Capítulo 3 El cordero entre las flores
Los sábados, después de mi cita con la doctora Eleonor, solía tener planes con los chicos en Londres.
A veces organizábamos una "tarde de Alfas" donde Tommy, Dyl y yo acudíamos a cursos de alfarería, crochet, repostería o cualquier estúpida actividad a la que Dyl nos inscribía; creo que lo más extraño de todo era lo mucho que las disfrutábamos.
Ahí hablábamos de las chicas, del increíble dolor de cabeza que pueden llegar a ser y de lo mucho que las queremos.
Sé que suena raro, pero Tommy y Dyl me apoyaban cuando de Nat y Rache se trataba.
Mis amigos daban por sentado que yo les pertenecía a ellas y que estábamos juntos de alguna manera; no me sentía juzgado, al menos por ellos, al observar el rumbo en el que mi indecisión nos había llevado.
Claro que en los pasillos de Helson la historia era muy diferente.
Otras veces tenía las extrañas dobles citas con Tommy, Jessie y Nat.
Esas tardes solían perderse entre tableros de juegos de mesa o en arcades ruidosos, donde comprendíamos que nunca estaríamos al nivel de Tommy en las máquinas de baile.
Pero el «clásico», la cita que lo inició todo, era salir con Dil, Linsey y Rachel.
Ya era una tradición que, por ningún motivo, dejáramos elegir la película a Dyl y que fuéramos a comer al Golden Dragon; el problema era que pasar tan cerca de la oficina de Sora hacía que el corazón se me acelerara y las manos me comenzaran a sudar.
De la vidente no había tenido noticias desde que me enfrenté a Zane.
Una parte de mí quería entender por qué se había arriesgado a presentarse en Helson después de que Drake nos reveló su traición.
Sin embargo, la parte predominante, que estaba irreconciliablemente molesta con ella, simplemente trataba de bloquearla de mis pensamientos.
Quería que lo único que ella pudiera registrar fuera mi decisión de contacto cero; estaba casi seguro de que así funcionaba todo el tema de sus visiones.
Si yo no pensaba en ella, ella no podía verme.
—¿Cómo diablos iba a saber que eras alérgico a esa cosa, Gabriel? —Rachel guardó el frasquito en su bolso, mirándome con una mezcla de horror y fascinación—. Solo quería que dejaras de tamborilear los dedos contra la mesa, me estabas poniendo nerviosa a mí también.
Trató de responder, pero mi labio superior pesaba como si fuera de plomo.
—N-no s-siento... el pómulo —balbuceé, dándome un pequeño golpe en la mejilla derecha que sonó como si golpeara un trozo de carne cruda en el mostrador de una carnicería—. Rache, no siento la mitad de la cara.
—Exagerado. Es solo un relajante natural.
—¿Es té de siete azahares, verdad? Se siente igual —continué, ignorando su mirada—. Ese té me noquea brutalmente. Una vez, en los finales de secundaria, me desperté a las once de la mañana porque mi cuerpo simplemente se apagó. ¡Y tú me diste el extracto concentrado!
—Que no eran siete azahares, Dios. Solo era pasiflora pura —insistió ella, pero justo en ese momento su teléfono vibró sobre la mesa.
Rachel desbloqueó la pantalla y su expresión cambió de la suficiencia a una mueca de «estamos en problemas».
—¿Qué? —pregunté, o al menos eso intenté; sonó más como un gruñido ahogado.
—Es un mensaje de mi hermana Flora... —Rachel hizo una mueca y leyó en voz alta—: “Pilón, lo que le diste al chico es el principio activo que induce el sueño profundo del té de siete azahares. Si no me quieres presentar a tu novio, simplemente no lo traigas, pero no intentes asesinarlo en el trayecto; sabes bien que ese es trabajo de papá”.
Me quedé mirándola con un solo ojo bien abierto, porque el otro empezaba a ceder por el letargo.
—Dos horas, Rachel —logré decir, señalando mi rostro inerte—. Tengo exactamente dos horas para que mi cara vuelva a ser funcional antes de conocer a tus padres. Si entro a tu casa babeando como un bulldog, definitivamente lograrás que nadie olvide la primera impresión que les di.
