Capítulo 18 #2
Él miró hacia el reloj y luego volvió a su rostro.
—Entonces terminemos de entregar esto.
El duque de Hamilton y Malcolm leyeron el telegrama antes del almuerzo. Ninguno propuso que regresaran al norte. Alexander pidió que se preparara una copia de las instrucciones de Elspeth para sus abogados y envió a buscar al rector para obtener el documento que necesitaba Innes.
Cuando Richard salió del despacho, Hargreaves lo esperaba en la galería.
—El viaje está confirmado. Tu ayuda de cámara sabe qué debe preparar y Keller tiene los horarios.
Richard miró la hoja que el capitán llevaba en la mano.
—Quería revisar...
—Ya lo he revisado yo.
Hargreaves dobló el papel. Weller, que acababa de aparecer detrás de él, dirigió una mirada hacia Elspeth.
—Por una vez podrías permitirnos hacer algo sin supervisión, Hamilton.
Richard los observó a los dos. Después asintió.
—Gracias.
El capitán le dio una palmada breve en el hombro y se marchó con Weller. Elspeth los vio alejarse y comprendió que aquel gesto era también una manera de despedirse de la vida que Richard había tenido durante su permiso: sus amigos se ocupaban del oficial para dejarle unas horas más al marido.
—¿Salimos? —preguntó Richard.
Ella le ofreció la mano antes de responder.
Después de comer, la lluvia les concedió una tregua.
Pasearon por los jardines bien abrigados, siguiendo los senderos donde la grava todavía crujía bajo el agua.
Richard le enseñó el muro que había escalado de niño para evitar pasar por delante del despacho de su padre y el camino por el que Douglas solía perseguirlos cuando Edward y él decidían que una advertencia de su hermano mayor no merecía demasiada atención.
Elspeth lo escuchaba, mirándolo más a él que a los lugares que señalaba.
Le gustaba oírlo contar cosas que no tenían que ver con la guerra ni con lo que debía hacer al día siguiente.
A veces Richard se detenía para precisar un recuerdo; otras, acababa riéndose antes de terminarlo.
Ella podía imaginarlo con las rodillas manchadas y el orgullo herido, intentando convencer a Douglas de que no necesitaba que lo vigilaran.
—¿Y obedecías alguna vez? —preguntó.
Richard le dirigió una mirada.
—Cuando me convenía.
—Eso no ha cambiado demasiado.
—Ahora tengo más cuidado al escoger a quién desobedezco.
Elspeth se rio y él la acercó por la cintura para besarla. Estaban bajo los árboles, lejos de las ventanas. La besó sin apresurarse y, al separarse, le acomodó el cuello del abrigo.
Ella le tomó la mano y la guardó con la suya dentro del bolsillo.
Continuaron caminando así.
Al llegar al arroyo, Richard señaló una curva donde Edward había perdido una bota y buena parte de su dignidad intentando recuperarla. Elspeth acabó riéndose de verdad, sin recordar durante unos instantes que estaba viviendo el último paseo antes de una ausencia cuya duración ninguno conocía.
Fue Richard quien propuso regresar cuando empezó a enfriársele la mano. Ella habría seguido andando, incluso sin sentir los dedos, pero no protestó. Al acercarse a la casa vieron luz en la biblioteca y a uno de los niños pegado a un cristal.
Gregor levantó un brazo para saludarlos.
Elspeth respondió. Richard también.
Durante un instante, entrar juntos en aquella casa le pareció el comienzo de una costumbre y no algo que estaban a punto de interrumpir.
La biblioteca estaba caliente. Elspeth se quitó los zapatos húmedos y recogió los pies sobre el sofá; Richard extendió parte del tartán que llevaba sobre las rodillas para cubrirla. Ella abrió el libro que había dejado allí y él tomó otro, aunque ninguno avanzó demasiado.
Richard la interrumpió una vez para besarla. La segunda fue ella quien dejó el libro sobre el asiento y se acercó.
No hablaron de cuánto tiempo quedaba.
Al otro lado de la puerta continuaba la vida de la casa: pasos, voces, alguien que preguntaba por unas llaves. Elspeth escuchó a Richard reírse en voz baja contra su mejilla y pensó que habría querido disponer de meses para aburrirse de una tarde como aquella.
No llegó a decírselo. Le apoyó la cabeza en el hombro y se quedó allí hasta que encendieron las lámparas.
Al subir para cambiarse antes de la cena, encontraron el baúl de Richard abierto junto a la cómoda. Su ayuda de cámara había colocado dentro la ropa del viaje y esperaba instrucciones sobre unas prendas que quedaban en el armario.
Elspeth se detuvo al verlo.
Hasta entonces, el equipaje había sido algo de lo que se ocupaban otros en otra parte de la casa. Allí, junto a la cama, ocupaba demasiado espacio.
Richard habló brevemente con el criado y le indicó que terminara mientras ellos bajaban a cenar. Elspeth se acercó al tocador, donde la doncella estaba guardando las últimas cintas que aún quedaban fuera.
Sus vestidos permanecerían en el armario.
El de boda estaba protegido con cuidado; sus libros descansaban ya junto a los de Richard.
No tenía que hacer nada especial para instalarse.
