El último refugio de la Vía Láctea Capítulo 3. Las huellas bajo la arena blanca #2
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Capítulo 3. Las huellas bajo la arena blanca #2

No con calor todavía. Luz. Una claridad tan intensa que los bordes del mundo parecían mal recortados.

Ali se colocó el filtro ocular. El yeso crujía bajo las botas con un sonido fino, casi húmedo.

A cada paso, el suelo cedía un poco y luego se cerraba detrás de ellos.

White Sands no parecía conservar huellas por cortesía. Las aceptaba mientras le convenía.

Tawa caminaba delante, sin mirar apenas el visor de muñeca. Pisaba donde el terreno sostenía. Evitaba zonas que para Ali eran indistinguibles de las demás. Una vez alzó la mano para detenerla y señaló un parche de yeso aparentemente plano.

—Ahí no.

Ali miró la superficie .

—¿Por qué?

—Porque quiero llegar con los dos tobillos.

Ella cambió el paso. El suelo cedió medio metro a su derecha con un suspiro bajo.

—Podría haber empezado por ahí.

—No sabía si eras de las que creen en las advertencias.

Caminaron un rato sin hablar. Detrás de ellos, el módulo se fue achicando hasta parecer una caja abandonada por una expedición torpe. Los drones quedaron más lejos, aunque no lo suficiente. El zumbido aparecía y desaparecía según el viento.

Ali repasó el mapa en el visor. Cuerpo en rojo. Último pulso en amarillo. Archivos de Elias. Frase cifrada. Refugio. Archivo Blanco. Cada pieza ocupaba un lugar y, aun así, el conjunto se resistía. Como una ecuación con los signos cambiados.

—Si conocía a mi padre, alguien debió avisarme antes —dijo al fin.

—Elias no quería.

—Eso no responde la pregunta.

—Sonaba a acusación con botas nuevas, no a pregunta.

Ali lo miró de reojo.

—¿Siempre contesta así?

—Solo cuando tengo sed.

—¿Y cuando no?

—Contesto peor.

Por primera vez desde el descenso, Ali estuvo a punto de sonreír. No lo hizo. El gesto se quedó a medias, incómodo, como si no tuviera jurisdicción.

—¿Qué hacía aquí? —preguntó.

Tawa tardó unos pasos en responder.

—Al principio, lo de siempre. Medir alineaciones, comparar fechas, molestar a los vivos con preguntas sobre los muertos. Tu padre hacía eso muy bien.

—No ha contestado.

—Sí. Solo que no de la forma que te gusta.

—Inténtelo con la forma que sirve.

Tawa se agachó para recoger una pequeña pieza de plástico semienterrada. La miró, la guardó en el bolsillo.

—Elias vino buscando confirmación celeste. Venus, Sirio, ventanas temporales, esas cosas que hacen que los comités se sientan inteligentes antes de asustarse. Después dejó de hablar del cielo.

—¿Y de qué hablaba?

—De capas. De suelo. De entierros donde no debía haber entierros. De lugares que no guardaban objetos, sino instrucciones.

Ali se detuvo.

—Eso suena a él.

—Sí. También suena a problema.

—¿Qué encontró?

Tawa señaló hacia delante.

—Estamos caminando sobre parte de la respuesta.

—Eso ha sonado demasiado ensayado.

—La primera vez me salió peor.

Continuaron. La depresión apareció sin imponerse: un leve hundimiento del terreno, una curva de dunas bajas y una zona donde el viento parecía haber peinado el yeso en dirección equivocada. Cualquier fotógrafo habría protestado. El misterio, cuando quería protegerse, escogía formas pobres.

—Aquí —dijo Tawa .

Ali activó el escáner portátil. El dispositivo tardó en estabilizarse; la pantalla le devolvió primero una mancha gris, después capas de densidad superficial, humedad residual, granulometría, temperatura. Todo dentro de rango. Demasiado dentro de rango.

—KAIROS.

La respuesta llegó con interferencia, cortada por un chasquido.

—Canal remoto disponible. Calidad de enlace: limitada.

—Cruza la lectura de superficie con el evento de las 06:10. Prioriza intervalo sobre intensidad.

—Procesando.

Un grano de yeso se le metió entre el guante y la manga. Ali lo notó enseguida. Irritante. Minúsculo. Real. Mucho más fácil de comprender que la palabra refugio.

La segunda capa apareció con una franja térmica estrecha a varios metros de profundidad. Débil, sin espectáculo, sostenida por una persistencia indecente.

—Eso no es solar —dijo Ali.

—No.

—Tampoco una conducción estándar.

—No.

—Podría ahorrar tiempo si dijera algo útil.

Tawa se quitó las gafas, las limpió con el borde de la camisa y volvió a ponérselas.

—Útil para ti o útil para lo que hay debajo.

—Para mí. Lo que hay debajo todavía no me ha contratado.

—Dale tiempo.

KAIROS interrumpió antes de que Ali pudiera contestar.

—Correlación parcial de recurrencia: sesenta y ocho coma dos por ciento.

Ali bajó el escáner unos centímetros.

—Repite.

—Sesenta y ocho coma dos por ciento. Margen de error elevado por interferencia local y falta de datos ambientales completos.

—Traducción: suficiente para arruinarme el día, insuficiente para publicar una línea.

—Esa formulación no forma parte del informe.

—Ya la añado yo.

Tawa soltó una risa breve, casi tos.

—Tu padre decía cosas parecidas. Con más dramatismo. Y peor hidratado.

