Capítulo 20
—No voy a arrendar ese prado antes de la siega.
Elspeth devolvió la propuesta al administrador y esperó a que el tratante que lo acompañaba terminara de buscar una objeción.
Habían abierto las ventanas del despacho para aprovechar el aire de la mañana; desde el patio llegaban el ruido de un carro y las voces de los hombres que descargaban unos sacos.
El verano había devuelto el verde a las laderas, y aquella abundancia parecía haber convencido al visitante de que cualquier terreno podía admitir unas cuantas ovejas más.
—La cantidad que le ofrezco es buena, milady.
—Lo sería si no tuviera que comprar en otoño el heno que sus animales se habrían comido.
El hombre miró al administrador. Este no respondió por ella.
—Su padre solía permitirme...
—Quince cabezas —lo interrumpió Elspeth, sin levantar la voz—. Usted quiere traer sesenta. Podemos hablar del alquiler después de recoger el heno, no antes.
El tratante bajó de nuevo los ojos hacia el papel. Elspeth se acomodó en la silla, colocando una mano bajo el vientre cuando el niño se movió. Esperó a que aquella presión cediera antes de señalar una segunda parcela.
—Esta estará disponible más adelante. El acceso al río deberá permanecer abierto para las familias que ya lo utilizan. Piénselo y hable con el administrador cuando tenga una respuesta.
No necesitó repetirlo. El hombre recogió la propuesta, se despidió con una inclinación y salió del despacho.
El administrador permaneció junto al escritorio.
—Puedo traerle esta tarde las otras peticiones.
Elspeth miró el libro que había dejado cerrado junto a la ventana. Llevaba dos días sin pasar de la misma página.
—Mañana por la mañana. Esta tarde no recibiré a nadie, salvo que haya algo que no pueda esperar.
—Como disponga, milady.
Cuando se quedó sola, dejó escapar el aire y apoyó la espalda.
Había terminado la conversación sin mirar una sola vez hacia la silla donde su padre acostumbraba a sentarse con las visitas.
Durante los primeros meses después de su muerte, cada decisión le había hecho preguntarse qué habría contestado él.
Ahora podía recordarlo sin tener que pedirle permiso en silencio.
Su padre habría reconocido las cuentas, el olor de la madera y la vista desde las ventanas.
Quizás le habría sorprendido encontrar el escritorio más cerca de la luz.
Elspeth lo había mandado mover la semana anterior porque estaba cansada de trabajar con una sombra sobre el papel.
Había parecido un cambio insignificante hasta que se sentó allí y descubrió cuánto tiempo llevaba evitando alterar cualquier cosa que hubiera elegido su padre.
Margaret apareció en la puerta.
—¿Has terminado?
—Por esta mañana.
Su tía miró los documentos y después el libro.
—Bien. Han preparado algo de comer en el salón pequeño.
Elspeth le ofreció una mano para levantarse. El embarazo volvía torpes algunos movimientos y ya no encontraba ninguna virtud en rechazar una ayuda que necesitaba.
—Esta tarde voy a leer —anunció mientras salían.
Margaret la observó con una satisfacción que procuró disimular.
—No permitiré que nadie te interrumpa.
—Excepto tú.
—Yo procuraré hacerlo por un buen motivo.
Elspeth se rio y caminó a su lado por la galería. Al pasar frente a una ventana vio el prado que acababa de negarse a arrendar. El viento movía la hierba alta; más allá se distinguía el río y, en la distancia, las laderas hacia Glenmuir.
Durante mucho tiempo había mirado aquellas tierras preguntándose qué más iban a exigirle. Esa mañana estaba pensando en lo que quería hacer con ellas.
Sus suegros llegaron unos días después, con Keller y equipaje suficiente para que Margaret dejara claro, antes incluso de abrirse el último baúl, que nadie había calculado bien el tamaño de las habitaciones.
—No nos quedaremos eternamente —aseguró el duque.
—Eso espero, Su Gracia. Pero mientras se queden, tendrán que poder cerrar los armarios.
Eliza sonrió y se acercó a Elspeth. La abrazó con cuidado, separándose después para mirarla.
—Has cambiado desde que te marchaste.
—Me temo que los vestidos también han tenido que hacerlo.
La duquesa bajó los ojos hacia su vientre. El niño se movió bajo la mano de Elspeth y ella tomó la de su suegra antes de pensarlo demasiado.
—Espere.
Eliza permaneció quieta.
Cuando sintió el movimiento, levantó los ojos con una emoción tan franca que Elspeth tuvo que sonreír para no llorar.
Audrey y el laird Sinclair acudieron a la mañana siguiente con la pequeña Eliza. Cathaline y Ewan aparecieron después de comer, con los niños y con la explicación de que una visita de unos días resultaría más cómoda que ir y venir desde Blairmuir.
La explicación perdió credibilidad cuando Elspeth vio el equipaje de Cathaline.
—Has decidido quedarte hasta que nazca.
Su cuñada le besó la mejilla.
—No tengo intención de perderme nada.
Elspeth sintió una gratitud difícil de expresar. No le faltaba compañía, pero cada llegada le recordaba que aquellas personas habían organizado parte de sus vidas para estar cerca de ella y eso le gustaba.
