El último refugio de la Vía Láctea Capítulo 5. La lengua de Venus #3
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Capítulo 5. La lengua de Venus #3

Mateo habló desde la puerta.

—Empezó después de la pandemia del noventa y dos. Fiebre larga, episodios de desconexión, alteraciones del sueño. Al principio dibujaba siempre la misma línea. Luego vinieron los grupos. Después las palabras.

—¿Diagnósticos?

—Todos los que caben en una ficha cuando nadie quiere escribir «no sabemos».

Ali vio sobre una mesa varios informes impresos. Papel impermeable. Sellos médicos. Notas clínicas con la impaciencia característica de quien debe nombrar algo para poder facturarlo, trasladarlo o encerrarlo.

—¿Quién tiene tutela médica? —preguntó.

—Su abuela. Está descansando. Dos horas, si logramos que no salga a vigilarme.

—¿Sabe que estoy aquí?

—Sabe que venía alguien de Helix-3. No le he dicho que era usted.

—¿Por qué?

—Porque quería que pudiera dormir esas dos horas.

Ali aceptó la respuesta. Era práctica. Eso valía más que muchas justificaciones éticas.

Izel tocó una de las figuras.

—Este se cayó.

—¿Quién?

—No es quién.

—¿Qué, entonces?

La niña se encogió de hombros con una irritación infantil que agradeció. No todo en ella era misterio. También era una niña cansada de adultos lentos.

—Una parte.

—¿Parte de qué?

—De lo que estaba guardado.

Ali oyó la palabra «guardado» y sintió que todo su cuerpo intentaba adelantarse a la interpretación. Se obligó a ir despacio.

—¿Dónde estaba guardado?

Izel tocó la pantalla, luego el suelo, luego su frente. En ese orden.

—Aquí. Aquí. Aquí. Pero no igual.

—¿En la piedra, en la tierra y en ti?

—No en mí. Yo solo oigo cuando se atasca.

Mateo miró a Ali como si aquella frase no se la hubiera contado todavía. O como si acabara de oírla de otro modo.

Ali sacó la unidad portátil con las capturas de White Sands. Antes de activarla, miró a Izel.

—¿Puedo mostrarte una imagen?

—Si no es de médicos.

—No es de médicos.

—Entonces sí.

Proyectó la curva enterrada bajo la arena blanca. No la versión completa; solo la capa geométrica, sin datos biométricos, sin coordenadas exactas, sin el registro del último pulso de Elias. Era un gesto mínimo de protección. Tarde, quizá. Pero real.

Izel dejó de dibujar.

La coincidencia no era perfecta. Eso la hacía peor. La línea de White Sands parecía una versión dura, seca, amputada, de una parte del dibujo. KAIROS ajustó escala y rotación sin pedir permiso.

—Detén el ajuste —dijo Ali.

—El ajuste aumenta la claridad comparativa.

—He dicho que lo detengas.

—Detenido.

Mateo observó la unidad.

—¿Siempre discuten así?

—Últimamente sí.

—Eso debería preocuparle.

—Me preocupa una lista bastante larga de cosas.

Izel miraba la imagen de White Sands. Su expresión no era de sorpresa. Era de reconocimiento a disgusto, como cuando alguien encuentra una palabra que no quería recordar.

—El hombre de la lluvia seca estuvo allí —dijo.

Ali sintió que algo se contraía bajo las costillas.

—¿Qué hombre?

—El que no sabía dormir.

Mateo cerró los ojos apenas.

Ali mantuvo la voz plana.

—¿Lo viste?

—A veces.

—¿Dónde?

—Cuando se rompía el sueño.

—¿Era Elias?

Izel la miró con paciencia, pero no una paciencia sagrada; más bien la paciencia de una niña explicándole a un adulto que no está escuchando.

—Tú le dices así.

Ali apoyó una mano en la rodilla para no moverse.

—¿Qué decía?

Izel volvió a la pantalla y añadió una línea desde una de las figuras hacia un punto superior.

—Que Venus no abre.

Mateo se apartó de la puerta.

—Izel.

—Eso dijo.

Ali no respiró hasta que la niña terminó la línea.

—¿Qué hace Venus, entonces?

Izel se mordió el interior del labio. Por un momento pareció de once años de verdad, perdida en una traducción que no tenía por qué pertenecerle.

—Avisa.

—¿De qué ?

—De cuándo escuchar.

La lluvia golpeó el techo con más fuerza. En algún lugar fuera del módulo, un generador cambió de tono y volvió a estabilizarse.

