Capítulo 5. La lengua de Venus
Palenque apareció debajo de la lluvia con una obstinación casi doméstica: piedra mojada, barro negro en los bordes de las pasarelas, insectos golpeándose contra los focos, cables protegidos con cinta amarilla y una fila de técnicos que intentaban parecer ocupados mientras el agua les entraba por el cuello.
Desde arriba, unos minutos antes, la selva había parecido una masa compacta, un animal respirando despacio.
Ali había visto plataformas nuevas entre los árboles, módulos de análisis cubiertos por lonas, drones patrimoniales suspendidos a media altura y una línea de balizas tan discreta que resultaba más ofensiva que una alambrada.
El poder, cuando quería ser educado, se volvía casi elegante.
KAIROS mantenía abierto, sobre la pantalla de su visor, un mapa de Palenque superpuesto con alineaciones de Venus y los pulsos registrados en White Sands, Malta y Derinkuyu.
El sistema insistía en mostrar porcentajes de compatibilidad.
Ali los minimizó dos veces. A la tercera, KAIROS dejó de insistir.
—Registra la preferencia —dijo ella.
—Preferencia registrada: reducir información no solicitada durante aproximación.
—Más que una preferencia, era una orden envuelta para no parecerlo.
—Actualizo la etiqueta.
Aquello habría podido arrancarle una sonrisa en otro día. En otro cuerpo. En uno que hubiera dormido algo más de noventa minutos y que no llevara todavía polvo de White Sands metido en el cierre de la maleta.
La lluvia golpeó el fuselaje con más fuerza. Ali abrió, por costumbre y por castigo, el archivo de Elias. No necesitaba leerlo. Lo había leído tantas veces que algunas frases ya no parecían escritas: parecían una presión detrás de los ojos.
No busques el origen de los dioses. Busca dónde escondieron a los muertos.
La frase había perdido la primera capa de teatralidad.
Aquello empeoraba las cosas. Al principio pudo odiarla como se odia una última maniobra de un padre incapaz de despedirse sin convertirlo todo en pista.
Ahora funcionaba. No como respuesta, sino como herramienta.
Mala herramienta, quizá. Oxidada. Peligrosa. Pero útil.
Debajo, en el registro recuperado del mensaje de Elias, seguía una palabra aislada por interferencias.
Refugio.
Ali cerró el archivo antes de que la cara de su padre volviera a aparecer en la previsualización.
A veces el sistema rescataba un fotograma sin que ella lo pidiera.
Elias con polvo en la ceja, la boca entreabierta, los ojos demasiado vivos para estar muerto.
La última vez que ocurrió, Ali había intentado borrar la miniatura y acabó dejando la pantalla apagada durante siete minutos, mirando su propio reflejo en negro.
La aeronave tocó tierra con un golpe húmedo. No hubo elegancia. Una rueda resbaló medio metro antes de que los estabilizadores corrigieran el ángulo. El piloto soltó un insulto breve en un idioma que el traductor no alcanzó a etiquetar.
—Llegada confirmada —dijo KAIROS.
—Lo había deducido.
La compuerta se abrió. El aire le entró en la cara como un trapo caliente.
Palenque olía a hojas podridas, piedra lavada, generadores pequeños y café quemado.
Después de White Sands, donde hasta el dolor parecía secarse antes de tocar el suelo, aquella humedad resultaba casi indecente.
Todo retenía. La ropa, la piel, las palabras.
El agua bajaba por las escalinatas antiguas y se quedaba temblando en las junturas de la piedra, como si el sitio supiera guardar hasta la lluvia.
Un hombre joven la esperaba al pie de la rampa con un impermeable transparente que había perdido la batalla hacía rato. Tenía barro hasta los tobillos y una tablet envuelta en una funda demasiado cara para aquella miseria.
—Doctora MacNali. Por aquí. La pasarela resbala.
Ali bajó los dos primeros escalones, pisó mal y estuvo a punto de caer.
El hombre no dijo nada.
Eso lo salvó.
—Gracias por la advertencia retrospectiva —dijo ella.
Él hizo un gesto casi imperceptible hacia la pasarela.
—Se la di antes.
—Entonces gracias por no disfrutarlo.
El asistente bajó la vista. Tal vez para ocultar una sonrisa. Tal vez porque el barro le estaba entrando en las botas.
Avanzaron entre módulos de observación instalados sobre plataformas elevadas.
A la izquierda había cajas con sensores de humedad, drones plegados, filtros de aire, baterías de emergencia y bolsas de basura atadas con nudos demasiado cuidadosos.
A la derecha, más allá de la línea de seguridad, las estructuras antiguas aparecían y desaparecían entre cortinas de agua: escalinatas, muros oscuros, cresterías deformadas por la niebla.
Había belleza, sí. También había cinta de aislamiento, cables, botas, órdenes impresas y gente que no sabía dónde ponerse para no estorbar.
Eso la tranquilizó un poco.
Los lugares importantes seguían siendo lugares. Se embarraban.
Bajo el siguiente toldo, alguien había dejado una olla eléctrica con frijoles recalentados y arroz pegado al fondo.
La comida no pertenecía al protocolo; por eso todos se acercaban a ella con más respeto que a las pantallas.