Ali lo ignoró. Ajustó la profundidad. Bajo la franja térmica apareció una discontinuidad geométrica. No una cámara. No una pared. Una curva. Un borde apenas sugerido, como si el instrumento no tuviera una palabra para lo que estaba midiendo.

—¿Intentaron perforar? —preguntó.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Después de que Elias desapareciera del registro y antes de que apareciera muerto donde les convenía más.

Ali dejó de mover los dedos.

—Eso es una acusación grave.

—No. Es una frase fea. La acusación necesitaría papeles, y los papeles aquí tienen una costumbre preciosa de evaporarse.

—¿Quién perforó?

—Gente con cascos nuevos, permisos viejos y máquinas que no sabían usar en yeso. Trajeron sensores sísmicos, drones de subsuelo, dos unidades de perforación ligera y un supervisor que decía “patrimonial” cada cuatro palabras.

—¿Falló el equipo?

—Todo a la vez.

—Eso no pasa.

—Aquí pasan muchas cosas que luego no pasan en los informes.

Tawa señaló una zona al este de la depresión. Ali tardó en distinguirla: marcas de anclajes retirados, una línea hundida donde un vehículo pesado había cedido más de lo previsto, pequeñas cicatrices que el viento intentaba borrar sin demasiado entusiasmo.

—Primero dijeron interferencia electromagnética —añadió Tawa—. Después, sabotaje. Después, nada. Cuando una explicación sale cara, el silencio suele ser más barato.

Ali volvió al escáner. Las microoscilaciones del subsuelo no coincidían exactamente con la anomalía global, pero tampoco se separaban de ella. Parecían responder con retraso. Como si White Sands no emitiera la señal. Como si la reconociera al recibirla.

KAIROS proyectó tres trazas antiguas vinculadas a archivos de Elias: 2047, 2059, 2071. Ruido instrumental, decía cada etiqueta. Ruido con el mismo retardo mínimo. Ruido con la misma caída antes del pulso. Ruido, claro. El insulto más cómodo de la ciencia cuando la ciencia aún no tiene paciencia.

Ali cerró esa idea antes de que se volviera demasiado parecida a una frase de Elias.

Avanzó dos pasos hacia el centro de la depresión.

El aire cambió.

No mucho. Lo bastante para que lo notara en la mandíbula. El zumbido de los drones se apagó un segundo o quedó absorbido por el viento. El sol siguió donde estaba. El terreno siguió siendo terreno. Y aun así, Ali tuvo la sensación absurda de haber entrado en una habitación sin techo.

Entonces vio las huellas.

Al principio pensó que eran marcas de operarios. Había varias: botas tácticas, suelas de drones auxiliares, pasos arrastrados de alguien cargando peso. Luego el sol se movió, o quizá una ráfaga levantó la capa exacta de polvo, y aparecieron otras impresiones entre las modernas.

Ali se arrodilló.

El yeso, alrededor de aquellas marcas, tenía bordes imposibles.

Parte de la huella parecía antigua, erosionada, casi fósil; otra parte conservaba una nitidez reciente, como si alguien hubiera pisado allí esa misma mañana después de llevar miles de años muerto.

La profundidad no correspondía a un cuerpo moderno.

Tampoco a uno antiguo, si es que esa categoría servía de algo con una duna cambiando de forma cada semana.

—No —dijo.

Tawa se quedó de pie, a un lado.

—Es una palabra muy humana.

—No puede estar aquí.

—Mejor. Así al menos ya hemos reducido opciones.

Ali acercó el escáner sin tocar el suelo. La pantalla devolvió error. Recalculó. Ofreció una datación absurda, se corrigió sola y volvió a error.

—El estrato está mezclado.

—Sí.

—No debería.

—También.

—Deje de estar de acuerdo conmigo de esa manera.

—Estoy practicando.

Ali levantó la vista. Tawa no sonreía. Esa era la parte molesta: no estaba jugando a ser enigmático. Solo se negaba a fingir sorpresa.

—¿Elias vio esto?

—Sí.

La respuesta fue demasiado breve.

—¿Cuándo?

—Tres días antes de morir. Luego dos veces más. La última no me dejaron acompañarlo.

Ali bajó la mirada a las huellas.

Allí estaba, entonces: Elias agachado en aquel mismo punto, con las manos torpes de cansancio, murmurando alguna frase insoportable, viendo algo que por una vez no parecía inventado por su hambre de sentido.

Ali sintió rabia. No una rabia noble. Rabia fea, infantil.

Rabia porque él había llegado antes. Porque no la había llamado.

Porque incluso muerto seguía administrándole la verdad en dosis que no había pedido.

—¿Por qué no lo denunciaste? —preguntó.

—¿A quién?

—A alguien.

Tawa la miró como si la pregunta le diera pena, pero no quiso aprovecharse de ello.

—Tu padre intentó elevar un informe. Lo llamaron inconsistente. Luego peligroso. Luego metodológicamente contaminado. Después le retiraron permisos durante diecisiete meses. A mí me ofrecieron una consultoría muy bien pagada a cambio de aprender a callarme con elegancia.

—¿Aceptó ?

—Durante seis semanas. Tenía una deuda médica y dos sobrinos comiendo como animales. Luego me echaron porque callaba mal.

Eso sí era una respuesta humana. Incómoda. Sin pureza. Ali la agradeció en silencio, aunque no lo dijo.

KAIROS volvió al canal.

—Anomalía de lectura persistente. No hay coincidencia con fuentes radiativas militares registradas.

—¿Y no registradas?

—No hay base suficiente para excluirlas.

—Qué diplomático.

—La diplomacia no forma parte de mi arquitectura principal.

—No presumas.