El último refugio de la Vía Láctea Capítulo 5. La lengua de Venus #2
25%

Capítulo 5. La lengua de Venus #2

Mateo soltó una risa breve, casi sin aire.

—Si empiezo con eso, puede empujarme usted.

Amplió una capa. Los intervalos de Venus se distribuyeron sobre la mesa como una serie de marcas irregulares.

Apariciones matutinas, ocultamientos, retornos, desfases.

Mateo añadió los pulsos registrados en Palenque durante la sincronización y luego una señal de White Sands que Ali reconoció por el retardo.

—Esto funciona como calendario —dijo él—. Funciona como narración dinástica. Funciona como sistema ritual. Todo eso sigue siendo verdad. No quiero borrar el mundo humano para meterle una máquina debajo.

—Bien.

—Pero si cruzamos los intervalos con las anomalías, aparecen ventanas. No fechas sagradas, no «días mágicos», no tonterías para vender a turistas ricos con implantes de meditación. Ventanas. Momentos en los que el sitio cambia su tolerancia a ser leído.

—Defina «tolerancia».

—Lo estoy intentando desde las tres de la mañana.

Mateo se frotó los ojos con el dorso de la muñeca y dejó una raya de humedad sobre la piel .

—Cuando Venus entra en ciertas fases, la resonancia local deja pasar más información sin romperse en ruido. No se activa una puerta. No se enciende un templo. No baja nadie del cielo con instrucciones. Simplemente el sistema deja de parecer basura.

KAIROS intervino desde la unidad de Ali.

—La descripción es compatible con una reducción periódica del umbral de coherencia.

Mateo miró la unidad.

—Gracias. Eso era exactamente igual de feo, pero con zapatos caros.

Ali casi sonrió.

—KAIROS no usa zapatos.

—Se nota.

—El modelo de Tzul requiere verificación independiente —añadió KAIROS.

—Y café —dijo Mateo.

—El café no modifica la validez del modelo.

—Usted no ha probado el de aquí.

Ali levantó una mano antes de que aquello se convirtiera en una conversación absurda. Le molestó descubrir que la absurda le venía bien.

—Continúe.

Mateo arrastró hacia el centro una imagen ampliada de un tablero glífico.

—Elias pensó al principio que Venus era la clave.

El nombre del padre no cayó en la mesa. Se quedó en el aire, mezclado con el ruido de la lluvia.

—¿Cuándo estuvo aquí? —preguntó Ali.

—La primera vez, hace seis años. Venía con una autorización impecable, demasiadas preguntas y una camisa que no sobrevivió dos días a la selva.

—Eso suena a él.

—También trajo galletas de avena. Malas. De esas que saben a obligación moral.

Ali miró los glifos para no mirar a Mateo.

—Le gustaban porque no se rompían en la mochila.

—Se lo dije. Respondió que una galleta no tenía que gustar, solo cumplir su función.

Ali no quiso reír. No lo hizo. Pero algo se movió, incómodo y pequeño, debajo del cansancio.

—Sí —dijo—. También suena a él.

Mateo cambió de capa. Aparecieron notas antiguas, algunas en español, otras en inglés, otras en una mezcla irritante de abreviaturas de campo. Una de las imágenes mostraba correcciones a mano. La letra de Elias ocupaba los márgenes como si el papel le hubiera quedado corto incluso en digital.

—Al principio buscaba correspondencias celestes. Luego empezó a cambiar la pregunta. Decía que quizá habíamos confundido orientación con escucha.

—Eso es muy Elias.

—¿Irritante?

—Entre otras cosas.

—Después dejó de hablar de origen. Casi por completo. Preguntaba por muertos, por cámaras vacías, por relatos de descenso, por enfermedades que dejaban sueños iguales en personas que no se habían visto jamás.

Ali no dijo nada .

—No intentaba demostrar que los mayas supieran algo que nosotros no. Esa es la trampa habitual. Intentaba entender si ciertas culturas habían conservado, sin saberlo del todo, instrucciones para no tocar algo demasiado pronto.

—Instrucciones —repitió Ali.

—Sí.

—No me gusta esa palabra.

—A mí tampoco. Pero «conjunto de restricciones semióticas y astronómicas heredadas por prácticas rituales» queda peor en una conversación humana.

—No todas las conversaciones humanas merecen salvarse.

—Esta sí, de momento.

Un técnico se acercó desde la pasarela exterior con la capucha caída y el rostro lleno de agua.

—Mateo, el sensor del Grupo Norte vuelve a perder fase.

—¿Cuánta?

—Doce segundos. Tal vez catorce.

Mateo cerró los ojos un instante.

—Si dices «tal vez» otra vez te mando a escribir informes para el Consejo.

—Doce coma ocho.

—Eso ya es un número. Recalibra con el patrón de las 02:10, no con el de anoche. Y dile a Lidia que deje de apagar el drenaje para oír mejor. Vamos a electrocutar a alguien por poesía.

El técnico asintió y se fue corriendo.

Ali observó a Mateo.

—¿Drenaje?

—El agua en las cámaras altera las lecturas. Hay quien cree que apagando bombas oye «mejor» la piedra.

—¿Y usted?

—Yo creo que si una becaria se cae en un pozo, el comité tardará cuatro semanas en decidir si la culpa es de la humedad o del patrimonio.

Aquello sí le gustó.

Mateo volvió a la mesa.

—La parte difícil no es Venus. La parte difícil es aceptar que un símbolo puede conservar una función técnica sin dejar de ser símbolo.

La piedra no deja de ser piedra porque responda.

