Capítulo final #3
Con el paso de las semanas, Drummond recuperó el ruido de una casa llena.
Las conversaciones volvieron a prolongarse después de las comidas; los niños dejaron de recibir advertencias cada vez que atravesaban una galería, y Margaret empezó a quejarse del barro en la entrada con una energía que Elspeth recibió casi con alivio.
Hasta entonces, su tía había tenido preocupaciones mucho peores.
Richard fue recuperando las fuerzas. Al principio se cansaba después de un paseo corto; más adelante consiguió llegar hasta el extremo del jardín sin que Elspeth lo encontrara apretando la mandíbula para disimular el esfuerzo.
La herida seguía necesitando cuidados, pero ya podía sostener a Hugh apoyado contra su pecho y permanecer así mientras el niño dormía.
A Elspeth le gustaba encontrarlos juntos.
Algunas mañanas despertaba y veía a Richard sentado cerca de la ventana, hablándole a su hijo con una seriedad que no parecía importarle demasiado al pequeño.
Otras veces era él quien abría los ojos y los encontraba dormidos a su lado.
Habían empezado a conocerse de una manera distinta: en el cansancio, en los despertares a deshora a pesar de las niñeras, en las pequeñas torpezas que ninguno tenía ya que ocultar.
La confirmación de su licencia de convalecencia llegó cuando el vendaje comenzaba a resultar menos aparatoso.
Richard conservaría su lugar en el ejército y dispondría de tiempo para recuperarse antes de que se decidiera su reincorporación.
No era una despedida del regimiento. Hargreaves y Weller seguían escribiéndole sobre los hombres, las monturas y los asuntos que conocía bien; él respondía, preguntaba y continuaba sintiéndose parte de aquella vida.
Pero, por primera vez desde la boda, no había una fecha inmediata de partida que lo obligara a contar las horas.
Elspeth leyó la comunicación junto a él. Al terminar, dejó el papel sobre la mesa y apoyó la cabeza en su hombro sano.
No necesitó pedirle nada más.
Una tarde, Richard la encontró terminando una conversación con el administrador. Hugh dormía cerca de la ventana, y sobre el escritorio había varios documentos ya revisados.
—Lo restante puede esperar al lunes —dijo Elspeth, cerrando la carpeta.
—Hay una petición más, milady.
—Déjemela. La leeré entonces.
El hombre asintió y se despidió. Richard esperó a que saliera antes de acercarse a la cuna.
—¿Has terminado?
—Por hoy, sí.
Elspeth guardó la pluma y se levantó. Había aprendido a reconocer cuándo algo necesitaba su atención y cuándo era simplemente otra cosa que alguien deseaba dejar en sus manos. Drummond seguía exigiendo trabajo, pero ya no sentía que tuviera que agotarse para demostrar que merecía dirigirlo.
Richard la observó ponerse el chal.
—Pensaba pedirte que salieras conmigo.
—Por eso he terminado.
Él sonrió. Le ofreció el brazo y Elspeth lo tomó después de recoger a Hugh. Salieron al jardín, donde las voces de la familia se mezclaban con el roce del viento entre los árboles.
Los demás habían empezado a reunirse junto al sendero que bordeaba el césped.
Desde allí, las Highlands se extendían bajo una luz tibia: las laderas verdes, las manchas oscuras del brezo, las montañas perdiendo nitidez a lo lejos y el castillo de Glenmuir en otra esquina, no muy lejos de la sombra de Blairmur.
Había llovido durante la mañana y el aire conservaba el olor de la tierra húmeda.
Audrey caminaba con Malcolm y su hija unos pasos por delante.
Cathaline se había detenido para escuchar a Isobel, que insistía en explicar algo sin permitir que Gregor interviniera.
Ewan aguardaba a su lado, con la expresión paciente de quien sabía que acabaría teniendo que escuchar las dos versiones.
Más cerca de la casa, Harriet acompañaba a Flora hasta un banco.
Margaret ayudaba a las dos primas. Mairi se sentó con ellas mientras Douglas intentaba mantener a Hamish y Alec en el sendero.
Edward observaba sus esfuerzos con cierto interés mientras Fiona andaba por delante de él con más fuerza que ninguna de las otras mujeres presentes.
—Antes eras tú quien nos perseguía por los jardines —comentó Richard al acercarse a su hermano mayor.
Douglas giró la cabeza.
—Y vosotros corríais más.
—Porque gritabas antes de cogernos que nos pegarías —recordó Edward.
Audrey, que había oído la conversación, se giró hacia ellos.
—Y después Richard venía a decirme que lo habíais dejado atrás.
—No siempre —protestó él.
Cathaline sonrió.
—Lo suficiente para que todos lo recordemos.
Elspeth sintió la risa de Richard en el brazo que llevaba enlazado con el suyo.
Lo miró mientras respondía a sus hermanos.
Había echado de menos aquel sonido con una intensidad que ahora le parecía difícil de explicar sin llorar.
Sin embargo, aquella tarde pudo escucharlo sin intentar retenerlo para después.
Estaba allí. Podría volver a oírlo durante la cena.
Fiona se acercó y le tocó suavemente el brazo.
—¿Cómo has pasado la noche?
Elspeth miró a Hugh.
—Él, bastante bien. Nosotros tenemos opiniones distintas a pesar de que la niñera insiste en que no hace falta que nos levantemos.
—Eso no siempre cambia cuando crecen —dijo Fiona, volviéndose hacia Hamish.
Edward interceptó a su hijo antes de que intentara pasar por detrás de Douglas. Fiona le dirigió una sonrisa breve, satisfecha, y volvió a caminar junto a Elspeth.
No tardaron mucho en llegar al banco que miraba hacia las laderas. Los duques de Hamilton estaban allí, contemplando a sus hijos acercarse entre conversaciones cruzadas. El duque había dejado el bastón apoyado a un lado; al ver al niño, extendió las manos.
—¿Puedo? —Elspeth le entregó a Hugh y se quedó cerca mientras lo acomodaba. Alexander bajó la cabeza para observarlo. El pequeño se removió, abrió la boca y volvió a dormirse contra su brazo—. Conmigo se queda tranquilo —declaró.
—Lleva dormido desde que salimos —señaló Richard.
Su padre levantó los ojos.
—No hace falta que estropees todos mis argumentos.
Eliza sonrió y le arregló al niño un pliegue de la manta.