El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo final #2
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Capítulo final #2

—Richard debería estar aquí —dijo Douglas.

El duque no respondió. Se pasó una mano por la boca y siguió mirando el patio.

Las horas fueron perdiendo su forma.

Elspeth dejó de atender al reloj. Escuchaba a la comadrona, buscaba una postura que le permitiera descansar y bebía cuando Margaret le acercaba el vaso. Había momentos en que conseguía cerrar los ojos; otros, el cansancio le hacía temblar los brazos.

Eliza no se apartó de ella.

Cuando el dolor volvía, Elspeth le sujetaba la mano con fuerza. Después intentaba aflojar los dedos y disculparse, pero su suegra negaba antes de que lo hiciera.

—No te preocupes por mí.

En una de aquellas pausas, Elspeth volvió el rostro hacia la puerta.

Eliza siguió su mirada.

Ninguna dijo su nombre.

La siguiente contracción llegó antes de que pudiera recuperar del todo el aliento. Elspeth se dobló sobre sí misma, agotada, y sintió cómo Margaret le sostenía la espalda mientras la comadrona le hablaba.

—Lo estás haciendo bien. Escúchame ahora.

Ella obedeció. No porque tuviera fuerzas de sobra, sino porque su hijo la necesitaba. Concentró la atención en la voz de aquella mujer, en sus indicaciones, en el breve descanso que le permitía volver a intentarlo.

Después cayó contra las almohadas.

—No puedo más —confesó.

Eliza le apartó el cabello húmedo de la frente.

—Descansa este momento. Solo este.

Elspeth cerró los ojos. Tenía los labios secos y el camisón pegado a la espalda. Había imaginado a Richard sentado junto a ella, quejándose por no poder ayudar de ninguna manera útil, besándole los dedos cuando creyera que nadie lo veía.

No quiso seguir imaginándolo.

Abrió los ojos y buscó a la comadrona.

—Dígame qué tengo que hacer.

La mujer se inclinó hacia ella.

—Ya viene, milady. En cuanto vuelva la fuerza, necesito que me escuche.

Elspeth asintió.

Entonces se abrió la puerta.

No miró. Durante horas habían entrado y salido mujeres con paños, agua, ropa. Solo apretó la mano de Eliza al sentir que el dolor empezaba otra vez.

—Elspeth.

La voz llegó desde el umbral.

Ella dejó de respirar.

Había repetido aquella voz dentro de su cabeza durante tantos meses que al principio no se atrevió a levantar los ojos. Pero Eliza se quedó inmóvil a su lado. Margaret se llevó una mano a la boca.

Elspeth volvió el rostro.

Richard estaba en la puerta.

Tenía el cabello rubio desordenado, la cara más delgada y un abrigo de viaje que alguien le estaba retirando de los hombros.

El brazo izquierdo permanecía sujeto contra el cuerpo.

La miraba con una expresión que ella no había visto nunca: miedo, incredulidad y una necesidad tan evidente de llegar hasta ella que apenas reparó en el médico al pasar.

—Richard...

Él ocupó el sitio que su madre acababa de dejar libre y le tomó la mano.

Elspeth se aferró a sus dedos.

La siguiente contracción no le permitió decir nada más.

—Ahora, milady —indicó la comadrona.

Richard se inclinó a su lado. Elspeth sintió su frente junto a la sien, el calor de su mano, su respiración tan alterada como la de ella.

—Estoy aquí —le dijo—. Te tengo.

Elspeth cerró los ojos y volvió a hacer el esfuerzo que le pedían. Lloraba, pero ya no sabía si era por el dolor o por la voz de Richard junto a su oído. Él no dejó de sostenerla.

Un instante después, la presión cambió.

Y el niño lloró.

Elspeth abrió los ojos.

La comadrona estaba inclinada sobre su hijo. Oyó que era un niño, que respiraba bien, que podían acercárselo. Las palabras llegaban mezcladas con aquel llanto vigoroso que la hizo empezar a reír sin dejar de llorar.

Richard seguía a su lado. Casi no se lo podía creer.

Ella lo miró antes de que le pusieran al bebé sobre el pecho.

—Estás aquí.

La voz apenas le salió.

Richard le besó los dedos. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Sí.

Elspeth quiso tocarle la cara, pero entonces sintió el peso de su hijo y bajó la mirada. Era pequeño, tibio, con el cabello húmedo pegado a la cabeza y la boca abierta en una protesta que fue disminuyendo cuando lo acomodaron contra ella.

Le acarició una mejilla con la punta de un dedo.

Richard se acercó para verlo.

Durante unos segundos los dos permanecieron inclinados sobre aquel rostro, sin encontrar nada que decir. Elspeth sintió una gota sobre su mano y, al levantar los ojos, vio que su marido estaba llorando.

No intentó ocultarlo.

—Pensé que no ibas a conocerlo —susurró ella.

Richard cerró los ojos un instante. Después apoyó la frente contra la suya, sin interponerse entre ella y el niño.

—Lo siento.

Elspeth negó y le acarició la mejilla.

—Pensé que habías muerto.

La frase salió entera por primera vez.

Richard le sostuvo la mano contra el rostro. Ella recorrió con los dedos la cicatriz de la ceja y el borde de su mandíbula, comprobando cosas que conocía de memoria.

Él dejó que lo hiciera.

—Te amo —murmuró.

