El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo 17
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Capítulo 17

La alianza rozó el cristal cuando Elspeth apoyó la mano junto al alféizar.

La retiró y contempló el aro, todavía sorprendida de encontrarlo allí.

Durante la comida había tenido que contenerse para no girarlo continuamente entre los dedos; ahora podía hacerlo sin que Margaret sonriera al otro lado de la mesa ni Cathaline aprovechara la ocasión para ruborizarla.

Estaba casada. Lo había sabido al responder al rector, al firmar y al recibir los abrazos, pero fue en el dormitorio de Richard donde empezó a comprender cuánto había cambiado aquel día.

La estancia conservaba sus muebles oscuros, el escritorio junto a la ventana y los libros que había dejado antes de incorporarse al regimiento.

Sin embargo, sus propias cosas ocupaban ya parte del tocador y habían dispuesto espacio para su ropa.

No le habían preparado una habitación de invitada: habían hecho sitio para ella en la de él.

Elspeth se giró hacia el espejo. Seguía llevando el vestido gris perla y unas pocas horquillas en el cabello.

Junto al ramo, la doncella había dejado una bandeja para sus joyas; una de las flores se había caído sobre la cinta de tartán Drummond.

La enderezó, recordando las manos de su tía al anudarla aquella mañana, menos firmes de lo que su Margaret habría querido admitir.

Había pasado el día entre la alegría de casarse y la pena de no tener a su padre allí.

Ahora estaba cansada de sostener tantas emociones a la vez.

Le dolían las mejillas de sonreír y los pies después de tantas horas con aquellos zapatos.

Se quitó uno apoyándose en el tocador. El segundo todavía estaba entre sus dedos cuando llamaron a la puerta.

—Puedes entrar.

Richard se detuvo al verla. Ya no llevaba el tartán ni los guantes; tenía la levita abierta, la pañoleta aflojada y el cabello rubio revuelto sobre la frente.

Su mirada pasó del zapato al rostro de Elspeth, y la sonrisa que apareció en su boca terminó de aliviar los nervios que ella había intentado ocultarse.

—He escogido mal momento.

—Llevaba horas deseando quitármelos.

—Entonces no voy a impedírtelo.

Entró y cerró con llave. Elspeth siguió el movimiento hasta que él dejó la llave sobre una mesa y se giró hacia ella.

—Esta vez he preferido asegurarme.

—¿De que nadie entre?

—De que podamos quedarnos solos sin escuchar pasos al otro lado de la puerta.

Ella sonrió mientras dejaba los zapatos bajo el tocador. Sin ellos tuvo que alzar un poco más la barbilla cuando Richard se acercó.

—Ahora tengo que inclinarme más para besarte —observó él.

—No parece un sacrificio demasiado grande.

Richard se inclinó sin responder.

El beso fue breve, pero Elspeth mantuvo una mano en su manga cuando él levantó la cabeza.

Había recibido cumplidos durante todo el día; ninguna de aquellas atenciones la había hecho sentirse como se sentía bajo sus ojos azul oscuro.

Las pestañas rubias, la cicatriz junto a la ceja y la pañoleta deshecha lo volvían más familiar que durante la ceremonia y, al mismo tiempo, más difícil de mirar con una calma que ella ya no podía sentir.

—Llevo horas queriendo estar contigo sin tener que esperar a que alguien termine de felicitarnos —confesó él, con voz grave.

Elspeth enlazó los dedos con los suyos.

—Ahora no hay nadie.

Richard le acarició la mejilla.

—Estás preciosa.

Ella bajó los ojos un instante, sonriendo.

—El vestido está arrugado.

—Eso te da más encanto.

La forma en que lo dijo le hizo comprender que llevaba un rato mirando algo más que la seda. Elspeth volvió a buscar su boca y Richard la recibió con un brazo alrededor de la cintura. Cuando se apartaron, él permaneció cerca.

—¿Estás cansada?

—Mucho.

—Podemos esperar.

Elspeth le sujetó la manga antes de que aquella posibilidad adquiriera más importancia de la que deseaba concederle.

—Ya hemos esperado suficiente.

Richard la estrechó contra él y volvió a besarla.

El ímpetu del abrazo la sorprendió; tuvo que afirmarse en sus hombros y sintió cuánto podía abarcarla con aquellos brazos.

Era alto y fuerte, mucho más ancho que ella, pero la seguridad con que la sostenía le permitió acercarse sin reservas.

Le gustaba reconocer su propio deseo en la impaciencia de él.

El beso se hizo más lento cuando la mano de Richard ascendió por su espalda hasta el cuello del vestido. Sus dedos encontraron el broche Drummond y se detuvieron.

—¿Te ayudo con esto?

Elspeth asintió. Él abrió el cierre con cuidado y dejó la plata junto al ramo. Ella se llevó una mano al cuello, extrañada por la ausencia de aquel pequeño peso, antes de dejar que sus ojos descendieran hacia la pañoleta de Richard.

Alzó las manos hasta el nudo. Él inclinó la cabeza para facilitarle la tarea y permaneció quieto mientras sus dedos deshacían el lazo.

