El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Richard le besó el cuello, casi vencido por el deseo y por algo mucho más hondo, y sintió cómo los dedos de Elspeth se cerraban en su cabello mientras el de ella, largo, negro y fino, terminaba de soltarse a su alrededor.

Los mechones le caían por la espalda y sobre los hombros como una cortina oscura y sedosa, algunos pegados a la piel por el calor. Richard hundió una mano entre ellos casi sin pensar, sorprendido por su suavidad, y apartó parte del cabello para volver a besarle la nuca.

La quería más cerca. Le costaba incluso apartarse el tiempo suficiente para terminar de desvestirse.

Cuando volvió hacia ella, Elspeth lo observaba con una franqueza que le tensó la mandíbula.

La vio bajar los ojos y después buscar los suyos. Era evidente que aquella desnudez le resultaba nueva: vaciló antes de apoyar la mano en su brazo y cerró los dedos alrededor de él como si necesitara afirmarse. Richard esperó. No quiso romper aquel momento con una broma.

Elspeth lo miró otra vez, despacio. La curiosidad acabó imponiéndose al pudor y él sintió que su propia contención se volvía más difícil cuanto más tiempo le daba para descubrirlo.

Cuando la notó segura, la llevó hasta la cama y la dejó con cuidado, resistiendo la impaciencia que lo había acompañado desde que cerró la puerta. Quería que la primera vez de Elspeth fuera especial y no un recuerdo rápido y difuso. Por eso, antes de hacerla suya, la besó.

Le besó el cuello y le arrancó otro gemido, más bajo esta vez. Descendió despacio, dejando la boca sobre su piel como si quisiera aprenderla de memoria, hasta encontrar la plenitud de sus pechos.

Elspeth se estremeció bajo sus labios.

Richard los encontró suaves, carnosos, vivos bajo sus manos, hechos para encajar en ellas de una forma que terminó de deshacerle la poca calma que todavía conservaba.

La besó allí con una mezcla de deseo y reverencia, sintiendo cómo la respiración de Elspeth se volvía más irregular y cómo su cuerpo respondía antes incluso de que ella pudiera contenerlo.

Después continuó hacia su cintura.

Elspeth temblaba ya por completo.

No era miedo. Richard lo supo por la manera en que ella lo buscaba, por sus dedos aferrados a él y por el modo en que arqueaba el cuerpo cada vez que su boca encontraba un nuevo lugar sensible.

Aun así, aquel temblor lo volvió casi loco.

Entonces ella lo atrajo hacia sí.

Y ya no pudo esperar más... se adentró en ella despacio.

La primera presión la sorprendió. Después llegó una punzada de dolor que hizo que Elspeth cerrara los ojos y se aferrara a los hombros de Richard.

Él se detuvo en el mismo instante.

No hizo falta que ella se lo pidiera.

Elspeth volvió a abrir los ojos y lo encontró sobre ella, completamente inmóvil.

Richard tenía la mandíbula tensa y la respiración entrecortada; todo su cuerpo delataba cuánto le estaba costando contenerse y, aun así, no avanzó un solo centímetro.

La miraba únicamente a ella, como si en aquel momento no existiera nada más importante que averiguar si le había hecho daño.

—Elspeth...

Pronunció su nombre en voz baja, casi con preocupación.

Ella respiró despacio. Todavía lo sentía extraño, demasiado cerca, en un lugar que nunca había pertenecido a nadie, ni siquiera a ella misma.

Durante un instante comprendió de una manera nueva todo lo que acababa de confiarle.

No solo su cuerpo. También aquella parte de sí misma que había protegido durante toda su vida porque le habían enseñado que algún día se la confiaría al hombre que eligiera como esposo.

Y Richard estaba allí.

No reclamando nada.

Esperando.

Elspeth aflojó poco a poco los dedos sobre sus hombros.

—Solo... dame un momento.

—Todo el que necesites.

No había impaciencia en su voz. Ni siquiera cuando ella sintió cómo la tensión recorría el cuerpo de Richard y comprendió cuánto debía de estar deseando continuar.

La incomodidad fue disminuyendo. Elspeth respiró otra vez y le acarició la nuca, hundiendo los dedos entre su cabello rubio. Richard inclinó ligeramente el rostro hacia aquella caricia, pero siguió sin moverse.

Fue eso lo que terminó de romper algo dentro de ella.

No el deseo.

No el hecho de que fuera su marido.

Sino aquella manera de quererla.

Elspeth había conocido hombres que hablaban del honor de una mujer como si fuera una posesión que debían vigilar.