Elspeth intentó contestar, pero el llanto le cerró la garganta. Lo atrajo hacia ella y lo besó con torpeza, sin importarle quién permanecía en la habitación.

Al separarse, el niño volvió a protestar.

Ambos bajaron la mirada.

Elspeth soltó una risa húmeda.

—También tendrás que ocuparte de él.

Richard sonrió entre las lágrimas.

—Llevo meses deseándolo.

La explicación llegó después, cuando la comadrona había terminado de atenderlos y Elspeth descansaba con el niño junto a ella.

Richard había pasado por dos hospitales.

La herida se había complicado con fiebre y durante un tiempo no estuvo en condiciones de escribir.

Hargreaves y Weller se habían ocupado de él; al autorizarle el viaje por enfermedad, sus amigos lo enviaron hacia Inglaterra.

La carta que alcanzó a mandar no había llegado antes que él.

No contó el combate.

Elspeth tampoco se lo pidió.

—¿Y ahora? —preguntó, mirando el brazo.

—Ahora tengo que dejar que termine de curarse.

Ella le sujetó la mano.

—Eso vas a hacerlo.

—Sí.

No discutió. Elspeth lo observó con atención antes de permitir que se acercara a su hijo.

Lo sentaron en una butaca junto a la cama y acomodaron una almohada para sostenerle el brazo. Eliza tomó al niño y se lo puso con cuidado, mostrándole cómo sujetar la cabeza sin forzar la herida.

Richard miró a su madre.

La duquesa se inclinó para besarlo en la frente. Durante un instante dejó la mano en su cabello, incapaz de apartarse todavía.

—Después hablaremos tú y yo —dijo en voz baja.

Él asintió.

Eliza salió con Margaret para dar la noticia al resto de la familia.

Richard bajó los ojos hacia el niño. Sus manos parecían enormes alrededor de la manta. Le rozó la mejilla con un nudillo y después acercó un dedo a la pequeña mano que acababa de salir entre los pliegues.

El bebé se aferró a él.

Richard se quedó quieto.

Elspeth lo observaba desde la cama.

—Le he hablado de ti.

Él levantó la mirada y tuvo que tragar saliva antes de responder.

—Gracias.

No consiguió decir nada más. Volvió a mirar a su hijo, a los dedos diminutos cerrados alrededor de uno de los suyos, todavía rígido por aquella primera herida que Elspeth había aprendido a reconocer.

—¿Cómo quieres llamarlo? —preguntó al fin.

Ella acarició el borde de la sábana.

—Había pensado en Hugh.

Richard asintió despacio.

—Me gustaría.

Elspeth sonrió.

—Creía que ibas a discutir conmigo.

Él volvió hacia ella una mirada que empezaba a parecerse a la que había recordado durante todos aquellos meses.

—Hoy no.

Cathaline bajó eufórica para anunciar que Elspeth y el niño estaban bien. Encontró a sus hermanos rodeando a Alexander, todavía incapaces de asimilar que Richard hubiera atravesado la puerta de Drummond mientras todos esperaban noticias del parto.

—Los tres están bien —aclaró Cathaline.

Su padre se sentó.

Douglas pasó una mano por el hombro de Edward. Ninguno habló. Ewan abrazó a Cathaline y ella escondió la cara junto a su cuello, dejando salir por fin el miedo de aquellas semanas.

No subieron todos a la vez.

Richard permaneció junto a Elspeth mientras ella se dormía. Cuando Margaret le indicó que también él necesitaba descansar, dejó que le prepararan un lugar cerca de la cama. Había pasado meses queriendo estar presente. Aquella tarde no necesitó hacer nada más.

Al día siguiente, sus hermanos entraron durante una visita breve que resultó difícil mantener breve.

Audrey le sostuvo el rostro entre las manos antes de abrazarlo.

Cathaline lloró de nuevo y lo acusó de haberlos asustado de una manera imperdonable. Richard aceptó la acusación sin defenderse.

Douglas esperó a que se apartaran. Le puso una mano sobre el hombro sano y lo atrajo hacia sí.

—No vuelvas a hacernos pasar por esto.

Richard lo abrazó con el brazo que podía mover.

—No estaba en mis planes.

Edward lo miró de arriba abajo antes de acercarse. Parecía dispuesto a examinarlo, hacerle varias preguntas y discutir sus respuestas. Al final solo lo abrazó.

Richard le apretó la espalda.

Elspeth los contempló desde las almohadas, con Hugh dormido junto a ella. Audrey les pedía que no lo cansaran; Cathaline seguía aferrada a una manga de su hermano menor. Douglas intentaba averiguar qué había ocurrido en India y Edward señalaba que deberían dejarlo sentarse antes de interrogarlo.

—En el hospital había menos gente opinando sobre mí —observó Richard.

—No te conocían lo suficiente —respondió Douglas, imponiéndose como el mayor de todos.

La risa alcanzó incluso a Elspeth.

Alexander y Eliza permanecían junto a la puerta. No interrumpieron a sus hijos. El duque buscó la mano de su esposa y ella la tomó sin apartar los ojos de los cinco.

Antes de salir, Douglas se inclinó sobre la cuna.

—Nos perdimos tu boda —le dijo a Richard—. No queríamos faltar también a esto.

Richard miró al niño y después a sus hermanos.

Comprendió cuánto habían hecho por Elspeth mientras él no pudo estar.

—Me alegra haberos encontrado aquí.

Edward le dio una palmada en el brazo sano.

—A nosotros también encontrarte, idiota.