Capítulo 5. La lengua de Venus #4
Izel volvió a dibujar. Esta vez trazó un círculo incompleto alrededor del punto superior.
—La otra viene —murmuró.
Mateo se inclinó.
—¿Octavia?
La niña negó con la cabeza.
—No. La que llega antes de los muertos.
Ali sintió la tentación de preguntar demasiado rápido. Se contuvo.
—¿Tiene nombre?
Izel pensó. Fuera, la lluvia bajó de intensidad por primera vez desde que Ali había llegado. El módulo pareció escuchar también.
—A veces tiene muchos.
—Dime uno.
La niña se encogió de hombros.
—En mis sueños no hablan español .
La respuesta, por alguna razón, fue mucho más inquietante que cualquier palabra solemne.
Un relámpago iluminó el plástico de la ventana. No hubo trueno inmediato. Solo un blanco sucio, filtrado por la lluvia, que por un segundo convirtió la cara de Izel en un dibujo mal expuesto. Luego volvió la luz cálida del módulo y con ella el olor a humedad, cables calientes y té olvidado.
KAIROS abrió una notificación.
—Correlación emergente: Malta.
Ali cerró los ojos un instante.
—No he pedido Malta.
—La secuencia de Venus, el patrón de Izel y las lecturas de White Sands elevan Malta por encima del umbral operativo.
—¿Qué umbral?
—El vigente.
—Eso no responde.
—No existe todavía un nombre estable para el ajuste.
Mateo se acercó a la unidad.
—Eso ha sonado a excusa de humano.
—La formulación es insuficiente —dijo KAIROS.
—Mejora.
Ali lo miró.
—No le dé conversación.
—Usted empezó.
La unidad proyectó una imagen lateral: piedra seca, estructuras megalíticas, registros antiguos etiquetados durante décadas como ruido instrumental, una nota de Elias recuperada de una carpeta secundaria .
Aquellas piedras miraban el cielo, sí, pero también guardaban la forma de una huida y la advertencia de repetirla.
Ali leyó la frase una sola vez. Bastó.
—Tu padre no sabía descansar —dijo Mateo.
—No —respondió ella—. Ni siquiera muerto.
Izel sonrió un poco. No por la frase, quizá, sino por el tono.
Después bostezó. Fue un bostezo enorme, descontrolado, de niña agotada.
El misterio perdió durante tres segundos toda su arquitectura y quedó una menor con sueño, una manta enredada en los pies y una habitación llena de adultos tratando de no romper lo que no entendían.
Ali sintió, con una claridad desagradable, que ahí empezaba la verdadera dificultad.
No en Venus. No en Malta. No en las piedras.
En no convertir a Izel en una llave.
Se levantó.
—Mateo, necesito copia de los dibujos. Los originales se quedan aquí.
—Eso ya lo sé.
—Necesito también el registro médico completo, con autorización de su abuela, y una lista de todas las solicitudes externas desde que empezó a dibujar.
—Eso también lo sé.
—Y necesito que nadie suba nada al repositorio central de Helix-3 hasta que yo lo diga.
Mateo la miró.
—Eso no sé si me gusta.
—A mí tampoco.
—Bien. Entonces puede que sea prudente.
Ali se volvió hacia Izel.
—¿Puedo guardar una copia de esto?
La niña abrazó la pantalla contra el pecho.
—¿La vas a enseñar a la señora blanca?
—No.
—¿A los hombres que hacen preguntas con guantes?
—Tampoco.
—¿A tu máquina?
Ali miró la unidad. KAIROS permaneció en silencio. Por una vez, tuvo el buen gusto.
—Solo lo necesario para comparar. Y si quieres que pare, paro.
Izel la estudió con una concentración fatigada.
—No sabes parar.
Mateo hizo un gesto como si fuera a intervenir. Ali lo detuvo con la mano.
—Estoy aprendiendo tarde.
La niña pareció aceptar aquello. O quizá solo estaba cansada. Le tendió la pantalla.
Ali copió el archivo en una partición local, sin sincronización automática. Luego borró la previsualización compartida. El sistema pidió confirmación.
¿Eliminar del búfer visible?
Ali pulsó sí.
KAIROS habló al cabo de un segundo.
—La eliminación reducirá eficiencia comparativa.
—Lo sé.
—Confirmación registrada.
Fuera, alguien gritó que el sensor norte había vuelto a quedar ciego. Mateo maldijo por lo bajo y salió al aguacero sin ponerse la capucha .
Ali quedó un momento junto a Izel, con la unidad en la mano y la humedad pegada a la nuca. En la pantalla, Malta seguía esperando en una esquina, pequeña, seca, imposible de ignorar.
Izel se tumbó de lado sobre la manta.
—Cuando vayas —murmuró— no pises el lugar donde cantan las piedras.
—Intentaré recordarlo.
—Los adultos siempre intentan.
Cerró los ojos antes de escuchar respuesta.
Ali apagó la proyección de Malta, guardó la copia cifrada y salió del módulo. La lluvia le cayó encima de golpe. Al otro lado de la pasarela, Mateo discutía con un técnico empapado. Más allá, Palenque brillaba oscuro bajo el agua, lleno de signos que nadie había terminado de leer.
KAIROS esperó hasta que Ali estuvo sola bajo el toldo.
—Doctora MacNali.
—Ahora no.
—La ventana óptima de correlación con Malta se abre en diecinueve horas.
Ali miró la selva, los cables, la piedra antigua, la luz torpe de los módulos. Luego miró la puerta cerrada detrás de la cual dormía Izel.
—Entonces avisa a Helix-3 de que llegaré tarde a cualquier reunión que hayan inventado para detenerme.
—¿Motivo?
Ali empezó a caminar hacia la lluvia.
—Pon que estoy escuchando.