El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Epílogo
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Epílogo

Elspeth había imaginado muchas veces cómo sería encontrarse al otro lado del mundo.

Nunca había imaginado que echaría tanto de menos a su hijo.

Sobre la mesa de la veranda descansaba la última carta llegada de Hamilton Lodge y, junto a ella, un pequeño retrato de Hugh.

Su hijo se había quedado en Inglaterra con Eliza y Margaret, rodeado además por un abuelo que, según las noticias de ambas mujeres, había olvidado misteriosamente todas las normas que exigía a sus propios hijos cuando se trataba de aplicárselas a su único nieto presente en Hamilton Lodge.

Elspeth sonrió al pensar en ello.

Lo echaba de menos con una intensidad física. Había mañanas en que despertaba esperando oír sus pasos pequeños en la habitación contigua y noches en las que se preguntaba si habría preguntado por ellos antes de dormir.

Pero Hugh estaba bien.

Estaba querido.

Y ella estaba en la India.

A veces todavía tenía que recordárselo.

Se levantó de la silla y caminó hasta el extremo del porche.

Ya no vestía de luto. Los años transcurridos desde la muerte de su padre habían sustituido el negro riguroso por los colores que durante tanto tiempo apenas había permitido entrar en su guardarropa.

Aquella mañana llevaba un vestido ligero de algodón en un tono azul grisáceo que hacía parecer aún más claros sus ojos.

El tejido se ajustaba suavemente a la cintura antes de caer en una falda sencilla, adecuada para el calor, y había recogido su largo cabello negro dejando algunos mechones libres alrededor del rostro.

Richard le había dicho antes de marcharse que estaba preciosa.

Elspeth le había respondido que llegaba tarde.

Ya no se parecía del todo a la muchacha que había pasado tantas horas junto a la cama de su padre ni a la mujer vestida de negro que recibió a Richard en Drummond convencida de que su vida debía consistir en conservar lo que otros le habían dejado.

Seguía siendo la señora de Drummond.

Seguía leyendo las cuentas que le enviaba el administrador, respondiendo cartas y tomando decisiones desde miles de millas de distancia.

Pero había descubierto algo que durante años le había parecido imposible: Drummond podía seguir siendo suyo aunque ella no estuviera allí todos los días.

El mundo no se derrumbaba porque se marchara.

Y querer a alguien no significaba estar siempre disponible para cuidarlo.

Aquello había sido quizás lo más difícil de aprender.

También lo más liberador.

Habían llegado a la India meses atrás.

El viaje había sido todo lo que Elspeth había esperado y bastante más incómodo de lo que los libros prometían. Había cruzado el canal de Suez, contemplado el puerto de Bombay desde cubierta y pasado horas junto a la ventanilla de un tren porque temía perderse algo si cerraba los ojos.

Había conocido ciudades que no se parecían a ninguna otra que hubiera visto.

Había caminado por mercados donde los colores de los tejidos parecían competir entre sí, probado frutas cuyos nombres todavía pronunciaba mal y aprendido que la India de las cartas de Richard apenas representaba una parte diminuta de un país demasiado grande para comprenderlo en unos meses.

Había visto montañas diferentes de las Highlands.

Había escuchado lenguas que no entendía.

Había estado perdida, fascinada, incómoda y feliz.

Había viajado por primera vez.

Por fin.

El sonido de unos caballos la hizo levantar los ojos.

Richard regresaba.

Lo reconoció antes de distinguirle el rostro. Había algo en la forma en que montaba que Elspeth habría reconocido incluso desde mucha más distancia: la espalda recta, la seguridad de las manos sobre las riendas, esa naturalidad con la que parecía pertenecer a un caballo sin dejar de dominarlo.

Vestía el uniforme del 9.º Queen's Royal Lancers.

Seguía siendo soldado.

Elspeth había necesitado años para comprender que aquello no era un rival contra el que tuviera que competir. Richard podía amar al ejército y amarla a ella.

Podía pertenecer a los Hamilton sin vivir únicamente para su familia.

Podía ser marido, padre y oficial sin que ninguna de aquellas cosas eliminara las demás.

Y ella también podía ser más de una cosa.

Richard desmontó algo más allá. Hargreaves y Weller venían con él. Los tres hablaron unos instantes antes de separarse.

Weller levantó la vista hacia la veranda y saludó a Elspeth exageradamente.

Ella respondió.

Hargreaves hizo una inclinación más discreta.

Richard simplemente la miró.

Elspeth reconoció la sonrisa incluso desde allí.

Unos minutos después apareció en la veranda, sin el casco y con el cabello rubio revuelto.

El sol había oscurecido ligeramente su piel y la antigua cicatriz junto a la ceja continuaba rompiendo la perfección de un rostro que a Elspeth le resultaba cada vez más querido precisamente por aquellas imperfecciones.

La herida del hombro había quedado atrás. Solo algunas mañanas muy frías le molestaba, y Richard aseguraba que aquello le proporcionaba el derecho a quejarse durante el invierno.

