El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo final #4
98%

Capítulo final #4

Richard se sentó al otro lado de su madre.

Ella lo miró durante un instante antes de apartarle del cuello un hilo que se había quedado prendido en la chaqueta.

Elspeth reconoció aquel gesto: lo había visto la mañana de la partida, cuando la duquesa buscaba cualquier motivo para retener a su hijo un poco más.

Esta vez, después de hacerlo, Eliza dejó descansar la mano.

Richard no tenía que levantarse para marchar.

Douglas y Edward se detuvieron cerca, discutiendo todavía acerca de lo obedientes que habían sido de niños.

Audrey, siendo la mayor de todos, desmintió a ambos con una precisión que hizo reír a Malcolm.

Cathaline se unió a ella y Richard acabó interviniendo para defender una versión de los hechos que ninguno de los otros cuatro aceptó.

Elspeth los contempló.

Durante las semanas de espera había visto a aquella familia repartirse tareas, escribir mensajes y ocupar los silencios que ella no podía soportar.

Ahora los veía juntos sin que fuera necesario proteger a nadie de una mala noticia.

Mairi escuchaba desde el banco, con Harriet a su lado; Fiona descansaba una mano sobre su vientre mientras reprendía a uno de sus hijos.

Ewan se reía de las acusaciones que Cathaline lanzaba contra sus hermanos, y los niños continuaban apareciendo entre los adultos para reclamar atención.

Richard pertenecía a todo aquello.

Y ella también.

Eliza se inclinó hacia su marido para decirle algo. Alexander la escuchó sin dejar de sostener al niño y después volvió la vista hacia sus cinco hijos. Permaneció así unos segundos, con una expresión que Elspeth no consiguió definir del todo.

Eliza apoyó la mano sobre la de él.

Ninguno habló.

Pasearon hasta que la luz empezó a dorar las partes altas de las montañas. Los mayores fueron regresando hacia la casa y los niños, llamados para lavarse antes de comer, se dispersaron por el camino entre protestas.

Mairi recibió a Hugh de brazos de Alexander y se acercó a Elspeth.

—¿Quieres que lo lleve dentro con la nodriza?

Elspeth comprobó que seguía dormido y le acarició la mejilla con un dedo.

—Sí, gracias. Subiremos enseguida.

No se apresuró a recuperarlo por sentir que debía hacerlo todo ella. Mairi lo acomodó contra su pecho y regresó con Harriet, mientras Margaret acompañaba a los niños hacia la entrada.

Richard y Elspeth permanecieron junto al banco.

Desde allí vieron a Alexander detenerse para escuchar a uno de sus nietos, a Eliza esperarlo y a los hermanos de Richard desaparecer poco a poco dentro de la casa. Cathaline se giró desde la puerta para decir algo que el viento no les permitió oír. Richard levantó una mano y ella entró sonriendo.

Al fin quedaron solos.

Elspeth se acercó al borde del sendero. La casa estaba a su espalda y, delante, las tierras que conocía desde niña descendían hacia el río, las Highlands grandes e imponentes. Richard llegó hasta ella y le enlazó los dedos.

—Hace un rato te has quedado muy callada —dijo.

Ella le clavó sus ojos grises.

—Os estaba mirando.

—Imagino que mi familia no mejora cuando se reúne entera.

Elspeth sonrió.

—No. Pero me gusta.

Richard siguió la dirección de sus ojos hacia la casa. Por una ventana abierta les llegó una risa y después la voz de Edward, demasiado lejana para distinguir las palabras.

—A mí también.

Elspeth apoyó la mejilla un instante contra su hombro. Permanecieron así, contemplando las montañas, hasta que Richard le rozó los dedos con el pulgar.

—¿Estás cansada?

—Un poco, pero todavía no quiero entrar.

Él la condujo al banco y se sentó a su lado. Elspeth se acomodó cerca, dejando que su falda rozara las piernas de Richard.

—Hubo días en que pensé que no volvería a tener esto —confesó él.

Elspeth giró la cabeza hacia él.

—¿El paseo?

Richard negó.

—Poder hablarte sin escoger lo que cabía en una carta.

Ella bajó los ojos hacia las cicatrices. Había imaginado demasiadas veces aquellas manos inmóviles en algún lugar al que no podía llegar. Ahora las tenía entre las suyas y podía sentir el roce de sus dedos, la fuerza que iba recuperando.

—¿Para discutir conmigo? —La sonrisa de él apareció despacio y ella miró hacia las laderas—. Soy feliz, Richard —dijo.

Richard la miró con una emoción que le borró la sonrisa durante un instante.

—Yo también.

La besó otra vez. A sus espaldas, Drummond continuaba lleno de voces; más allá del jardín, el viento recorría las laderas y movía las últimas gotas que quedaban sobre las hojas. Su hijo estaba dentro, rodeado de una familia que algún día tendría demasiadas historias que contarle.

Elspeth dejó la mano sobre el pecho de Richard y se quedó entre sus brazos.

El último pacto había podido exigir una boda. No había sabido nada de aquella mujer cerrando su escritorio para salir al jardín, ni de aquel hombre aprendiendo a sostener a su hijo con un brazo herido. Nada de las cartas, del miedo ni de la risa que acababa de regresar a la casa.

Eso lo habían construido ellos.

Y aquella tarde, mientras la luz se demoraba sobre las Highlands, pudieron disfrutarlo.