Capítulo 18
Richard estaba sentado al borde de la cama cuando Elspeth abrió los ojos.
La claridad de noviembre apenas alcanzaba a iluminarle el hombro; tenía el cabello revuelto y un puño de la camisa todavía desabrochado. Durante unos segundos, ella se permitió observarlo sin que lo supiera. Después distinguió la cartera de viaje junto a la cómoda y recordó qué día era.
Siete de noviembre. Richard saldría hacia Londres a la mañana siguiente para presentarse el nueve. Hasta entonces habían hablado de fechas; ahora solo les quedaba aquel día en Hamilton Lodge.
Él giró la cabeza y sonrió.
—Buenos días.
Elspeth acercó la sábana a su pecho y le devolvió la sonrisa. Le gustaba encontrarlo allí al despertar, ocupado en algo tan corriente como vestirse. Había empezado a acostumbrarse demasiado deprisa.
—Buenos días.
Richard le apartó un mechón de la mejilla y se inclinó para besarla. Ella lo retuvo por la manga un instante más, lo suficiente para que él volviera a mirarla antes de separarse.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Lo bastante tarde para que Keller haya preguntado si queremos desayunar aquí.
—¿Por iniciativa propia?
Richard sonrió.
—He preferido no averiguarlo.
Elspeth se cubrió brevemente el rostro con una mano, riéndose. Él le acercó la bata cuando empezó a incorporarse y esperó a que se la pusiera.
—Podemos quedarnos —dijo—. Hargreaves se ocupará de confirmar los horarios.
La propuesta la tentó. Miró la cama deshecha y el hueco que Richard había dejado junto a ella. Habría sido fácil pedirle que regresara, que pasaran la mañana sin abrir la puerta. Pero abajo estaban sus padres, sus hermanas, los niños. También ellos querían aprovecharlo antes de que se marchara.
—Me gustaría desayunar contigo y con los demás.
—Entonces tendré que terminar de vestirme.
La ropa había quedado preparada la noche anterior por su ayuda de cámara, a quien Richard había pedido que esperara a ser llamado. Cuando tomó uno de los gemelos, Elspeth le sujetó la muñeca.
—Deja.
Él se lo entregó. Ella abrochó el puño con cuidado, procurando no rozarle los dedos rígidos. Al terminar, tardó un momento en soltarlo. Le gustaba aquella pequeña tarea, la confianza con que Richard había puesto la mano en la suya sin dejar de mirarla.
—Podría acostumbrarme a esto —murmuró él.
Elspeth alzó una ceja.
—No despidas todavía a tu ayuda de cámara.
Richard le besó los dedos. Después se levantó para buscar el chaleco y ella lo siguió con los ojos, intentando no pensar en lo silenciosa que estaría aquella habitación a la mañana siguiente.
Las voces del comedor se oían desde la galería. Ewan estaba respondiendo a una protesta de Cathaline y, por encima de ambos, Gregor intentaba hacerse escuchar.
Margaret levantó la cabeza en cuanto aparecieron. La sonrisa que dirigió a su sobrina hizo que Elspeth agradeciera que Richard le mantuviera una mano en la espalda mientras entraban.
—Buenos días —saludó la duquesa—. Hay té caliente.
Cathaline miró a los recién casados con demasiado interés. Audrey le acercó una fuente antes de que pudiera decir nada y le preguntó si quería más pan. Su hermana la recibió con una expresión que dejó claro que había comprendido la maniobra.
Richard apartó una silla para Elspeth.
—Empezábamos a pensar que... —comenzó Weller.
Hargreaves dejó un periódico junto a su plato.
—Aquí está el nombre del caballo por el que me preguntabas.
El teniente miró el papel.
—Qué oportuno.
Elspeth ocultó una sonrisa mientras Richard se sentaba a su lado. Él le pasó el azucarero sin conceder a su amigo la satisfacción de responder.
Durante un rato, el desayuno tuvo la misma animación de los días anteriores.
Cathaline discutió con Ewan porque insistía en enseñarle a Gregor una expresión en gaélico que ella no pensaba permitirle repetir delante de Worth.
El duque preguntó a Malcolm por el regreso a Escocia, y la antigua institutriz consiguió que el niño dejara de golpear la mesa con la cuchara con una sola mirada.
Elspeth escuchaba y participaba cuando alguien se dirigía a ella. De vez en cuando, Richard le hacía un comentario en voz baja o acercaba hacia su plato algo que sabía que le gustaba. Eran atenciones pequeñas; precisamente por eso le costaba aceptar que no fueran a repetirse al día siguiente.
En un momento dado, Richard se rio de algo que dijo Ewan. Elspeth se quedó mirándolo. Él lo advirtió y se inclinó hacia ella.
—¿Qué ocurre?
Ella negó, sonriendo todavía.
—Nada. Sigue escuchando.
No quería explicarle que estaba intentando recordar el sonido de su risa en aquella mesa.
Al terminar, Eliza la retuvo junto al aparador.
—La doncella me ha preguntado cómo prefieres disponer tus vestidos. Le he dicho que lo consulte contigo.
Elspeth volvió la cabeza hacia ella.
—No hace falta cambiar nada.
—No he dicho que haga falta. He dicho que puedes decidirlo. Y si necesitas algo en la habitación, habla con Keller.
Elspeth estuvo a punto de insistir en que todo estaba bien. Entonces miró a la mujer que, al día siguiente, también tendría que despedirse de Richard.
