Capítulo 2 La silla vacía.
Llevaba una eternidad sin pararme junto a la fuente.
Aunque era mi camino habitual para ir a la cancha de tenis, siempre la di por sentado, como un simple objeto en el trayecto.
En realidad, pocas veces me había quedado aquí tanto tiempo.
A diferencia de otras ocasiones, esta vez no tenía agua; intuí que la habían vaciado para que no se congelara y causara un desastre resbaladizo por todos lados, aunque, en condiciones normales, el propio azulejo a su alrededor ya era una trampa mortal.
Sobre todo si íbamos corriendo, como la vez que alcancé a Natalie en nuestra desenfrenada carrera por toda la escuela el semestre pasado.
De inmediato pensé también en la noche que ayudé a Rachel a ponerse en pie después de que la lither la empujara, víctima de los primeros indicios negativos de su despertar.
No tardaría en que algún maestro o algún prefecto me llamara la atención por estar fuera del aula, pero no podía ir a clase de Negocios. Así como desde la semana pasada había evitado Artes Marciales Mixtas.
Esta vez no hubo actividades organizadas por Richard para nosotros al inicio del semestre porque, de alguna manera, ya no éramos novatos.
Otros profesores estaban encargados de los chicos de nuevo ingreso, que en su mayoría eran alumnos que quedaron en lista de espera para ingresar a Helson.
Nuestro prestigioso colegio tenía estrictos estándares de admisión; aún no podía creer que yo hubiera logrado entrar a la primera y, aun así, aquí me encontraba perdiendo el tiempo, saltándome clases.
Poniendo en juego mi beca y mi estadía en este increíble lugar al que veía como el único hogar estable a mi alcance.
—¿Señor Hunter, no debería de estar en clase con el profesor Zane?
—interrumpió mi ensimismamiento Cecilia Helson, mostrando una sonrisa increíblemente blanca que mitigaba la formalidad de sus palabras.
Era la nueva maestra de jardinería, dueña del lugar, de todo un grupo empresarial y, aparentemente, prometida de mi hermano.
En ese momento comprendí que la primera vez que escuché su nombre fue haciendo zapping hasta llegar a un estúpido canal de chismes en Navidad.
Un montón de información me martilleó la cabeza respecto a los acontecimientos desde que llegaron ella y mi hermano al colegio, cosas que traté de reprimir.
—Buen día, profesora. Tiene razón, será mejor que me retire, con permiso.
—Había algo en Cecilia que me llenaba de sospechas; es decir, sí, era la perfección encarnada.
Y a pesar de usar mi visión de rastreo más de diez veces, el resultado seguía siendo el mismo: una humana común y corriente.
Incluso Fang no se alarmaba con su presencia.
Pero no podía confiar en nada o nadie que estuviera del lado de Zane.
—Gabriel, detente, por favor. —La calidez de sus ojos y el tono apagado de su voz se hizo presente en un susurro, mientras sujetaba mi hombro.
—Dígame, profesora. —Era insultante la falta de acción de Fang. Instintivamente tomé espacio entre nosotros sin perder contacto visual; mi seguridad dependería solo de mí si la estúpida voz en mi cabeza se negaba a reaccionar.
—No quiero faltarte al respeto y decirte que comprendo por lo que estás pasando —susurró Cecilia, bajando su voz un octavo de tono—.
Hace un par de semanas, antes de viajar a Londres para conocerte, me enteré de que mi novio, Clue, el gran amor que marcó mi adolescencia y al que le dediqué noches enteras de llanto, solo fingió su muerte.
Resultó estar muy vivo, moviendo hilos que no alcanzo a comprender.
Estoy muy molesta con él, odio en lo que se ha convertido...
pero a pesar de eso, Zane me ha ayudado a procesarlo.
—Lamento escuchar eso, espero pueda resolverlo. Ahora, si me disculpa... —No me interesaba el vano intento de Cecilia de fraternizar conmigo; solo quería alejarme de ella.
—Dios, eres igual de cabeza hueca que tu hermano; parece que estoy reviviendo mi primera conversación con Zane.
—Su tono calmado se convirtió en un histérico chillido que me lastimó los oídos—.
Zane regresó de la muerte, fue sentenciado y, aun así, ha recuperado parte de su memoria; eso nunca pasa.
Ha superado pruebas fuera de este mundo y se ha puesto en peligro incontables veces solo para poder llegar contigo, y lo único que haces es evitarlo. Eres un malcriado.
—Ahora comprendo por qué su novio fingió su muerte —comenté fuera de mis cabales y di media vuelta.
—Hunter, estás castigado. Tal vez no quieras pasar tiempo con Zane y no puedo obligarte a hacerlo, pero sí a entrar a clases.
Y como tú y yo nos llevamos tan bien, dedicarás todo tu domingo ayudándome con el desastre que han dejado las nevadas en los jardines; te sugiero que traigas un atuendo que no extrañes y zapatos viejos, quedarán arruinados.
—La veo el domingo, profesora. —Caminé hacia el edificio F. Se me estaban terminando los refugios de lo que parecía mi nueva prisión; Cecilia y Zane sabían de nuestra cancha de tenis, así que solo queda mi habitación.
