Capítulo 18 #3
Sobre el pecho llevaba la medalla de la campaña de Afganistán. La cinta verde con bordes carmesí destacaba sobre el azul oscuro y, prendida a ella, la barra de Kandahar recordaba sin necesidad de palabras dónde había estado y lo que había sobrevivido.
Elspeth se quedó mirándolo.
Había visto aquellas prendas preparadas durante los últimos días, dobladas dentro del baúl o extendidas para que su ayuda de cámara comprobara que todo estaba en orden. Verlas sobre Richard era distinto.
El uniforme parecía endurecerlo.
Le ensanchaba todavía más los hombros, marcaba la firmeza de su cintura y volvía más evidente la longitud de sus piernas dentro de las botas negras.
El cabello rubio estaba peinado hacia atrás, aunque un mechón comenzaba ya a soltarse sobre la frente, y la cicatriz junto a la ceja parecía más visible contra la pulcritud casi impecable del uniforme.
Pero fueron las medallas las que hicieron que a Elspeth se le cerrara la garganta.
Aquellas pequeñas piezas de metal no tenían nada de hermoso para ella.
Eran la prueba de que Richard ya había estado en lugares donde podía morir.
De que había regresado herido. De que detrás del hombre que la había abrazado la noche anterior existía también un oficial acostumbrado a montar hacia el peligro cuando alguien se lo ordenaba.
Richard se detuvo al encontrar sus ojos.
—¿Tienes frío?
Ella llevaba un chal sobre el vestido negro. Se lo ajustó, aunque no había sido el frío lo que le había hecho cruzar los brazos.
—No.
Él miró sus manos y después volvió a su rostro. No le pidió que sonriera.
Elspeth se acercó y apoyó los dedos sobre su pecho. La tela del uniforme era más gruesa que la camisa con la que había despertado junto a él. Aun así, reconoció su calor cuando Richard le cubrió la mano.
Hargreaves aguardaba junto a la puerta, hablando en voz baja con Keller. Weller entró desde el patio con el abrigo húmedo sobre el uniforme y confirmó que todo estaba preparado. Ninguno de los dos hizo una broma al ver a los recién casados.
Elspeth había llegado a querer aquella discreción de Hargreaves. La de Weller le resultó más difícil de soportar. Si hasta él había dejado de encontrar algo ligero que decir, era porque la mañana había adquirido una gravedad que nadie podía disimular.
La familia se había reunido en el vestíbulo sin que hiciera falta llamarla.
La señora Drummond sostenía unos guantes que no pensaba ponerse.
Cathaline permanecía junto a Ewan, con una mano apoyada en su brazo.
Audrey había dejado a los niños cerca de la señorita Worth y hablaba con Malcolm, aunque ambos se giraron en cuanto Richard se acercó.
Sobre la consola continuaban algunas felicitaciones de la boda. Keller había dispuesto el horario del tren encima de un sobre que llevaba todavía el nombre de los dos.
Richard lo apartó para dejar una carta.
—Para Douglas —le dijo al mayordomo—. Y esta para Edward. Que salgan con el correo de hoy.
—Desde luego, milord.
Elspeth miró los sobres. Richard había pasado parte de la noche anterior escribiéndolos mientras ella fingía leer junto al fuego. No había querido interrumpirlo. Sus hermanos no habían podido estar en la boda y tampoco estarían allí para despedirse.
Alexander reparó en las cartas al acercarse.
—Les escribiré en cuanto tengamos noticias tuyas desde Londres.
Richard asintió.
—Yo también lo haré.
Su padre miró un instante los nombres. Douglas seguía en Arran con Mairi; Edward estaba en Eilean Ròs con Fiona y sus hijos. Habían escogido vidas lejos de Hamilton Lodge, pero pertenecían a aquella mañana tanto como quienes aguardaban junto a la puerta.
—A Douglas le habría gustado estar aquí —dijo Alexander.
Richard bajó los ojos hacia el sobre.
—Me habría explicado cómo debo organizar el viaje.
—Y Edward habría encontrado un error en el horario —añadió su padre.
Richard sonrió, aunque la sonrisa no le duró mucho.
Elspeth habría dado cualquier cosa por oír a sus cuñados discutir con él en aquel momento. Por tener otra voz que obligara al cochero a esperar, otra mano que lo retuviera un poco más dentro de la casa.
Keller recogió las cartas con cuidado.
Audrey fue la primera de sus hermanas en acercarse.
No lo examinó como a su llegada de Escocia ni le hizo ninguna observación sobre el uniforme. Lo abrazó. Richard pasó un brazo alrededor de ella y bajó un poco la cabeza para escuchar lo que le dijo junto al oído.
Elspeth no oyó las palabras, pero vio cómo se le tensaba la mandíbula.
Cuando Audrey se apartó, se quedó sujetándole ambas mangas.
—No dejes pasar demasiado tiempo sin escribir.
—No lo haré.
Su hermana asintió. Tenía los ojos húmedos y una determinación visible por no convertir aquello en algo que Richard tuviera que consolar.
Cathaline no lo consiguió tan bien.
—Me parece una crueldad que tengamos que despedirnos tan pronto —dijo al llegar hasta él.
Richard la miró con una tristeza que no intentó esconder.
—A mí también.
