El Último Soldado de Alma (Helson Las últimas crónicas nº 3) Capítulo 1 El silencio en un respiro
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El Último Soldado de Alma (Helson Las últimas crónicas nº 3)

El Último Soldado de Alma (Helson Las últimas crónicas nº 3)

Por I.J. GARCIA

© inepub.com

Capítulo 1 El silencio en un respiro

La risa de Richard retumbó en el laboratorio de Química II, y por un instante, el sonido me supo a una normalidad bendita.

Estábamos amontonados sobre la mesa de trabajo —Dyl, Rachel, Nat y yo—, fingiendo que nos importaba el pH de la solución mientras Richard soltaba una de sus historias hilarantes.

Me permití reír con ellos, pero al apoyar las manos en la encimera de metal, sentí un crujido sordo.

Mis dedos habían dejado una sutil marca en el acero.

Me obligué a soltar el borde antes de que alguien lo notara.

En Matemáticas II, el caos bajo el mando del señor Gibbs era nuestro mejor escondite.

Natalie y Dyl se sentaban a mi lado como un escudo humano; bromeaban, pero de manera constante me miraban para comprobar si me encontraba bien.

Mi misión era que Tommy no se distrajera y anotara todos los ejercicios; le habíamos prometido a Jessie que lo haríamos pasar la materia, y ver a mi amigo sudando frente a las ecuaciones me recordaba que, para ellos, la realidad escolar se había modificado a un desastre de facciones, pactos con Lucifer y el saber que todo lo que un día llamaron leyendas era real.

Sin embargo, el refugio se agrietaba en Lengua II.

La profesora Ronda no nos quitaba la vista de encima a Rachel, a Linsey y a mí.

Su mirada era un recordatorio constante de que éramos anomalías.

Estábamos rompiendo las reglas no escritas: los humanos no debían saber de las facciones, es por ello que, si bien yo era una especie de mestizo gracias a Fang, Linsey no debía saber absolutamente nada de los carismas.

Durante Derecho Internacional, me limité a ser un espectador.

Observaba a Jessie moverse con la elegancia y el peso de su dinastía de abogados; desmenuzaba tratados complejos como si fueran cuentos infantiles que le leían para dormir.

Ella nos “carreaba” a Tommy, a Linsey y a mí por un terreno que le pertenecía por herencia, mientras yo me preguntaba cuánto de ese derecho humano seguiría en pie si el mundo oculto dejara de serlo.

El aire cambiaba en Anatomía. El ambiente clínico y el olor a antiséptico me dejaron a solas con Rachel.

Me costaba un esfuerzo inhumano concentrarme en la lección mientras ella se ajustaba la bata y las gafas de laboratorio como una científica sexy.

Cada vez que nuestras manos se rozaban sobre el instrumental, sentía una descarga eléctrica que me recorría la columna.

Rachel reía con nerviosismo, pidiéndome que me contuviera y que la dejara de ver de esa manera, pero en cuanto yo intentaba poner un poco de atención en el libro de texto, ella entrecerraba los ojos y hacía ese puchero infantil que me obligaba a volver a mirarla.

El deseo era un hilo tenso, a punto de romperse entre nosotros.

En Estrategia y Geopolítica, la teoría se sentía demasiado real.

Compartía el peso de la clase con Rachel y Jessie, tratando de traducir los movimientos históricos humanos con lo que conocía de las facciones.

Cada guerra y su resolución me recordaba el infierno que Drake planeaba desencadenar usándome como infantería.

La tensión alcanzaba su punto máximo en Tiro Deportivo.

Allí, a solas con Natalie, el aire se volvía denso, cargado de una atracción física que alejaba a los demás como si fuéramos un incendio.

Noté a un grupo de chicos murmurando por lo bajo, llamándome "Kyle Reese infiel" mientras me veían pasar después con Rachel.

Para ellos, yo era el traidor de su reina Sarah Connor, un intruso que no merecía estar cerca de la lither.

Natalie se centraba exclusivamente en mí, disfrutando del estupor que causaba nuestra abrumadora presencia.

De Negocios y Artes Marciales Mixtas no había rastro en mi horario real.

Eran los espacios en blanco que yo me encargaba de borrar saltándome las clases.

Zane se había ganado la fama de ser el profesor más estricto del campus; los chicos hablaban con terror de que se les aplicaría un examen oral final que podría incluir cualquier tema, además del portafolio de evidencias que iríamos recabando para determinar el éxito o el fracaso del emprendimiento que eligiéramos.

Pero sus extenuantes rutinas de combate y cómo la clase había evolucionado junto con el nivel de exigencia eran un reto que Natalie y Dyl habían aceptado.

Al escucharlos, solo podía pensar en que mi hermano había copiado la actitud tiránica de mi padre cuando lo obligaban a dejar las excavaciones y lo enviaban a dar clases a la universidad, convirtiendo el aprendizaje en una disciplina de hierro.

Aunque agradecía a mis amigos y a las chicas por estar de guardia cuidando mi estado de ánimo, necesitaba un respiro, y lo encontré en la soledad del Tiro con Arco.

Al final del semestre empezaría la competencia, pero por ahora, solo estábamos el arco y yo, como una relajante clase de yoga en la que lo importante era enfocarme en perfeccionar la técnica; dar en el centro solo era la resolución natural de haberlo hecho bien.

Tensé la cuerda. El roce frío contra mi nariz y el peso estabilizándose en mi palma solían ser familiares, pero ahora todo se percibía distinto.

Los músculos de mi espalda ya no ardían; el arco de madera me parecía una versión infantil, frágil, como si pudiera partirlo; era evidente mi cambio físico incluso sin activar a Fang.

Click.

Solté la cuerda para que mi agobio se redujera a un túnel en el que, del otro lado, solo estaba mi objetivo.

Desaparecería el mundo humano y el mundo oculto; se desvanecería Zane con sus poderes de vampiro mágico invencible, así como Sora y su traición; se borraría el discurso que le debía a mi familia sobre cómo mi hermano y yo nos habíamos convertido en monstruos de ficción y lo que tendría que decirles a Rachel y Natalie cuando la vida me obligara a elegir a una sobre la otra.

Y se eliminaría que pronto tendría que comenzar a hacer los trabajos que me pusiera Drake para cumplir mi parte de nuestro pacto.

—Maldita sea, no estuve ni cerca —susurré al ver la flecha vibrando en el centro exacto de la diana.

El mundo no desaparecía. Por más que disparara, por más que fingiera ser un estudiante normal de Helson, el dragón bajo mi piel seguía ahí, recordando que su legado era la única barrera entre el mal y todos mis seres amados.