El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo 19
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Capítulo 19

Cuando el tren salió de Londres rumbo a Portsmouth, Richard llevaba en el bolsillo una carta que había cerrado dos veces.

La primera terminaba asegurando a Elspeth que le escribiría desde el barco. La segunda añadía lo que no había conseguido poner antes: había preguntado si dispondría de tiempo para regresar a Hamilton Lodge y la respuesta había sido negativa.

No volvería a verla antes de embarcar.

Hargreaves estaba sentado enfrente, revisando una lista. Weller había dejado de hablar hacía un rato y contemplaba las chimeneas que iban quedando atrás. Ninguno le preguntó por qué sacaba el sobre del bolsillo para guardarlo de nuevo sin abrirlo.

Richard acabó escribiendo unas líneas más sobre la rodilla.

He dormido poco. Weller culpa al colchón, aunque ha sido el único de los tres al que hubo que despertar. Esta mañana he buscado un gemelo que llevaba ya puesto. Te habría divertido verme.

Se detuvo. Había prometido contarle su vida, pero hasta las cosas pequeñas parecían cambiar al tener que escribirlas en lugar de decírselas.

Añadió una última frase.

Había esperado volver a verte antes de partir. No podré. No he querido que lo supieras por nadie más.

La tinta se extendió ligeramente con una sacudida del tren. Richard esperó a que secara antes de doblar el papel.

—¿Otra carta? —preguntó Weller.

—Todavía la misma.

Su amigo miró el sobre, algo abultado ya, y asintió.

—Encontraremos dónde enviarla antes de subir.

Richard se lo agradeció con una inclinación breve. Después guardó la carta y tomó la hoja que Hargreaves le ofrecía.

En Portsmouth tendría hombres a su cargo durante el embarque. Debía conocer sus nombres.

El muelle estaba lleno de voces.

Los sargentos llamaban a los soldados por grupos, los marineros exigían que despejaran el paso y las ruedas de los carros golpeaban los adoquines bajo el peso de baúles, cajas de equipo y fardos sujetos con cuerda.

Más allá del tinglado, unos caballos resoplaban al oír el estrépito de las cadenas.

El aire olía a carbón, sal y madera mojada.

Richard se detuvo un instante ante el transporte.

La chimenea despedía humo sobre los mástiles.

Desde el costado descendía la pasarela por la que subían los hombres, y en cubierta un marinero indicaba dónde debían depositar cada carga.

No viajaba un regimiento entero, sino soldados de reemplazo y oficiales que regresaban a sus destinos después del permiso.

Sin embargo, el ruido de las armas, las órdenes y las botas devolvió a Richard una familiaridad inmediata.

Un cabo se acercó y saludó.

—Teniente Hamilton. Están todos, salvo dos hombres que han ido a recoger el equipaje.

Richard comprobó la lista.

—Que se presenten aquí antes de subir. No los dé por embarcados hasta que los haya visto.

El cabo asintió y se apartó.

Richard recorrió con la mirada el grupo. Algunos hablaban con entusiasmo, otros fumaban en silencio, como Weller. Un soldado había desatado un pequeño paquete para comprobar su contenido y lo escondió al verlo acercarse.

—Guárdelo donde no se moje —le indicó Richard—. No tendrá muchas ocasiones de reemplazar lo que lleve ahí.

El hombre lo miró, sorprendido, y terminó de cerrar el paquete.

En ese momento, una caja suspendida sobre el muelle giró con una ráfaga de viento. Richard sujetó del brazo a un muchacho que intentaba pasar por debajo y lo apartó antes de que el marinero encargado de la carga gritara una advertencia.

—Espere.

El soldado se quedó quieto.

Richard no lo soltó hasta que la caja estuvo en el suelo.

—Llegará a la India. No hace falta que lo intente antes que el barco.

El joven murmuró una disculpa. Richard le dio una palmada en el hombro y lo envió junto a los demás.

Weller apareció a su lado.

—Tu carta ya está en camino.

—Gracias.

El teniente le devolvió la mirada con una seriedad poco habitual.

—No habría querido que olvidaras enviarla.

Richard apretó brevemente su brazo antes de dirigirse a la pasarela.

Llevaba el sable envainado, sujeto para que no golpeara los escalones.

Al llegar a cubierta presentó sus documentos, respondió a las indicaciones del oficial que los recibía y esperó a que acabaran de subir los hombres de su grupo.

Hargreaves se ocupó de distribuir las tareas; Weller acompañó a quienes debían bajar el equipo.

Richard encontró su alojamiento después de comprobar el último nombre.

Era pequeño, con una litera, un espacio estrecho para el equipaje y el ruido del barco atravesando cada mamparo. Dejó la cartera, se desabrochó el abrigo y sacó del bolsillo interior la primera respuesta de Elspeth, recibida mientras seguían en Londres.

No hablaba de una desgracia ni intentaba hacerlo sentirse culpable por su ausencia.

Le contaba que su madre había cambiado por fin la silla del tocador. Que Margaret estaba convencida de que no comía lo suficiente. Que ella había abierto el libro de Richard y encontrado una hoja doblada para marcar el lugar.

No la he movido. Cuando lo retomes, quiero que me digas si el protagonista te sigue pareciendo tan estúpido.

Richard sonrió.

Después llegó a la última línea.

