El último refugio de la Vía Láctea Capítulo 2. El cadáver de Elias MacNali #2
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Capítulo 2. El cadáver de Elias MacNali #2

Havel dudó. Luego tocó su banda de muñeca. Las pantallas exteriores del puesto de Ali pasaron a modo opaco. Aquello apenas compraba minutos; cualquier autoridad con tres permisos y ninguna vergüenza podía atravesarlo. A veces los minutos eran la única forma honesta de libertad.

—Cinco —dijo él.

—Necesito diez.

—Tienes cinco y mi mal carácter.

—Servirá.

Ali puso la mano sobre el lector. Huella. Pulso. Retina. Una microaguja tomó una muestra dérmica para ADN. La máquina fue más cuidadosa que la mayoría de los médicos que había conocido.

La primera capa se abrió.

Faltaban la carta, la despedida, una frase con “hija” al principio. Elias nunca tuvo ese talento, o lo había perdido muy pronto.

Solo una pantalla blanca.

En el centro, una línea:

No busques el origen de los dioses. Busca dónde escondieron a los muertos.

Ali leyó la frase.

Luego bajó la vista al borde de la consola, donde había una mota seca de polvo. No sabía de dónde había salido. La tocó con la uña. Se deshizo.

Volvió a leer.

—Maldito seas —susurró.

No lo dijo con odio limpio. Ojalá. El odio limpio habría sido más sencillo. Lo dijo con una mezcla ridícula de rabia, reconocimiento y algo parecido a ternura, muy al fondo, donde todavía podía fingir que era otra cosa.

Elias había vuelto a hacerlo. No dejaba una explicación: dejaba una pregunta torcida. No pedía perdón: cambiaba la dirección de la investigación. Ni muerto era capaz de quedarse en una sola categoría.

Ali abrió la segunda capa.

El archivo audiovisual estaba dañado. KAIROS no intervino de inmediato.

—¿Restauración mínima? —preguntó la IA.

—Mínima. No rellenes huecos.

—Parámetro aceptado. No se generará contenido inferido.

La imagen apareció a golpes. Primero blanco. No blanco de pantalla: blanco mineral, áspero, irregular. Después un foco temblando sobre una superficie que podía ser roca, yeso o una pared enterrada. Luego interferencia. Por fin, el rostro de Elias.

Ali se olvidó de cerrar la mano.

La imagen lo mantenía incómodamente vivo. Sucio, agotado, con la barba crecida y una herida fina sobre la ceja. Más viejo que en la última fotografía pública. Más flaco. Tenía ese aspecto de los hombres que han pasado demasiadas noches convencidos de que dormir sería una traición a la pregunta.

La cámara se movía. Elias no la colocó bien. Claro que no. Podía reconstruir una cronología imposible, pero nunca fue capaz de grabar un mensaje sin cortarse media frente.

—Ali —dijo.

La voz llegó rota. La sala entera pareció encogerse alrededor de ese nombre.

Ali no respondió. Sabía que era absurdo querer responder y le dio vergüenza querer hacerlo.

—Si ves esto —continuó Elias—, he calculado mal. O no tan mal. No sé. Da igual.

La imagen se rompió. KAIROS estabilizó dos segundos.

—No escuches la primera versión que te den. Ni la mía, si te soy sincero. Eso me lo debes cobrar. Pero mira los datos antes de dejar que ellos les pongan un título.

Elias tosió. Apartó la cara. Al fondo se oyó algo: piedra moviéndose, quizá. O un golpe metálico. La interferencia lo devoró.

—Lo que hay aquí no es una civilización conocida. No es un arma. No es un mensaje para nosotros en el sentido cómodo de la palabra.

Miró hacia un lado. Tenía miedo. Ali lo vio y se enfadó con él por eso también. Por mostrárselo tarde.

—Es un refugio.

La palabra no sonó grande. No sonó profética. Sonó práctica. Como si estuviera nombrando una habitación donde había que entrar antes de que se acabara el aire.

—Si las señales han empezado, el sistema se ha movido. No confíes en los informes oficiales. No confíes en las explicaciones limpias. Y no dejes que el Archivo Blanco llegue primero.

La imagen saltó. Durante un instante solo quedó media boca, un ojo, luz blanca.

—Busca debajo, Ali. Debajo. No el origen. Debajo de los muertos.

El vídeo terminó.

Nadie habló.

Habían entendido poco. Precisamente por eso no sabían si tenían derecho a haber oído aquello.

Ali cerró el archivo. Lo abrió otra vez. Lo cerró de nuevo.

Luego se dio cuenta de que llevaba casi un minuto intentando recordar si la última vez que vio a Elias él llevaba gafas. No gafas de campo, no visor, gafas corrientes. Un detalle inútil. Un detalle de hija.

—KAIROS —dijo al fin.

—Canal activo.

—Análisis de integridad. Sin reconstrucción creativa. Sin inferencia semántica.

—Archivo degradado. No se detectan indicios concluyentes de manipulación posterior. La compresión irregular es compatible con transmisión desde entorno de alta interferencia electromagnética o material.

—“Material” es una palabra demasiado grande para no explicarla.

—La pérdida de señal no responde únicamente a bloqueo electrónico ni a distancia. Podría existir interacción con estructura local no catalogada.

—Podría.

—Sí.

Ali agradeció ese sí. Seco. Feo. Un sí sin poesía.

Abrió la tercera capa.

Ahí estaba Elias en su idioma más reconocible: mapas incompletos de White Sands, registros de entrada alterados, permisos expirados y reutilizados, claves viejas que nadie en su sano juicio habría conservado, tres notas escritas a mano y fotografiadas con pésima luz, lecturas biométricas de campo, una marca temporal final.

