El Último Soldado de Alma (Helson Las últimas crónicas nº 3) Capítulo 4 Nueve preguntas
7%

Capítulo 4 Nueve preguntas

Mientras el Uber desaparecía entre las curvas para incorporarse a la carretera, vi por última vez sus luces rojas, como si perdiera la oportunidad de escapar.

Aun así, al sentir el pecho de Rache pegado a mi brazo y percibir cómo su corazón comenzaba a desbocarse con cada paso, recordé la razón por la que estaba en Liverpool y perdía su sentido.

Rache y yo no éramos solo amigos, pero tampoco novios oficialmente; no obstante, había viajado trescientos cincuenta kilómetros para conocer a sus padres y hermanas.

¿Qué demonios iba a decir o cómo me iba a presentar?

¿Acaso tenía que pedir permiso para salir con ella, acudir con su padre al estudio y escuchar que debo respetar a su hija y ser un caballero?

—Gabriel, me siento como cuando aterrizamos en Egipto.

Tú y yo somos peligrosos improvisando planes; somos un desastre.

Siempre nos metemos en problemas por solo agarrar camino sin estar preparados.

No eres mi novio, maldición, y mis hermanas esperan mínimo ver un proyecto de marido para que estén tranquilas y puedan ir avisando a sus parejas que ya pueden proceder.

—Pero era solo una boba tradición, tú lo dijiste, ¿no, Rache? —comenté mientras intentaba dar media vuelta.

—Gabriel, lo único que tiene de boba la tradición es que así funciona. Tuve tías que amenazaron de muerte a papá si no se desposaba con mi madre para que ellas pudieran casarse.

—Maldición, Rache, qué diablos estamos haciendo aquí —sentí cómo la camisa blanca que había elegido, por ser lo más formal que poseía, se cerraba en mi garganta y no me permitía respirar.

Me sentía ridículo usando aquel pantalón caqui y los incómodos zapatos del uniforme.

Tampoco sabía exactamente qué hacer en la mesa; mi casa estaba dominada por varones y lo importante era masticar para evitar atragantarnos, terminar toda la comida y aceptar que el que cocinaba no lavaba los platos.

¿Por qué no llevaba nada, como un buqué de flores en atención a la madre de Rache o una caja de puros para su padre?

Mis papás nunca asistían a reuniones ni tenían amigos; ¿cómo diantres iba a hacerle frente a estas personas si no sabía cómo manejarme en sociedad?

Era solo un escalón más evolucionado que un troglodita.

—Tal vez aún podemos largarnos, ahí viene un taxi —Rache, histérica, le hacía señas al conductor.

—¿Por qué un taxi está entrando hasta aquí? —pregunté con dificultad mientras mi instinto de supervivencia ya se encontraba en modo de "correr o pelear", provocando que me temblaran las piernas sin control. Cuando el auto se estacionó a pocos metros de nosotros, la puerta se abrió lentamente.

—Tú, deja de consentir que falte a clases y oblígalo a que enfrente a su hermano ¿o se lo tengo que pedir a la pelirroja?

—Sora le entregó un increíble arreglo de flores a Rachel junto con una caja; en cuanto a mí, me arrojó al rostro un portatrajes azul.

El pesado gancho de madera me dio de lleno en la frente—.

Y tú, tienes que contestar los malditos mensajes; no sé para qué tienes teléfono.

—Sora, ya no eres vampiro —comenté mientras desactivaba la mirada de rastreo sin entender qué veía en ella, ya que Fang no se había alterado aún; además, sus ojos y cabello habían cambiado.

—No, y aun así eso no evitó que me atacaras sin piedad la semana pasada, pequeño idiota. Cámbiate de una vez, parece que trabaja en una tienda departamental; además, ahora soy algo peor que un vampiro para que le informes a tu espada.

El taxi dio la vuelta y desapareció, dejándonos en el camino de entrada con un arreglo de flores que parecía sacado de una boda real y una caja de puros que emanaba un aroma a madera vieja y poder.

—¿Qué hay en la bolsa? —preguntó Rachel, todavía en estado de shock.

Me quité la camisa de poliéster ahí mismo, bajo el cielo gris de Liverpool, ignorando el gélido clima.

Del portatrajes que Sora me arrojó, extraje una camisa de seda negra que se sentía como agua fría sobre la piel y una chaqueta de cuero negra que encajaba en mis hombros a la perfección.

Al calzarme las botas de gamuza, sentí que mi cuerpo finalmente abandonaba el temblor.

No sabía qué marca eran o cuánto costaban, pero por su tacto, supe que valían más que todo mi armario.

—Gabriel, yo creo que tenemos algo peculiar y único. Y no quiero meterte presión ni nada, pero en lo que estamos con mis padres...

—¿Te parece si me presentas como tu novio, Rache? Creo que eso podría tranquilizar las cosas en lo que decidimos qué va a pasar.

—Y por ningún motivo se menciona el nombre Natalie.

—Me parece justo.

Subimos los escalones de piedra con el corazón martilleando contra mis costillas. Rachel apretó mi mano con una fuerza desesperada justo cuando la pesada puerta de roble se abrió de par en par.

—Hola, niña Raquelita, la estábamos esperando —una señora sonriente abrazó a Rache en cuanto cruzamos el interior—. Ay, Dios mío, niña, ¿qué ha hecho?