Había empezado a hacerlo sin darse cuenta, dejando una bata sobre una silla, escogiendo un lugar para el peine, preguntando dónde se guardaban las cosas.
Ahora vio los huecos que iban quedando entre las de él.
La doncella le preguntó dónde quería una pequeña caja. Elspeth tardó en responder.
—Ahí está bien. Gracias.
Richard la encontró mirando el armario cuando los criados se retiraron.
—Elspeth.
Ella se volvió e intentó sonreír.
Él se acercó sin pedirle que lo consiguiera. La abrazó y Elspeth hundió el rostro junto a su cuello, avergonzada de haber podido mantenerse firme ante el telegrama y sentirse vencida por unas camisas dobladas.
—Me habría gustado tener más días así —dijo.
Richard la sostuvo un poco más cerca.
—A mí también.
No prometió lo que todavía no podía saber. Elspeth le agradeció aquella sinceridad, aunque por una vez habría deseado una mentira en la que descansar.
Cuando se separaron, él le apartó el cabello del rostro.
—Todavía tenemos esta noche.
Ella asintió y dejó que la besara antes de bajar.
La última velada transcurrió con la familia alrededor, entre conversaciones que se prolongaban más de lo necesario y silencios que alguien se apresuraba a llenar.
Audrey quiso hablar con Elspeth; Ewan reclamó a Richard para que mediara en una discusión con Weller, y Margaret insistió en que comieran antes de que nada pudiera distraerlos.
Richard atendía a todos, pero siempre terminaba buscándola.
Elspeth empezó a reconocer el instante en que él interrumpía lo que estaba diciendo para encontrarla al otro lado del salón. Una vez le bastó con sostenerle los ojos. Otra, Richard se acercó para ofrecerle algo que ella no necesitaba y se quedó a su lado de todos modos.
No estuvo triste durante toda la cena. Se rio con Cathaline, escuchó a Malcolm y hasta consiguió responder a una observación de Weller que hizo sonreír a Hargreaves.
Pero cuando el capitán dejó su copa y recordó en voz baja a Richard la hora de salida, Elspeth notó que apretaba demasiado la servilleta.
Su tía lo vio.
Poco después, le tocó suavemente el brazo.
—Sube, querida. Mañana os harán levantaros pronto.
Elspeth miró a Richard. Él ya se estaba poniendo de pie.
Se despidieron sin solemnidad. Eliza besó a su hijo y permaneció un instante con la mano en su mejilla antes de dejarlo ir. Alexander le recordó algo del viaje, más bajo, mientras Worth deseaba buenas noches a Elspeth. Nadie intentó retenerlos.
Al subir la escalera, Richard le tomó la mano.
Ella la apretó hasta llegar a la habitación.
El baúl estaba cerrado. Lo habían dejado cerca de la puerta, preparado para que lo recogieran por la mañana. Richard pasó junto a él y se volvió hacia su esposa antes de que Elspeth pudiera quedarse mirándolo otra vez.
La besó.
Ella lo abrazó con una necesidad que había conseguido contener durante todo el día. No tuvo que explicársela. Richard la conocía demasiado bien para confundir aquel silencio con tranquilidad.
Aquella noche volvieron a hacer el amor.
Después permanecieron despiertos, abrazados bajo las mantas, mientras la casa iba callándose.
Elspeth le acariciaba la mano y Richard le rozaba el cabello de vez en cuando.
No intentaban llenar las horas con palabras; cada uno sabía lo que al otro le costaba dejarlas pasar.
—No quiero que te vayas —susurró ella al fin.
Richard la estrechó contra su pecho.
—Lo sé.
No había reproche ni petición en su voz. Elspeth necesitaba decirlo una vez, sin defender su decisión de apoyarlo ni recordarle que comprendía sus obligaciones. Richard le besó la frente y se quedó con los labios apoyados allí unos segundos.
Ella cerró los ojos.
Más tarde, él se movió solo para acomodarse. Elspeth le buscó la mano bajo la manta y Richard volvió a abrazarla sin decir nada. Desde algún lugar de la casa llegó una campanada.
Ninguno contó las que siguieron.
El ocho de noviembre amaneció con niebla sobre los campos.
Desde las ventanas del vestíbulo no se distinguían los árboles que bordeaban el camino, pero el carruaje estaba ya ante la escalinata y los mozos terminaban de sujetar el equipaje.
Cada golpe de una hebilla, cada indicación del cochero, llegaba hasta Elspeth con una claridad insoportable.
Solo había tres hombres que debían marcharse.
Sus vestidos permanecían en el armario de Richard.
El ramo de la boda seguía sobre el tocador, junto al broche Drummond, y la bata que él le había acercado al despertar estaba doblada sobre una silla.
Elspeth había dejado todas aquellas cosas en su sitio antes de bajar, sin saber qué hacer con la certeza de que aquella noche volvería a encontrarlas exactamente igual.
Richard, en cambio, no estaría.
Lo oyó detrás de ella y se giró.
Llevaba el uniforme azul oscuro del 9.º Queen's Royal Lancers. La chaqueta se ceñía a su torso y acentuaba la anchura de sus hombros; el rojo del cuello y de los puños rompía la severidad del paño, mientras los detalles dorados y las insignias de teniente recogían la luz gris de la mañana.