Miré mi reflejo en la ventana del tren. Tenía un ojo un poco más caído que el otro y mi labio colgaba con una dignidad inexistente. Era irónico: había sobrevivido al brutal ataque de un troll de agua, a Ángela y Claude, incluso a Drake y Neferura, pero una planta me había dejado fuera de combate.
—Rache —comenté a decir, aunque mi lengua se sentía como un pedazo de trapo húmedo—, si alguien nos ve, va a pensar que me diste una paliza en el camino.
Ella se mordió el labio, aguantando la risa mientras me limpiaba una gota de baba con una servilleta.
—Solo no abras mucho la boca, Gabriel. Sonríe... aunque parezca que tienes un derrame. Estarás bien.
—Bueno, siendo positivos, ya no estoy temblando y me encuentro tranquilo —logré articular, aunque la palabra «tranquilo» sonó más como un ronroneo roto.
—Duerme un poco, amor. Espero que cuando lleguemos a Lime Street te sientas mejor.
Rache entrelasó sus dedos con los míos y recargó su cabeza en mi hombro.
Todo era paz y romanticismo, hasta que empezó a notar la humedad en su cabello.
Se apartó de golpe al darse cuenta de que mi boca, ahora sin control muscular, estaba dejando un rastro de baba en su coronilla.
Entre carcajadas y asco, tomó mi rostro con ambas manos y lo pegó con cuidado contra el vidrio del tren para que no la «bañara» más.
Todo el camino transcurrió entre cabeceos pesados y vistazos a sueños que no lograba recordar.
El trayecto se convirtió en una película de diapositivas borrosas: campos verdes interminables salpicados por miles de ovejas blancas que parecían motas de algodón, canales estrechos donde navegaban botes de colores y puentes de acero que vibraban bajo nosotros.
El agua lodosa del río Mersey brillaba bajo un sol pálido de invierno mientras las siluetas de las grúas en el puerto de Liverpool anunciarían que el tiempo se nos había acabado.
—Gabriel, despierta. Ya estamos aquí —susurró Rachel, dándome un beso en la mejilla que todavía se sentía como caucho.
Me despegué del cristal, dejando una marca empañada y vergonzosa en la ventana. Al mirar hacia el andén de Liverpool Lime Street, vi a una mujer que nos observaba con una intensidad que me hizo desear que la pasiflora me hubiera matado de verdad.
Al salir de la estación tomamos un Uber que avanzó por las calles serpenteantes de Woolton. Aquí el aire no olía a metal ni a puerto; olía a tierra mojada.
—Ya casi llegamos, Gabriel —dijo Rachel. Su acento, que tanto amaba, por fin tenía nombre; ese scouse elegante que siempre me había parecido una canción se amplificó al estar cerca de casa. Arrastraba las terminaciones con una suavidad y elegancia únicas.
Por puro capricho escribiría una lista de cien palabras que Rache tendría que decir, tanto para deleitarme cuando hablaba como para poder entenderle cuando se enojaba y comenzaba a rapear en scouse.
—No te asustes, mis hermanas huelen el miedo y estoy segura de que te preguntarán cosas controversiales para ofrecerte a papá como sacrificio; era tremendamente divertido cuando era niña y se trataba de sus parejas, pero ahora que lo pienso, es de pésimo gusto.
No te dejaré solo, ¿ok? Yo estaré contigo.
—Una preocupada Rachel tomaba mi mano mientras sus ojos almendrados se perdían, recordando los horrores que pobres incautos como yo habían vivido al visitar a sus hermanas mayores.
—Rache, apenas me estoy aprendiendo el nombre de tus hermanas ¿y quieres que no caiga en sus trampas? Me debiste preparar mejor. —Sentí que el maldito Uber iba tan rápido que no sabía si el conductor quería matarnos o si solo era presa del pánico de mi inminente ejecución.
—Si hubieras memorizado el cuadro que te hice de mi familia no estaríamos en este predicamento.
—Rachel por lo bajo comenzó a hacer los sellos con los dedos que siempre usaba para crear un carisma que nos diera privacidad para hablar libremente ante la presencia del conductor—.
No es tan difícil. Aster: veinticinco años, genio financiero de Lombard; es como tu Wall Street pero británico.
Su cliente más importante es un tipo que le paga para que invierta en la bolsa china solo para ganarle a su amigo y burlarse de él.