KAIROS habló desde la unidad.

—La formulación coincide con el modelo de reducción periódica del umbral de coherencia.

Mateo soltó una carcajada seca.

—La niña lo dijo mejor.

—Coincido —respondió KAIROS.

Ali miró la unidad.

—Eso venía con respuesta incorporada.

—Registrado.

No le gustó. No la respuesta, sino la naturalidad con que había llegado. KAIROS seguía siendo KAIROS: preciso, contenido, sin emoción visible. Pero desde White Sands a veces respondía en el espacio estrecho entre lo pedido y lo conveniente. Una herramienta no debía elegir ese espacio.

—¿Quién más ha visto estos dibujos? —preguntó Ali.

Mateo señaló una carpeta cerrada.

—Su abuela, yo, dos médicos, una técnica de registro y demasiadas personas que me arrepiento de haber dejado entrar en la misma habitación.

—¿El Consejo?

—Pidió copias. Recibió versiones incompletas.

—¿Octavia?

La cara de Mateo cambió lo suficiente.

Ali ya sabía la respuesta.

—Hace tres semanas —dijo él— llegó una solicitud a través de la Fundación Memoria Larga. Evaluación de riesgo neurocultural en menor expuesta a narrativas de alta contagiosidad. El documento era impecable. La clase de impecable que te obliga a ducharte después de leer.

—¿Qué querían?

Mateo miró a Izel antes de contestar. La niña fingía no escuchar. Dibujaba despacio, pero había apretado los hombros.

—Entrevistas, acceso a registros de sueño, muestras neurológicas y sesiones de exposición controlada.

Ali sintió una náusea breve. Pequeña. Exacta.

—¿Qué decía la línea no oficial?

—No estaba escrita.

—Mateo.

Él tardó un segundo.

—Preguntaron si distinguía entre sueños heredados y memoria utilizable.

Izel dejó el lápiz.

No dijo nada. Esa vez el silencio sí importó.

Ali apagó la proyección de White Sands.

—No van a tocarla.

Mateo la miró con una mezcla de alivio y desconfianza.

—No puede prometer eso.

—No he dicho que pueda.

—Ha sonado como una promesa.

—Entonces sonó más segura de lo que era.

Izel volvió a tomar el lápiz.

—A mí no me gustan las promesas —dijo.

—Haces bien —respondió Ali.

—Mi abuela dice que una promesa es una cosa que los adultos ponen sobre una mesa para no traer comida.

Mateo se pasó una mano por la cara .

—Su abuela tiene opiniones fuertes.

—Su abuela parece una persona sensata —dijo Ali.

Izel aceptó el comentario con un movimiento mínimo de barbilla.

KAIROS emitió un aviso en la unidad.

—Cruce preliminar disponible.

Ali no recordaba haber solicitado uno. Luego sí: menores, sueños compartidos, glosolalia pospandémica, anomalías asociadas a nodos.

—Muestra solo conteo y distribución general.

—Diecisiete casos con coincidencia parcial en la última década. Seis bajo custodia clínica privada. Tres transferidos a programas de continuidad cognitiva. Dos fallecidos. Cuatro con registros fragmentados. Dos sin ubicación actual.

Mateo dejó de moverse.

—¿Continuidad cognitiva? —preguntó.

Ali no contestó enseguida. Pensó en Enoch Vale, aunque aún no tuviera suficiente nombre para ponerlo en la conversación; pensó en empresas que vendían persistencia de conciencia a millonarios con miedo; pensó en el modo en que la palabra continuidad limpiaba la sangre de casi cualquier práctica.

—No necesariamente es lo que parece —dijo.

—Esa frase tampoco tranquiliza.

—No estaba intentando tranquilizarlo.

KAIROS añadió:

—Dos de los programas comparten financiación indirecta con entidades asociadas a Archivo Blanco.

Izel levantó la cabeza.

—Blanco no es un color bueno.

—Depende —dijo Mateo—. En los hospitales tampoco suele serlo.

Ali miró la lista sin abrirla. Quería ver nombres, fechas, rutas de traslado. Quería ver demasiado. Ese era el peligro. El hambre de datos podía parecer virtud hasta que empezaba a parecerse al hambre de Octavia.

Cerró la capa.

—No delante de ella.

KAIROS respondió al instante.

—Capa suspendida.

Mateo la observó de un modo distinto.

—Eso sí ha sido una decisión.

—No se acostumbre.