El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo 16 #4
77%

Capítulo 16 #4

Richard dobló las hojas.

—Las guardaré.

Weller esperó a que sirvieran el vino antes de levantarse.

Hargreaves lo observó con inmediata desconfianza.

—He preparado unas palabras —anunció el teniente.

—No demasiadas —murmuró el capitán.

Weller lo ignoró.

—Conocí a Hamilton en circunstancias que no favorecían especialmente su buen humor. Puedo asegurar que entonces tampoco admitía con facilidad que otro tuviera razón.

Richard dejó la copa sobre la mesa.

—Weller.

—He dicho que tampoco. Es importante conservar la continuidad.

La mesa se rio.

El teniente volvió hacia Elspeth.

—Pero si algo he aprendido de él es que no se marcha cuando un amigo lo necesita. Así que solo puedo desearles que sean tan buenos compañeros como están demostrando ser.

Richard dejó de sonreír.

Hargreaves levantó su copa.

Los demás lo imitaron.

Weller se sentó sin añadir la ocurrencia que seguramente tenía preparada. Richard lo miró por encima de la mesa y le agradeció con una inclinación breve lo que no quería decir delante de todos.

La señora Drummond aprovechó el brindis para declarar que nunca había dudado de que aquel matrimonio acabaría celebrándose.

—Tía...

—Señora Drummond...

Elspeth y Richard protestaron a la vez.

Aquello terminó con cualquier posibilidad de conservar la solemnidad.

Incluso la vieja señorita Worth se rio.

La tarde fue perdiendo luz mientras la familia se repartía por los salones.

Elspeth descubrió que una boda pequeña también podía llenarle el día de conversaciones que no deseaba terminar.

Habló con Malcolm de la visita que él y Audrey harían a Drummond cuando regresaran; escuchó a Cathaline discutir con Ewan por la cantidad de cosas que pensaba llevarse de Hamilton Lodge y encontró a Margaret explicándole a Hargreaves por qué no debía juzgar demasiado deprisa a las candidatas de su abuela.

Richard aparecía cerca de ella cada cierto tiempo.

No siempre decía algo. A veces le ofrecía un vaso, le rozaba la mano al pasar o se detenía a escuchar una conversación en la que no tenía ningún interés hasta que la veía sonreír.

Elspeth empezó a reconocer aquella libertad nueva.

Podía buscarlo.

No tenía que preguntarse qué pensaría alguien al verla hacerlo.

Al caer la tarde, Eliza la llamó junto a una ventana.

—¿Has podido disfrutarla?

Elspeth miró hacia el salón. Richard estaba con Ewan y Malcolm, riéndose de algo que su padre acababa de decir.

—Mucho.

La duquesa siguió su mirada.

—Yo también.

No intentó ocultar la emoción.

Elspeth le tomó una mano.

—Gracias por entender que no quería una gran celebración.

—No necesitábamos más gente para que fuera importante.

Durante un momento permanecieron juntas, observando a los demás.

Después Keller se acercó para preguntar si deseaba que llevaran algo a sus habitaciones.

—Lady Hamilton.

Elspeth tardó en girarse.

Eliza sonrió.

—Tendrás que acostumbrarte.

Ella bajó los ojos hacia la alianza.

—Eso parece.

Keller esperó con una paciencia impecable, como si no hubiera visto a cada uno de los hijos de la casa necesitar unos segundos para reconocer alguna parte nueva de su propia vida.

Cuando la noche cerró por completo las ventanas, las conversaciones empezaron a apagarse.

No de golpe. Hargreaves se retiró después de despedirse con discreción. Weller intentó prolongar un relato hasta que Worth le recordó que había otras personas interesadas en dormir. Cathaline subió con Audrey, todavía hablando. Ewan las siguió después de aceptar una última copa de Alexander.

Elspeth se levantó cuando Margaret se lo propuso.

Richard la vio hacerlo.

No le pidió que lo esperara ni convirtió aquella mirada en una broma que pudiera oír el resto. Simplemente le sostuvo los ojos, y Elspeth sintió de nuevo los nervios que la ceremonia había mantenido ocupados durante todo el día.

Su tía la acompañó hasta el piso superior.

Delante de la habitación, Margaret se detuvo y le acarició una vez la mejilla.

—Ha sido un buen día.

Elspeth asintió.

Quiso agradecerle tantas cosas que no encontró por cuál empezar.

Al final la abrazó.

Margaret la retuvo un instante antes de apartarse.

—Descansa, querida.

No añadió consejos ni una advertencia sobre lo que estaba a punto de vivir. Elspeth agradeció aquella confianza más que cualquier intento de prepararla.

Dentro, la doncella había encendido las lámparas y dispuesto agua caliente. El fuego ardía bajo, sin llenar la habitación de un calor excesivo. Sobre el tocador esperaba una bandeja para el broche, las horquillas y las pequeñas cosas que habían formado parte de su vestido durante el día.

Elspeth dejó el ramo junto al espejo.

La cinta del tartán Drummond quedó extendida sobre la madera.

Pidió a la doncella que le retirara el velo y la ayudara con la cola. Después, cuando la mujer preguntó si necesitaba algo más, negó.

—Gracias. Puede retirarse.

La puerta se cerró suavemente.

Elspeth se acercó a la ventana.

Desde allí no veía las Highlands. Veía el jardín de Hamilton Lodge, los árboles ingleses desnudos bajo la noche y una luz en las caballerizas.

Aun así, no se sintió lejos de sí misma.