Capítulo 18 #4
Aquella consideración pequeña terminó de desarmarla.
—No sé cómo hacerlo —confesó.
Richard se acercó un poco más.
—Yo tampoco.
Elspeth intentó sonreír. Quería que se llevara otra expresión suya, una que no le pesara durante el viaje.
Pero al levantar los ojos hacia él recordó la mañana en que le había abrochado un gemelo, la noche anterior junto al fuego, su ropa mezclada en el mismo armario.
Apenas habían empezado a descubrir cómo era estar casados.
—Ha sido muy poco tiempo —dijo él.
Richard le acarició los nudillos con el pulgar.
—Lo sé.
—Todavía me sorprende encontrarte al despertarme.
Él cerró los ojos un instante.
Elspeth vio el esfuerzo que hizo antes de volver a mirarla y comprendió que no tenía que contener todas sus lágrimas para facilitarle la despedida. También a Richard le estaba doliendo.
—No quería llorar —murmuró.
Él negó y le sostuvo la cara con una mano.
—No tienes que ocuparte también de eso.
La primera lágrima le alcanzó los dedos. Elspeth intentó apartarla, pero Richard la abrazó antes de que pudiera hacerlo.
Se aferró a él.
El cuello del uniforme le rozó la mejilla; la chaqueta olía a paño limpio y a Richard. Bajo todo aquello seguía reconociendo su cuerpo, la forma en que inclinaba la cabeza para acercarse a ella y el movimiento de su mano sobre la espalda.
—Te amo —dijo contra su pecho.
Richard la sostuvo con más fuerza.
—Yo también te amo.
Elspeth cerró los ojos. Habían tardado tanto en decírselo y ahora no sabía cómo soportar que aquellas palabras tuvieran que viajar dentro de una carta.
Él apoyó la boca junto a su sien.
—Quiero muchos más días contigo.
La voz le salió baja, menos firme que de costumbre.
Elspeth levantó el rostro. Richard tenía los ojos brillantes y la mandíbula tensa; ya no estaba intentando aparentar que sabía despedirse mejor que ella.
—Entonces no olvides que te estoy esperando.
—No podría.
Ella volvió a abrazarlo. No estaba pidiéndole que le prometiera una fecha ni que negara el peligro.
Quería que, dondequiera que estuviese, supiera que su ausencia tendría un lugar preciso: una silla junto a la de ella, su lado de la cama, una voz que buscaría por costumbre al entrar en una habitación.
Richard le acarició el cabello y la besó.
Elspeth se alzó para recibirlo, sujetando la chaqueta entre los dedos.
El beso fue más largo de lo que habría permitido delante de la familia en cualquier otra mañana.
No le importó. Solo cuando él se apartó lo suficiente para apoyar la frente contra la suya comprendió que no podía retenerlo así indefinidamente.
Desde el vestíbulo, Hargreaves se acercó unos pasos.
No miró el reloj.
—Richard.
Su amigo abrió los ojos.
El capitán no añadió nada. Tampoco hacía falta.
Elspeth aflojó las manos sobre el uniforme, pero no consiguió retirarlas de inmediato. Richard esperó a que pudiera hacerlo.
—Ya está —susurró ella.
No era verdad.
Los dos lo sabían.
Al regresar la mirada hacia los caballos, Margaret se había situado junto a la duquesa. Weller sostenía el sombrero de Richard y se lo entregó sin intentar aliviar el momento con una ocurrencia.
Richard lo recibió y buscó una última vez el rostro de su padre.
Alexander asintió.
La niebla humedecía el aire. Uno de los caballos sacudió la cabeza y el cochero se inclinó para atender una indicación de Hargreaves. Weller subió primero. El capitán dejó espacio para que Richard no tuviera que apresurar el último momento.
Richard se giró.
Elspeth intentó memorizarlo y descubrió que no necesitaba hacerlo. Conocía ya la manera en que sostenía los guantes, la inclinación de su cabeza al buscarla, la cicatriz que la luz gris marcaba junto a la ceja.
Él regresó los pocos pasos que los separaban.
No dijo nada. Le tomó una mano y se la llevó a los labios, deteniéndose sobre la alianza.
Elspeth apoyó la otra en su mejilla.
Richard volvió el rostro hacia la palma y cerró los ojos un instante.
Después tuvo que apartarse.
Ella dejó caer la mano despacio. Lo vio subir al carruaje, acomodarse frente a sus amigos y volverse hacia la ventanilla antes de que cerraran la portezuela.
El cochero dio la orden de marcha.
Elspeth avanzó un paso sin darse cuenta.
Richard la seguía mirando.
Ella levantó la mano. No consiguió sonreír, pero tampoco apartó los ojos. A su lado, Eliza se había quedado completamente inmóvil, con una mano en el brazo de Alexander.
Las ruedas empezaron a alejarse sobre la grava.
Elspeth había escuchado aquel sonido muchas veces durante su estancia: visitas que llegaban, criados que salían hacia el pueblo, familiares que regresaban de un paseo. Nunca había imaginado que pudiera dejarle un vacío tan inmediato.
Richard permaneció vuelto hacia ellos hasta la curva.
Luego los árboles ocultaron el coche.
Elspeth siguió mirando el camino.
Todavía se oían los caballos. Mientras pudiera oírlos, le resultaba imposible entrar en la casa. Se quedó allí, con la mano levantada a medias, hasta que alguien se la tomó con suavidad.
Era Eliza.
La duquesa no lloraba. Tenía los labios muy juntos y los ojos fijos en el lugar por donde su hijo acababa de desaparecer.
Elspeth sintió que le temblaban los dedos.
Entonces dejó de intentar contenerse y la abrazó.
Eliza la recibió contra sí, sujetándola con una fuerza que no habría esperado de ella.
Durante unos segundos no fueron la duquesa de Hamilton y su nuera, sino una madre que conocía demasiado bien aquella espera y una esposa que acababa de descubrirla.
Alexander permaneció cerca, sin pedirles que entraran.
La niebla había vuelto a cerrar el camino. De la casa llegaba todavía el olor de las flores de la boda.