Capítulo 2. El cadáver de Elias MacNali
El olor no tenía dramatismo: nada de humo, nada de cables quemados, nada que justificara una alarma roja.
Más bien era una mezcla de café recalentado, plástico tibio y sudor retenido bajo batas demasiado limpias; el olor de un edificio donde todos fingían normalidad mientras los canales superiores se llenaban de voces con rango.
Ali llevaba casi tres horas frente a la mesa de cristal negro.
El primer aviso lo dejó pasar.
PRIORIDAD PERSONAL.
CANAL CERRADO.
IDENTIFICACIÓN BIOMÉTRICA REQUERIDA.
Lo apartó con dos dedos, sin mirarlo apenas. En otra pantalla, White Sands mantenía aquel retardo mínimo que no encajaba con nada. 0,81 segundos. Una cifra ridícula, pequeña, educada. Una cifra que podía arruinarle el día a cualquiera con suficiente memoria de archivo.
—MacNali —dijo Havel desde la consola lateral—, Gobernanza vuelve a pedir acceso.
—Que aprenda a escribir “por favor”.
—Han escrito “con carácter urgente”.
—Qué detalle.
Havel no insistió. Tenía un termo de sopa en la mano y cara de no recordar cuándo había empezado a beber de él.
En el departamento nadie comía a sus horas desde que la sincronización multinodo había aparecido en los canales públicos.
Algunos técnicos se movían demasiado rápido.
Otros demasiado despacio. Una operadora de Defensa Patrimonial había entrado hacía diez minutos, había visto las pantallas y había decidido quedarse de pie cerca de la puerta, como si su presencia pudiera convertir los datos en propiedad estatal.
Ali no miraba la emisión pública. La tenía silenciada. Le bastaba con ver la cinta inferior, donde los mismos mensajes se repetían con diferentes eufemismos: verificación en curso, calma ciudadana, cooperación interjurisdiccional, ausencia de riesgo inmediato.
Ausencia de riesgo inmediato siempre significaba que alguien buscaba un modo aceptable de decir lo contrario.
El aviso personal volvió.
Esta vez se colocó delante de la curva de White Sands y bloqueó justo el tramo que Ali necesitaba comparar con Malta. El aviso no irrumpía como los comités; se quedaba allí, educado y tenaz, hasta ocuparlo todo. Eso la irritó más.
—KAIROS, reubica el aviso.
—No autorizado. El protocolo de prioridad personal exige respuesta de la destinataria.
—Qué considerado.
—No se ha detectado componente de consideración. Es un protocolo.
Havel levantó la vista. Casi sonrió. No llegó a hacerlo.
Ali apoyó el pulgar en el lector. El cristal tomó huella, pulso, temperatura y mapa vascular. Luego pidió retina. Ali se inclinó un centímetro, lo justo. Mientras el sistema verificaba, se descubrió pensando que llevaba horas sin parpadear bien. Tenía arena en los ojos, aunque allí no había arena.
La transmisión se abrió sin imagen.
—Doctora Alison MacNali.
La voz parecía recién planchada. No joven ni vieja. Una voz entrenada para no tropezar con ninguna emoción ajena.
—Sí.
—Llamo en relación con un fallecimiento registrado hace cuarenta y seis minutos en jurisdicción federal restringida del suroeste norteamericano. Necesitamos confirmar su identidad como familiar de primer grado del doctor Elias Rowan MacNali.
Havel dejó el termo sobre la mesa.
Ali no lo miró. No miró a nadie.
El nombre tardó en entrar. O quizá entró enseguida y ella hizo lo que llevaba años haciendo con Elias: archivarlo en una carpeta interna, cerrar la carpeta, seguir trabajando.
Elias Rowan MacNali.
En su cabeza apareció primero una firma, no una cara. Una E demasiado inclinada, la R apretada como si le diera vergüenza ocupar espacio, el apellido prolongado hasta el margen. Después apareció una libreta con las esquinas comidas. Después nada.
—Repita la ubicación —dijo.
La voz tardó medio segundo. Lo suficiente para notar que esperaba otra reacción.
—Área de White Sands. Perímetro exterior de una zona bajo control mixto patrimonial y militar.
White Sands .
Entonces sí. Algo se movió. No una emoción clara. Una alineación brusca de piezas: el retardo, el pulso, la alerta global, los informes antiguos, su padre muerto en el mismo lugar que llevaba horas negándose a ser ruido.
Ali separó la espalda del respaldo.
—Causa.
—Accidente de campo durante investigación no autorizada.
Havel soltó una palabra en voz muy baja. Pudo ser una blasfemia o un cálculo.
Ali cerró los ojos un instante. No le dolía algo concreto; estaba agotada. “Accidente de campo” era la clase de frase que la administración usaba para tapar una habitación llena de sangre con una alfombra nueva.
—Mi padre entraba en túneles derrumbados con una linterna defectuosa y una rodilla operada —dijo—. Si lo que tienen es una frase prefabricada, ahórrese la parte solemne.
La voz no se alteró.
—La causa oficial está pendiente de confirmación.
—La causa oficial suele estar pendiente hasta que alguien decide qué versión resulta menos cara.
La operadora de Defensa Patrimonial, cerca de la puerta, fingió mirar otra pantalla.
—Doctora MacNali —continuó la voz—, entre los efectos personales del doctor MacNali se han localizado materiales sensibles. Necesitamos su autorización para el tratamiento inicial.
