Capítulo 2. El cadáver de Elias MacNali #3
—Usarlo para convencerme de que tiene sentido.
Len sostuvo su mirada. Luego asintió, casi imperceptible.
—Perdón.
Eso la desarmó más que cualquier reproche.
Él activó su banda de muñeca. Durante unos segundos no habló. Ali vio pasar en su rostro el cálculo de permisos, favores, mentiras posibles y mentiras demasiado caras. La autorización apareció en la consola con borde amarillo.
TRÁNSITO PROVISIONAL.
DESTINO: WHITE SANDS / PERÍMETRO EXTERIOR.
VENTANA: 74 MINUTOS.
REVOCACIÓN AUTOMÁTICA ANTE CAMBIO DE ESTADO OPERATIVO.
—Setenta y cuatro minutos —dijo Len—. Si el perímetro pasa a negro, no podré sacarte ni aunque finja una embolia.
—No finjas embolias. Se te dan fatal.
—A mi edad todo es creíble.
Ali copió el paquete de Elias en una unidad aislada.
Luego en otra. La segunda la ocultó en el módulo de herramientas, detrás de un inyector que nadie usaba porque hacía un ruido espantoso al calibrar.
Más que una gran estrategia, era la clase de precaución ridícula que a veces sobrevivía precisamente porque parecía ridícula.
KAIROS siguió procesando en la pantalla lateral.
—Doctora MacNali —dijo.
—Ahora no.
—La frase contenida en el paquete presenta coincidencias semánticas con tradiciones funerarias de tránsito, depósitos rituales de memoria y menciones no verificadas al Archivo Blanco.
Ali se quedó quieta.
Len la miró.
—¿Archivo Blanco?
—Una palabra de Elias.
—Las palabras de Elias tienen la mala costumbre de convertirse en problemas.
—Lo sé.
A KAIROS le dijo:
—Sin interpretación cultural autónoma.
—Registrado.
—Quiero estructura. Fechas, soportes, permisos, compras de terreno, cierres de excavación, patrones de bloqueo.
—Parámetros ampliados.
—Y no conviertas una frase de mi padre en una teoría.
—No se ha generado teoría.
—Bien.
Ali fue al módulo inferior de su estación y sacó una maleta de campo. El cierre se atascó. Tiró demasiado fuerte y casi se pellizcó un dedo.
—Perfecto —murmuró.
Havel se acercó con un kit atmosférico.
—Filtro nuevo. El tuyo está caducado.
—No está caducado.
—Ali, pone “2078” en rojo.
—Eso es una sugerencia.
—Es una fecha.
Ella le quitó el filtro de la mano.
—Gracias.
Metió visor de terreno, interfaz portátil, ropa sellada, dos unidades de energía, inyector médico, guantes, cable de diagnóstico, cuchilla de campo. Añadió un paquete de nutrientes y lo sacó. Volvió a meterlo. No tenía hambre. Precisamente por eso debía llevarlo.
En el cajón del fondo encontró un cuaderno físico de tapas negras.
No lo buscaba. O sí. No iba a concederse una respuesta.
Lo abrió. Estaba vacío salvo por una mancha tenue en la primera página, un círculo de café de hacía años. Elias habría aprobado el objeto y habría criticado la marca. O al revés. A veces era imposible anticipar qué parte del mundo iba a ofenderlo primero.
Ali lo metió en la maleta.
Luego lo sacó.
Havel no dijo nada.
Ali volvió a meterlo.
—Ni una palabra —advirtió.
—No he nacido ayer.
Mientras cerraba la maleta, llegó otro recuerdo. No el de la conferencia de Chicago que tantas veces había usado como coartada. Ese estaba demasiado pulido por el resentimiento. Llegó uno peor.
Una noche en el desierto. Nuevo México o Arizona; en su memoria todos los campamentos secos acababan oliendo igual: polvo frío, metal, tela vieja. Elias la había despertado pasada la medianoche. Ella caminó detrás de él envuelta en una manta, furiosa de sueño, arrastrando las botas sin atar.
—Si esto es otra piedra —dijo—, voy a odiarte.
—Ya me odias un poco.
—Mucho si hay piedras.
Elias se rió. Una risa baja, casi sorprendida, como si la felicidad le saliera siempre sin permiso.
Fuera de la tienda, el cielo era excesivo. No hermoso: excesivo. La Vía Láctea se extendía de punta a punta con una claridad que daba rabia. Elias no habló durante un rato. Eso, en él, era una forma rara de generosidad.
—Mira —dijo al fin.
—Estoy mirando.
—No con cara de venganza.
Ella ajustó la manta sobre los hombros.
—Es mi cara.
Él señaló la franja blanca.
—Algún día la gente entenderá que esto no está arriba.
Ali, que tenía frío y quería dormir, respondió:
—Papá, literalmente está arriba.
Elias sonrió sin mirarla.
—Sí. Esa es una de las cosas que confunden.
—Eres insoportable.
—También.
Entonces a Ali la frase le pareció una de sus tonterías brillantes.
Una de esas pequeñas trampas con las que Elias convertía cualquier cosa simple —un cielo, una piedra, una niña cansada— en una obligación de pensar.
Ahora, en Helix-3, con su paquete cifrado en la maleta y White Sands cerrándose en los mapas, el recuerdo no parecía más verdadero. Solo más molesto.
La autorización de tránsito empezó a parpadear.
66 MINUTOS.
Len se apartó de la consola.
—El corredor de descenso B estará abierto siete minutos. Después lo reasignan a logística de crisis.
—Voy.
—Ali.
Ella levantó la maleta.
—No me digas que tenga cuidado.
—Iba a decirte que comas algo antes de bajar. Tienes la misma cara que un becario en su primer cierre de presupuesto.
Ali lo miró.
—Eso es lo más ofensivo que me han dicho hoy.
—El día es joven.
Por alguna razón, eso casi la hizo llorar. No lo hizo. Cerró la mano alrededor del asa hasta que el plástico duro le marcó la piel.
KAIROS habló una última vez desde la consola:
—Doctora MacNali.
—¿Qué?
—¿Desea suspender el análisis semántico vinculado a Elias Rowan MacNali durante su ausencia?
La pregunta parecía técnica. No lo era del todo. O Ali estaba empezando a escuchar demasiado.
Miró la pantalla. Luego la maleta. Luego la Tierra, enorme detrás del vidrio.
—No.
—Indique parámetros.
Ali pensó en la frase de Elias. En los muertos. En White Sands. En el cuerpo que todavía no había visto. En la palabra accidente, tan limpia que daba asco.
—Busca estructuras —dijo—. No consuelo.
—Parámetros aceptados.
Ali echó a andar hacia el corredor de descenso.
No sabía qué iba a encontrar en White Sands. Un cadáver mal explicado. Un agujero legal. Una operación militar con barniz patrimonial. Un fraude. Un archivo que Elias había protegido peor de lo que creía. O nada. A veces nada era la forma que tenía el poder de ganar.
En la puerta, el lector no reconoció su pase a la primera.
Ali esperó.
El lector pitó en rojo.
—Vamos —dijo ella, demasiado bajo para que nadie supiera si hablaba con la máquina, con su padre o consigo misma.
Al tercer intento, la puerta se abrió.