro, precisamente viendo a Rachel interpretar a Lady Macbeth.
He sufrido cada una de sus muertes como si fueran reales una y otra vez, porque ella posee la magia de convertir la tragedia en una verdad absoluta que aún ronda mi mente y de cierta manera me atormenta.
—Rachel captó de inmediato que me refería a la tortura que Neferura nos aplicó el año pasado.
—Es estadísticamente improbable este parecido con mi padre —Flora, la genio, me estudió como si fuera un espécimen de laboratorio—. ¿Estás seguro de que no somos parientes?
—Dudo que ocurriera tres veces —le respondí, desarmando su lógica con suavidad—.
Mis hermanos y yo compartimos más rasgos con nuestros padres en conjunto que los que comparto con tu padre en realidad.
Aunque sé que debes de estar por demás informada respecto a neuronas espejo y la teoría sistémica, no podemos descartarlas como algo básico que nos hace buscar lo conocido para sentirnos seguros; comprendo que te preocupe el parecido, pero Rachel apenas debe de ser consciente de esto porque ella ve en nosotros a dos personas completamente diferentes.
Espero que con el tiempo ustedes también puedan ver más en mí que el rostro de su padre.
Por cierto, Flora, Rache me comentó que tienes un laboratorio en casa y de seguro mueres por estrenar tu secuenciador de ADN; si gustas, después de la cena te puedo dar una muestra para que no tengas que sacarla de mi copa o cubiertos.
—Flora desvió la mirada avergonzada al verse descubierto su plan.
Supuse que sería el turno de Rache porque iban en orden de edad, pero Alistair la cortó con un movimiento lleno de autoridad, rompiendo su personaje infantil por algunos segundos.
—¡Bien dicho, muchacho! ¡Cada una de tus respuestas me cautivaron, estoy seguro que a las damas por igual!
Pero dime la verdad... ¿Qué tan lejos has llegado con mi hija?
—El hombre lanzó su pregunta con una curiosidad que rozaba lo obsceno, aunque el tono informal se fue convirtiendo en una abrumadora y seca búsqueda de información, más similar a la seriedad con la que yo respondía sus preguntas.
—Eso no es asunto tuyo, Alistair. Es un tema que solo me atrevería a discutir con Rachel.
No permitiré que su honor sea puesto en discusión en esta o ninguna mesa —comenté mientras parte de mi alma abandonaba mi cuerpo por lo grosero que había sido con el padre de Rachel, pero una cosa era desnudarme yo y otra exponer a mi hechicera.
Alistair regresó a su posición relajada de su silla mientras jugar con su copa sin quitarme los ojos de encima.
Ya casi terminaba; pronto podría largarme con Rache y juntos buscaríamos excusas para no pisar Liverpool nunca.
—Todos los que intentan congeniar con nuestra familia, entre más tiempo pasan con nosotros, es más notorio que le salen debiendo a cada una de mis hijas, a mí y a mi marido; en carácter, en talento, en disciplina, en algún tipo de inteligencia, en astucia.
Tristemente nuestro legado es una sombra que se ha tragado a muchas de las que iban a ser las parejas de nuestras hijas —encaré a Meredith, que buscaba desarticularme con la misma pregunta que había hecho por años—: ¿Cuál es el verdadero motivo de tu visita?
—No busco que el refugio que es su familia me haga sombra, señora Evans, tampoco colgarme del apellido o renombre de Alistair o pretender a su hija para cumplir mis ambiciones.
Estoy profundamente enamorado de Rachel, y hoy solo quería presentarme, dejarles mi número telefónico en caso de que por algún motivo no puedan localizar a Rachel.
Y les agradecería que me facilitaran un teléfono al que pueda llamar si algo ocurre en Londres.
—Antes de que terminara de hablar, Meredith ya estaba analizando a Rachel.
El mundo se detuvo cuando Rachel alzó su mano izquierda, mostrando en su dedo anular la joya que era el corazón de Intrenoor empotrada en un anillo de oro blanco.
El tamaño del diamante, en condiciones normales, se vería ridículo a comparación de los delicados dedos de la hechicera, pero tomando en cuenta su contexto tan privilegiado, parecía una pieza estándar de joyería.
—Gabriel... en este punto mi pregunta debería ser una invitación para que podamos retirarnos por fin, pero siento que si no lo hago ahora no tendré el valor de preguntarte después: ¿Por qué te ibas a ir sin llevarte el corazón de Intrenoor?
Sabes que es lo único que te puede mantener vi...
—Su pregunta fue un susurro que me exigió la última gota de mi verdad.
—Por el miedo a perderte, Rache —confesé, y por primera vez mi voz tembló con una electricidad que pareció encender las velas de la mesa—.
Cuando pensé que no regresararía y que el destino nos separaría, preferí que la muerte me tomara antes que sobrevivir en una vida donde tú fueras un recuerdo.
Me cansé de fingir que no me consumo por ti, que no quiero dejar este mundo ardiendo solo para que escapemos juntos.
Mi maldita manía de sacrificarme por otros me hizo ponerme en segundo plano y alejarte, como si hubiera tenido la mínima oportunidad de ser un hombre completo sin que tú estuvieras a mi lado.
No habría podido sobrevivir sin ti, por más fuerte o rápido que pueda llegar a ser; desde el río, la plaza Trafalgar, la Queen Mother Reservoir, el templo funerario...
Tú me has mantenido con vida todo este tiempo.
Disculparán el sentimentalismo... —Hice una pausa porque sabía que necesitaría aire para lo que venía—.
Esa joya te pertenece, así como todo en mí es tuyo.
Tal vez no lo preguntaste, pero te amo, Rachel.
Ante mi declaración, la mesa se quedó en un profundo silencio.
El bochorno se apoderó de mí y me hizo sentir una leve desconexión, como cuando uno grita una grosería en un lugar en el que no debió haberlo hecho.
La hechicera se puso en pie, agradeció la cena y me tomó de la mano; no recuerdo exactamente si me despedí o simplemente la seguí fuera del comedor en silencio.
—Gabriel, lo que le hagas a mi hija en su habitación yo te lo haré —vi de reojo a Alistair, que se recargaba en el marco de la puerta cruzado los brazos mientras sonreía.
—Entonces prepárate para consolarme, Alistair —respondí sin dejar de caminar—.
Porque tu hija se siente decepcionada de que su familia prefiriera el espectáculo a preguntar cómo está ella, qué tal su semestre.
Ella era de las pocas en nuestro grupo feliz por regresar a casa.
Era tanta su ilusión y cómo nos platicaba de ustedes, que me resultó imposible negarme a acompañarla.
En fin, eso es lo que pienso hacer en su habitación.
—Eres un pequeño cabrón muy respondón, Gabriel, pero tienes razón.