—Esta vez no puedes decir que estaba torcida —murmuró.

—No estoy intentando arreglarla.

La respuesta hizo que Richard dejara de sonreír. Elspeth apartó la tela y la dejó junto al broche; después le ayudó a quitarse la levita. Se volvió para colocarla sobre una silla y, al regresar hacia él, lo encontró observándola.

—¿Qué?

—No estoy acostumbrado a que te ocupes de mis cosas.

—La próxima vez puedo dejarlas en el suelo.

Richard soltó una risa y la atrajo de nuevo hacia sí.

Elspeth había sabido que la deseaba en Drummond.

Lo había sentido en cada ocasión en que la prudencia o una llegada inoportuna los obligó a separarse.

Aquella noche, sin embargo, podía notar su tensión sin que él intentara disimularla: en los hombros, en la firmeza de sus brazos, en la dureza de su cuerpo contra el suyo, en la respiración que se le alteraba cuando ella se acercaba más.

Toda su disciplina parecía concentrada en no precipitarse.

Le gustó descubrir que no era la única a quien le costaba pensar.

Se besaron otra vez mientras las manos de Richard recorrían la cintura y las caderas, arrancándole un pequeño gemido. No quiso quedarse quieta, llevó las manos a los botones del chaleco.

Richard la dejó hacer. Elspeth consiguió abrirlos y apartar la prenda, aunque sus dedos no tuvieron toda la seguridad que habría deseado.

La camisa blanca apareció debajo. Ya lo había visto con el torso descubierto en el molino, pero aquello había sucedido entre ropa mojada, preocupaciones y una puerta que debía volver a abrirse.

Esta vez podía mirarlo y tocarlo sin buscar una excusa.

Al desabrochar los primeros botones, sintió la piel cálida bajo la tela. Richard inspiró despacio. Ella levantó los ojos, sorprendida por aquella reacción, y él le cubrió la mano para apoyarla sobre su pecho.

El corazón le latía con fuerza.

Elspeth permaneció un instante con la palma apoyada sobre su pecho, sintiendo aquel ritmo acelerado bajo la piel. Saber que Richard estaba tan alterado como ella terminó de disipar buena parte de su inseguridad... y de su integridad.

Lo tocó entonces sin pensar demasiado en el orden de sus gestos.

Sus dedos recorrieron el cuello de la camisa, la línea de los hombros, la piel que iba quedando al descubierto bajo la tela desordenada.

Richard cerró los ojos un instante y, cuando volvió a besarla, ya no hubo distancia entre los dos.

Elspeth sintió las manos de él en su espalda, primero sobre la seda y después buscando los pequeños cierres del vestido. Richard los fue soltando con una impaciencia cada vez más difícil de disimular, interrumpiéndose solo para besarla otra vez o para recorrer con la boca la curva de su cuello.

La tela empezó a ceder alrededor de su cuerpo.

Elspeth notó cómo el vestido dejaba de sostenerla, cómo la seda resbalaba poco a poco y cómo cada nueva porción de piel expuesta hacía que la mirada de Richard se volviera más intensa.

No pensó en corsés, en enaguas ni en ninguna de las capas que había llevado durante el día.

Solo fue consciente de que, entre las manos de ambos, todo aquello terminó desapareciendo.

Cuando Richard se apartó lo suficiente para mirarla, Elspeth comprendió que ya no quedaba nada entre su cuerpo y aquella mirada.

El pudor llegó de golpe.

No porque él hubiera hecho nada para provocarlo, sino porque toda su vida la habían educado para evitar precisamente aquel momento: una habitación cerrada, un hombre frente a ella y ninguna tela detrás de la que refugiarse.

Durante un segundo quiso cubrirse.

Después vio la expresión de Richard.

No había burla. Ni comparación. Ni prisa.

Solo deseo.

Un deseo tan abierto y tan intenso que Elspeth dejó caer los brazos.

Y permitió que la mirara.

Él se acercó y le acarició la cintura. Elspeth apoyó una palma sobre su pecho, buscando otra vez los latidos que le habían dado valor.

—Dios, Elspeth... —gruñó él.

Ya no había tela entre su mano y la piel de él. La diferencia le resultó más íntima de lo que había imaginado.

Le rodeó el cuello mientras él la estrechaba entre sus brazos.

Richard la había deseado en Blairmuir, cuando todavía era capaz de convencerse de que las discusiones con Elspeth solo lo irritaban.

La había recordado durante su ausencia y vuelto a desear desde el instante en que apareció en Hamilton Lodge vestida de luto, dispuesta a enfrentarse a él antes que pedirle una concesión.

Nada de aquello lo había preparado para verla allí.

La luz de las lámparas le iluminaba la piel pálida, la cintura y las curvas que hasta entonces solo había conocido a través de la ropa.

Elspeth era más hermosa que cualquiera de sus recuerdos.

Pero fue la forma en que lo miró, tímida durante un instante y decidida al siguiente, lo que terminó de desarmarlo.

Le había permitido acercarse. Lo había elegido incluso después de conocer su negativa, su orgullo y las dificultades de una vida que no pensaba fingir más sencilla de lo que era.