Richard nunca la había tratado así. Incluso entonces, cuando legalmente podía reclamar todos los derechos que el matrimonio concedía a un esposo, seguía esperando a que ella estuviera bien.

Se sintió como una reina y los ojos se le llenaron de lágrimas antes de que pudiera impedirlo.

Richard frunció el ceño.

—¿Te he hecho daño?

Elspeth negó enseguida.

—No.

Él no pareció convencido.

Ella le acarició la mejilla, siguiendo con el pulgar la línea de la cicatriz que cruzaba junto a su ceja. Había deseado decírselo muchas veces y siempre había encontrado una razón para esperar: orgullo, miedo, una discusión pendiente, una despedida demasiado cercana.

Ya no quiso esperar.

—Te amo.

Richard dejó de respirar por un instante.

Elspeth vio cómo aquellas dos palabras atravesaban cada una de sus defensas. La tensión de su rostro cambió; los ojos se le humedecieron un poco, aunque probablemente él negaría después que hubiera ocurrido.

—¿Qué has dicho?

Ella sonrió entre las lágrimas.

Sabía perfectamente que la había oído.

—Te amo, Richard.

Esta vez él cerró los ojos.

Apoyó la frente contra la de ella y permaneció así unos segundos, respirando, como si necesitara recomponerse antes de poder contestar.

Cuando volvió a mirarla, Elspeth vio algo que nunca le había visto del todo: no al Hamilton orgulloso, ni al oficial que había aprendido a esconder lo que sentía, ni al muchacho que todavía recordaba Blairmuir.

Solo al hombre al que amaba.

Richard le sostuvo el rostro entre las manos.

—Yo también te amo.

La voz se le quebró en la última palabra.

Elspeth sintió que las lágrimas escapaban por fin.

Richard las besó una a una, primero una mejilla y después la otra, con una ternura que la hizo sonreír aunque todavía estuviera llorando.

—No llores —murmuró.

—No puedo evitarlo.

—Entonces tendré que acostumbrarme.

Ella soltó una risa húmeda.

—Vas a tener que acostumbrarte a muchas cosas.

Richard sonrió, pero no apartó la mirada.

—Si son contigo, creo que podré soportarlo.

Elspeth lo atrajo hacia sí y lo besó.

Esta vez no hubo temor en el gesto.

Cuando Richard volvió a moverse, lo hizo lentamente, esperando cada reacción de ella.

La incomodidad inicial fue cediendo hasta quedar atrás y Elspeth descubrió algo mucho más profundo que el simple deseo: la sensación de estar completamente vulnerable ante otro ser humano y, aun así, sentirse segura.

No porque Richard fuera más fuerte que ella.

Sino porque sabía que nunca utilizaría aquella fuerza contra ella.

Elspeth lo abrazó con más fuerza.

Él había sido el primer hombre, y seguramente el último, al que permitía conocerla de aquella manera.

Y mientras Richard le susurraba su nombre contra la sien y volvía a besarla, comprendió que no lamentaba haber esperado ni su elección.

Porque había esperado por él. Y lo había elegido a él.

La tensión en ella creció hasta que perdió el hilo de sus pensamientos.

Cerró los ojos y se aferró a Richard, pronunciando su nombre con fuerza cuando el placer terminó por desbordarla.

Él permaneció dentro de ella, sosteniéndola mientras la sentía estremecerse entre sus brazos.

Solo después dejó de contenerse y hundió el rostro junto a su cuello al alcanzar su propio clímax.

Durante unos instantes no hablaron. Elspeth conservó las manos sobre su espalda mientras ambos recuperaban el aliento. Cuando Richard levantó la cabeza, ella le apartó de la frente un mechón y él se giró para besarle la palma.

La ternura de aquel gesto la alcanzó con la misma fuerza que sus palabras.

«Te amo».

Richard se acomodó a su lado y la abrazó. Elspeth dejó la cabeza sobre su hombro, todavía conmovida, y sintió que él le acariciaba el cabello sin ninguna prisa.

Más tarde volvieron a hacer el amor. Después, el cansancio acabó venciéndola y Elspeth se quedó dormida junto a él, con el cabello oscuro extendido sobre su pecho y la mano izquierda entre las suyas.

Richard permaneció despierto unos minutos.

La casa estaba en silencio; sobre el tocador, el broche Drummond descansaba junto a su pañoleta, y la última lámpara iluminaba el ramo de la boda.

Dentro de poco tendría que presentarse en Londres, pero aquella noche dejó de contar el tiempo que le quedaba.

Bajó la mirada hacia su esposa y le acomodó la manta sobre el hombro.

Por primera vez desde que había recibido la orden de regresar, no pensó en marcharse.

Pensó en volver.