—Hola, Isabel —Rache cerró los ojos con una sonrisa nerviosa cuando Isabel se me quedó viendo, analizándome de manera severa.

—Buenas tardes, joven.

—Hola, mucho gusto, me llamo Gabriel. —«Hola Juan, hola Esteban, ¿dónde está la biblioteca?», y listo; era todo lo que sabía de español.

—Ven, Gabriel, Isa debe de estar súper ocupada; lo mejor será que esperemos a los demás en la sala —caminamos por una enorme estancia con candiles brillantes hasta un par de puertas pesadas.

Seis pares de ojos se clavaron en nosotros desde los sillones.

Eran las hermanas Evans, sentadas charlando despreocupadas.

Cada una realmente era una versión de Rachel con diferente estilo y particularidades, como si pudiera ver de aquí a diez años los cambios que podría llegar a tener la hechicera.

El silencio que siguió no fue de bienvenida; fue el silencio de quien presencia un accidente en cámara lenta.

—Ya llegué, él es Gabriel, es mi no-no-no-novio... —el apretón de Rachel casi me fractura los nudillos.

La mayor —la que reconocí como Aster— dejó caer el iPad contra su muslo.

Sus cejas ascendieron tanto que casi desaparecieron en su flequillo.

Me observó la chaqueta de cuero, la seda negra y finalmente se detuvo en mi cara con una sonrisa torcida, de esas que dicen: "Te atrapamos".

Miró a Rachel, que estaba roja como un tomate, y luego volvió a mí.

—Maldición, Pilón... —soltó Aster con una risita ahogada que contagió al resto—. Realmente lo hiciste. Estás saliendo con papá.

Un coro de risas nerviosas y murmullos recorrió la enorme sala. Elowen se tapó la boca con la mano, pero sus ojos brillaban de pura diversión malvada, mientras Briar negaba con la cabeza, dándole golpecitos en el hombro a la hermana de al lado, a quien reconocí como Flora.

—Es un fallo en la realidad —masculló una de las de en medio que supuse era Dahlia, señalándome con un dedo juguetón—. Dime que es un actor, Rachel. Dime que buscaste en un catálogo la versión de dieciséis años de la pesadilla que vive en el estudio para hacernos una broma.

—Tiene hasta la misma expresión de "no sé qué estoy haciendo aquí, pero por suerte me veo genial" —añadió Calla, cruzándose de brazos con una mirada de absoluta complicidad—.

Es profundamente inapropiado esto, Rache.

Mamá te va a desheredar o te va a regalar la casa, no estoy segura de cuál de las dos.

Yo permanecí ahí, petrificado, sintiendo que mi "armadura" de cuero era de papel frente a ese escrutinio.

No entendía por qué se reían, pero sabía que yo era el chiste; es decir, ¿qué tanto me podía parecer al padre de Rachel?

Fue entonces cuando, desde el fondo del pasillo, un estruendo metálico y un grito furioso cortaron las risas de tajo:

—¡Meredith! ¡Juro que he visto un taxi sospechoso! ¡Si es otro de esos “policías” queriendo investigar a Dahlia, le voy a dar con el drive tan duro que las bolas le saldrán por la boca y llegarán a Manchester!

—Ya cállate, Alistair; entre más viejo más loco y conspiranoide te vuelves —un elegante acento rompió el estruendo que era el padre de Rache.

Las seis hermanas intercambiaron una mirada rápida, una mezcla de horror cómico y anticipación. Aster caminó hacia mí y me acomodó el cuello de la chaqueta con una palmada casi afectuosa, pero cargada de ironía.

—Suerte, Gabriel —susurró—. Prepárate, porque cuando él vea que eres su reflejo, va a querer que sean mejores amigos.

Y para nosotras, tener a dos como ustedes en la misma mesa es lo más cercano al fin del mundo que vamos a experimentar.

Discúlpame por esto... —Aster comenzó a reír maliciosamente—.

¡Papá, puedes venir un segundo, estamos en la sala!

Entonces, el hombre apareció. Oscilaba entre los cuarenta bajos y los cuarenta medios; el cabello negro y largo, revuelto justo como el mío, con excepción de algunas canas.

Su camisa de seda negra, a diferencia de la mía, estaba desabotonada del pecho y arrugada.

Se detuvo en seco, con el palo de golf en alto, como si fuera a golpear una pelota invisible.

Sus ojos azules saltaron de Rachel a mis botas de gamuza, subieron por la chaqueta de cuero y finalmente se estrellaron contra mi rostro mientras su mandíbula cuadrada se tensaba justo como cuando algo a mí no me parecía.

El silencio que siguió fue absoluto. El padre de Rachel bajó el palo lentamente, como si viera un fantasma mientras yo hacía lo propio, sintiéndome en Volver al Futuro II.

—¡Hijos de puta! ¡Meredith, ven aquí ahora mismo! —rugió, pero esta vez con una emoción salvaje, casi infantil—. ¡Te dije que en los noventa me clonaron cuando fuimos a aquel festival de música y no me creíste! ¡Aquí está la prueba!

El hombre soltó una carcajada que retumbó en toda la sala y señaló mi pecho con el palo de golf, con una chispa de locura en los ojos que me produjo un escalofrío en la nuca.