Si Linsey creía que yo era una loca controladora es porque no conoce a Aster.
—Ok, una Rachel financiera. —La hechicera me hizo mala cara.
—Briar: veintitrés años, activista ambiental.
Siempre está en proyectos de reforestación y rescate de especies; odia el capitalismo y está en contra del sistema.
Todos sus amigos son apestosos, revoltosos y ridículos hijos de papi, por lo que solo los invitamos a las comidas en la campiña para que hagan sus rituales de la naturaleza.
—Ok, la Rachel hippie.
—Te golpearé, Hunter. —A Rachel no le encantaba la idea de que la comparara con sus hermanas, pero las había visto en fotos; parecía que su madre simplemente se había clonado—.
Calla: veintitres años, es la influencer de lifestyle aspiracional.
Siempre tiene campañas con grandes marcas, se la pasa de viaje y en eventos de moda; es tan egocéntrica que cuando no puede actualizar a sus seguidores respecto a su día tiene ataques de pánico.
—La Rachel TikToker, ¡auch! —Un codazo impactó en mis costillas; no esperaba que Fang me protegiera esta vez, pero su falta de interés últimamente me hacía pensar que ya no le importaba tanto mi bienestar.
—Te lo advertí. Después sigue Dahlia: de veinte años.
Si aún sigues con la idea de hacer tu guía del mundo oculto ella es la clave; es apasionada por la historia y se la vive haciendo cosas, espero no tan ilegales, en la deep web.
Es un ratón digital de biblioteca, nunca sale al sol y es más pálida que tú.
—La Rachel hacker.
—Así que seguirás con eso... Elowen tiene diecinueve años; es artista neurosensorial, produce música experimental y arte inmersivo. Siempre habla sola.
—La Rachel alucinógena.
—Y por último Flora —dijo Rachel suspirando como quien anuncia una tormenta—. Dieciocho años, bioquímica aplicada en medicamentos. Tiene una o dos patentes que le pagaron su laboratorio privado para ser su propia jefa y que nadie le tenga que decir qué hacer. Y le apestan las patas.
—Es la Rachel...
—Heisenberg —dijimos Rachel y yo al unísono mientras nos reíamos y compartimos un beso de complicidad.
—Falta mi Rache.
—Claro. Rachel: dieciséis años, estudiante, hechicera, tenista casi profesional, actriz y dramaturga. Increíblemente hermosa e inteligente.
—Espera, espera, estás haciendo trampa; tienes que decir algún defectuo.
—Es complicado, Gabriel, no se me ocurre nada.
—¿En serio? ¿Nada? Por favor...
—¿Quieres otro golpe, verdad? —amenazó mi hechicera cuando el auto comenzó a estacionarse—.
Bueno, supongo que tengo un defecto ante los ojos de mis hermanas.
Rachel: dieciséis años, estudiante, hechicera, tenista casi profesional, actriz y dramaturga, increíblemente hermosa e inteligente, pero según la tradición de su familia, tiene que ser la primera en salir del mercado para que sus hermanas puedan casarse; por eso todas están tan interesadas en conocerte.
Pero tranquilo, es solo una boba tradición.
Me bajé aturdido sin agradecer al chofer; extendí la mano para ayudar a Rachel a salir mientras me sentía como si estuviera debajo del agua. Busqué en mi bolsillo lo que insistentemente vibraba y, cuando lo desbloqueé, encontré un chat que llevaba meses vacío.
“Felicidades por el compromiso, Ototo. Tu hechicera te llevó a casa como animal al matadero, en verdad fue brillante. Si no quieres ser un escuincle de dieciséis años casado, será mejor que te dejes de berrinches y nos veamos pronto”.
“Por cierto, en la noche cuando te bajes, agacha la maldita cabeza, no es broma”.
“Te quiero”.
Guardé el teléfono con los dedos entumecidos.
Rachel me miró con curiosidad, pero yo estaba procesando el peso de esas palabras.
¿Agachar la cabeza? ¿Compromiso? Sentí que Sora, con su voz vidente me susurraba al oído, recordándome que, aunque yo no quisiera verla, ella nunca dejaba de observarme y de entrometerse en mi vida.
Miré la imponente puerta de la mansión, notando cómo el aire de Woolton se volvía más pesado.