La religión no deja de ser religión porque contenga instrucciones útiles.

Y una lectura científica no mejora solo por quitarle al pasado todo lo que nos incomoda.

Ali apoyó los dedos en el borde de la mesa. La superficie estaba húmeda. Todo estaba húmedo.

—Mi padre habría disfrutado esa frase.

—Probablemente habría fingido que se le había ocurrido a él.

Esta vez Ali sí dejó escapar algo parecido a una risa. Fue breve. Desafinada. Se le fue antes de que pudiera arrepentirse.

—También suena a él.

Mateo no sonrió. Quizá por delicadeza. Quizá por cansancio.

—Hay alguien más.

Ali retiró los dedos de la mesa.

—¿Alguien más en qué sentido?

—En el sentido que hará que me arrepienta de haberlo dicho.

—Eso no acota mucho.

—Se llama Izel .

Ali tardó medio segundo en recordar. El nombre aparecía en archivos periféricos de Elias: informes médicos incompletos, menciones a una pandemia infantil, alteraciones del sueño, episodios de lenguaje no catalogado, dibujos repetitivos.

Documentos de esos que las instituciones no saben si archivar como enfermedad, amenaza o oportunidad.

—La niña de los sueños.

La cara de Mateo cambió apenas.

—No la llame así.

Ali sostuvo la mirada.

—Tiene razón. Lo retiro.

El gesto no fue grande, pero bastó para mover algo entre ellos. Una mínima concesión. Un punto de trabajo.

—¿Por qué está aquí? —preguntó Ali.

—Porque empezó a dibujar Palenque antes de verlo.

—Eso puede explicarse por exposición indirecta.

—Claro.

—Por contaminación visual.

—También.

—Por adultos que desean que una niña confirme una teoría.

—Esa es la que más me preocupa.

—¿Y?

Mateo guardó las capas de la mesa con un movimiento seco.

—Y dibujó White Sands tres días antes de que su padre muriera.

La lluvia llenó la pausa.

—¿Está documentado? —preguntó Ali.

—Con fecha, hora, testigos y una discusión bastante fea con un médico que quería sedarla para «mejorar la higiene del registro».

—¿La sedaron?

—No.

—¿Quién lo impidió?

—Ella mordió al médico. Yo solo aproveché la ventaja táctica.

Ali miró hacia el módulo lateral.

—Lléveme.

El interior del módulo donde estaba Izel no se parecía al resto del campamento.

Alguien había intentado hacerlo habitable: mantas secas, una lámpara cálida, una taza de plástico con pajita, tres libros infantiles doblados por el uso, una chaqueta pequeña colgada de una silla.

También había sensores, pantallas flexibles, filtros de aire y un botiquín demasiado visible.

El resultado no era acogedor. Era una habitación peleándose con un laboratorio.

Izel estaba sentada en el suelo, descalza, con los pies metidos bajo una manta.

Tendría once años, quizá doce. Era más pequeña de lo que Ali esperaba.

El cabello negro, recogido de cualquier manera, se le escapaba por la nuca.

Tenía una tirita de dibujos en un dedo y las uñas pintadas de azul, mal pintadas, con huecos en los bordes.

La enfermedad, o el cansancio, le había afinado la cara sin quitarle la impaciencia.

Dibujaba sobre una pantalla flexible apoyada en las rodillas. No miró al entrar.

—Trajiste a la hija —dijo.

Mateo se quedó quieto.

Ali también.

—Sí —respondió ella—. Pero normalmente uso mi nombre.

La niña siguió moviendo el dedo sobre la pantalla.

—Ali.

—Eso está mejor.

—No te gusta.

—Depende de quién lo diga.

Izel levantó la vista por primera vez. Sus ojos eran oscuros, directos. No tenían esa sabiduría falsa que los adultos suelen adjudicar a los niños enfermos cuando no saben qué hacer con ellos. Tenían sueño. Y molestia. Mucha molestia.

—Tú tampoco sabes qué hacer conmigo —dijo.

Ali se agachó despacio hasta quedar a su altura, pero no demasiado cerca.

—No. Y prefiero empezar por ahí.

Mateo cruzó los brazos junto a la puerta. No intervenía, pero su cuerpo entero estaba preparado para hacerlo.

—¿Me vas a pinchar? —preguntó Izel.

—No.

—¿Mirar los ojos?

—No si no quieres.

—¿Preguntar si sueño con serpientes?

—Iba a intentar no hacerlo.

—Todos lo intentan. Luego preguntan peor.

Ali asintió.

—Entonces no preguntaré por serpientes.

—Bien. Son aburridas.

Mateo bajó la mirada. Ali no supo si para no sonreír o para no preocuparse más.

Sobre la pantalla de Izel había siete formas alargadas.

Algunas parecían cuerpos vistos desde arriba.

Otras, torres. Otras, heridas mal cerradas.

Las unían líneas de puntos y curvas que descendían hacia un centro oscuro, incompleto.

El trazo no era limpio. Había correcciones, dudas, zonas repasadas con exceso de presión.

Eso lo hacía más inquietante. Se parecía menos a un símbolo perfecto que a una niña intentando copiar algo que se movía cada vez que lo miraba.

—¿Qué es? —preguntó Ali.

—No sé.

—Esa respuesta me gusta.

Izel arrugó la nariz.

—A los adultos no les gusta.

—A los científicos, a veces sí. Cuando son honestos.

—¿Tú eres honesta?

—Depende del día.

Izel consideró aquello con seriedad.

—Hoy no mucho.

Ali no encontró una respuesta rápida. Buena señal, quizá.