Aquella respuesta acabó con la compostura de su hermana. Cathaline lo abrazó y permaneció unos segundos con el rostro contra su hombro. Ewan se acercó cuando ella lo soltó, le estrechó la mano a Richard y lo atrajo hacia sí para darle una palmada firme en la espalda.
—Haznos llegar una dirección en cuanto la tengas.
—Lo haré.
Malcolm se despidió sin añadir otra recomendación. Su mano permaneció un momento sobre el brazo de Richard, y Elspeth vio entre ambos el entendimiento de quienes no necesitaban hablar del peligro para saber que lo estaban pensando.
Los niños, que durante aquellos días habían llenado el vestíbulo de carreras, aguardaban junto a la vieja señorita Worth.
Gregor miraba el uniforme de su tío con una fascinación que Elspeth no pudo compartir.
Para él, los botones y la chaqueta todavía podían parecer algo extraordinario.
Ella solo veía lo que se llevaba a Richard lejos.
Él se agachó para despedirse. Escuchó algo que el pequeño le dijo, respondió con seriedad y permitió que Isobel le abrazara el cuello. La hija de Audrey se acercó después, sin preguntas, y lo retuvo un instante más de lo que acostumbraba.
Worth le puso una mano en el hombro cuando Richard volvió a incorporarse.
—Cuídese.
—Lo intentaré, señorita Worth.
La anciana le sostuvo la mirada.
—Eso no suele bastar para tranquilizarme, señor Hamilton.
Él le tomó la mano y se inclinó para besarla.
Worth apretó los labios. No añadió nada.
Alexander esperaba junto a la puerta del exterior.
Richard se acercó con los guantes aún sin poner y su padre le preguntó por la cartera de documentos.
Hablaron del tren, de la dirección de Londres y de las cartas para los abogados.
Elspeth escuchó aquellas frases prácticas y comprendió que al duque le resultaba más fácil comprobar una dirección que pronunciar una despedida.
—Lo lleva Hargreaves todo anotado —dijo Richard.
—Bien.
Alexander bajó los ojos hacia la mano que su hijo le ofrecía. Se la estrechó y, durante un momento, pareció que no habría nada más.
Después lo atrajo hacia él.
Richard se quedó quieto un segundo antes de abrazarlo.
Elspeth vio la mano de Alexander afirmarse en la espalda del uniforme y el rostro de su marido cambiar al sentir aquel gesto.
No era la felicitación firme de la boda ni una palmada para despedirlo de un viaje cualquiera.
Su padre lo sujetaba como si hubiera recordado de pronto todas las veces en que había podido protegerlo con solo tenerlo cerca.
Cuando se separaron, Alexander mantuvo una mano sobre su hombro.
—Aquí estaremos —dijo.
Richard asintió, incapaz durante unos segundos de contestar.
Eliza aguardaba a pocos pasos.
Llevaba el cabello recogido con su perfección habitual y un vestido oscuro que no parecía elegido para una mañana especial. No tenía un pañuelo entre las manos. Elspeth había aprendido que su suegra no lloraba, pero aquella serenidad empezaba a dolerle más que las lágrimas de Cathaline.
Richard se detuvo frente a ella.
La duquesa le acomodó el borde del cuello, aunque estaba bien colocado. Después le alisó una solapa y dejó los dedos allí.
—Madre...
—Espera.
Él guardó silencio.
Eliza levantó los ojos hacia el rostro de su hijo.
Lo miró con una atención tan detenida que Elspeth tuvo que apartar la vista un instante.
Richard había vuelto con cicatrices; su madre había tenido tiempo de acostumbrarse a verlas, de comprobar que la mano recuperaba parte de su movimiento, de oírlo reír otra vez en el comedor.
Ahora debía dejarlo marchar de nuevo.
—Todavía no me he acostumbrado a tenerte en casa —dijo Eliza.
La voz no le tembló. Eso hizo que la frase resultara todavía más difícil de escuchar.
Richard le tomó la mano que conservaba sobre su chaqueta.
—Lo sé.
—He sido muy feliz estos días —Él bajó la cabeza. Eliza sonrió apenas, sin conseguir que aquella sonrisa llegara a sus ojos—. Quería que lo supieras antes de irte.
Richard la abrazó. Su madre cerró los brazos a su alrededor y apoyó la mejilla contra él. Permanecieron así lo suficiente para que nadie pudiera fingir que era un abrazo corriente.
Elspeth vio al duque de Hamilton girarse hacia la ventana.
Cuando Eliza se apartó, Richard le besó la frente.
—Escribiré en cuanto llegue a Londres.
Su madre asintió.
—Y después.
—Y después.
Eliza le sostuvo todavía una mano. Solo la soltó al mirar hacia Elspeth.
No hizo falta que la llamara.
Richard regresó junto a su esposa y la condujo unos pasos hacia el patio. Desde allí seguían viendo a la familia, pero nadie podía oír lo que se dijeran en voz baja.
Elspeth había conseguido mantenerse serena mientras los demás se despedían. Había incluso sonreído a los niños. Ahora, con Richard delante y sin otra cosa que hacer que dejarlo marchar, le faltó el aire.
Él le tomó las manos.
Estaban frías.
—Elspeth.
Ella miró sus dedos, todavía descubiertos. Los guantes permanecían doblados bajo el brazo de Richard; no se los había puesto porque seguía abrazando a las personas de las que tenía que despedirse.