Un técnico llenó tres platos de cartón, les dio cucharas de plástico y señaló una mesa coja.
Mateo echó salsa sobre el arroz sin preguntar de dónde venía.
—Si muero hoy, que conste que el último delito contra mi estómago fue voluntario.
—¿Siempre conviertes la ansiedad en gastronomía? —preguntó Ali.
—Solo cuando la arqueología insiste en hacerse importante antes de comer .
Naira, que acababa de llegar por canal remoto en una pantalla apoyada sobre una caja, los observó con severidad.
—Coman. La gente con hambre interpreta peor y se pone más colonial de lo habitual.
Mateo levantó la cuchara hacia la pantalla.
—Esa frase debería estar en la entrada de todos los museos.
Ali comió dos bocados. Estaban tibios, sosos y demasiado reales. Durante un minuto nadie habló de Venus, ni de Elias, ni de muertos escondidos. La lluvia golpeaba la lona y un generador tosía cada vez que alguien encendía otro foco. Ese minuto no resolvió nada. Precisamente por eso le hizo bien.
—Él la espera abajo —dijo el asistente.
—¿Mateo Tzul?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que yo llegara.
—Eso no es una hora.
—No he querido preguntarle. Lleva ese tipo de cara.
Ali lo miró de reojo. El asistente fingió consultar la tablet.
—¿Qué tipo de cara?
—La de alguien que sabe algo y no quiere que nadie le pida que lo diga bien.
Por primera vez desde el aterrizaje, Ali sintió algo parecido a curiosidad.
La pasarela metálica descendía hacia una zona cubierta por toldos translúcidos. La lluvia hacía vibrar el material con un tamborileo constante. Bajo uno de los toldos, inclinado sobre una mesa de trabajo, estaba Mateo Tzul.
La ficha oficial no le hacía justicia. Lo reducía a etiquetas contradictorias: epigrafista, consultor patrimonial, custodio local, especialista en correlaciones rituales, « perfil colaborativo irregular».
Esa última expresión solía significar que alguien no se dejaba tratar como proveedor de folclore.
Ali le concedió medio punto antes de saludarlo.
Mateo era delgado, moreno, con el pelo pegado a la frente y una barba de dos días que no parecía elegida sino tolerada.
Llevaba una chaqueta impermeable abierta, una camisa oscura empapada en los bordes y una tableta de transcripción atada al antebrazo.
Tenía ojos de no haber dormido y manos de haber trabajado de verdad: uñas cortas, un corte reciente en el pulgar, manchas de tinta o de óxido en dos dedos.
No sonrió.
—Doctora MacNali.
—Mateo Tzul.
Se estrecharon la mano. La de él estaba fría, mojada y firme.
—Ha tardado menos de lo que dijeron —comentó Mateo.
—Entonces alguien mintió bien.
—Aquí casi todos mienten con buena dicción.
—Ya nos iremos entendiendo.
Mateo miró su maleta. En la base, pese a los filtros de tránsito, seguía adherida una costra pálida de yeso.
—White Sands no se deja limpiar fácil.
Ali notó que el asistente se retiraba sin hacer ruido. Buen instinto.
—¿Usted estuvo allí?
—No durante lo último. Antes, sí. Suficiente para saber que esa arena acaba en sitios raros. Bolsillos, informes, pulmones. Matrimonios.
—No sabía que White Sands afectara tanto al estado civil.
—No afecta. Solo acelera lo que ya venía mal.
Era una frase demasiado precisa para desperdiciarla. Ali la dejó pasar.
—Muéstreme Palenque.
—Qué petición tan colonial para empezar.
Ali alzó una ceja.
—Muéstreme lo que cree que no debo pasar por alto.
—Mejor.
Mateo giró hacia la mesa. Sobre la superficie flotaban capas de glifos, reconstrucciones parciales de cámaras, calendarios de Venus, lecturas de resonancia y comparativas con los pulsos de la noche anterior.
A simple vista, cualquier elemento podía explicarse dentro de un marco conocido: registro ritual, poder dinástico, observación celeste, propaganda, mito.
El problema era la composición. Juntas, las capas no se limitaban a contar algo. Parecían ordenar una acción.
Ali se inclinó, tocó una secuencia de signos y dejó que KAIROS leyera en modo local.
—Venus —dijo.
—Eso ya lo sabíamos —respondió Mateo.
—No he dicho que fuera una revelación.
—Aquí mucha gente lo dice como si lo fuera. Venus, calendario, poder, guerra, fertilidad, legitimación. Ponen cinco palabras en una etiqueta y se van a almorzar.
—Las etiquetas tienen mala fama entre quienes no las revisan.
—También entre quienes confunden revisar con poseer.
Ali apartó la vista de los glifos.
Mateo no hablaba como Tawa. No rodeaba las frases con polvo antiguo ni parecía interesado en que el silencio hiciera parte del trabajo.
Su cansancio era más urbano, más cortante.
Tenía una impaciencia específica: la de quien ha repetido lo mismo delante de demasiados comités y ha visto cómo todos asentían antes de entender.
—Quiero datos —dijo Ali.
—Los tengo.
—Sin sermón.
—Depende de lo que considere sermón.
—Si empieza con «mi pueblo siempre supo», me levanto.