El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

El conflicto de Fergus terminó sin otra visita al vestíbulo.

Llegó una comunicación de Innes cuando el invierno empezaba a ceder. Alexander la recibió entre la correspondencia y pidió que avisaran a Elspeth. Ella acudió con Margaret, esperando otra solicitud de documentos.

El duque le ofreció el sobre.

—Creo que debes leerlo tú.

Elspeth tomó asiento. La ropa ya empezaba a quedarle distinta en la cintura y se acomodó antes de desplegar las hojas.

No había nuevas condiciones.

La documentación del matrimonio satisfacía la cláusula del pacto.

Después de examinarla, los representantes de Fergus habían formalizado la retirada de aquella reclamación.

La casa, los pastos y las tierras junto al río no pasarían a Fergus.

Innes conservaría los acuerdos y enviaría las copias que Elspeth quisiera guardar.

Ella llegó al final sin levantar la cabeza.

Después volvió al párrafo principal.

—¿Drummond está a salvo? —preguntó.

Su suegro asintió.

—Sí.

Elspeth dejó las hojas sobre sus rodillas.

Había imaginado tantas veces recibir aquella respuesta que ahora no supo qué hacer con ella.

Pensó en su padre, en su escritorio, en la forma en que la casa había empezado a parecer amenazada incluso durante las noches tranquilas.

Pensó en el miedo de los últimos meses y en las veces que había tenido que contestar a otros sin estar segura de nada.

Margaret le tomó una mano.

—Tu padre estaría muy orgulloso.

Elspeth se cubrió los ojos con la otra.

Las lágrimas no llegaron con violencia. Fueron lentas, difíciles de detener, acompañadas de un alivio que parecía dolerle por lo mucho que había tardado en sentirlo.

Alexander permaneció junto a ellas hasta que pudo volver a mirarlo.

—Gracias —dijo Elspeth.

—Has hecho bien en no rendirte.

Ella recogió las hojas y miró hacia la puerta.

Quería contárselo a Richard.

No porque la alegría fuera incompleta sin su aprobación, sino porque él había conocido el peso de aquella incertidumbre. Había estado con ella frente a Fergus, en Drummond, junto al río, ante las decisiones que los habían acercado y enfrentado.

Quería verle la cara al decirle que había terminado.

Aquella tarde, su carta empezó con una sola frase.

Drummond está a salvo.

Después le explicó lo suficiente para que comprendiera el desenlace.

No llenó las páginas con el lenguaje del abogado.

Le contó que Margaret había llorado, que Alexander había mandado traer algo para brindar y que ella había terminado riéndose porque no sabía si abrazar las cartas o guardarlas bajo llave.

Al final escribió:

La casa sigue siendo mía. Ojalá estuvieras aquí para poder decirte todo lo que significa sin tener que escoger las palabras.

Richard recibió esa noticia cuando la alegría por el embarazo había empezado a formar parte de sus días.

Ya sabía que podía concentrarse durante una inspección y descubrir después que había estado contando, sin querer, cuánto faltaba para el verano.

Sabía también que Weller había aprendido a dejar de bromear cuando lo encontraba releyendo una carta y que Hargreaves no necesitaba preguntar para acercarle la correspondencia en cuanto llegaba.

Leyó lo de Drummond dos veces.

Luego soltó el aire y apoyó la espalda contra la pared.

Hargreaves, que revisaba unos papeles cerca, levantó los ojos.

—¿Buenas noticias?

Richard le tendió la carta por la primera página.

El capitán leyó lo que él señalaba y se la devolvió.

—Se ha terminado.

—Sí.

Richard miró de nuevo la letra de Elspeth. Ella había seguido atendiendo la finca, respondiendo a Innes y defendiendo sus decisiones mientras aprendía a vivir sin él. La boda había cumplido la condición del pacto, pero no había hecho por sí sola todo lo demás.

Sonrió al encontrar la frase sobre Margaret y las cartas bajo llave.

Hargreaves lo dejó disfrutar de ella antes de hablar.

—¿Has vuelto a preguntar por el permiso?

Richard asintió.

