Capítulo 3. Las huellas bajo la arena blanca
El descenso empezó con una sacudida seca, de esas que los pilotos ya no anunciaban porque nadie quería oír una mentira amable a dos mil metros del suelo.
Ali levantó la vista del visor lo justo para comprobar la ventanilla.
Debajo, White Sands se extendía como una herida limpia.
Blanco sobre blanco. Duna tras duna, una superficie tan lisa que parecía falsa hasta que el viento le arrancaba un filo y lo lanzaba contra el fuselaje.
El yeso reflejaba el sol con mala intención.
Aquello no era hermoso de una manera útil; era hermoso como ciertas cosas que no necesitan espectadores.
En la pantalla interior seguía abierto el permiso provisional de Hartmann. Una autorización amarilla, estrecha, con más condiciones que privilegios. Cada pocos segundos le añadían una restricción nueva.
ACCESO CONDICIONADO.
TRÁNSITO SUPERVISADO.
PERÍMETRO NARANJA REFORZADO.
POSIBLE TRANSICIÓN A NEGRO OPERATIVO: 02:47:13.
El contador bajaba con una puntualidad ofensiva .
Negro operativo significaba que a partir de cierto momento todo se volvería legalmente viscoso.
Nadie negaría la existencia de White Sands.
Nadie negaría que allí había muerto un hombre.
Solo se volvería imposible entrar, pedir, leer, fotografiar, excavar, recordar con permiso.
La realidad seguiría donde estaba, bajo el yeso, pero rodeada de firmas, uniformes y excusas.
Ali tenía el estómago vacío. Había rechazado el paquete nutricional del vuelo porque olía a plástico caliente. Ahora se arrepentía un poco. El hambre le producía una claridad desagradable.
Bajó otra capa del visor.
El archivo de Elias esperaba allí, reducido a tres fragmentos que KAIROS había limpiado con una prudencia casi irritante.
No busques el origen de los dioses. Busca dónde escondieron a los muertos.
Refugio.
No dejes que el Archivo Blanco llegue antes que tú.
La última frase tenía un margen de error del once por ciento. KAIROS lo recordaba cada vez que ella la abría, como si el margen fuese a impedir que la frase existiera.
Ali cerró el archivo.
Lo abrió otra vez.
Después se quitó el visor y se frotó el puente de la nariz. Llevaba demasiadas horas despierta. Eso no la volvía menos inteligente, solo menos paciente. También más propensa a odiar a los muertos con una precisión injusta.
Elias muerto. Elias cifrado. Elias dejando frases como quien deja migas en un bosque que ya sabe incendiado .
—Aterrizaje en treinta segundos —dijo una voz desde la cabina.
Ali no contestó. Guardó el visor en el bolsillo interior de la chaqueta, comprobó la unidad portátil y miró una vez más el desierto.
Desde esa altura no se veía el sitio exacto.
Solo una extensión blanca y, aquí y allá, los puntos oscuros de los módulos temporales, las balizas, los drones.
El aparato humano alrededor del secreto.
La aeronave tocó suelo con un golpe corto. Una de las pinzas de sujeción de la maleta se abrió y volvió a cerrarse sola. Ali la sujetó antes de que golpeara el asiento.
La compuerta lateral se levantó sin ceremonia.
Entró el aire.
Lo primero no fue el calor, sino la sequedad: una raspadura en la lengua, en los ojos, incluso en las ideas. Después llegó el olor: polvo mineral, combustible bajo, polímero recalentado y algo metálico que quizá era solo el recuerdo de Helix-3 negándose a abandonarla.
Un agente la esperaba al pie de la rampa. Joven, demasiado recto, con el gesto de quien ha recibido instrucciones contradictorias y ha decidido obedecer todas a la vez.
—Doctora MacNali.
—Depende de para qué.
El agente parpadeó. No estaba preparado para una respuesta.
—Acompáñeme, por favor.
Ni bienvenida ni pésame. Ali lo agradeció. Las condolencias burocráticas solían sonar como una impresora quedándose sin tinta .
Cruzaron una franja marcada por postes bajos.
La línea negra del corredor ya estaba medio invadida por el yeso.
A cada paso, el polvo se le pegaba a las botas y subía en pequeñas nubes que el viento deshacía enseguida.
A lo lejos, varios drones de vigilancia se movían en círculos lentos, pacientes, como insectos caros.
El módulo principal era una estructura semirrígida asentada sobre placas térmicas.
No tenía ventanas. Dentro olía a café recalentado, sudor limpio y aire filtrado demasiadas veces.
Había pantallas por todas partes y muy poca gente mirando el suelo.
Mala señal, pensó Ali. En un yacimiento, quien no mira el suelo está allí por otra cosa.
Una mujer de uniforme gris revisó su autorización. No llevaba insignias visibles. Tampoco hacía falta. Tenía el tipo de autoridad que no necesita mostrar el nombre del dueño.
—Ventana de permanencia: cincuenta y dos minutos —dijo.
—Cincuenta y tres al aterrizar.
—Ha tardado en bajar.
Ali la miró.
—Perdone. Mi padre se murió muy deprisa y yo voy tarde.
