El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Había recibido noticias breves de las escalas y del desembarco en Bombay.

Sabía que el transporte había atravesado el canal de Suez y que después lo esperaba todavía un trayecto por tierra.

Pero aquellas líneas habían sido escritas entre equipajes, órdenes y horas de salida.

La carta que Keller le entregó una mañana contenía, por fin, un día entero de Richard.

Elspeth reconoció su letra en cuanto vio el sobre.

No lo abrió delante del mayordomo. Le dio las gracias, caminó hasta la biblioteca y se sentó junto a la ventana antes de romper el sello.

Richard le hablaba del frío al comenzar las mañanas, de los caballos del regimiento y de un soldado joven al que habían tenido que recordar varias veces que una montura no era una silla.

Hargreaves seguía ocupándose de que los documentos llegaran donde debían.

Weller había encontrado a alguien dispuesto a discutir con él sobre la calidad de la comida y parecía satisfecho con el nuevo entretenimiento.

Después, la letra se volvía algo menos ordenada.

Me ha molestado la mano. No mucho, pero te lo cuento porque sé lo que me dirías si lo descubrieras después.

Elspeth apoyó el pulgar junto a la frase.

Le habría gustado sostener aquella mano en lugar del papel.

Richard también le habló de Afganistán. No de una nueva batalla, sino de lo que seguía apareciendo en las conversaciones de los hombres que habían sobrevivido a Kabul y Kandahar.

La guerra había terminado; algunos aún se interrumpían al mencionar a un compañero que no regresó.

Ahora sus jornadas se ocupaban en instrucción, cuidado de las monturas, inspecciones y guardias, pero las cicatrices no habían desaparecido al volver a una guarnición.

Elspeth agradeció la sinceridad. No era una carta destinada a asustarla ni a tranquilizarla a cualquier precio. Richard estaba permitiéndole conocer también la parte de su vida que no sabía contar con una broma.

Casi al final encontró una frase que la obligó a dejar la hoja sobre el regazo.

Anoche me giré para decirte algo antes de recordar dónde estaba.

Se quedó mirando la ventana.

El jardín estaba blanco en los rincones donde no había llegado el sol. Una doncella cruzó la galería con una cesta de ropa y alguien cerró una puerta al fondo de la casa.

Richard había vivido aquel instante semanas antes.

Ella lo estaba sintiendo ahora.

Durante esos meses, Elspeth había atribuido su cansancio a dormir mal. Las primeras mañanas en que le costó probar el desayuno pensó lo mismo. Tenía razones suficientes para encontrarse distinta sin buscar ninguna más.

Fue su tía quien dejó de aceptar la explicación.

Una mañana, después de que Elspeth apartara una taza cuyo olor le revolvió el estómago, su tía esperó a que se retirara la doncella y se sentó frente a ella.

—Querida, necesito preguntarte algo.

Elspeth comprendió antes de que terminara.

No había dejado de llevar la cuenta de sus días. Lo que había hecho era evitar conceder un significado cierto a una sospecha que la llenaba de alegría y de miedo al mismo tiempo.

Respondió a su tía con los ojos bajos.

Margaret guardó silencio unos segundos.

—Creo que debemos llamar al médico.

Elspeth asintió y después la miró.

—¿Tú también lo piensas?

La expresión de su tía se suavizó.

—Sí.

Por primera vez, Elspeth llevó una mano al vientre con una intención que no pudo confundirse con ninguna otra.

Todavía no había nada que los demás pudieran ver.

Richard había dejado Inglaterra sin saberlo.

Cuando el médico confirmó después lo que ambas sospechaban, Elspeth escuchó sentada muy erguida, con las manos unidas sobre el regazo. Hizo unas pocas preguntas, atendió a las respuestas y esperó a que el hombre saliera antes de volverse hacia Margaret.

—Voy a tener un hijo.

Su tía se acercó.

—Sí, querida.

Elspeth dejó escapar una risa que terminó en lágrimas. Margaret la abrazó y ella se aferró a la mujer que la había acompañado desde su niñez, incapaz de decidir cuál de todas las emociones debía atender primero.

Estaba feliz.

Quería a aquel niño desde el momento en que había permitido que existiera de verdad en sus pensamientos.

Y necesitaba a Richard allí.

—No sé cómo decírselo en una carta —confesó.

Margaret le acarició el cabello.

—Empieza por lo que acabas de decirme.

Elspeth sonrió entre las lágrimas.

Aquella misma tarde buscó una hoja limpia. Escribió el nombre de Richard, se quedó mirando el espacio en blanco y lo intentó de nuevo.

Vamos a tener un hijo.

Dejó la pluma.

Había creído que escribirlo le ayudaría a asimilarlo. En cambio, la hizo desear con tanta fuerza ver el rostro de su marido que tuvo que cubrirse la boca para no llorar otra vez.

Al final continuó. Le contó que el médico había venido, que se encontraba bien y que Margaret parecía dispuesta a vigilar hasta la forma en que se sentaba. No le ocultó los nervios ni intentó convertirlo todo en una noticia serena.

Soy muy feliz, Richard. Solo me falta poder verte cuando lo sepas.

Eliza la encontró más tarde con el sobre todavía abierto.

Elspeth levantó los ojos.