Al llegar a los dormitorios, el calor me dio de golpe en el rostro; las chimeneas estaban encendidas y mi nariz helada lo agradecía.
Subí de manera perezosa las escaleras. Cada paso con los zapatos escolares se sentía como un estruendo seco en cada escalón mientras jugaba tontamente a columpiarme del barandal: me impulsaba con la sola fuerza del brazo para dar el salto y ascender varios peldaños a la vez.
Si no calculaba bien el agarre al inclinar todo el peso de mi espalda hacia atrás, me iría directo al suelo.
Por suerte, todos se encontraban en clases, así que no habría testigos de mi estupidez infantil.
Al ver el letrero dorado que señalaba los dormitorios del tercer piso, recordé la época en que mi corazón albergaba el deseo de que Zane estuviera esperándome desde arriba.
Ahora mi anhelo podía hacerse realidad; aun así, las cosas eran muy diferentes.
Abrí la puerta del 320 y vi a Natalie sentada en la cama usando su laptop.
—Veo que hiciste uso de tu copia de la llave —comenté con un vuelco en el corazón ante la sonrisa de mi Lither.
—Para eso me la diste, ¿no? Sabía que te saltarías la clase de tu hermano, pero con todos los sustos que me sueles dar quería asegurarme de que...
—Descuida, aún no estoy muerto. Pero es un gran detalle que vengas a comprobar que siga respirando —comenté mientras me quitaba los zapatos y me acostaba. Tomé del hombro a Natalie y la atraje a mí.
—Espera, deja que mande esto —pidió Nat mientras se incorporaba. La pelirroja se puso en pie, caminó lentamente a la mesita donde dejaba mi laptop y puso encima la suya.
—¿Ya te están dejando tarea? —pregunté mientras veía la perfecta postura de la lither al acomodarse en mi silla, sin siquiera necesitar usar el respaldo, a diferencia de mí, que me desparramaba sin una pizca de gracia a la primera provocación.
—En realidad es un correo para Ángela. Me dice que aún no puede verme después de todo lo que me hizo, así que últimamente ha estado en contacto conmigo por medio de correo; muy vintage, ¿no?
—¿Cómo está ella? —Recordé la última vez que hablé con la hermana de mi lither; cómo estaba completamente abrumada después de llevar todo un año bajo la influencia de Drake, todo el arrepentimiento y el dolor, así como las advertencias que me hizo de su hermana.
—Regresó a casa de mis padres en Nueva York; no sé cómo puede tolerar estar ahí.
Se está preparando para ser una especie de trabajadora social del mundo oculto; después trabajará con personas afectadas por las facciones y los atentados.
—La tensión se apoderó de Nat mientras sus preciosos ojos verdes me revelaban la tristeza que de verdad sentía.
—Nat, en algún momento tendrás que enfrentar a tus padres.
—El sentimiento de traición que sentía Natalie al descubrir que ella y su hermana crecieron en la ignorancia del mundo oculto, sabiendo que su despertar había sido solitario y doloroso, era una herida abierta—.
Pero me alegra que sigas en contacto con Ángela; espero que algún día puedan hacer las paces por completo.
—No, Gabriel. Lo he pensado y no creo regresar a casa. Mis padres sabían perfectamente que, tarde o temprano, el mundo oculto se nos revelaría y nunca nos hablaron de él; solo creyeron que el carisma nos neutralizaría y seríamos humanas siempre.
—Comprendo que no son perfectos y que aún sientes mucho dolor porque te ocultaron algo que tenías derecho a saber, pero si no los encaras, nunca podrás avanzar. Yo te puedo acompañar, ¿sabes?
—Mira, eso de ir a conocer a la familia de la chica que te gusta déjalo para cuando vayas a Liverpool. Rachel tiene la idea de llevarte con su perfecta familia feliz desde hace semanas. —¿Ahora se contaban sus planes?
—Perdón, tienes razón. Es que pensé que podríamos aprovechar y presentarte a mi familia si coincidíamos todos en Nueva York. —Descartando la idea, recordé todas las veces desde Navidad que mi madre me había preguntando cuándo iría a casa para que ellos volaran de regreso.
—No seas tonto, claro que quiero conocerlos.
Simplemente no quiero exponerte a que me veas explotar de nuevo, y menos con mis padres; estoy casi segura de que hace rato llegaste a tu límite de veces que tolerarás verme actuando como una lunática.
—Mi pacto con Drake anuló el conflicto de Nat y, por alguna razón, salvó también a Ángela de ser mandada a reclamar Inferno; mi pelirroja seguía teniendo pésimo humor a veces, y era muy volátil cuando los ojos se le ponían rojos, pero era algo normal en los lithers, creo.
—Estaría muy preocupado si lo hicieras tú sola. Si algo pasara, siempre podríamos salir volando por la ventana juntos; llegaríamos a Coney Island como en quince minutos y estafaríamos a los tipos de los puestos con nuestros poderes; nos traeríamos todos los premios grandes.