La cama es demasiado grande cuando estás acostumbrándote a compartirla.

Se sentó en la litera.

Había dejado a Elspeth llorando junto a la escalinata de su casa. Aquello había sido difícil. Pero imaginársela entrando por la noche en la habitación que habían preparado para los dos lo alcanzó de una manera distinta.

Oyó pasos fuera. Un marinero anunció una instrucción y, poco después, el barco respondió con una vibración profunda.

Richard dobló la carta con cuidado y se la guardó dentro de la chaqueta.

Cuando regresó a cubierta, estaban retirando la pasarela.

En Hamilton Lodge, Elspeth había descubierto la ausencia antes de abrir los ojos.

El lugar junto a ella estaba frío. Aun así, al incorporarse miró hacia la silla donde Richard se había sentado para vestirse las mañanas anteriores. Durante un instante esperó encontrarlo allí, con el puño desabrochado y aquella expresión de quien llevaba un rato observándola dormir.

Sobre la silla solo estaba su bata.

La tomó y se quedó con ella entre las manos.

No lloró. Había llorado la víspera hasta que le dolieron los ojos y no sabía si le quedaban fuerzas para repetirlo. Se vistió, permitió que la doncella le recogiera el cabello y bajó antes de que Margaret acudiera a buscarla.

El comedor estaba lleno de vida. Gregor protestaba por algo; Isobel había derramado un poco de leche y Worth atendía al desastre con una eficacia que no requería comentarios. Eliza levantó la cabeza al verla entrar y le señaló el sitio junto a ella.

Elspeth se sentó.

Cuando Keller se acercó con el té, estuvo a punto de pedirle que sirviera otra taza.

Se detuvo antes de pronunciar el nombre de Richard.

—¿Le pongo algo más, milady?

Ella negó.

Al otro lado de la mesa, Audrey hablaba con su padre de la vuelta a Escocia. Debían salir en unos días. Malcolm había recibido noticias de Glenmuir y Cathaline y Ewan aprovecharían parte del trayecto con ellos.

Elspeth lo sabía. Todos tenían casas, hijos, personas que los necesitaban en otros lugares.

Aun así, la idea de verlos marchar le produjo una tristeza inesperada.

—Podríamos acompañarlos —dijo, mirando a Margaret.

Su tía dejó la taza.

—Podríamos. Pero no tenemos que hacerlo solo porque su carruaje esté preparado.

Audrey la observó con cariño.

—No vamos a llevarnos Drummond con nosotros, Elspeth. Seguirá allí cuando decidas ir.

Ella asintió. No encontró una respuesta que no revelara cuánto le costaba distinguir entre el deseo de regresar a su casa y el de dejar de ver el hueco de Richard en aquella.

Después del desayuno, Eliza la invitó a quedarse en el salón mientras revisaba la correspondencia. Elspeth tomó un libro y permaneció junto a la ventana, pero al oír un coche en el camino levantó la cabeza antes de poder contenerse.

La duquesa lo advirtió.

—Yo también lo hago —dijo.

Elspeth se volvió.

—¿Qué?

—Escuchar los carruajes —Eliza dejó una carta sobre la mesa—. Cuando estaba en Afganistán, hubo días en que me enfadaba con Keller por tardar en traer el correo. Después me enfadaba conmigo misma por tratarlo injustamente.

Elspeth bajó los ojos hacia el libro cerrado.

—Anoche pensé que podría quedarme dormida antes de echarlo demasiado de menos.

La duquesa la escuchó sin apartar la mirada.

—¿Y pudiste?

Ella negó.

Eliza se levantó y ocupó la butaca próxima. No le dijo que debía ser fuerte ni que el tiempo pasaría deprisa.

—Me alegra que estés aquí —confesó—. He visto marcharse a mis hijos uno detrás de otro. Luego he aprendido a conocer sus casas a través de sus cartas. Ahora tengo a una de mis nueras conmigo y puedo enterarme de cómo ha pasado la noche sin esperar varias semanas.

Elspeth sonrió débilmente.

—De momento no le estoy contando nada muy agradable.

—No tienes que entretenerme para que disfrute de tu compañía.

La respuesta le cerró la garganta.

Las hermanas de Richard se marcharon con sus familias unos días después. Margaret permaneció junto a Elspeth, y la casa fue recuperando el ritmo que tenía antes de los preparativos de la boda.

Llegaron los avisos de Londres y después la carta de Portsmouth.

Elspeth leyó dos veces la frase en la que Richard le decía que no podría regresar antes de embarcar. Había intentado no esperar otra cosa. Hasta aquel momento no comprendió que una parte de ella lo había seguido haciendo.

Llevó el papel al salón.

Eliza estaba sentada junto a Alexander. Ambos levantaron la cabeza al verla.

—Ya sale de Inglaterra —dijo Elspeth.

El duque dejó de pasar las hojas que tenía entre las manos.

—¿Te ha dado una dirección?

Ella asintió.

Alexander se levantó para tomar nota. Eliza no preguntó nada. Le hizo sitio junto a ella y permanecieron sentadas mientras Elspeth volvía a leer la carta, esta vez en voz alta.

La noticia les dolió.

La queja acerca del colchón y el gemelo consiguió que sonrieran.

El invierno llegó antes que la primera carta escrita desde su destino en la India.