No necesitó preparar una frase. La duquesa miró la mano que su nuera había dejado sobre el vientre y se quedó inmóvil.

—¿Elspeth?

Ella asintió.

Eliza se llevó una mano al pecho antes de acercarse y abrazarla. No dijo nada durante unos segundos.

Cuando Alexander recibió la noticia, lo primero que hizo fue mirar hacia la puerta, como si Richard pudiera entrar detrás de ella.

Elspeth vio el gesto.

Le dolió y la enterneció a la vez.

—Le he escrito —dijo.

El duque asintió despacio.

—Bien.

Después tomó la mano de su nuera y se inclinó para besarle la frente.

En la India, Richard recibió el sobre al regresar de una operación de varios días contra un levantamiento en uno de los distritos fronterizos.

Habían cabalgado durante buena parte de la noche y combatido al amanecer.

Richard regresó cubierto de polvo, con el uniforme desabrochado en el cuello y una mancha oscura de sangre ajena seca sobre una de las mangas.

El caballo que había montado llegó cubierto de espuma; uno de los hombres de su escuadrón tuvo que ayudar a otro a desmontar, y todavía podían oírse órdenes en el patio mientras conducían a los heridos hacia la enfermería.

Richard no se permitió detenerse hasta comprobar que todos sus hombres habían regresado o estaban atendidos. Solo entonces entregó el sable, se quitó los guantes y entró en sus dependencias con el cansancio asentado profundamente en los músculos.

La mano herida le dolía. Tenía los nudillos abiertos y una pequeña rozadura junto a la sien que no recordaba haberse hecho.

—Correo para usted, teniente.

Richard estuvo a punto de decir que lo dejaran sobre la mesa.

Entonces reconoció la letra.

«Elspeth».

Tomó el sobre antes de que el ordenanza pudiera depositarlo.

Durante unas horas había vuelto a ser únicamente el oficial: órdenes gritadas entre polvo, caballos lanzados al galope, hombres tratando de mantenerse juntos mientras todo alrededor se convertía en ruido.

Había actuado sin detenerse a pensar en Hamilton Lodge, en Drummond ni en la mujer que dormía a miles de millas de allí.

Ahora bastaron seis letras escritas por ella para devolvérselo todo.

Abrió el sobre de pie.

Hargreaves entró unos minutos después y lo encontró exactamente en el mismo lugar. Richard seguía cubierto de polvo y sangre seca, pero ya no parecía consciente de ninguna de las dos cosas. Sostenía la carta entre las manos y miraba una frase como si no pudiera avanzar más allá.

—¿Hamilton?

Richard no respondió.

Hargreaves se acercó, y la alegría que vio aparecer lentamente en el rostro de su amigo le hizo detenerse.

Richard levantó por fin los ojos.

—Voy a ser padre.

El capitán sonrió. No una sonrisa de compromiso. Una alegría franca que le cambió el rostro antes de ofrecerle la mano.

—Felicidades, Richard.

Él se la estrechó sin dejar de sostener la carta con la otra.

—El médico dice que está bien.

—Entonces es una buena noticia.

Richard bajó los ojos.

—La mejor que podría haber recibido.

La felicidad había llegado primero, inmediata, casi desordenada. Después estaba apareciendo otra cosa: el número de semanas que llevaba escrito sobre aquel papel, el cuerpo de Elspeth cambiando lejos de él, preguntas que ella habría tenido que hacer sin poder girarse para encontrarlo a su lado.

Hargreaves no intentó explicarle ninguna de aquellas cosas.

Le acercó una silla.

Richard se sentó por fin.

Weller apareció poco después, reclamando algo que no llegó a terminar de pedir al verlos.

—¿Qué ocurre?

Hargreaves miró a Richard, dejando que fuera él quien lo dijera.

—Elspeth espera un hijo.

Weller se quedó callado.

Después sonrió de una manera que Richard no le había visto muchas veces.

—Bueno... —Se interrumpió, sacudió la cabeza y se acercó para estrecharle la mano—. Me alegro mucho.

Richard bajó la vista hacia el último párrafo.

Solo me falta poder verte cuando lo sepas.

Cerró los ojos un instante.

Cuando volvió a abrirlos, sus amigos se estaban retirando sin que tuviera que pedirlo.

Richard permaneció solo con la carta. La leyó otra vez, más despacio, deteniéndose en detalles que la primera lectura había borrado: lo que comía Elspeth, las recomendaciones de Margaret, el cálculo del médico sobre el verano.

Apoyó una mano sobre el escritorio.

Había sabido sostener a hombres heridos, dar órdenes entre gritos y desmontar de un caballo sin atender a sus propios dolores. Ahora no sabía qué hacer con el deseo inútil de acercar la mano y tocar a su esposa.

Empezó a escribir antes de que aquella impotencia le arruinara la alegría.

No le dio instrucciones. No hizo de su respuesta una lista de precauciones que ella ya habría escuchado de otros.

Le dijo que había tenido que leer la primera frase varias veces.

Que se había quedado sentado con su carta mucho después de terminarla.

Que la amaba.

Y, al llegar al final, escribió algo que nunca había imaginado necesitar pedir por correo:

Háblale de mí. Aunque todavía sea demasiado pronto para que pueda oírte.