El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo final
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Capítulo final

Las cartas no dejaron de llegar de golpe.

Primero faltó una entrega que Elspeth había esperado. Después llegó un sobre fechado antes del último que había recibido. Richard le hablaba de cosas que ya habían ocurrido semanas atrás y de una solicitud de permiso que seguía sin resolverse.

Elspeth conocía aquellos desórdenes. Había aprendido a mirar la fecha antes de alarmarse y a no convertir cada tardanza en una noticia.

Pero volvió a pasar el correo sin nada suyo.

Una tarde encontró al duque de Hamilton preguntándole a Keller por la correspondencia. El mayordomo, que había acompañado a los duques para ayudar al servicio de Drummond, negó discretamente antes de darse cuenta de su presencia.

Elspeth continuó caminando como si no hubiera oído nada.

Aquella noche no consiguió leer.

Eliza la encontró en el salón pequeño de Drummond, con el libro abierto sobre las rodillas y una mano en el vientre.

—¿Te molesta mucho?

—No. Se mueve.

La duquesa tomó asiento a su lado. Desde allí llegaba amortiguado el ruido de los niños que ocupaban alguna de las galerías del piso inferior.

Drummond era lo bastante grande para absorber incluso una invasión de Hamilton sin perder del todo su calma: dos alas de dormitorios rodeaban el cuerpo principal de la casa, había salones que no se utilizaban durante el invierno, habitaciones de invitados en el corredor oriental y una antigua galería sobre los establos donde los más pequeños parecían haber descubierto espacio suficiente para correr sin tropezar continuamente con un adulto.

Aun así, desde que empezaron a llegar carruajes, la casa había cambiado.

Había baúles junto a las escaleras, doncellas cruzando los corredores con ropa de niños, voces procedentes de habitaciones que llevaban meses cerradas y más botas alineadas junto a la entrada de las que Elspeth recordaba haber visto desde la última gran reunión en vida de su padre.

No le molestaba.

Durante años, Drummond le había parecido demasiado grande para las pocas personas que quedaban dentro.

Ahora estaba lleno.

La duquesa permaneció a su lado mientras, a lo lejos, una carrera infantil terminaba en una reprimenda y varias risas. El viento golpeó suavemente las ventanas. Elspeth pasó el pulgar por el borde de una página sin volverla.

—No me asusta tanto el parto como que él no esté —confesó. Eliza guardó silencio el tiempo suficiente para que su nuera pudiera continuar—. Sé que estaréis vosotros. Y mi tía. No estoy diciendo que no me baste la ayuda.

—Lo entiendo.

—Solo... —Elspeth bajó los ojos—. Hay momentos en que pienso que Richard va a entrar y le contaré todo lo que no he sabido escribirle. Después me doy cuenta de que llevo meses preparando esa conversación.

Eliza le tomó la mano.

—Entonces la tendrás preparada cuando llegue.

No dijo que llegaría antes del nacimiento. Elspeth le agradeció que no intentara tranquilizarla con una certeza que ninguna de las dos tenía.

—¿Y si no puede?

La duquesa le sostuvo los ojos.

—Estaremos contigo.

Elspeth asintió. Aquella respuesta no eliminó su tristeza, pero le permitió dejar de avergonzarse de ella.

La comunicación llegó un día cualquiera cuando Elspeth estaba andando por el jardín acompañada por Alec, el futuro duque de Hamilton, después de Douglas.

Alexander estaba en la biblioteca cuando Keller le llevó el sobre. Lo abrió junto a la ventana y leyó las primeras líneas sin sentarse. Después volvió al principio, buscando algo que no encontró.

Edward entró unos minutos más tarde.

—¿Padre?

El duque levantó los ojos. Su hijo miró el papel y se acercó.

—Busca a tu madre —dijo Alexander—. Y no sé si a Elspeth.

—Ella debe saberlo.

—Pero su estado...

—Seguro que agradecerá la sinceridad —comentó Fiona, que había entrado detrás de su esposo y leyó el contenido del sobre.

Cuando Elspeth llegó, los dos hombres permanecían junto al escritorio. Eliza estaba de pie, con una mano apoyada en el respaldo de una silla. Nadie le ofreció una sonrisa, y Elspeth comprendió antes de que hablaran.

—¿Richard?

Alexander se acercó con la carta.

—Ha resultado herido.

Elspeth tomó el papel. Reconoció el nombre de su marido entre unas líneas que parecían escritas para otra persona: herida de bala, evacuación, estado grave. La comunicación había pasado por varias manos antes de llegar a Drummond. La fecha pertenecía al mes anterior.

—¿Y después? —preguntó.

Su suegro guardó silencio.

Elspeth volvió a leer.

—Aquí no dice qué ha ocurrido después.

—He pedido que preparen una respuesta. Solicitaremos noticias más recientes.

Ella levantó los ojos hacia él.

—¿Pero ahora no lo sabemos?

Alexander negó despacio y Fiona la cogió por los hombros, sosteniéndola.

Elspeth quiso seguir de pie, pero el borde del escritorio terminó bajo su mano. Eliza le acercó una silla y la ayudó a sentarse. El niño se movió entonces, con una fuerza que la obligó a llevarse la otra mano al vientre.

Richard había estado herido mientras ella le escribía que su hijo no la dejaba dormir.

