El Último Soldado de Alma (Helson Las últimas crónicas nº 3) Capítulo 4 Nueve preguntas #2
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Capítulo 4 Nueve preguntas #2

—¡Mírale el pelo, Mer! ¡Tenemos el mismo peluquero o es una conspiración de la KGB! —gritó Alistair, ignorando por completo que yo estaba a punto de desmayarme—. ¡Bien hecho, Pilón! Por fin una de ustedes trae a alguien verdaderamente atractivo a casa. ¡Un hombre de bien!

Alistair se acercó a mí, rodeándome con un brazo como si fuéramos viejos camaradas de guerra, y usó el palo de golf para apuntar a sus hijas como si estuviera pasando lista en un cuartel de locos.

—Mírenlo bien, no parece un aburrido contador adicto a las apuestas, ¿verdad, Aster?

—dijo lanzándole una mirada burlona a la mayor, que solo hizo un mohín—.

Ni un apestoso fumón que se cree aristócrata como el que nos trajo Briar.

O ese trepador de Calla que solo quería subir sus seguidores a costa del éxito de mi bebé.

¡Y ni hablemos del delincuente de la deep web de Dahlia!

¿Todavía lo siguen buscando por ser un pornógrafo y degenerado?

Dahlia puso los ojos en blanco, pero Alistair no se detuvo. Estaba en una racha de asesinatos verbales.

—O Elowen... con su pseudo-artista sexualmente confundido que casi se desmaya cuando vio un filete sangrando.

¡Qué sonriente te ves, Flora, ¿estás disfrutando el discurso de papá?

! —Flora asintió y aplaudió a su padre animándolo a continuar—.

Bueno, querida, no tengo nada malo que decir de ti; al contrario, yo adoré a Rika en cuanto la vi, y creo que todas lo saben.

Es una genio la chica, todo un orgullo, ¡pero qué intensidad de mocosa!

¡Es una ridiculez que en la segunda cita te pidiera que se mudaran juntas a Estambul!

Por Dios, ¿cuántas jovencitas ya la han acusado de violencia doméstica desde entonces?

¿Tres, cuatro? —El padre de Rachel había ejecutado un tremendo hexakill mientras Flora, indignada, se veía las uñas imitando las caras que el hombre hacía.

Al final, Alistair volvió a soltar esa carcajada estruendosa por lo inapropiado de sus comentarios y me dio una palmada en el hombro que casi me extrae el aire de los pulmones.

—En cambio, este... —me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi chaqueta de cuero—. Este chico es como verme en un espejo retrovisor. ¡Míralo! ¡Si hasta parece que sabe pelear!

Rachel respiraba casi contando cada exhalación para no hiperventilar, deseando que la tierra se la tragara, mientras sus hermanas nos miraban con una mezcla de indignación y una risa contenida, amenazando con que yo pasaría por el mismo roast.

La madre de Rachel, que hasta ese momento había permanecido en una calma sepulcral al fondo de la sala, dejó escapar un suspiro largo y elegante mientras se cruzaba de brazos. Me miró de arriba abajo con una mezcla de lástima y una chispa de reconocimiento que me puso los pelos de punta.

Meredith se deslizaba por el pasillo con una rectitud que hacía que la mansión pareciera pequeña a su alrededor.

Al verla, entendí por qué Rachel era tan impactante: su madre era su reflejo en un espejo de cristal antiguo, pulido por el tiempo y el carácter.

Tenía el mismo cabello rubio gélido, casi blanco bajo las luces de los candelabros, pero recogido en un moño impecable que no permitía que ni un solo mechón se rebelara.

Sus ojos almendrados, del mismo tono que los de mi hechicera pero con una mirada mucho más afilada y analítica —siendo el único indicio de que sus treintas habían terminado un par de arrugas a los costados—, me recorrieron como un escáner.

Poseía esa misma figura imponente y femenina que Rachel intentaba ocultar bajo suéteres largos, pero la dama la llevaba con una elegancia letal en un vestido que gritaba "control total".

Se detuvo a un metro de nosotros, cruzó los brazos y fulminó a su hija menor.

—No te equivoques, Alistair —dijo Meredith con una voz de seda que cortó el aire—. Lo que pasa es que Rachel tiene exactamente mi mismo mal gusto para los hombres. Al parecer, la ceguera por los casos perdidos es hereditaria en esta familia.

El vestíbulo se llenó de un "¡Uuuuh!" contenido por parte de las hermanas. Alistair se quedó con la boca abierta, procesando si eso había sido un cumplido o un insulto, mientras Rachel enterraba la cara en el portatrajes, aunque yo ya no llevaba la cuenta de cuántas veces lo había hecho.

—Pasen al comedor —sentenció Meredith, dándose la vuelta con la gracia de una reina—. Antes de que Alistair decida que quiere adoptarlo o que el pobre muchacho se dé cuenta de que acaba de entrar en un manicomio del que no podrá salir pronto.

—Pasa, chico, pasa —me empujó Alistair hacia el comedor—. Esta noche vamos a beber como si el mundo se acabara mañana y me vas a contar de dónde diablos sacaste esa chaqueta, porque juro que yo tenía una igual antes de que Meredith la "extraviara" en una donación de ropa.