Elspeth opinaba que nunca había necesitado una excusa.

Él vio la carta sobre la mesa.

—¿Noticias?

—De tu madre.

Richard se acercó inmediatamente.

—¿Hugh?

—Ha intentado montar solo en el poni.

Richard cerró los ojos.

—Es todavía demasiado pequeño.

—Eso mismo le ha dicho Margaret.

—¿Y mi madre?

Elspeth le entregó la carta.

—Tu madre ha escrito que posee una confianza extraordinaria para su edad.

Richard leyó la frase.

—Eso significa que lo ha dejado intentarlo.

—Eso creo.

—Mi madre ha perdido el juicio.

—Tu padre también estaba presente.

Richard levantó la vista.

—Entonces no tenía ninguna posibilidad.

Elspeth soltó una risa.

Richard terminó de leer mientras ella se acercaba. La expresión de él cambió al llegar al párrafo donde Eliza había escrito que Hugh preguntaba por sus padres.

—Lo extraño —dijo.

Elspeth apoyó una mano sobre su brazo.

—Yo también.

Richard dejó la carta.

—Podemos volver antes.

Ella negó.

No fue una decisión difícil.

—No.

Él la observó.

—Elspeth...

—Quiero volver. Quiero abrazarlo tanto que algunas mañanas casi puedo sentirlo cuando despierto.

Richard entrelazó los dedos con los suyos.

—Entonces...

—Pero está bien. Está con tu madre, con mi tía y con tu padre, que probablemente le permitirá gobernar Hamilton Lodge antes de que cumplamos el viaje de regreso —Richard sonrió un poco.

Elspeth miró hacia el paisaje—. He pasado demasiados años creyendo que querer a alguien significaba no poder apartarme de su lado —Él no respondió inmediatamente.

Ella volvió hacia él—. Hugh sabe que lo queremos y que pronto vamos a regresar. Y yo necesitaba hacer esto.

Richard le acarició los dedos.

—¿Venir conmigo?

—Viajar —La palabra quedó entre ellos. Tan sencilla.

Había parecido imposible durante casi toda su vida.

Elspeth sonrió—. Siempre quise hacerlo. Antes de Drummond.

Antes de enfermar mi padre. Antes de empezar a pensar que había cosas que una mujer deseaba cuando era joven y después debía aprender a olvidar —Richard la contempló en silencio—. Ya no quiero olvidarlas.

—Entonces no lo hagas.

Elspeth miró al hombre que había entrado tantos años atrás en su vida haciendo exactamente lo que más la enfurecía: marcharse cuando quería, decidir sin pedir permiso y considerar el mundo un lugar demasiado grande para permanecer siempre en el mismo punto.

Había pensado que aquello demostraba que él no pertenecía a ninguna parte.

Ahora entendía que se había equivocado.

Richard pertenecía a muchos lugares.

Ella también.

Aquella tarde salieron a caminar cuando el calor empezó a ceder.

Richard ya no llevaba la chaqueta del uniforme. Elspeth había dejado el sombrero en la casa y caminaba enlazada a su brazo.

No fueron lejos.

No necesitaban hacerlo.

Desde donde se detuvieron podían ver cómo la luz iba perdiendo intensidad sobre el paisaje. Había árboles distintos de los de Escocia, caminos que todavía no conocían y un horizonte que no pertenecía a ninguna de las casas donde habían crecido.

Elspeth permaneció mirándolo.

Dentro de algunos meses regresarían.

Volvería a Drummond.

Richard pasaría un tiempo en Hamilton Lodge.

Recogerían a Hugh y escucharían todas las historias que su hijo no sabría contarles todavía con orden. Margaret afirmaría que había intentado educarlo correctamente. Eliza diría que no lo había consentido y Alexander evitaría participar en aquella conversación.

Después vendrían otras decisiones.

Otros destinos.

Quizás otros viajes.

Por primera vez, Elspeth no necesitaba saber cuáles.

Richard le rozó la mano.

—¿En qué piensas?

—En que mi padre no creería que estoy aquí.

Richard rio y se inclinó para besarla.

Elspeth cerró los ojos.

Cuando se separaron, Richard mantuvo la frente contra la suya.

—¿Adónde quieres ir después?

La pregunta la hizo quedarse quieta.

No porque no supiera responder.

Porque comprendió lo que significaba.

Durante años le habían dicho dónde debía estar.

Con su padre.

En Drummond.

Protegiendo la finca.

Cumpliendo un pacto.

Esperando.

Ahora Richard no le preguntaba dónde necesitaban que estuviera.

Le preguntaba dónde quería ir.

Elspeth miró el horizonte.

—A casa.

Gracias de corazón por haber acompañado a Richard y Elspeth hasta el final de su historia, y por haber recorrido conmigo una vez más las Highlands de Escocia. Pulse aquí para leer siguiente entrega...