—Hay una silla junto al tocador que me resulta incómoda.
La duquesa sonrió.
—Entonces empezaremos por esa silla.
No añadió una bienvenida solemne ni volvió a hablar de cuánto deseaba tenerlos allí. Elspeth le tomó la mano un instante antes de salir del comedor.
Richard la esperaba en el vestíbulo. Apenas había dado un paso hacia él cuando Keller apareció con un sobre en una bandeja.
—Ha llegado un telegrama de Escocia.
Elspeth reconoció el nombre de Innes y abrió el mensaje allí mismo.
Fergus no había retirado su reclamación.
Sus abogados pretendían mantenerla abierta hasta examinar los documentos del matrimonio, aunque por el momento nadie había recibido autoridad para alterar la administración de Drummond.
Innes pedía la certificación de la boda y confirmación escrita de sus instrucciones.
Richard esperó a que terminara.
—¿Fergus?
Ella asintió y le tendió el papel. Mientras él leía, desde el comedor llegó una carcajada, seguida de la voz de Cathaline. Elspeth sintió una rabia repentina contra el hombre que había conseguido hacerse presente en aquella casa precisamente ese día.
Richard levantó los ojos.
—Vamos a hablar con mi padre.
—Primero quiero contestar a Innes.
Él volvió a mirar el telegrama.
—Como prefieras.
La biblioteca estaba vacía. Elspeth tomó asiento junto a la ventana y dejó el mensaje sobre el escritorio mientras Richard pedía papel.
El impulso de regresar a Escocia había aparecido en cuanto leyó el nombre de Fergus, pero esta vez no se dejó arrastrar por él.
Innes permanecía en Drummond. El administrador tenía sus instrucciones.
Habían dejado a personas capaces de actuar sin esperar a que ella recorriera medio país.
Richard acercó una silla, pero no se sentó.
—Todavía podríamos salir hacia el norte esta tarde.
Elspeth levantó la cabeza.
—Mañana viajas a Londres. Tienes que presentarte pasado mañana.
—Lo sé.
—Entonces sabes que no puedes ir a Drummond y volver sin arriesgarte a llegar tarde.
Él miró hacia la ventana, como si aun así estuviera calculándolo.
—No quiero marcharme dejando a ese hombre convencido de que puede seguir haciendo lo que le plazca.
Elspeth apoyó una mano sobre el telegrama.
—¿Qué harías al llegar que Innes no pueda hacer hoy?
Richard se volvió hacia ella.
—Asegurarme de que Fergus comprende que la boda se ha celebrado.
—La certificación se lo demostrará mejor que una discusión contigo.
Él apretó la mandíbula. Elspeth esperó a que volviera a mirar el mensaje.
—Nos pide documentos —continuó—. No ayuda para impedir que alguien entre en la casa. Hemos dejado a Innes allí precisamente para esto.
—Ahora también es asunto mío.
—Por supuesto que lo es. Quiero compartirlo contigo, Richard. Pero no necesito que te presentes en Escocia para demostrarme que te importa.
Él se quedó callado. Tenía las manos apoyadas en el respaldo de la silla, demasiado firmes sobre la madera.
Elspeth se levantó y se acercó.
—No me gusta pensar que alguien pueda amenazarte mientras estoy lejos —dijo él.
Ella le puso una mano en el brazo.
—A mí tampoco me gustará no saber cómo estás ni poder ir a comprobarlo cada vez que me preocupe algo.
Richard levantó los ojos hacia los suyos.
Elspeth no había querido llevar la conversación hasta allí. Había intentado reservar aquella pena para más tarde, como si pudiera escoger cuándo empezaría a dolerle. Ahora le costó continuar.
—Tú tendrás que confiar en Innes y en quienes se han quedado en Drummond. Yo tendré que hacerlo en Hargreaves, en Weller... y en que me cuentes lo que ocurre.
Richard soltó el respaldo y le cubrió la mano.
—No quería que habláramos de mi partida esta mañana.
—Yo tampoco quería pensar en ella al despertarme.
Él la acercó. Elspeth apoyó la frente en su pecho y cerró los ojos. Le habría gustado quedarse así hasta que desaparecieran las cartas, los horarios y el ruido de los baúles que ya empezaban a moverse por la casa. En lugar de pedir algo imposible, se aferró un momento a su chaqueta.
—No le demos también este día a Fergus —murmuró.
Richard le acarició la espalda.
—No.
Permanecieron abrazados unos segundos antes de separarse. Después él se sentó junto al escritorio y volvió a leer el telegrama, esta vez completo.
—Los abogados de mi padre pueden colaborar con Innes desde Londres.
—Sí. Pero quiero que sea él quien continúe dirigiendo la respuesta. Conoce todo lo ocurrido.
—Hablaré con mi padre.
Elspeth regresó a su asiento. Escribió que deseaba oponerse a cualquier alteración de la administración y autorizó los gastos necesarios.
La certificación del matrimonio seguiría a la carta; mientras tanto, el administrador debía continuar con su trabajo, sin tratar las pretensiones de Fergus como decisiones ya tomadas.
Richard escuchó cuando ella leyó la respuesta en voz alta. Después le acercó el secante y esperó a que firmara.
—Quería darte una mañana distinta —dijo.
Elspeth dejó la pluma.
—Todavía nos queda parte de ella.