—Los chicos de dieciséis no beben, Alistair.

—Según el mundo oculto ya son mayores, Mer. Además solo es alcohol, no es como si nos fuéramos a inyectar algo. ¿Por cierto cómo te llamas?

—Mucho gusto, mi nombre es Gabriel. —Maldición, lo dije en español.

—Qué chistoso, los nervios lo pusieron en modo romántico como a Buzz —estaba en serios problemas; hasta en las estúpidas referencias infantiles el padre de Rachel y yo nos parecíamos.

Caminé a lado del hombre detrás de una peregrinación de cabezas rubias a lo que parecía mi futura crucifixión, por otro pasillo que daba a la puerta opuesta por la que entramos hasta un cuarto que solo tenía arte; seguimos hasta un enorme comedor cálido que ocultaba la sed de sangre y destrucción de sus ocupantes.

La cena estuvo tranquila, casi en silencio; yo intentaba torpemente seguir las indicaciones de Rache conforme a los cubiertos.

Tras cada platillo, las chicas eran delicadas y precisas a la hora de comer; incluso sus miradas asesinas se habían apaciguado entre los celulares y la propia cena.

El único que me veía al mismo tiempo mientras ambos masticábamos sin una pizca de gracia enormes trozos de carne era Alistair; supuse que para él resultaba igual de extraño nuestro parecido.

—Gabriel, en esta familia tenemos una tradición antes del postre con los invitados en tu calidad de prospecto.

—"Calidad de cadáver", diría la madre de Rachel—.

Se trata de nueve preguntas; cada miembro le realiza una pregunta a nuestro invitado para conocerlo un poco más.

No habrá réplica ni una pregunta adicional y solo tienes una oportunidad para responder, ¿quieres participar?

—lo comentó como si tuviera opción—. Bueno, comencemos —era la primera vez que pude ver algo parecido a una sonrisa por parte de mi anfitriona mientras aplaudió sin hacer el más mínimo ruido—. Aster, ¿nos haces los honores, querida?

La hermana mayor fue la primera en disparar, con una mirada tranquila y un tono sereno inició:

—Gabriel, esa chaqueta de Celine y las botas de Tom Ford suman más de lo que cuesta el vehículo que los trajo. ¿Qué porcentaje de tu patrimonio representa tu vestimenta usualmente? ¿Eres de los que viven de apariencias mientras la tarjeta está sobregirada?

—Mi ropa —comencé, sintiendo que mi voz adquiría una vibración baja que obligó a las seis hermanas a inclinar la cabeza hacia mí— es un regalo de la mujer que hasta hace poco veía como mi hermana mayor; de alguna manera me recuerda a ti tratando de proteger a Rachel con comentarios agudos.

Pero en realidad yo venía aquí con una camisa de veinte dólares y los mismos zapatos gastados que uso para la escuela.

No hay patrimonio que presumir, Aster; me temo que soy un estudiante tratando de abrirse camino en una escuela que es la ventana a mejores condiciones que en las que se encuentra.

Supongo que mi cerebro y aptitudes físicas son mis únicos activos por el momento.

Aster volteó de inmediato a ver a Briar; supuse que mi respuesta había sido el primer paso para desenmascarar cualquier cosa que pudiera estar escondiéndoles y que ella le estaba cediendo el turno a su hermana.

Briar se inclinó hacia delante, observándome con la sospecha de quien espera a un cazador de fortunas:

—¿Entonces vienes por el trofeo que representa el apellido Evans o realmente crees que tienes algo que ofrecernos que no hayamos visto ya en el desastre de papá?

—Sé que sonará extraño, Briar, pero no estoy familiarizado con el apellido Evans como la gente que busca con desesperación pertenecer a la realeza de Liverpool —le respondí, sosteniéndole la mirada—.

No busco un trono ni un acceso directo a su mundo como atajo a mi plan original.

Pero me gustaría tomarlos como ejemplo para que algún día, los miembros de la familia que forme llegaran a sentir el mismo orgullo por el apellido Hunter como el que todas ustedes tienen por el suyo.

—Briar subió el dedo índice formulando otra pregunta, pero se detuvo de inmediato siguiendo las reglas de la dinámica.

—No te encuentro en ninguna red, Gabriel. Es como si no existieras —Calla arqueó una ceja, deslizando un dedo por la pantalla de su teléfono con un gesto de desprecio—. ¿Quién eres si ni siquiera sabemos a qué clubes acudes?

—Sí, tengo un par de redes, pero están ahí solo para que mis amigos puedan contactar conmigo —respondí con una calma hipnótica—.

No soy muy afecto a ellas. Las pocas fotos en las que aparezco son porque ellos me etiquetan, y para mí son extremadamente valiosas porque son los únicos registros de que estuve ahí con ellos.

¿Clubes? Solo he ido a The Elf, y allí, tu hermana me salvó de un monstruo gigantesco que quería partirme la cara.

Me temo que no podría calcular mi valor con seguidores, pero tal vez mis amigos podrían dar un buen comentario de mí.

—Calla se limitó a sonreír por educación.