Ahí estaba. Elias ni siquiera había conseguido morirse sin dejar una complicación cifrada .
Ali miró sus propias manos sobre la consola. No temblaban. Eso le molestó. Habría querido, al menos, una señal física que la eximiera por unos segundos de pensar.
—Defina materiales sensibles.
—No puedo detallarlo por este canal.
—Entonces no autorizo nada por este canal.
—Hay un paquete con acceso condicional dirigido a usted. Activación por firma biométrica y coincidencia genética de línea directa.
Ali soltó una risa breve. Sin alegría.
—Por supuesto.
Havel la miró.
—¿Ali?
Havel rara vez usaba su nombre. Cuando lo hacía, sonaba como si estuviera apartando una herramienta afilada del borde de una mesa.
—No voy a darte el pésame —añadió—. No sé si lo aceptarías, y además se me da fatal.
Ali siguió mirando la pantalla.
—Gracias por tu incompetencia emocional.
—De nada. Es de las pocas cosas que aún no han privatizado.
Ella levantó una mano. Espera.
El funcionario, o lo que fuese, siguió con su tono impecable:
—Debe aceptar las condiciones de recepción antes de la transferencia.
—No acepto documentos que no pueda leer.
—El documento de aceptación se abrirá con el contenedor.
—Eso no es aceptación. Es una trampa con buena tipografía.
No hubo respuesta. Quizá la frase no estaba contemplada en el protocolo.
Ali se pasó la lengua por los dientes. Tenía la boca seca.
Recordó, sin querer, que Elias odiaba los contratos digitales porque “las cláusulas que no puedes subrayar con rabia no existen del todo”.
Aquello era muy suyo: dejar una cerradura y confiar en que ella se enfadaría lo suficiente para abrirla.
—Transfiéralo —dijo.
—Queda registrada su aceptación condicional.
—Queda registrada mi falta de paciencia.
—Lamento su pérdida, doctora MacNali.
Ali tardó un segundo en contestar.
—No la conoce.
La transmisión terminó.
Durante unos instantes, Helix-3 siguió funcionando con una falta de respeto perfecta. Los ventiladores. Los pasos. Un mensaje de seguridad vibrando en una consola cercana. Alguien, en la segunda fila, abrió una bolsa de nutrientes y el cierre hizo un sonido pequeño, doméstico, obsceno.
Elias estaba muerto.
La frase no produjo una escena interior.
No se abrió ningún abismo. No apareció la infancia completa iluminada desde atrás.
Solo un detalle absurdo: no recordaba si su padre tomaba el café con azúcar.
Se acordaba de sus libretas, de sus botas, de su manera de perder lápices detrás de la oreja, de una camisa azul que usó durante tres expediciones seguidas hasta que parecía parte del paisaje. Pero no del azúcar.
Le pareció imperdonable.
—Ali — dijo Havel.
—Estoy bien.
—Nadie te ha preguntado eso.
—Pues mejor.
Se levantó antes de que él pudiera acercarse.
No quería una mano en el hombro. No quería la cara correcta de nadie.
Caminó hasta la franja de vidrio del módulo, donde la Tierra ocupaba casi todo el campo visual.
Desde allí abajo, las ciudades parecían todavía capaces de sostenerse unas a otras con pura luz.
Era una mentira útil. Helix-3 estaba llena de mentiras útiles.
Apoyó la palma en el cristal. Estaba frío.
El primer recuerdo llegó mal, como llegan los recuerdos que uno ha usado demasiadas veces para tener razón.
Ella tenía ocho años. O nueve. Nunca estaba segura, porque las expediciones de Elias habían convertido su infancia en una serie de lugares embarrados.
Yucatán, tal vez. Una cocina provisional con techo de lona.
Lluvia golpeando tan fuerte que las conversaciones parecían discutirse contra una pared.
Elias llevaba tres noches sin dormir bien.
Tenía la barba mal recortada, los ojos demasiado abiertos y una mancha de salsa seca en la manga.
Sobre la mesa había mapas plastificados, una taza de café olvidada y un cuaderno lleno de serpientes, puntos, líneas.
—Mira esto, Ali.
Ella quería salir. Quería pisar charcos. Quería que su padre dejara de pronunciar su nombre como si siempre estuviera a punto de confiarle una responsabilidad.
—No.
—Solo un minuto.
—No quiero ver más serpientes .
Elias bajó el lápiz. Durante años Ali recordaría esa pausa como una prueba de que él ya vivía en otro sitio.
—No estoy hablando de serpientes —dijo.
Pero para ella sí. Serpientes, piedras, cielos, muertos. Todo era lo mismo cuando una tenía ocho años y un padre que no sabía cuándo callarse.
El paquete llegó con un sonido seco.
HERENCIA CONDICIONAL.
E. R. MACNALI.
ACCESO DESTINADO A A. MACNALI.
Ali volvió a la consola.
Havel seguía cerca, con el termo abandonado en la mano. La operadora de Defensa Patrimonial ya no disimulaba tanto. Dos técnicos miraron de reojo y apartaron la vista al mismo tiempo, como si hubieran ensayado.
—Quiero privacidad de estación —dijo Ali.
—Este laboratorio no tiene privacidad desde antes de que nacieras —respondió Havel.
—Entonces dame una mentira funcional.