Había presentado la solicitud en cuanto recibió la noticia del embarazo. No era una renuncia a su empleo ni una decisión tomada de espaldas a quienes servían con él. Pedía tiempo para estar en Escocia cuando naciera su hijo.

Todavía no tenía una respuesta que pudiera enviar a Elspeth.

—Me han dicho que lo están estudiando —respondió.

El capitán asintió.

—Entonces sigue pendiente.

Richard dobló la carta y se la guardó con las otras.

Afuera lo reclamaron porque había otro levantamiento.

Salió sin demora.

Seguía teniendo trabajo que hacer. La diferencia era que ahora, al terminarlo, pensaba en un niño que crecería aunque él no estuviera allí para verlo.

La primavera encontró a Elspeth con el vestido rehecho y una mano que se le iba al vientre sin que se diera cuenta.

Habían pasado varios meses desde la boda.

Las primeras cartas de Richard ya mostraban las marcas de tantas lecturas; las últimas contenían preguntas sobre el niño, sobre ella y sobre lo que iban a necesitar cuando naciera.

No prometía una llegada que aún no podía asegurar, pero le había hablado de su solicitud de permiso.

Elspeth no vivía pendiente únicamente de aquella respuesta.

Acompañaba a su suegro cuando él quería enseñarle algo de Hamilton Lodge, ayudaba a su suegra con la correspondencia familiar y atendía las noticias que seguían llegando de Escocia.

Algunas tardes paseaba con Margaret; otras prefería quedarse junto al fuego, sobre todo desde que el cansancio le obligaba a escoger mejor cómo gastaba las fuerzas.

También empezó a sentir moverse al niño.

La primera vez había permanecido completamente quieta, sin atreverse a concederle un nombre a aquella sensación. Después volvió a ocurrir y buscó instintivamente a Richard, aunque solo estaban su tía y una doncella en la habitación.

Margaret la encontró con las manos sobre el vientre y una sonrisa que se le deshacía en los ojos.

—¿Qué pasa?

—Se ha movido.

Su tía se acercó, emocionada.

Elspeth se rio y lloró un poco, sin vergüenza. Luego escribió a Richard antes de que terminara la tarde, temiendo que si esperaba perdería alguna palabra capaz de explicárselo.

La respuesta llegó cuando el niño ya se movía con más claridad.

He leído esa parte en voz alta. No sé por qué. Quizás porque necesitaba escucharla.

Elspeth dejó el papel contra su pecho.

Durante un rato no pudo continuar.

Decidió regresar a Drummond cuando los caminos dejaron atrás lo peor del invierno.

Se lo explicó a los duques de Hamilton después del desayuno. Quería estar allí con tiempo antes del alumbramiento, recibir a las familias y volver a ocuparse personalmente de las cosas que había tenido que dirigir desde lejos. Quería volver a ser ella antes de ocuparse de su hijo.

Margaret escuchó a su lado. No hubo que preguntarle si la acompañaría.

Eliza miró las manos de Elspeth, apoyadas sobre el vientre.

—Te echaré de menos.

La sinceridad de la frase la hizo vacilar.

—No me voy porque no esté bien aquí.

—Lo sé, querida —La duquesa se acercó—. Y vendremos antes de que nazca.

Elspeth levantó los ojos.

Alexander asintió desde su asiento.

—Organizaremos el viaje en cuanto se acerque el momento.

—No tienen que...

Eliza le tomó una mano.

—Quiero estar contigo. No me lo conviertas en una obligación de la que deba disculparme.

Elspeth sonrió, emocionada.

—Me gustaría mucho.

Margaret, que había permanecido en silencio, se enderezó.

—Entonces habrá que preparar las habitaciones con tiempo. No pienso dejar que me avisen cuando estén ya en el camino.

Alexander recibió la advertencia con una gravedad que hizo sonreír a Elspeth.

—Lo tendremos en cuenta.

Aquella vez preparar el equipaje no se pareció a recoger una vida entera. Elspeth dejó el vestido de boda, los libros que todavía no había terminado y una parte de su ropa. Se llevó las cartas de Richard y el broche Drummond.

Antes de salir de la habitación, se detuvo junto a la cama.

No le pidió nada al cuarto vacío. Se limitó a pasar la mano por la colcha y a cerrar despacio la puerta.