Miró de nuevo la fecha.

—Le mandé una carta ese día —murmuró.

Nadie supo qué contestar.

Margaret llegó hasta ella y le tomó la mano. Douglas recogió el documento cuando su hermano se lo tendió; los dos lo leyeron juntos, sin discutir por primera vez en toda la mañana.

Elspeth no lloró.

Permaneció sentada mientras a su alrededor empezaban a escribirse mensajes, a buscar direcciones y a decidir quién podía partir primero con las respuestas. Todo se movía salvo ella.

Cathaline fue la primera en quebrarse. Audrey intentó contenerse un poco más, pero terminó cubriéndose la boca cuando las lágrimas empezaron a caerle.

Elspeth las miró sin saber todavía cómo acompañar aquel dolor, como si el suyo se hubiera quedado detenido en algún lugar entre las palabras del parte y la mano que mantenía sobre su vientre.

Cuando Margaret le ofreció agua, aceptó el vaso. Lo sostuvo entre ambas manos y permaneció así hasta que dejó de temblar.

Con las semanas, no llegaron las noticias que esperaban.

Hubo respuestas, acuses de recibo, la confirmación de que habían solicitado información al destino correspondiente. Ninguna llevaba la letra de Richard. Ninguna decía que estuviera recuperándose ni que hubiera podido retomar la pluma.

Elspeth continuó levantándose cada mañana.

Recibía al administrador, daba las indicaciones necesarias y dejaba pendientes los asuntos que no exigían su presencia.

Por las tardes paseaba despacio, acompañada por Margaret o por alguna de sus cuñadas.

Su vientre pesaba cada vez más y el niño tenía horas de actividad que ella había terminado por reconocer.

Una noche se quedó delante del espejo, con el camisón recogido bajo las manos.

Richard no la había visto así. La última imagen que conservaba de ella era la de una mujer en la escalinata de Hamilton Lodge, envuelta en un chal sobre el vestido negro de luto, con los ojos húmedos y una alianza que apenas llevaba tres días en el dedo.

Elspeth apoyó la palma donde acababa de sentir a su hijo.

—Tu padre es rubio —susurró.

La frase le quebró la voz.

Había prometido hablarle de Richard. Hasta entonces lo había hecho sonriendo, contándole cosas que algún día su marido podría desmentir por gusto. Aquella noche tuvo que sentarse antes de continuar.

En la casa nadie mencionaba la muerte de Richard.

Pero Elspeth empezó a encontrarla en los silencios: en una conversación que se detenía al verla entrar, en la forma en que Alexander leía el correo antes de levantar la cabeza, en Eliza mirando hacia el camino con las manos inmóviles sobre el regazo.

Una tarde oyó a Douglas preguntarle a Edward cuánto podía tardar en llegar una noticia así.

Su hermano no respondió.

Elspeth siguió caminando antes de que la vieran.

El parto comenzó antes de un amanecer, cuando julio estaba llegando a su fin.

Al principio creyó que otra postura aliviaría la presión. Había pasado tantas noches incómoda que se incorporó sin llamar a nadie, apoyó los pies en el suelo y esperó. Pero la molestia volvió, más intensa, y esta vez tuvo que sujetarse al borde del colchón hasta que cedió.

Después tiró del cordón de la campanilla.

Margaret llegó con el cabello mal recogido y una bata sobre el camisón. Le bastó mirar a su sobrina para acercarse.

—¿Desde cuándo?

—Hace un rato. Pensaba que se pasaría.

Su tía llamó a la doncella. Elspeth oyó sus indicaciones desde la puerta: avisar a la comadrona, mandar por el médico, despertar a la duquesa. Todo adquirió una urgencia distinta mientras ella permanecía sentada, con las manos a ambos lados del vientre.

El niño iba a nacer.

Aquella certeza, que había esperado durante meses, le produjo un miedo nuevo. No al niño ni a la vida que empezaría con él. A la puerta que seguiría cerrada cuando buscara a Richard.

Eliza entró poco después. Llevaba una trenza suelta sobre el hombro y se había abrochado el vestido deprisa. Se arrodilló delante de Elspeth para ayudarla con las zapatillas.

—¿Puedes levantarte?

Ella asintió y aceptó su brazo. Caminaron unos pasos hasta que otra contracción la obligó a detenerse.

Eliza la sostuvo.

—Aquí estoy.

Elspeth cerró los ojos.

Se aferró a aquella mano hasta que pudo volver a respirar.

La casa despertó alrededor de ellas.

Edward envió de nuevo a un hombre por el médico, aunque le aseguraron que ya estaba en camino.

Douglas preguntó si la comadrona necesitaba algo y se encontró recibiendo la misma respuesta que cinco minutos antes.

Malcolm mantuvo despejada la entrada; Ewan se ocupó de que los niños no terminaran reunidos al pie de la escalera.

Fiona, con su propio embarazo ya visible, los llevó hacia el otro extremo de la casa. Harriet y Eliza la ayudaron con los más pequeños. Mairi habló con el servicio sobre unos ungüentos, Audrey subió ropa limpia y Cathaline permaneció cerca del dormitorio, dispuesta a llevar lo que pidieran.

Alexander estaba junto a la ventana del salón cuando Douglas se detuvo a su lado.

Desde arriba llegó un ruido de pasos. Ambos levantaron la cabeza.