Mairi llegó con Douglas dos días más tarde, acompañados por su hija Harriet.
Elspeth los recibió en la entrada y apenas tuvo tiempo de hacer una inclinación antes de que Mairi la abrazara. Harriet, que había bajado del carruaje detrás de ellos, esperó con una sonrisa hasta que su madre se apartó para acercarse también a saludarla.
Douglas permaneció un instante observando la casa con la atención de quien había oído hablar mucho de un lugar y quería conocerlo por sí mismo.
—Bienvenidos —dijo Elspeth—. Richard se alegrará muchísimo cuando se lo cuente.
La mención de su marido dejó un breve silencio. Douglas lo rompió acercándose para besarla en la mejilla.
—Nos perdimos la boda. No pensábamos perdernos también el nacimiento de nuestro sobrino.
—O sobrina —precisó Mairi.
Harriet miró a su padre.
—Mamá tiene razón.
Douglas asintió con gravedad.
—Ya son dos contra uno. Empiezo a arrepentirme de haberlas traído a ambas.
Harriet sonrió.
—No es verdad.
Elspeth se rio.
Edward y Fiona llegaron al día siguiente con Alec, Hamish y Flora, además de una cantidad de equipaje que hizo que uno de los criados tuviera que regresar dos veces al carruaje.
Fiona descendió primero. El embarazo empezaba ya a advertirse bajo el vestido, aunque no lo suficiente para haber reducido en nada la energía con que se giró inmediatamente para comprobar dónde estaban sus hijos.
—Alec, deja que bajen primero las cajas. Hamish, no toques eso. Flora...
—Yo no estoy haciendo nada —protestó la niña.
—Precisamente por eso todavía no he tenido que llamarte dos veces.
Edward apareció detrás de ellos y puso una mano sobre el hombro de Hamish antes de que el pequeño pudiera investigar una de las ruedas del carruaje.
Al verlo, Elspeth recordó todas las veces que Richard había hablado de su hermano: aventuras de infancia, desacuerdos, aquella bota perdida en un arroyo y años enteros de recuerdos que siempre parecían adquirir otra forma cuando era Richard quien los contaba.
Le costó recibirlo sin pensar en cuánto habría disfrutado su marido de aquella llegada.
Edward la miró unos segundos antes de sonreír.
—Espero que no te arrepientas de habernos invitado.
Elspeth volvió la cabeza hacia la entrada, gracias a Dios su casa era grande y bien equipada.
Alec ya había desaparecido dentro de la casa con la dignidad de quien se consideraba responsable de sus hermanos; Flora lo seguía mientras intentaba que Hamish dejara de preguntar dónde estaban las cuadras.
—Todavía no.
—Dale tiempo —intervino Fiona, apoyándose una mano en el vientre—. Esos son solo los tres que ya han nacido.
Elspeth bajó los ojos hacia su embarazo y sonrió.
—¿Otra vez?
Edward cerró un instante los ojos.
Fiona arqueó una ceja.
—No pongas esa cara. Estabas presente.
—Nunca he negado mi responsabilidad.
—Con demasiado orgullo.
Elspeth soltó una risa. Había algo reconfortante en verlos así: Fiona embarazada de su cuarto hijo, Edward intentando conservar una dignidad que tres niños parecían empeñados en destruir y la casa llenándose con otra rama de los Hamilton.
Conocía a Fiona desde niña, del clan MacKinnon, era casi como una amiga.
Así que ambas se alegraron la una por la otra.
Además, algún día, sus hijos deberían compartir Hamilton Lodge.
—Richard se habría divertido mucho viendo esto —dijo Elspeth, con una sonrisa sincera.
La sonrisa de Edward cambió un poco hacia la pena por tener a Richard lejos de allí.
Miró hacia sus hijos y después a Elspeth.
—Por eso hemos venido todos.
La nueva llegada terminó de llenar Drummond. La hija de Douglas y Mairi se mezcló con sus primos; Alec siguió a Gregor hasta el patio antes de que Fiona acabara de quitarse los guantes. La hija de Audrey intentó imponer algún orden y renunció en cuanto Isobel decidió que conocía mejor la casa.
Aquella noche, Elspeth vio juntos a los cuatro hermanos de Richard.
Audrey estaba junto a Malcolm, escuchando a Douglas contar algo que Edward interrumpía cada pocas frases.
Cathaline sostenía que ninguno de los dos recordaba bien lo ocurrido.
Ewan se divertía demasiado para ayudarla, mientras Mairi y Fiona compartían una mirada que indicaba años de experiencia en conversaciones semejantes.
—Richard estuvo allí —dijo Edward.
—Richard era quien debía vigilar la puerta —repuso Douglas.
—Y se fue porque tenía hambre —añadió Audrey.
Cathaline se echó a reír.
Elspeth sonrió también. Podía imaginar a su marido entrando en el salón y protestando por la manera en que hablaban de él. Casi esperó oírlo.
Después miró el asiento vacío junto al suyo.
Eliza la vio hacerlo, pero no interrumpió la conversación. Se limitó a acercarle la fuente que no había alcanzado y a dejar una mano sobre su hombro durante un instante.