El agente que la había acompañado bajó la vista a su tableta. La mujer de gris no se movió. Si le molestó la frase, lo archivó en alguna parte sin darle uso inmediato.
—Su autorización cubre observación restringida del perímetro rojo bajo supervisión.
—Necesito ver la zona del hallazgo.
—La verá desde el corredor asignado.
—No he venido a hacer turismo forense.
—Doctora.
—Quiero el punto exacto donde apareció el cuerpo de Elias MacNali.
La mujer deslizó un dedo sobre la consola.
El mapa del campo se abrió sobre la mesa: dunas, corredores, drones, un enjambre de etiquetas.
Un punto rojo cerca de un módulo exterior.
Tres puntos amarillos hacia el interior.
El más lejano, a un kilómetro y medio de cualquier estructura registrada, llevaba un nombre que no necesitaba estar allí para pesar.
MACNALI, E. R. / ÚLTIMO PULSO VITAL CONFIRMADO.
Ali se quedó quieta. Sintió una gota de sudor recorrerle la espalda, muy despacio, bajo la ropa sellada.
—El punto rojo es el cuerpo —dijo.
—Sí.
—El amarillo es donde murió.
—Es donde se registró el último pulso vital.
—No he preguntado eso.
La mujer juntó las manos detrás de la espalda. Cero impaciencia. Cero humanidad disponible.
—Su padre no murió exactamente donde fue localizado.
Ali miró el mapa. El terreno entre ambos puntos mostraba líneas borradas, trazas de vehículo, zonas de interferencia y huecos donde deberían estar los registros.
—¿Lo trasladaron?
—Oficialmente, no.
—Qué frase tan cómoda.
—Es la frase que tengo.
—¿Y extraoficialmente?
La mujer soltó una exhalación mínima. No risa. No cansancio. Algo que en otra persona habría podido ser asco.
—Aquí nadie usa esa palabra en voz alta .
Ali amplió el punto amarillo. La imagen no ofrecía nada espectacular: un hundimiento leve, una curva de dunas bajas, una sombra térmica persistente bajo la superficie.
Demasiado regular. Demasiado estable para ser un residuo solar.
Demasiado pobre para justificar un despliegue así, salvo que alguien supiera mirar justo allí.
—Quiero los registros completos del intervalo entre el último pulso y la localización del cuerpo.
—Clasificación especial.
—Los ambientales.
—Intervención federal.
—Telemetría de drones.
—Restricción patrimonial.
—Maquinaria.
—No consta intervención de maquinaria en ese intervalo.
Ali levantó la vista.
—Eso ha sido una respuesta más elaborada que las otras.
La mujer cerró el mapa con un gesto.
—No está autorizada a salir del corredor rojo.
—Mi autorización está incompleta.
—Su autorización es lo que impide que la suban de nuevo a la aeronave.
Ali iba a responder cuando la lona interior del módulo se abrió de golpe.
Entró un hombre alto, de piel oscura y rostro trabajado por el sol, con el cabello recogido atrás y las botas cubiertas de polvo hasta el tobillo.
No polvo de superficie, no el polvo escenográfico de los visitantes.
Polvo metido en las costuras, en los cordones, en los bordes de las uñas.
No llevaba uniforme. En aquel sitio, eso era casi una grosería.
—Déjala pasar —dijo .
La mujer de gris ni siquiera se giró del todo.
—Buenos días también, Tawa.
—No lo son.
—No tienes autoridad para autorizar acceso.
—Nunca he dicho que la tuviera. He dicho que la dejes pasar.
—No es lo mismo.
—Para mí, hoy sí.
La mujer cerró los ojos un instante. Fue el primer gesto humano que se permitió.
—Dentro de una hora esto cambia de manos. Si entra ahí y rompe algo…
—Lo que vais a romper vosotros con tres órdenes de sellado y un comité de interpretación va a hacer llorar a las piedras.
—Las piedras no lloran.
—Por eso todavía nos aguantan.
Ali observó al recién llegado. Tawa Sikyátala.
Lo tenía en archivos, en notas laterales, en informes donde su nombre aparecía siempre con una cautela condescendiente: consultor cultural, especialista en astronomías indígenas del suroeste, colaborador no permanente.
En Helix-3 algunos lo llamaban “interesante” con ese tono que en los laboratorios servía para no decir incómodo.
Él la miró por primera vez.
—Tawa Sikyátala.
—Sé quién es.
—Eso casi nunca ayuda.
—Mi padre lo conocía.
—Tu padre conocía a mucha gente a la que no escuchó a tiempo .
La frase cayó sin adorno. Ali no supo aún si era reproche, resumen o una forma de saludo.
La mujer de gris reabrió el mapa y marcó un corredor estrecho hacia el punto amarillo.
—Cuarenta y seis minutos —dijo—. Si no están de vuelta, no he autorizado nada.
—Eso es lo más generoso que te he oído decir esta semana —respondió Tawa.
—No empieces.
—No prometo nada.
Ali ajustó la correa de la unidad portátil. La mujer le tendió una tableta con condiciones de acceso. Ali firmó sin leer todas las líneas. La mayoría decían lo mismo con trajes distintos: usted ha visto solo lo que nosotros decidamos que ha visto.
Salieron.
El desierto la golpeó con luz.