La marca coincidía con el inicio de la sincronización de Helix-3 con una desviación inferior a nueve segundos.

Havel se inclinó sobre la barrera opaca.

—Eso no me gusta.

—A mí tampoco.

—Cuando dices “tampoco” así, suele significar “es peor de lo que parece”.

—Esta vez significa exactamente eso.

Ali cruzó la firma biométrica final de Elias con la curva secundaria de White Sands.

—Procesando —dijo KAIROS.

Tardó más de lo normal.

En Helix-3, la gente desconfiaba de las pausas humanas. Ali desconfiaba de las pausas de las máquinas. Cuando KAIROS tardaba, no estaba dudando; estaba encontrando demasiadas formas de no equivocarse.

—Coincidencia parcial detectada .

—Define parcial.

—La firma secundaria del pulso de White Sands presenta recurrencias temporales compatibles con patrones archivados en investigaciones asociadas a Elias Rowan MacNali. Probabilidad de coincidencia casual: inferior a cero coma cero dos por ciento.

—Muestra los archivos.

La pared curva se llenó de nombres.

Malta. Amazonía occidental. Derinkuyu. Rapa Nui. Palenque. White Sands. Un punto sin nombre público en el Pacífico Sur. Sondeos clausurados, excavaciones cerradas por “inestabilidad”, informes reetiquetados como contaminación de registro, lecturas descartadas porque no servían solas.

Solos, aquellos documentos parecían rarezas. Juntos no parecían una prueba. Todavía no. Pero ya habían dejado de parecer inocentes.

Ali abrió una solicitud de acceso al incidente de White Sands.

Denegado.

Pidió informe forense preliminar.

Denegado.

Registro de ingreso al perímetro.

Denegado.

Imágenes satelitales entre las 06:00 y las 08:00 UTC.

Denegado.

Audio de campo.

La respuesta tardó.

INEXISTENTE.

Ali se inclinó hacia la pantalla .

Ahí estaba la mentira. No en la palabra. En el tiempo que había tardado en aparecer.

—Repítelo —dijo.

—Archivo de audio de campo inexistente —respondió KAIROS.

—No te he preguntado qué dice el sistema. Te he preguntado qué ves.

Una pausa mínima.

—Se observa una consulta previa a un repositorio de audio clasificado, seguida de eliminación de índice. No puedo confirmar existencia del contenido.

—Pero alguien borró el rastro de que debía existir.

—Correcto.

Havel se frotó la cara con ambas manos.

—Eso ya no es un accidente.

—No he dicho eso.

—No hace falta. Lo has puesto en la pantalla con luces.

Una notificación superior apareció sobre el bloqueo: SALA DE EVALUACIÓN. PRESENCIA REQUERIDA EN NUEVE MINUTOS.

Len Hartmann llegó antes de que Ali pudiera borrar el aviso.

No entró con prisa. Len nunca corría; incluso en las simulaciones de evacuación parecía ir a comprar pan.

Era una de las razones por las que Ali lo soportaba mejor que a otros coordinadores.

Tenía unos sesenta años, hombros de exingeniero de campo y una taza siempre llena de algo que ya nadie se atrevía a identificar.

Se detuvo a dos metros de la consola.

—Te están esperando arriba.

—Que esperen mejor .

Len miró la pantalla. No necesitó leer mucho. El apellido MacNali repetido en tres capas bastaba.

—¿Qué ha pasado?

Ali pudo decirlo de varias maneras. El sistema notificó un fallecimiento. Elias ha sido hallado muerto. Mi padre está muerto. Todas sonaban falsas.

—Elias —dijo.

Len no preguntó quién. Eso le agradeció.

—¿Cuándo?

—Hace menos de una hora.

—¿Dónde?

—White Sands.

La taza de Len dejó de subir hacia su boca. El gesto fue pequeño, pero en él algo cambió de sitio.

—Mierda.

Ali asintió una sola vez.

—Exacto.

—¿Durante el evento?

—Casi dentro del minuto de inicio.

Len dejó la taza en la mesa más cercana. Por primera vez en años, la colocó sin posavasos. Un detalle insignificante. A Ali le pareció una señal de alarma más fiable que todas las notificaciones juntas.

—¿Con quién trabajaba?

—No lo sé.

—¿Para quién?

—Tampoco.

—¿Quién tiene el cuerpo?

Ali lo miró. Esa era una buena pregunta. Odió no haberla hecho primero.

—No me lo han dicho .

Len exhaló despacio.

—Entonces no vas a conseguir acceso ordinario.

—No estoy buscando acceso ordinario.

—Ali.

Había advertencia en su voz, pero no solo advertencia. También cansancio. Y un afecto viejo, mal disimulado, de los que sobreviven a fuerza de no nombrarse.

—Necesito bajar a White Sands antes de que lo cierren —dijo ella.

—Ya lo están cerrando.

—Entonces antes de que lo cierren del todo.

Len miró hacia la puerta del departamento. La operadora de Defensa Patrimonial seguía allí, fingiendo no escuchar. Él bajó la voz.

—Si paso una autorización ahora, quedará mi firma.

—Sí.

—Si la uso para sacarte de una estación en crisis y enviarte a una zona federal restringida, quedará mi firma subrayada, en negrita y con una diana encima.

—Probablemente.

—No estás vendiéndomelo muy bien.

—No he dormido. Se me ha acabado el encanto.

Len soltó una risa mínima. Se murió rápido.

—Siempre me sorprende lo mucho que te pareces a él cuando necesitas algo ilegal.

Ali sintió el golpe. No fuerte. Preciso.

—No hagas eso.

—¿Qué?